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Segunda parte

En muy poco tiempo, el par de bribones fue amasando una gran fortuna y como ambos eran el uno para el otro, se compraron una mansión en uno de los barrios más adinerados, para armar tremendos bacanales, en los que concurría lo más granado del mundo criminal. Los compungidos vecinos trataron de unirse para que la pareja fuese expulsada de aquellos barrios de bien, pero la policía no tenía ninguna prueba para sacarla de ese lugar.

De todas las animitas, la más popular era la del joven Ossa. Se comentaba que el desafortunado muchacho había sido asaltado por una banda de maleantes, cuando iba en compañía de sus padres y de su novia. Contaban que el joven había luchado heroicamente para salvar la vida de los suyos y, por lo mismo, había sido abatido de cinco tiros. La historia fue reescribiéndose a gusto de cada cual y lo último que se decía, era que el difunto Ossa se iba a casar a la mañana siguiente con su novia, la que, desconsolada por la horrible tragedia, había decidido entrar a un convento y allí pasaba sus días orando por el alma de su amado. Sea como fuere, la animita del joven Ossa estaba repleta de inscripciones y era la que más contribuciones recaudaba.

Mientras, el Carroñero y el Pólvora continuaban con su vida de derroche. El uno, había mandado a colocar en el centro de su comedor un enorme tarro basurero bañado en oro, el cual estaba atiborrado de todo tipo de exquisiteces. Era tal la tozudez del malandrín, que no podía dejar de lado su más repugnante vicio. El otro, el Pólvora, había inventado un deporte del cual era el campeón de todas las categorías y que consistía en derribar palitroques de acero, con el simple expediente de sus horribles estornudos. Nadie más que él, tumbaba con facilidad esas pesadas figuras y por lo tanto, acumulaba cientos de preseas y copas que atesoraba en la lujosa pieza que se había mandado a construir,.

Fue un periodista, Tito Zapata, quien puso en jaque al millonario negocio de las animitas, al intentar hacer un reportaje sobre la vida de los más venerados difuntos de la ciudad. Como buen profesional, trató de recabar antecedentes sobre las víctimas, su procedencia y quienes le sobrevivían. El Pelayo Mora, llegó con el cuento a la casa de los malacatosos, puesto que era el novio de la empleada de Zapata y ella le contó que el periodista intentaba meter sus narices en este asunto. El Pelayo Mora estaba enterado del turbio negocio de Pólvora y Carroñero, pero, como era necesario, recibía una buena tajada de dinero a cambio de su completa fidelidad.

-Pues bien. Ese Zapata tendrá también su propia animita- farfulló el Carroñero, mientras masticaba a dos carrillos un truto de faisán que había escarbado en el basurero.
Y como hampón adinerado que era, ahora se cuidaba de no dejar huellas de sus delitos, ya que contaba con mucha gente que le ejecutaba sus “trabajos”.

Por lo que, un par de noches más tarde, cinco individuos le hicieron una encerrona a Zapata en la Carretera Central y cuando se disponían a despacharlo, apareció una figura blanca y fantasmagórica que les hacía señas. Como los facinerosos eran cobardes, dejaron todo botado y huyeron despavoridos. Zapata, tembloroso, abandonó el lugar, sin atinar a nada. Todo le había parecido demasiado irreal.

-¿Pero cómo pueden ser tan imbéciles? ¡Apuesto que pensaron que fue el difunto Ossa el que acudió en socorro de ese periodista!-gritó fuera de sí el Carroñero...


(Concluye)













Texto agregado el 16-02-2008, y leído por 155 visitantes. (1 voto)


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