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Pateábamos largos tiros de una punta a la otra de la plaza. La pelota se elevaba y volaba y caía sobre el césped fresco y húmedo. Le pegábamos golpes fuertes, con convicción, nos reíamos. Mi padre no jugaba a la pelota conmigo. Mi padre era escritor, no le gustaban los deportes. Pero me di cuenta que si yo tuviese un hijo, jugaría al fútbol con él, eso me hizo sentir bien. Después decidimos jugar a los penales. Lo dejé ganar. Me gozaba, me decía que yo era un perro, que él con apenas catorce años me había ganado. Estábamos sudados, y sedientos, cruzamos la calle. Nos sentamos en la vereda de un kiosco y tomamos un coca.
Esta noche puedo ir a comer a tu casa, le pregunté. Sí, seguro, le decimos a mi vieja y venís. Pero querrá tu vieja que vaya. Mi vieja siempre quiere que vengas, dijo esto y sonrió con picardía; como si fuese un cómplice en la relación que teníamos su madre y yo. A Lorena la había conocido en la parada del colectivo. Una noche en que llovía y el colectivo no parecía venir y entonces nos tomamos un taxi juntos. Lorena vivía en una villa. Se quejaba de eso. Se quejaba de tener que vivir en esa casa precaria, de tener que haber abandonado su casa materna, mi madre es para un psiquiátrico, decía. No la soportaba más, entonces se fue, pagaba un alquiler mínimo y vivía con la plata de su trabajo, que era limpiar un edificio; además de la plata que obtenía de varios hombres.
Lorena era separada y el divorcio fue para ella como un salto a la libertad. Era joven, apenas pasados los treinta. Había decidido darse todos los gustos que un marido celoso no le había permitido. Sobre todo eran gustos sexuales. Entonces cuando le gustaba un hombre le revoloteaba como una mosca y terminaban yendo a la cama. Ella decía que eso la hacía feliz, que eso le gustaba de ser soltera y libre, poder acostarse con quien le plazca sin darle explicaciones nadie. Yo era uno de esos tipos, víctimas o privilegiados de su voraz apetito sexual. Ella me hablaba con soltura de los otros tipos; inclusive me pedía consejos, opiniones, y yo entendía como venía la jugada y no me molestaba, lo soportaba.
Ella estaba cocinando unas milanesas y yo jugaba al ludo con Damián. Era lindo el olor al aceite frito, y las papas, y la carne rebosada en pan rallado. Yo jugaba con el dedo en los agujeritos del mantel. Fumaba. Tirá la ceniza en el piso, me había dicho ella, después barro. Sobre un modular tenía fotos de ella cuando era mas joven, fotos de Damián; un montón de fotos de Marcos Di Palma, un atractivo corredor de autos que la tenía enloquecida. Fui a comprar una gaseosa, luego comimos, y hablamos y nos hicimos bromas. La luz del lugar era tenue, era de una lamparita de baja potencia que colgaba del cable desde el techo. Era una atmósfera romántica, apenas tres locos comiendo en un barrio alejado de la ciudad, un barrio que contenía secretos, y vidas anónimas, silenciadas, olvidadas. Afuera, a veces, se escuchaban tiros, la policía persiguiendo algunos malandras; yo pensé que esos eran mitos, que esas cosas no pasaban, pero sí, sucedían, allí afuera mientras nosotros comíamos o charlábamos.
Damián se fue a acostar. Había dos camas. Una pequeña y una doble. En el mismo ambiente que la cocina, junto a una ventana. Ella y yo nos quedamos en la mesa. Tomábamos café. Mi madre es una loca, me dijo. Yo di lugar al silencio que le pedía que continuase hablando. Todos mis hermanos dicen que esta rematada de la cabeza; ellos discuten con ella, se pelean, mi hermana mas grande le tiró con un jarrón un día, le partió la cabeza, dijo riendo. Pero yo no puedo, no puedo, intento decirle las cosas que no me gustan, a veces quiero insultarla, decirle que no la soporto pero no puedo. Yo tampoco soportaba a mi padre a veces, yo tampoco podía agredirlo, era una mezcla de lástima y respeto lo que sentía por él. Por eso pude entenderla. Por eso me quedé callado, y no dije nada, porque sabía que era mejor escuchar, no decir pavadas. Mi madre se encamaba con cualquier tipo, gemía como una loca, gritaba como una perra, y nosotros en la cocina o en el living escuchando todo ese espectáculo; era incapaz de preservar su imagen ante nosotros, de mantener un respeto, como si disfrutase denigrándose. Bebió un poco de café. Pasó la lengua por sus labios. Y yo ahora acá, siguió hablando, viviendo en esta villa, abandonada, al margen del camino, no veo la hora de conseguir otro trabajo, ganar mas plata, irme a otro lado, no lo soporto más, y el dinero que no alcanza, y el pibe este que siempre pide más. Ella siempre lloraba con el tema de la plata. Nunca le era suficiente, es verdad que ganaba poco, que tenía que hacer malabares para llegar a fin de mes, pero ese llanto era la forma de obtener cosas de los hombres. El papel de víctima le quedaba hermoso, esa mirada de cachorro mojado, melancólico bajo una tormenta la hacía irresistiblemente bella.
Damián dormía a unos metros de nosotros. Ella me besó. Se ató el pelo en una larga cola. Se puso encima mío, con las piernas abiertas, y me envolvió. Nos besábamos con fuerza, con cierta desesperación. Se abrió el escote, besé sus pechos. Ella respiraba profundo y con vigor y yo tenía miedo Damián despertase. Con una mano abrió mi bragueta. De un movimiento se despojó de su bombacha. Volvió a montarse sobre mi. No, le dije, pará. Me miró sorprendida, agitada, conmocionada por la intensidad del momento. Vas a hacer lo mismo que tu mamá, le dije. Sos un cagón, me dijo. No, no podemos, dije mirándola con seriedad. Cerré mi pantalón, le alcancé la bombacha. Mañana nos vemos, acompañame a tomar el colectivo. La noche era inmensa y estrellada, no había nubes y el colectivo atravesó el barrio en silencio como si no quisiese ser descubierto.
A la semana siguiente con Damián fuimos al cine. Yo creía, como creen la mayoría de los adultos, que a los chicos les gustan las mismas cosas que a nosotros cuando chicos. Entonces vimos la Guerra de las Galaxias, una nueva versión; a la salida le dije que era mejor la que yo había visto en mi infancia, él me dijo que estaba hablando como un viejo, se rió. Caminamos por las calles del centro, era de noche, yo me divertía cargándolo acerca de las chicas que pasaban, él se enojaba pero en ese enojo había algo de gracia, de amistad, yo me daba cuenta, entonces nos peleábamos y él me decía que no me soportaba más. Terminamos en un bar. Jugamos al pool, él parecía tan alegre, divertido, disfrutando de mi como del padre que no tenía, yo disfrutando con él como del padre que me hubiese gustado tener. En el bar miramos televisión. Yo tomé cerveza, él una gaseosa, y comimos maníes. Me dijo que extrañaba tener un televisor. Que Lorena había dicho que compraría uno, pero que lo veía lejos, no le parecía que fuese a suceder pronto. Mientras tanto él se perdía de ver los partidos de fútbol, los videos de música, las series de moda, y se quejaba como un niño.
Le regalé uno de mis televisores. Yo tenía dos, uno en la cocina grande, otro más pequeño en la pieza. Pensé que debía ser fea una adolescencia sin TV. Llegué en taxi a la villa, bajé con el aparato en los brazos. Cuando Damián me vio estaba como loco. Excitado, verborrágico, me agradecía, me repetía que yo era un genio. Lorena también estaba contenta. Pasamos a la pequeña casa y tomamos mates y comimos facturas. Damián ya había encendido la pantalla y veía algo en el canal de música. Lorena se quejó, otra vez, de que la plata no le alcanzaba, que no sabía que iba a hacer. Yo me quedé con los brazos sosteniendo mi cabeza, escuchándola, pero estaba contento por Damián. Lo veía entusiasmado, desbordado de alegría.
Una vez yo estaba en un bar del centro, tomando un café. Se me acercó un tipo. Era morocho, petiso, con cara de taimado. Vos sos el que le regalaste el televisor al pibe, me dijo. Quién sos vos, contesté. Soy uno de los machos de Lorena, uno de los tantos que se curte, seguro que vos sos otro. Está encantado con vos ella, me habla de vos todo el tiempo. Dice que sos como un padre para el pibe. Supongo que ella me habla de vos también, le dije, me habla de muchos hombres. Pero con vos esta loca la mina, me da por las pelotas sabes, me dijo con un halo de ira, quién sos vos para hacerte el papito lindo y ganarte a la mina usándolo al pibe. Yo no lo uso. Seguro que ese televisor lo tenías tirado en el fondo de tu casa. Me quedé en silencio. Sabes qué, me dijo, la mina se va a poner de puta, me lo confesó, le encanta la guita y me dijo que iba a empezar a trabajar en un departamento. Yo le compré una heladera con la tarjeta de crédito, sabías, me enrolló, me dijo que me iba a pagar las cuotas y nada, es una perra. Por qué seguís con ella, le dije. Porque está re buena, dijo. Pero vos y yo tenemos que estar unidos, continuó diciendo, tenemos que ser compinches, avivarnos mutuamente sobre esta mina, porque si no nos va a chupar la sangre a los dos. Terminé mi café, me limpié la boca con la servilleta, lo saludé y fui.
Lorena era inteligente, astuta, curiosa; tenía una libretita donde anotaba frases, pistas, ideas, cosas que escuchaba en la calle y que ella decía la ayudaban a desenvolverse en la vida. Nunca me la mostró. Solo se que una frase decía: en la vida primero hay que pensar en uno mismo, segundo en uno mismo, y tercero en uno mismo.
Una tarde llegué a la casa en la villa. Lorena me había pedido que le lleve unos libros de autoayuda. Escuché ruidos en el interior de la casa, voces, y si esta con otro hombre, se me cruzó por la cabeza. Golpeé la puerta y cuando abrió estaba el petiso que me había encontrado en el bar sentado sobre la cama. Vine a dejarte los libros, dije, y por primera vez en la relación con Lorena, me sentí traicionado, usado. Ella sin vacilar y como si nada ocurriese me dijo que pase, que me sentara. El tipo dijo: miralo vos al principito, mira donde nos venimos a encontrar. Lorena reía, creo que se sentía una especie de reina entre dos de sus ciervos. Tomemos mates, dijo ella. Damián estaba sentado mirando la televisión. Estaba abstraído. Ni siquiera me saludó. Como si no hubiese querido ser parte de esa situación. Dejé los libros sobre la mesa. Me voy Lorena, dije.
Caminaba por la villa. Escuchaba el ladrido de los perros. Algunos gritos. Voces. Me fui pensando que ya no regresaría. Ya no volvería a ver a Lorena, ni a Damián, con suerte tampoco al petiso. Me fui pensado si yo alguna vez sería padre, si iba a ser buen padre, o si repetiría como un castigo íntimo las actitudes que me dolían de mi padre. Pensé que Lorena también se denigraba, como la madre, que se castigaba porque no podía castigar a la madre, que estaba repitiendo la historia. Me puse contento de que Damián tuviese un televisor, de los recuerdos en el cine, jugando al pool, jugando a ser padre. Lorena nunca había valido demasiado la pena, era linda, si, lo era, pero no había razón para que yo me rompiera el alma, el corazón, la cabeza con sus pretensiones de reina, de víctima, de devoradora sexual. Llegué a la parada del colectivo, demoró un rato en llegar, tenía un poco de miedo pero eso noche no se escuchaban tiros.

















Texto agregado el 28-02-2008, y leído por 234 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
20-04-2008 realismo y no magico, sino de carne y hueso..si pudiese definir con brevedad lo de tu cuento, te dire que es honesto...me gustó un abrazo sendero
03-03-2008 Como queriendo que la vida en familia no se escape, como que algo estaba mal y hacía sentir a los demás más mal aún. Mejor, lo decidido, para que volver. ketti
02-03-2008 En esta vida hay de todo y para todo, hasta una mujer como Lorena. Muy entretenido tu relato.- PeggyMen
29-02-2008 Gracias por la invitacion, fue muy agradable leer un escrito tan bien desarrollado y lo mas importante es que es uno de esos escritos que invita a tomar una tasa de cafe y tenerlo como tema en una noche de tertulia con un buen amigo, mil estrellas eutopia
29-02-2008 Una historia muy bien contada, muy realista. margarita-zamudio
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