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Mi nombre es Kaleb, no soy más que un humilde hombre de fe y criador de corderos, hijo de Rakim, el señor de las espadas y de Isha, la más hermosa mujer de toda esta región. Esta es mi historia…

Vine al mundo hace ya 73 años, las calientes colinas del monte Rubijna me vieron nacer y escucharon la voz de mi madre y la mía fundirse en el primer grito. Mi padre, el más diestro forjador que nunca haya nacido. Creador de las mejores famosas espadas que guerrero alguno haya desenfundado para defender a nuestro Rey. Mi madre, una caricia de viento bailoteando estas tierras, el sueño de amor de cientos de hombres que en silencio idolatraron su magnífica presencia. Vientre bendito que me otorgó el privilegio de la vida.

Soy el menor de tres hermanos, todos machos. Casi todos valientes centinelas de la guardia real. Todos, excepto yo, guerreros retratados en épicas historias por la destreza de su espada y la severidad de su carácter.

Fui la excepción. Al menos eso fue lo que pude leer tantas veces en la mirada desencantada de mi padre. Nunca fui hábil para la confrontación física; una y otra vez fui vencido por mis hermanos en toda clase de juegos y peleas. Por eso, una vez cumplidos mis quince años, fui el único de los tres rechazado para ingresar a las tropas reales. De nada bastó el entrenamiento riguroso al que se me sometió. En la primera prueba que realicé fui abiertamente humillado por un joven soldado que me venció en pelea casi sin esforzarse. Aún recuerdo la vergüenza de mi padre plasmada en su rostro, cuando esa noche regresó conmigo a la casa, después de un largo recorrido sin mediar ni una palabra.

Pude sentir la deshonra de mi padre cacheteando mi cara y sentí la pena de no estar a su altura. Fue por eso que esa noche tomé la determinación de escaparme de casa y no volver nunca más hasta sanar esta afrenta, aún sin saber exactamente la manera de hacerlo. Recuerdo que salí sigilosamente hasta la entrada, y en la oscuridad de la noche me sorprendió encontrar la puerta entreabierta extendiéndome la invitación. En la mesa, un par de sábanas, un poco de comida y algunas monedas. La tácita exhortación de mi padre convirtió en determinación mi trémula intención.

Salí del pueblo rumbo a cualquier parte, caminé mucho, en medio de una asfixiante oscuridad. Sólo después de muchos pasos, mis pupilas lograron acoplarse con el negro de la noche y comencé a distinguir las sombras que me acompañaban en el camino. Una total ausencia de sonidos inundaba la montaña, sólo se interrumpía con el compás de mi respiración cansada y por el roce de mis piernas contra la húmeda vegetación. Fue entonces cuando sucedió… colándose entre el silencio total una voz singular comenzó a abrirse paso. No era hombre ni mujer, no era dulce ni fuerte, no era buena ni mala… o quizá si, quizá era todo esto al mismo tiempo fundido en un solo sonido…

–Kaleb (su voz me arropó en un espeso escalofrío) nada es azar. Sin saberlo, sin resistirse, el Sol recorre cada día el camino que le hemos trazado. Heme aquí junto a ti. He venido a traerte la buena nueva, porque tú has sido escogido por los Dioses para portar nuestra palabra, para esparcirla con sabiduría entre todos los mortales enseñando el camino hacia la luz bendita.

De más está decir que no había nadie a mi alrededor. De más está decir que me asusté. Solté mi mochila y corrí como loco en cualquier dirección. Las ramas de los árboles golpeaban mi cuerpo y mi rostro. Mi mente aterrada no daba tregua para razonamiento alguno. Mientras corría, el viento que silbaba en mi oído me siguió susurrando.

-Kaleb, hijo mío, deja que te tenga entre mis manos, que te proteja. Huir de nosotros es algo tan inútil como innecesario.

Entonces, una ráfaga de brisa me abordó, y rodeó mi cuerpo como en el epicentro de un remolino. Era cálida, aterciopelada. Parecía tenue, pero tenía la fuerza para soplar dentro del alma. Me sentí seguro, me sentí salvo, y entendí la bendición que los Dioses me prodigaban. Recuerdo que me senté en el suelo, aún jadeando por mi carrera intespestiva, cerré mis ojos y abrí mis brazos y mi alma para recibir la visita de los Dioses y su mensaje, que entraron en mi espíritu como una bocanada de aire fresco de las colinas.

Esa noche fue para mí el comienzo de una nueva historia.

Anduve recorriendo decenas de pueblos, llevando conmigo un mensaje de amor, de convivencia entre hermanos, de redención hacia los Dioses y su palabra. Curé muchas almas, expulsé cientos de demonios y bendije múltiples uniones bajo el manto protector de nuestros creadores. Cada sábado, sin falta alguna, subí a la más alta montaña del lugar y ofrecí en ofrenda algún animal, para beneplácito de mis Dioses que sintieron regocijo por mi regalo y por mi labor.

Sucedió que una tarde, mientras daba mi sermón en un pueblo del sur ante varios hombres del lugar, fuimos interrumpidos por una gran algarabía. Intrigado, hice una pausa en mis palabras y me acerqué al lugar de donde gritos e insultos emanaban sin cesar. Allí un hombre robusto de mediana edad sacaba a su mujer a empujones de la casa, tirándole sus pertenencias en el rostro. Ella lloraba, entre dolida y avergonzada por tan triste espectáculo.

Era Darma, la mujer del carpintero. Desde hace muchos años convivían en la misma casa, y él había hecho múltiples intentos para sembrar descendencia en ella. Pero su cuerpo maltrecho por un mal de la infancia se resistía a la gestación. Frustrado, Golím (que así se llamaba el carpintero) veía como los días pasaban y su mujer se envejecía sin darle el hijo que tanto anhelaba, y vio el presagio de una vejez sola y miserable, cuando sus manos no tuviesen la fuerza y la habilidad para hacer los hermosos muebles que vendía en el mercado. Así pues, decidió alcanzar su objetivo por otros caminos, y ese día por fin recibió con beneplácito la noticia de que la hija de su ayudante guardaba en su vientre su más esperado regalo, producto de un encuentro furtivo a las orillas del río.

A Golim no le tembló el pulso para ofrecer la casa a su nueva mujer, y esa tarde confrontó a Darma contándole todo aquello y obligándola a salir de su vida de inmediato.

La vi partir, y sus ojos me mostraron de nuevo la vergüenza y el dolor de saberse insuficiente para otro. Casi me pareció verla partir a través de la misma puerta entreabierta que dejó mi padre aquella noche. Por eso de inmediato la seguí, le tendí la mano y le di sustento esa y todas las noches por venir.

Darma resultó una asistente extraordinaria. Escuchó mis sermones con especial atención, y tuvo una extraordinaria capacidad para transmutar mis palabras de modo que fueran llanas y sencillas a oídos de los niños, que se agolpaban en torno a ella para escucharla hablar de los Dioses y su misericordia. Se encargó de mis ropas y mi comida, y constantemente recordaba mis tareas por hacer. Yo por mi parte, le brindé la compañía de un hermano y velé porque siempre tuviera techo y comida para subsistir.

Una noche, mientras volvía a nuestro refugio luego de exorcizar un demonio del alma de una anciana, divisé a lo lejos a Darma tendiendo la ropa que acababa de lavar. Fue entonces cuando un Dios se acercó como un susurro y me dijo: -Hazla tu mujer

- ¡Pero Señor! ¿Para qué me pides eso? Bien sabes que es mujer rechazada de otro hombre, ¡que nunca en ella encontraré descendencia!

- … sin resistirse, el Sol recorre cada día el camino que le hemos trazado. Anda, y hazla tu mujer.

Esa noche, conocí a Darma, la mujer del Carpintero convertida en mujer del predicador por un designio divino. Desde entonces nunca más me separé de ella, y aprendí a quererla como el regalo precioso que los Dioses me entregaron con cariño.

Pasaron los años. Juntos recorrimos muchísimas ciudades predicando la palabra y sanando el alma de los hombres. Y un día cualquiera, los Dioses derramaron en nosotros su milagro, germinando en el vientre de Darma la semilla de la vida.

Esa hermosa bendición cambió nuestras vidas. Con el pasar del tiempo se hinchaba su vientre y sus formas redondas le impedían recorrer las largas distancias entre las ciudades. Así entonces decidimos asentarnos en un pueblo grande, en el que construimos morada y templo, para ser visitados todos los días por las almas que buscaban el camino que marcábamos.

Transcurrió el tiempo en la más absoluta felicidad, por los cuatro vientos se hicieron famosas nuestras palabras y gente de muchos lugares vino a conocer al predicador y a la mujer del carpintero, que habían sido bendecidos por los Dioses con su primogénito. Nunca pararon de llegar, nunca pararon las ofrendas, y siempre era necesario hacerles ver que nosotros no éramos más que el instrumento a través del cual los Dioses expresaban su benevolencia con toda la raza.

Todos los sábados, semana tras semana, subía a la cima del monte más alto con un animal en mis hombros, y lo ofrecía en sacrificio a los Dioses como muestra de mi absoluta incondicionalidad, humildad y agradecimiento.

Ese sábado, el día había amanecido entre gotas de lluvia que ya empezaban a dispersarse. Temprano me vestí, enfundé mi cuchillo y fui a despedirme de Darma para subir al monte. Fue entonces cuando mi pequeño vástago se aferró a mí pierna pidiéndome que le cargara. Respondía con gritos cada vez que intentaba salir, y no hubo forma de separarlo de mi cuerpo. Lloraba con rabia cada vez que su madre intentaba retenerlo, así que tomé la decisión de llevarlo conmigo ante el altar de los Dioses para hacer el sacrificio.

Subí con él en brazos y con el animal atado a una cuerda, y no fue hasta la mitad del día que llegué hasta el humilde altar que con el paso de los años había improvisado para tal fin. Oré, pedí la bendición de los Dioses para todos los hombres, en especial para mi hijo y mi mujer, y derramé la sangre del carnero como humilde ofrenda.

Pero esta vez mi sencillo regalo no fue suficiente para satisfacer a mis Dioses.

- Kaleb, día tras día hemos bendecido tu vida, cumpliendo con aquello que ofrecimos esa noche en que corrías asustado a través del monte. Cierto es que nunca has faltado a tu obligación, que has sido obediente y consecuente con nuestra misericordia. Pero hoy preciso es que nos agrades con una ofrenda de legítimo valor. Henos aquí que venimos a pedir la sangre de tu hijo en sacrificio. Sólo entonces sabremos que tu amor es incondicional y tu lealtad absoluta.

Sus palabras retumbaron en mí cuerpo poniéndome a temblar de forma inmediata. El terror se apoderó de mí y no pude mediar palabra, solo llorar y llorar, mientras mi primogénito se asía a mi entrepierna.

Sabía que la réplica sería inútil, así que lo tomé en mis brazos y lo abracé con fuerza, él sonreía ajeno a la desgracia que ocurría. Cuidadosamente lo coloqué en la piedra de sacrificios, aún manchada con la sangre del cordero derramada en estéril sacrificio.

Fue entonces cuando sucedió, sentí dentro de mí una fuerza indescriptible, una total revolución, despertando la ira escondida durante tantos años en algún lugar de mi corazón… No volví a temblar. Tomé mi cuchillo con determinación y rabia y lo abalancé con todas mis fuerzas hacia el cielo. Dispuesto a matar a los Dioses.

Un grito de dolor tiño el cielo de rojo, y una lluvia espesa anegó todo el lugar…

No hay mucho más que contar. La ira de los Dioses fue desatada sin compasión alguna, fui arrancado de la vida y hoy estoy en el fondo de los abismos, en el lugar donde padecen las almas malditas… Un río de lava ardiente me baña constantemente, y un pájaro inmenso arranca y se come mi piel por pedacitos. A veces muero de tanto dolor, pero de inmediato un demonio se acerca y me devuelve la vida con un soplo de fuego, para que siga padeciendo este sufrimiento por al menos mil años…

En estos abismos viven los demonios que atormentan las almas de los hombres de la tierra. Ellos, a través de un inmenso orificio de luz, se sientan a observar a los hombres para conocer sus debilidades antes de poder tentarlos. Un par de veces, a través del orificio, he reconocido a mi hijo correteando con los niños del pueblo.

Veo su sonrisa, observo su rostro y reconozco en él los rasgos de mi padre. Lo veo feliz. Entonces, una ráfaga de agua fresca me recorre y me calma. Esbozo una sonrisa, y bendigo la mañana de aquel sábado en la que murió un Dios por mi mano.

Texto agregado el 07-03-2008, y leído por 529 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
13-05-2008 Estupendo. Siempre he pensado que Abraham debió de hacerle un buen corte de mangas a Yaveh cuando le hizo aquella propuesta tan indecente. Tu además, lo has escrito maravillosamente. Los dioses, homéricos o bíblicos, no merecen que se les haga caso si son tan exigentes o vengativos. Como comentario menor, te aconsejo una revisión del texto, hay algún defectillo en puntuaación y redacción. altorcan
09-05-2008 Te he leído con agrado y con admiración. El texto discurre sin tropiezos envuelto en la magia de tu imaginación y creatividad. Amen de las semejanzas bíblicas, me traes a la memoria los dioses homéricos, pasionales y vengativos, que entremezclan sus vidas con las de los hombres y al final no solo influyen en sus destinos sino que padecen también las decisiones humanas formando un tejido humano-divino de vida y epopeya. Felicitaciones. 5* ZEPOL
29-04-2008 Un estilo trepidante que ayuda al lector, para que éste devore con ansias esta historia donde la magia se une a la trama y desemboca en esa sonrisa final, llegándose a la armonía, la de lector,la del texto, y la del autor..Sorprendente churruka
31-03-2008 Excelente cuento amigo. Una narración prolija, detallada y equilibrada. Es muy dificil el campo que has tocado pero entre lineas se entrevee un fatigoso trabajo de laboratorio. Muy bueno***** alejandrocasals
24-03-2008 Buena narrativa que con un toque místico nos revela una capacidad creativa que vuela alto. Saludos. Jazzista
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