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Esa mañana fue breve. Cuando desperté abrí la cortina y el cielo se veía gris como siempre. Luego abrí la ventana y la brisa se dejó sentir en la habitación mientras Martina con una mano abría la puerta y con la otra sostenía la bandeja con el desayuno. -Buenos días joven, le preparé sus huevos revueltos con tocino, así que ahora no me reclame- dijo, depositando la bandeja sobre la cama mientras yo me incorporaba rápidamente. Le respondí con un gesto breve en señal de gratitud al mismo tiempo que masticaba violentamente el pan. Ella no era muy expresiva conmigo, generalmente yo me quejaba de su extraña actitud. Me pregunto si lo del desayuno lo habrá hecho por una especie de orgullo nacido de mis constantes reclamos, por un miedo a perder el trabajo, o por el escaso cariño que en tres semanas me habrá podido tomar. Lo que es yo, no le tenía mucha confianza, me daba la impresión de que tenía tres ojos. Estaba siempre pendiente de los llamados telefónicos, de mis salidas, de las cartas, las cuentas y de lo que yo hacía o dejaba de hacer. Mamá la defendía y cultivaba una creciente admiración hacia ella ya que la consideraba una empleada excelente. –Hemos tenido suerte- decía, -Mujeres responsables y de confianza ya casi no existen en los tiempos de hoy-. Eso es cierto, pero aún así, yo me cuidaba las espaldas.

Al terminar el desayuno entré al baño, pues aquel día tenía cita con el dentista a las 10:00 ya eran las 9:20, y me quité la ropa. Inmediatamente me di cuenta de que había olvidado la toalla y mientras el agua corría le grité a Martina que me la trajera. -¡Ya, ya, no grite! Dijo, y luego abrió la puerta tímidamente y extendió la mano con la toalla. –Acércate- le dije, pues yo estaba dentro de la tina y no alcanzaba a tomarla. Me cubrí desde la cintura hacia abajo con la cortina de baño y estiré la mano, tomé la toalla y noté una extraña mirada en sus ojos. Se ruborizó y se quedó observándome un momento, luego bajó la mirada y cerró rápidamente la puerta. A mi me hubiese gustado que se hubiera quedado allí. Me sentía solo. Ella era la única compañía en la casa durante el día y a pesar de eso parecía no estar. Durante las comidas yo veía tele, luego dormía o leía algún libro, pero ella nunca estaba ahí, y si estaba, no tenía tiempo para charlar. Pero en ese instante fue distinto, estábamos los dos, para los dos, nuestras miradas se cruzaron mientras el agua corría inútilmente tocando sólo mis pies. Dejé caer el chorro del agua un largo rato mientras rememoraba la escena. Martina repentinamente había cobrado vida. Imaginé distintos desenlaces para nuestro encuentro casual mientras el agua caía y caía. El vapor inundaba el baño creando una atmósfera húmeda, me sentía extraño. Descubrí restos de tocino entre mis dientes al recorrer mi boca con la lengua. No podía moverme de allí. Llevaba largo rato esperando que Martina apareciera, que abriera la puerta y con la misma mirada se quedara allí, contemplándome, entre el vapor y el ruido del agua. Pero no pasó nada. Cerré la llave, abrí la cortina y vi la toalla tendida sobre el piso. La tomé y comencé a secarme. Recorrí todo mi cuerpo sin dejar una sola parte sin secar. Todo lo hacía como si Martina estuviese mirándome, frente a mi, abandonada a su mirada. Coloqué la toalla alrededor de mi cintura y abrí la puerta. Salí junto con el vapor y me dirigí a mi pieza. Con espanto vi que eran las 10:15. Me vestí rápidamente y salí rumbo al dentista sin despedirme de Martina, pero todo fue en vano. Llegué a la consulta a las 10:35. Había perdido la hora.

Texto agregado el 15-04-2004, y leído por 139 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
16-04-2004 Nunca me había dado una ducha leyendo ¡Qué buena narración! Ahora, nos queda saber qué significó esa hora perdida, en el próximo capítulo, claro. Besos maravillas
16-04-2004 Qué buen relato! Me dejaste con el vaho del baño empañándome la vista. Plasmas a la perfección cómo una mirada es capaz de activar cualquier mecanismo. Luego la imaginación, el vapor, la soledad, la necesidad se van entrelazando formando un nudo de espera. Me gustó mucho. Un saludo. anapolar
 
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