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Réquiem para un escritor.





Compró un boleto para el colectivo.
-Debí haber corrido el micro que salió recién- pensó.
Pero eso no importaba. Ya estaba organizando en su mente algunas cosas que podría hacer mientras esperaba el próximo que salía dentro de 25 minutos.
Caminó hasta la plataforma pero en el camino recordó que en lo que iba de la tarde no había comido nada sólido, sólo había tomado un café en un ciber por ahí.
Pegó media vuelta recién pasado el kiosco. Y volviéndose hacia el quiosquero pidió una barra de cereal con chocolate recordando lo goloso que es y su manía de comer chocolates, pero a la vez, pidió cereal por el mismo motivo a razón de controlarse un poco.
Ya habiendo pagado se dirigió hacia la plataforma nuevamente mientras miraba los relojes de los distintos bares de la terminal para confirmar sin mirar el suyo si el reloj de la boletería estaba en hora.
A tan sólo un tramo de llegar pensó que hacía mucho que no compraba una revista y decidió que no era mala la idea.
Otra vuelta y caminar hacia donde se encontraba el revistero, el único abierto en ese horario.
Tan sólo había caminado unos pasos cuando se escuchó un fuerte estruendo, como una bomba o un neumático que revienta, y los reflejos naturales hicieron que se diera vuelta automáticamente, primero llevándolo a una primera idea de que pudiera ser una explosión, y luego en un espacio de jugueteo en su mente también pensó en disparos y hasta en un atentado. Ya es una fantasía demasiado grande - pensó – y se convenció que un estallido en la terminal tenía la mayor de las probabilidades de que sea un neumático, ya que los neumáticos de los micros son más grandes que los de un auto e incluso camioneta y supuso que entonces su ruido sería mayor. Ya estaba consolidada la validez de la hipótesis y con la tranquilidad de quien se sabe teniendo una verdad ya no le prestó tanta atención al asunto y se dirigió hacia su momentáneamente olvidado destino: El kiosco de revistas.


Compró un boleto de colectivo.
-A Mar de Ajó- dijo.
Retiró del bolso gris que llevaba una carpeta y allí guardó el boleto que el vendedor le dio. Caminó unos pasos pensando en una pregunta que le había quedado de todo lo que había estudiado y se preguntó si habría traído los apuntes que le debía devolver a una amiga.
-Ya me fijaré cuando llegue a la plataforma- pensó –creo que no quedaría muy bien que me pusiera a buscar acá parada en el medio del pasillo donde pasa toda la gente revolviendo mi bolso como una loca.
Ella sabía además de lo incómodo que le resultaría y supo en seguida que esa era la opción más viable, y a su vez se preguntó para sí; el porqué de la ocurrencia anterior.
Antes de llegar a la plataforma se le ocurrió observar los escaparates de la librería que ahora se había convertido en locutorio debido a la gran demanda de locutorios en la terminal, y también a la crisis reinante en el país. Una parte del negocio seguía siendo librería y ella se detuvo allí pensando en lo mucho que hacía que no leía un buen libro, rápidamente recordó que era desde que había terminado el año anterior en la facultad, aquella vez en al playa con sus amigas de Buenos Aires; aquellas que todos los veranos caen en su casa por unos días.
Miró por unos instantes con cierta curiosidad infinidad de títulos buscando acaso algo que le interesara mientras reflexionaba que en el camino a la terminal hay infinidad de librerías y nunca detenía su marcha siquiera para mirar alguna.
Se dijo para sí; -“lo que hace la espera...”
Luego de mirar su reloj y notar que todavía faltaban 20 minutos para la partida del vehículo, se alejó lentamente del vidrio del negocio hasta llegar a la plataforma que estaba a unos quince metros de allí.


-Hola... ¿tiene la revista Rolling Stone?
-No no me ha quedado- dijo la vendedora de revistas.
-Y... ¿la Inrockuptibles?
-Si pero está atrás del todo...
Y la señora del revistero empezó a moverse por el interior de ese puesto tan chiquito como abarrotado de revistas a no dar más.
De forma muy hábil salió con velocidad no imaginada y se la señaló.
-¡Esa!- Dijo él y empezó a leer los títulos de la portada.
Luego de leerla un poco notó que hablaba de grupos de rock que él no conocía y se preguntó como podía ser si tan sólo hacía unos meses que había dejado de comprarla con regularidad.
-¿La llevas?- dijo amablemente la señora; y eso lo sacó de toda reflexión.
-No, no tiene lo que buscaba... gracias.
Esas reflexiones anteriores sin querer lo llevaban a recordar que hacía varios meses que no compraba algo de música nueva, o mejor dicho, no grababa; aunque tenía la grabadora de discos compactos. Decidió salir de la terminal, total tiempo tenía; e ir hasta un local que estaba frente a la entrada principal y comprar unos compactos vírgenes allí que estaban tan baratos.
Compró sólo tres y volvió a la terminal pensando en cuanto al tiempo que le quedaba para esperar.
Tiempo para tomar un café no tenía porque iba a tener que hacerlo demasiado apurado y además ya había tomado uno en la tarde, así que trató de pensar en algo más para reducir la espera.
Mientras iba pensando, se iba acercando a la plataforma que figuraba en su boleto y en ella vio a una chica.
Reconoció era de mar de ajó, y pensó:
- alguien más esperando aburrida...


Ella no sabía por qué ese chico la miraba tanto. No lo conocía.
Es guapo y te mira- pensó- ¿porqué le niegas la mirada?
El se sentó a su lado.
Pasaron un par de minutos como si nada. Ambos se gustaban, pero ninguno de los dos se decían nada.
Delante de ellos la gente totalmente agolpada alrededor de un ómnibus que casualmente era el que ellos esperaban abordar. Más de la que normalmente hay faltando diez minutos para la partida del bus.
Éste; estacionado frente a ella no le permitía ver bien lo que pasaba, ya que; la mayor acumulación de personas estaba del lado contrario a la plataforma, entre un vehículo y otro que también se encontraba a punto de salir.
Pensaba ella que si quería enterarse de lo que estaba sucediendo debería levantarse y acercarse a ver eso que a su curiosidad tanto llamaba. También pensó seguidamente a esto que lo que se le ocurría era una locura.
Ella lanzó una ráfaga...
-¿Discúlpame, vos sabes que pasó?


Sorpresivamente recibió una pregunta al pasar...
-¿Discúlpame, vos sabes que pasó?
-No... mira que distraído soy, que venía caminando por todo el largo de la plataforma y ni me había percatado de que algo estaba pasando- respondió el chico.
Ambos permanecieron sentados.
-Ahora que me decís es que noto que del otro lado del micro hay una especie de colchoneta, así que pienso que alguien debe de estar siendo auxiliado en éste momento.- continuó – pero también me lleva a recordar que hace tan sólo unos minutos escuché una suerte de explosión o estallido muy fuerte.
Ella respondió: -Ay... yo no me levanto, a ver si hay alguien herido y desangrándose, mira toda la gente que se ha amontonado para ver, no; yo no me pienso levantar, sería muy morboso...
Una ambulancia llega justo en ese momento. Y las miradas de ambos se posaron en ella, como suele sucederle a algún niño cuando está jugando y le muestran un juguete nuevo y deslumbrante.
Ambos admiraban como despreocupados desde la distancia el movimiento constante de personas y el bullicio que se había creado en el lugar.
Ambos sin pronunciar más palabras.


¡Yo voy a ver que pasó!- dijo él.
Se levantó y se perdió en el tumulto.
Pasaron un par de minutos y no volvía. Ella ya lo había notado, él le gustaba. Definitivamente le gustaba y se preguntaba si a él le pasaría lo mismo.
A los pocos instantes aparece de ese tumulto con una sonrisa en los ojos.
-No pasa nada. Hay un muchacho con una botella de coca-cola a su costado y es como si estuviera borracho.
-¿Pero cómo? ¿Está lastimado o algo?
-No. Bueno, eso creo. Al menos sangre no se ve.
Un silencio entre ellos pareció cortar como un cuchillo el ruido del tumulto.
El se sentía atraído hacia ella. Pero una timidez propia de aquellas personas que son nerviosas lo atacó de repente.
Mientras, ambos esquivaban mirarse a los ojos llenándose con cualquier cosa, total todo lo que los rodeaba era fuera de lo normal.
De pronto una nueva ráfaga se escapó de aquella chica de cabellos cortos:
-¿Te imaginas que buena situación para un García Márquez?


-¿Te imaginas que buena situación para un García Márquez?-Dijo ella.
-¡Justo estaba pensando eso! –Dijo él
-¡Sí! (risas)
-Yo ya me imagino un montón de historias.
-¡Yo también!-Dijo ella con la mejor de las sonrisas.
-No, pero tenemos que sacarnos la duda de lo que pasó.
-Ya parecemos dos viejas chusmas...
-¡Réquiem para un escritor! ¿no?
-Sí (risas)
El morocho de cejas anchas se levantó y se acercó a un hombre de uniforme azul. Ese uniforme pertenecía a los empleados de la estación y él lo reconoció enseguida.
-Disculpe... Hola, ¿no sabe que pasó?
-No pasó nada. Es un muchacho que está un poco atontado porque se le reventó una manguera del compresor.
-Menos mal que no ha sido nada- Y pensó que ya tenía toda la información necesaria para ir hasta donde estaba esa chica que recién conoció y hacerse pasar por tonto esperando que ella no soportara más la curiosidad y le preguntara.
Se volvió a sentar a su lado y aguardó un instante para volver a mirarla.
Ella lo estaba mirando desde que se había levantado sin respirar siquiera, y como si entendiera el juego le dijo:
-¡¿y?!
El se rió y ella también; y luego de contarle todo lo que le dijeron pareció que toda la charla cambiaba de velocidad y se hacía más fluida.
Pero justo en ese preciso momento se escucha una voz...
¡Boletos para Mar de Ajó!


¡Boletos para Mar de Ajó!
Ambos se levantaron dejando atrás toda charla, como si no fuesen a abordar el mismo coche. Como si se tuvieran que despedir.
El ómnibus estaba lleno y por eso no podrían cambiarse de lugar.
Inesperadamente, ambos quedaron ubicados en la misma fila pero de costados opuestos.
Por el pasillo seguían pasando pasajeros y nadie ocupaba los asientos que les acompañaban en la fila, pero cuando ya casi no quedaba nadie, el asiento que acompañaba a ella lo ocupó otra persona.
Y en el pasillo comenzó a pasear un vendedor ambulante de esos que suelen pasar en las horas pico de éstas empresas.
El colectivo arrancó y el gentío guardó un pequeño y respetuoso silencio mientras se ofrecían productos.
Ella pensaba en lo bien que le había caído el muchacho y él pensaba en lo mismo de ella.
Pero pasaron muchas cuadras como minutos antes de que se bajara el vendedor. Para entonces ambos ya estaban en la suya, o eso aparentaban. Ella leía un libro que había sacado de su bolso, él miraba la ventanilla como con miedo de mirar hacia el otro lado.

Mientras él miraba la ventanilla ella disimulaba una falta de atención hacia los textos. El pensaba que si la mirara ella se sentiría demasiado observada y acaso no le costaría nada entender que el estaba muy atraído hacia ella. Pero de a ratos tomaba coraje y la miraba aunque sea de reojo para ver que hacía ella. Y ella estaba muy nerviosa o eso parecía.
Con un movimiento lento pero impreciso quiso meter el libro en el bolso nuevamente pero se le cayó sin querer. Entonces, quien justo la estaba mirando se arrepintió y volvió a mira la oscura ventanilla que a esas horas y a esa época del año, además estaba muy empañada.
La ansiedad por mirar lo estaba matando y empezó por hacer dibujos tontos en lo empañado.
-No. Estoy quedando como un estúpido- se dijo para sí.
Y durante el resto del viaje ambos estuvieron sin hablarse ni mirarse.
Pero como es normal, cuando el ómnibus llega a la ciudad empieza a dejar gente en las distintas paradas camino a la terminal. Y él pensó que lo mejor sería no bajar en la terminal. Ella pensaba lo mismo. Él era muy lindo pero no podía olvidarse que ya tenía novio.
Él, por el contrario solo pensaba en que si no se había animado a decirle nada hasta aquí y que, si no la iba a ver más, ya lo mejor sería no complicar más las cosas teniendo que saludarla nuevamente.
Ambos, sin saberlo, habían renunciado a terminar de conocerse.


Se levantó y se dirigió hasta la parte delantera del colectivo.
-En la 32- Dijo al chofer
Bajó y se acomodó la mochila que le incomodaba. Apurado no esperó que el coche moviera para cruzar hacia el otro lado de la calle y lo recorrió hacia su parte trasera para luego comenzar a cruzar antes incluso que el micro comenzara a mover.
Un impulso lo llevó a mirar hacia atrás por sobre su hombro, para ver partir el coche desde la otra acera, cuando la vio nuevamente. Ella aparecía detrás del micro como una estela humo.
¡Pero sí! Era ella.
Siguió caminando y pensando qué pasaría si se daba vuelta y la esperaba.
Por unas cuadras escuchó el ruido de unos tacos en las veredas, en su espalda. Unas pequeñas gotas golpeaban contra las tejas de los techos y empezaban a mezclarse con los pasos. Pasos que se perdieron de repente cuando se dio media vuelta por fin. Ella ya no estaba. En su lugar lo que pudo encontrar fue una historia sin besos, sin camas ni caricias.
Y que a falta de esos recuerdos rápidamente olvidó.

Texto agregado el 15-04-2004, y leído por 89 visitantes. (0 votos)


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