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LUZ DE LUNA.
SILVIA PARRA B.
Dentro del bus el aire es denso, irrespirable y estoy ahogada entre cuerpos calientes, es verano aún. Cuarenta o más cuadras para acercarme al paradero y de allí caminar a casa.
Esto cansada, no son ocho horas de laborar, subir al bus en la manñana y al regreso es una pesada actividad ni remunerada ni gratificante. El dinero es poco, hace tiempo que escasamente compro lo más necesario para mí. Algo decepcionada de este vivir que no puedo mejorar. Por fortuna tengo trabajo y lo cuido, me es necesario y hay esperanzas a veces.

Despues de abstraerme en mis simples meditaciones. caigo en cuenta que algunos pasajeros, los menos han tenido la suerte de descender en los paraderos dejados atrás. Aún falta para hacerlo yo, el ambiente se ha alivianado en décimas.
Mi madre espera en casa, hace todo lo que puede con sus entorpecidas manos, está en tratamiento y como hoy cobré mis honorarios, pasé a la farmacia y le compre sus medicamentos, tiene que salir adelante para que no sufra tanto. Discretamente toco el dinero que llevo en mí ropa interior, asegurado por los jeans.
Lo que mamá recibe es poco y esto está destinado para el gasto de la casa.
Estoy llegando, ya no daba más. Desciendo y el bus gime su marcha. ¡Dios! Los arboles tan necesarios oscurecen las veredas y camino dos largas cuadras por la calle Las Torres, para luego cruzar en diagonal el sitio eriazo para llegar a los primeros pasajes de la villa donde vivo. En invierno este cruce me aterra como nunca. Ahora en verano, corre una brisa agradable, la luna platea el camino y lo deja como día. Alguien viene atrás, me da miedo y apuro el paso, las pisadas se acercan, ganas de correr y no lo hago. En los pasajes siempre hay jovenes charlando o escuchando música, a veces algún trovador y su guitarra. Apuro el paso todo lo que puedo. Y las pisadas se acercan más, tropiezo y salto conteniendo un grito. Y la voz de de Mauro me piropea. Casi desfallezco de alivio, estoy enojada con él y no le contesto, pero se alivia mí tensión, por lo menos no cruzaré sola el sitio abandonado. El Mauro me retiene ahí, en el medio del camino, a la luz de la luna. Sus dientes blancos y su largo pelo rubio me hacen temblar de otro miedo. Las cosas no están bien, no he dejado de amarlo reconociéndole sus defectos. Es mí único amor y me posterga por por sus amigos, por el futbol y dice que soy egoista.
Es una relación embellecida por mí luna interior, así como la luna permite que con su brillo plateado se vean bellas en la noche las malezas, los envases diseminados, papeles y los arcos parchados de la seuda cancha para juegos.
Mauro me abraza y no lo rechazo, un suspiro se escapa de mi pecho sin yo querer. El ríe contento, me acaricia el rostro y me dice al oido: -Linda me ha ido bien, empecé a trabajar y estoy conforme. Te esperaba allá, en el banquillo del quiosco. Pasaste muy rápido. En mi vida eres todo y lo sabes, deseaba tenerte a mí lado. Eres la única.

-No se. No hay otra tonta limpia de cuerpo y alma y lo sabes.

Mí cansancio desapareció, disimulo mí alegría. Y me dejo llevar a esa sensación de paz y ternura, entregandome al sentir sus manos en mi pelo, en mí cuello, en mí cintura. Sus besos buscan los míos y respondo olvidando la luna y mi enfado. Caminamos abrazados, recibo sus besos en mis mejillas ardientes, en mis párpados y en mis manos. Pierdo otra vez la cordura.
Llegamos al callejón en penumbra, me da miedo y verguenza. No somos los únicos. Ubicamos un lugar oculto de la luna y se desata nuestra pasión veinteañera, presurosa. Incómodo y vergonzoso. Nos marchamos. Lo mismo de siempre. En el recuerdo de este momento,mañana sentiré denigrante lo que hago, no por lo que hacemos, sino donde.

Llego a casa, mamá se durmió esperandóndome. En silencio me tiendo en mi cama. A las once horas mamá debe ingerir sus grageas. Escucho algo de música en la radio y pienso...
...duermo hasta el amanecer, mamá despertó sola y me cubrió con una manta y algo más en mis pies y no la sentí. Pobre madre. Aun tengo sueño, no soy capaz de desvestirme. Lo hago al despertar en la mañana y voy al baño. Duchándome ya, recuerdo el dinero, salgo de la ducha. Reviso mi jeans, mi cuadro, no está el sobre. Ansiosa, casi histérica reviso mi ropa otra vez y la sacudo. Busco en el cuadrado de la ducha, en la taza del water. Nada, nada. ¡¡ Nada Dios mío!! Envuelta en toallas corro a mí pieza, mamá apunta desde la suya:
-No te apresures tanto, hija, aún es temprano.

¿Temprano para qué? Para sufrir. Doy la luz, inspecciono todo y con la linterna debajo de la cama, repaso el suelo, cada rincón, desesperada gimo implorando al cielo: -Que lo encuentre, que lo encuentre. Clamo, suplico: Santa Eena bendita, ayúdame. En ese momento efusivo, feliz se debe haber caido en el refugio del callejón.
Si, porque Mauro es flojo,supongo que no es ladrón.



SilviaParra B.




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Texto agregado el 12-04-2008, y leído por 358 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
13-04-2008 Muy buen cuento, sentì la desesperaciòn de la protagonista. doctora
12-04-2008 Hay amores que matan...Salú. leobrizuela
12-04-2008 lindo relato, te felicito, Javier mjr10
12-04-2008 buen cuento, me mató el final, buaaaa divinaluna
12-04-2008 lindo relato, te felicito, Javier mjr10
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