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El aprendiz se baño tranquilo, se afeito con crema humectante, se cepillo los dientes (por secta vez en el día)
Y comenzó a peinarse suavemente hasta lograr la simetría perfecta en su peinado habitual (la raya al costado justo en la mitad de la mitad de su cabeza) Dejo el peine y abrió el botiquín, allí, entre la jungla de enjuagues bucales, antiinflamatorios, valium, hilo dental estaban sus existios perfumes. Kane, JyJ, Renyar, y otros. Solo dos gotitas en cada lado del cuello y una en su pecho lampiño, el efecto del Renyar no necesitaba de mas, el aroma estaba pero no asfixiaba, el sabia de eso. Se observo al espejo y se guiño un ojo, un ensayo a ultimo momento nunca estaba de más.
Salió envuelto en una bata blanca al balcón, estaba en un séptimo piso, en el medio de Palermo Holywood, era un edificio de estrellas de la tele y empresarios de la farándula, toda gente que era mejor tener como herramienta en una charla casual (que se volvería interesante con este condimento) que conocerla de verdad, eran unos hijos de puta egocéntricos agrandados y el aprendiz no soportaba compartir egos, solo podía con uno.
El suyo.

El aire de la noche lo envolvió con una ráfaga refrescante, era noviembre y el calor en Buenos Aires era una tortura de 24 horas. Volvió al living y prendió el equipo de audio.
Lentamente la ronca voz de Tom Wayt envolvió el ambiente. Encendió un cigarrillo y se dirigió al cuarto trasero o como él lo llamaba “el vestidor”
Era una habitación exclusivamente para la ropa, los lujos de vivir solo. En el ropero estaban los trajes combinados (obvio, por orden alfabético según los colores) Eligio uno de Ona Sáenz azul marino, luego fue hasta el corbatero pero al instante desecho la idea, no era noche para corbata, solo tomo un cinturón de cuero negro, saco un par de medias negras y comenzó a vestirse.
Los espejos ocupaban toda la pared lateral del cuarto reflejándolo y creando la ilusión de mucha mas profundidad, la iluminación también se duplicaba era una obra de arte del diseño de interiores echa con sus propias manos.
Una mirada preliminar. iba bien, ahora la otra parte del asunto, tal vez, la más delicada, los zapatos.
Abrió un cajón de casi un metro y medio de largo y lo inundo el aroma del cuero y pomadas. Era una decisión infernal, tantos zapatos, cual, cual... tomo un par de Tachini marrones con hebillas doradas, no, demasiado ostentoso, no, no, los volvió a dejar en su lugar, los Vilvo Yiovani mhmm.. no tampoco, no tenían nada que ver con el cinturón.

Había que establecer un orden, era la única manera de lograrlo:

Primero negros, así que nada de marrones o cualquier otro color, segundo, debían tener hebilla para no dejar el cinturón en desequilibrio, tercero, lisos sin ningún detalle en el cuero, (había que recordar que la idea original era un vestir híbrido entre sobrio y casual) y finalmente cuarto, la hebilla tenia que ser plateada para estar de acorde con la hebilla del cinturón.

Se quedo allí mirando todos esos zapatos casi diez minutos, finalmente agarro un par de ChiaCarlos y cerro el cajón. El estudiante sabia cuando decirse basta, esos eran los correctos, cumplían con todos los requisitos y encima solo los había usado una vez. Se los puso sentado en una banquetita de bronce, se paro y se volvió a mirar al espejo. Su imagen era abrumadora, gigante, Eterna, ¡PERFECTA!, un Adonis porteño. Si, el aprendiz estaba satisfecho.
Volvió al living y marco el numero de la agencia de remises en sus celular Motorola 5047 Eage, al otro lado de la línea la chica atendería en algún teléfono mugroso y barato, eso siempre le producía cierto malestar, en fin, era un mundo berreta, la gente no tenia buen gusto y en general tampoco buenas vidas, comían basuras recocinadas, se vestían con harapos, se bañaban en colonias nauseabundas, ¡Dios! De solo pensarlo le daban arcadas, mejor olvidarlo, si, el estaba allí, ellos allá, mucho mas allá.

- Remise Diamante, buenas noches, en que pudo servirle...
- Hola – dijo el aprendiz con su mejor voz de locutor – necesito un auto en Santa Fe al 2004. – eso estaba a una cuadra de su edificio, no era bueno que esos brutos remiseros supieran su dirección exacta, nunca se sabia cuando te podían robar.
- Muy bien señor, llegara en 10 minutos – la voz de la descerebrada era mecánica, harta del mismo discurso – muchas gracias – concluyo.
- No hay de que – el aprendiz sabia mantener la postura en cualquier situación hasta en contestarle a un mono amaestrado al otro lado del teléfono – Gracias a us...
- Tut-Tut-Tut... – la mujer había cortado.

Cerro el celular, a la mierda con la mujer esa, no necesitaba sus oídos de clase media (¡Rata Pobre!). Hoy no iba a dejar que le jodieran la noche, la ultima ves la cosa en su cabeza, eso que el llamaba rabia roja, casi lo domina y lo lleva al desastre. Fue en un día cualquiera, el caminaba hacia el mercado, pensando en tomates maduros y lechugas verdes, olvidándose por un instante de su ropa y su afeitada y lo diviso al imbecil, lo vio media cuadra antes entre la masa de gente, tomando un café y hablando por celular al mismo tiempo supuso que tal vez pudiera colisionar con el, sintió que seria eso lo que encendería la rabia roja, pero no iba a cambiar su rumbo, no, no. El imbecil vociferaba, se escuchaba de cualquier lado, se atragantaba en el café (seguramente de Mc Donals, mas agua o meo que café, ratas, ratas...) estaban a tan solo 10 metros, el aprendiz mantuvo su ruta, en perfecta línea con las baldosas, el imbecil seguía avanzando. Lo estaba mirando fijamente ¿estaba pensando en que el, El, ¡EL! debía cambiar su rumbo? Ja, ja, el no pensaba variar su ruta. Ya estaban a solo dos metros, la colisión era inminente, el tipo seguía hablando y hablando y ¡¡HABLANDO!! El aprendiz extendió su mano derecha, como un misil pego contra el pecho del imbecil, el café voló hacia una vidriera de ropa interior femenina (nada bueno, todo imitación, todo rasca) el celular callo y reboto varias veces hasta llegar al cordón de la vereda.

- ¡He! ¡Que haces man! – la pierna del aprendiz voló como un rayo a los tobillos del imbecil, que, primero grito y a continuación callo de culo al suelo. - ¡Ay! ¡Hijo de puta! ¡Que mierda haces! – el no contesto nada, no valía la pena – ¡Che! ¡Alguien que lo pare! ¡Che! ¡Che! – pobre imbecil, esto era Buenos Aires, peor aun, era Recoleta, la gente no se metía en nada si no estaba su culo en juego y así y todo lo pensaba dos veces.

El imbecil estaba tirado en el suelo gritando, puteando, buscando su celular, el aprendiz fue tranquilamente hacia el cordón y lo tomo. Casi le daba alergia tocar tan grande pedazo de basura, era un Nokia de mierda, y el imbecil hablando por el, haciéndose el importante, ¡EL IMPORTANTEEEEE! ¡EL SEÑOR OCUPADOOOO!... asco le daba, A S C O!!

- ¡¿Que ahora me pensas robar el celular?! ¡¿He?! ¡¿He?! – el aprendiz se acercaba despacio, con el celular en su mano extendida, como si el aparto oliera a mierda, o fuera radiactivo - ¡Que vas a hacer man! - ahora el imbecil se estaba preocupando, la cara del aprendiz no reflejaba ninguna emoción, era de hielo, de categoría, de propaganda de Ferrari. – Che, olvidémonos de todo, yo, yo, venia distraído, y... y vos solamente, este, me frenaste y... y nada, ya esta, si, ¿si? ¿he? ¿ya esta? ¿si? – estaba transpirando, se agarraba con fuerza el tobillo, la gente pasaba alrededor de ellos como si no los viera viéndolo todo y absorbiéndolo en sus retinas. A lo lejos, en la esquina, el aprendiz vio, (¡al fin!) a un policía que se acercaba perezosamente, como detestando el mundo. Esto tenia que terminar, debía controlar la rabia roja en su cabeza, una especie de bruma que lo teñía todo, debía ser (¡nuevamente!) un ciudadano común, ejemplar, potentado, una ovejita agradable, si.

- ¿Señor? ¿Se encuentra usted bien? – pregunto el, con una voz que se le antojo de medico de los caros – Creo que se le callo el celular, tome por favor. – el imbecil, tenia la boca abierta, estaba... ¿asustado?, ¿confundido? Miraba el celular en la mano del aprendiz y miraba su rostro frió, aunque... ahora era como agradable, como si lo frió estuviera oculto tras esa nueva cara. – Por favor señor, tome su celular

- S si... g gracias... si, gracias, es, es mío, m m muchas gracias... – el policía ya casi estaba sobre ellos, el imbecil aun no lo había notado pero si había visto la navaja en la otra mano del aprendiz, insinuándose en su mano izquierda como una víbora de plata.

- No hay de que y por favor, tenga cuidado al ir hablando por celular en la calle, estas caídas pueden ser peligrosas, ¿si? – y en esta ultima afirmación volvió, por un instante, aquella cara fría y lunática.

- ¡Si! ¡Si! Tiene usted mucha razón, mucha, mucha razón, muchas gracias...

- Necesita que lo ayude a levantarse – lo interrumpió el mientras el policía le tocaba el hombro y le preguntaba que había sucedido.

- ¡No! ¡no! ¡No se preocupe! ¡Por favor! Ya lo he m-molestado mucho, p-p-por favor, no se moleste mas, s-siga, siga, yo me levanto solo. N-n-no pasa nada, gracias, gracias.

El aprendiz se levanto y giro hacia el policía que todavía no entendía nada y que por su rostro tampoco tenia grandes intenciones de entender nada.

- Buen día oficial, estaba intentando ayudar a el señor que se resbalo y cayo.
- Se encuentra usted bien – le pregunto al imbecil que observaba todos desde el suelo
- ¡Si! ¡si! Por favor no pasa nada, yo me caí solo, nada mas, muchas gracias, muchas gracias.

El aprendiz saludo al oficial y se fue alejando del lugar. A las dos cuadras paro un taxi, la navaja en su mano izquierda tenia sangre, su sangre, la había mantenido apretada hasta llegar a su casa. Fue al baño, tiro la navaja contra el bidet que instantáneamente se mancho de rojo y vomito en el inodoro 10 minutos mientras reía intermitentemente solo.

Definitivamente tenia que controlar esos ataques de rabia, algún día podría terminar en cana y por mas modales que tuviera su reputación quedaría sucia para siempre, pero aun, sucia ante el mismo y el era su peor juez, era implacable e indetenible.
Presiono el botón y la puerta del ascensor se abrió, decidió que todavía había tiempo, haría una parada en la cochera del edificio, solo un minuto para observar el BMW plateado, esa belleza alemana que solo soñaba por sentir su culo en el asiento, acelerando, enloquecido detrás del volante, devorando el mundo. Las luces estaban bajas, alrededor de el había Nissan, Porsche, Focus, Mercedes los mejores de los mejores. Esos coches eran un reflejo de el ego de sus dueños, del tamaño de sus pijas, de sus tetas, de sus miedos, de sus logros. Se acercó a el (¡Su!) BMW sin tocarlo, lo habían mandado a encerar ayer (el lo vio desde su ventana de POBRE, POBRE) y no quería marcarlo (¡Pobre! ¡Pobre! ¡Dedos de pobre rata! ¡Grasa en la punta de los dedos! ¡Grasa de pobres!). Era hermoso, casi se podría haber olvidado de salir, quedarse allí mirando su rostro en el capot de esa bestia, goteando perfección, su rostro, el coche, su rostro, el coche, su ros... Un minuto, listo, tenia que salir si no perdería el remise. Antes de llegar a la salida saco la llave del departamento y la paso alegremente por todo el costado de un Porsche negro de una de esas putas que ahora hacia carrera en la tele (¿cuantas pijas habrá chupado para llegar allí? Se pregunto mentalmente) La línea era terriblemente ofensiva, destrozaba toda la armonía de aquella maquina hermosa. Era casi triste, como la muerte de los lindos o la plata arrugada.

- Es un mundo duro – susurro el aprendiz y salió a la calle.

La ciudad le gritaba “¡ACÁ ESTOY! ¡SIIII!” con un millón de ruidos de autos, colectivos, motos y gente y gente. Era una inyección de adrenalina, o te despertaba o te mataba, el estaba preparado para amabas cosas. Miro el reloj todavía le quedaban un par de minutos extra, miro un par de vidrieras, y también algunos culos veloces. Las mujeres por lo general le sonreían, el se mantenía distante, como quien sabe que todo eventualmente llega. Su encanto rescindía en el simple acto de dejar que las cosas fluyan y de aceptar que todo lo que el podía hacer para ser atractivo al sexo opuesto estaba echo, si ellas no lo veían o no lo entendían, ellas se lo perdían.
Llego a la dirección indicada y se quedo allí parado a la luz de la luna como una iguana, estático, frió, casi muerto, casi vivo, la mas triste estatua viviente. La luna estaba llena de pálida luz, la luna le caía mal, no combinaba con la ciudad ni con su estado de animo, le traía recuerdos de la infancia, de aquella vida pretérita casi ajena, como contada por otros en charlas de sobremesa. Esa vida que tanto se había esforzado en acecinar, en no-recordar jamás, ni mencionar.
Uno podía con esfuerzo y dedicación eliminar recuerdos, superponerlos, retocarlos, deformarlos. Se podía olvidar el sonido de las voces del pasado, los lugares, las calles, los muertos queridos, las navidades, los cumpleaños. Si, se podía, pero con los aromas, bueno, con los aromas la historia era otra.
Los aromas aparecían de la nada, una colonia de una mujer en la plaza con su bebe lo transportaba a la habitación de su madre, el tipo vendiendo garrapiñadas en la esquina de Córdoba y Entre Ríos lo arrastraban, nuevamente, a las manos de su padre y las eternas caminatas de los domingos. Las viejas quemando hojas en la calle era su madre dejándolo prender el fuego a los 8 años, el humo de los Particulares era su padre en la cocina escuchando la quiniela, cada aroma era un recuerdo que se reconstruía intacto, implacable en su mente, y claro, esto era un tormento, un desatino emocional que no podía descargar en nadie, pero lo peor de este pasado necio, lo peor, era, la pobreza.
La pobreza peor, la del pobre como su padre que soñaba con lotería o martingalas. La de su madre que admitía en su vida a la misma pobreza como única forma de vida, la de el, sin escape a aquella inocente edad, siempre con menos que todos, siempre al borde de la nada, o del casi algo.
Y ahora en estos últimos segundos de espera, la luna allí, la puta luna allí, recordándole una vez mas, que olvidar es un lujo, un imposible, un acto de lunáticos y desesperados, la puta luna allí como cuando era pobre y la veía en el patio de su casa, la luna hija de puta llamando a los aromas mas criminales y por supuesto, su mente se deslizó hacia atrás, lejos de los slogan y marcas, a miles de millones de kilómetros de este hombre sofisticado y frió que estaba congelado en la vereda. Casi casualmente, como si dentro de su cabeza no estuviera avivándose el infierno de los recuerdos, como si nada pasara en absoluto, se estaba yendo, por un rato no mas, pero con el peor dolor.
De nuevo 12 años, fiesta de egresados, todos los chicos tenían trajecitos blancos y corbatitas rojas, olían a colonia, sus madres y padres detrás de ellos arreglándoles el pelo y allí, a un costado el futuro aprendiz era solo Pablo, Pablito, con los Jean percudidos y los zapatos sucios, lleno de odio y vergüenza. Su madre detrás de el intentaba arreglarle el pelo, pobre la vieja, no era mala, era pobre.
Y su viejo, ese si que era un hijo de puta, se había gastado hasta la ultima moneda jugando en las maquinas del bingo, fracasado, imbecil, poco hombre. También había entregado a un prestamista la camioneta de la empresa, a cambio de que no le destrozaran sus dedos. Ese mismo día lo echaron de empresa. Esa misma noche pidió un revolver prestado y al amanecer, se pego un tiro en la cabeza.
Cuando Pablo escucho el estruendo (y este hombre del futuro, este aprendiz también lo volvió a hacer) ya sabia que había sucedido, no era ninguna sorpresa, el viejo se había ido para siempre al otro barrio, tal vez, allí tuviera mas suerte con sus putas maquinitas tragamonedas. Su madre grito, pero no duro mucho, ella también estaba cansada, desde hacia una año limpiaba casas y cuando llegaba a la suya se encontraba con que el televisor no estaba, o la radio, cualquier cosa que se pudiera vender o empeñar se iba con el viejo al bingo. Bueno esa noche ella grito, pero es hasta el día de hoy que El aprendiz se preguntaba si fue un grito de espanto o un grito de liberación.
Si embargo el viejo tenia algunas cosas buenas, era, también, acreedor de esos que se llaman recuerdos lindos.
Verlo fumar en la camioneta, con la mirada indestructible, blindada, el héroe, invitándolo a el para que lo ayudara en el trabajo, jugando a que mas allá de padre e hijo eran solo dos buenos compadres yendo al trabajo como hombres de bien.
Le decía:

- Algún día, y espero todavía no haberme jubilado en la empresa, vos vas a hacer este mismo trabajo, y vas a tener una familia y yo, tu viejo, voy a ser el tipo mas feliz del mundo...

Después le despeinaba el cabello, medio bruto, medio fuerte, que, es por lo general la manera en que los hombres le dicen a otro (en aquel momento, hombre a medio hacer) que lo quieren. El se quedaba sentado mientras la vieja Ford se deslizaba como un escarabajo gigante por las calles de tierra, se quedaba quietito mientras su panza le hacia cosquillas y sonreía por dentro, con una sola certeza, era feliz, era amado y el mundo aun er...
¡¡PIIIIII!! ¡¡PIIIIII!! ¡¡PIIIIII!!

El remis había llegado, lo tenia enfrente de sus ojos pero por supuesto, sus ojos recién volvían del pasado, recién volvían a ser del aprendiz y no de Pablito.

- Chau Pablito, chau al viejo y a mamá y a la Ford y toda la puta pobreza que me parió... – y luego de susurrar esto, le dio la espalada al remis y saludo a la vidriera que estaba detrás de el.
- ¡¡PIIIIII!! ¡¡PIIIIII!! ¡Jefe! ¡Que no tengo todo el día! ¡Va a subir o no! - dijo el remisero que estaba sudando dentro del coche en su ultima hora de trabajo - y ahora –pensó - esto, otro loco de mierda de ultima hora, puta suerte, puta suerte...

El aprendiz abrió la puerta y la cerro con fuerza. El remisero giro y lo miro con odio.

- Por favor, intente cerrar con cuidado, o la quiere pasar al otro lado a la puerta, por favor che...
- Si la puerta se rompe – lo interrumpió el aprendiz, - se la pago, ¿Si? – su rostro frió se reflejo en el espejo retrovisor - ¿Si? – volvió a preguntar mientras observaba los ojos del remisero en el mismo espejo que el remisero observaba ese par de ojos desquiciados.
- Si, si – contesto de mala gana el remisero, hoy en día los locos estaban por todos lados, y por desgracia la gran mayoría llevaba un revolver o una navaja, podía ser cualquier y podía ser cualquier día, el, al menos, iba a intentar que no fuera ese, ni ese día -¿adonde va? – dijo lo mas amablemente que pudo, recordando que tambien el tipo era cliente de la remisera desde hace mas de 5 años y con eso no se jodia, remiseros había muchos, clientes fijos pocos.
- Ahaaaa... mhmmmm... “La Rushe”... en... en puerto maderos, mhmmm... – el aprendiz se quedo como tildado, emitiendo este sonido, como si en su cabeza alguna cable estuviera haciendo corto, dudando si valia la pena el viaje, su vida, la fatalidad de lo inconcluso, la prepotencia de la realidad inevitable que nuevamente estaría allí, en aquel restaurante escupiéndole el ojo del ego (otra ves) herido.
El remisero escuchaba y esperaba el final del dialogo. Tenia la sensación de que finalmente, después de mas de 15 años laburando en remis, le había tocado su loco. ¿Tendría una convulsión? ¿Le estropeara el tapizado?
- ¿Conoce la dirección? - dijo de la nada el aprendiz, descartando una ves mas las dudas, tal vez, desechando a la razón que pendía de un hilo. Negando todas aquellas alarmas en su cabeza que gritaban, “¡Basta de esto! ¡Por favor Basta!”
- Si, si, no hay problema, pero, ¿se encuentra usted bien? -Si, si por supuesto, ¿por qué? ¿usted no? – la locura se había asentado, la razón volvía a recostarse en los paramos del olvido, allí atrás, justito delante de los sueños frustrados.
- Si, claro, por supuesto, disculpe, la Rushe, puerto maderos, listo...

El aprendiz se miro las manos, las uñas perfectas, casi sin arrugas, pero temblaban como las de un viejo, la semana entrante iría al medico, eso no podía ser normal, pero hoy en día que lo era, sin ir mas lejos su ultima chica, una rubia que modelaba en algunas revistas (que el compraba y escondía debajo de la cama como si fuera un niño de 12 años, como si a alguien le importara nada de el, como olvidando su soledad), tenia un culo espectacular, con mirada de víbora, con tetas firmes, todo en orden, mejor que en sus mejores pajas, mas perfecta que en su fragmentada memoria... y sin embargo le dijo:

- ¡Hay ese perfume que usas es espantoso!

El se quedo mirándola, hicieron el amor sin volver a mencionar
el tema. Nunca la volvió a llamar. Puta de mierda, Puta ignorante, Puta barata, si, así como así, se había revelado su real naturaleza, una puta de mierda bruta que no sabia apreciar un perfume bueno de verdad. Entonces si hasta el, ¡El! Podía equivocarse con la gente que le interesaba tener a su lado, como mierda el mundo podía tener algo de normal, como, ¡como!
No, nada funcionaba, como debía, los ascensores se quedaban trabados entre un piso y otro, los viejos estorbaban en las escaleras, el mundo era una larga cola de mendigos que apestaban el todo infinito del universo y ahora esto, las manos temblando, ¡pero aun! Sus manos temblando, ¡Dios! Nada que hacer, el mundo no era un buen par de zapatos, solo el intento de algún dios principiante y arrebatado, si no, ¡¿Cómo se explicaba esto?!

- Llegamos jefe, son $23.80.
- Tome, guárdese el cambio

Bueno hay estaba “La Rushe” el restauran mas fino de
puerto maderos, un diamante entre tanto vidrio pulido, el lugar donde los egresados en el arte de la Clase finalmente ponían en practica todos sus trucos. La promesa de que vale la pena vivir un poco mas aunque sea solo para observar ese templo al lujo, a la calidad de vida, al exceso de perfección, a la gente linda y fina. Sentir desde el otro lado de la calle el frió resplandor de miles de diamantes en manos de porcelana. Ver, todos y cada uno de esos rostros perfectamente esculpidos, históricos, atroces, eternos...
¿Cuál seria el plato del día? No importaba, era La Rushe, siempre era bueno el plato del día. Camino en línea recta hacia la entrada y casi llegando se desvió a la derecha, entro en un callejón oscuro, al fondo se veía una lamparita y un cartel iluminado en verde, decía:

EXIT – SALIDA DE EMERGENCIA

Paso de largo como había echo un millón de veces, siguió avanzando, mas y mas al fondo, otra lamparita iluminado una especie de patio sucio, bolsas de basura, cucarachas, ratas y ratones corrieron al sentir sus pasos, sus finos y delicados pasos en zapatos Tachini. El aprendiz golpeo la puerta dos veces y espero debajo de esa lamparita y junto a la basura y los roedores. A lo lejos se escuchan pasos y gritos, ordenes, de repente la puerta se abrió.

- Ah, sos vos... – era un tipo gordo inmenso, estaba transpirando y olía a salsa de tomate y caldo de pollo – espera que voy a fijarme se hay algo.

El tipo gordo serró la puerta en la cara del aprendiz, el ni
se inmuto, esto sucedía siempre, era parte de la mecánica del asunto.
Pasaron 10 minutos, 15 minutos, 20 y de vuelta la puerta se abrió. El gordo traía en una mano una bandeja de cartón y en la otra un pedazo de pan, miro al aprendiz de arriba abajo y rió un poco, después tosió arriba de la bandeja y el pan.

- Bueno, acá tenes, Ja, Ja... buen provecho loco hijo de puta, ja, ja, ¡Buen Apetit!, ja, ja, ja... – la bandeja callo a los pies de el, salpicando algo que podía ser salsa o sangre.
- Graci... – La puerta se cerro a mitad del gracias.

El aprendiz levanto la bandeja y se sentó en una caja de cartón,
las cucarachas volvieron a huir. olía bien, la abrió, ¡mhmmmm! La boca se le hacia agua, fideos con crema, una maravilla, realmente una maravilla se dijo y comenzó a devorarlo.
Adentro se escuchaban las ordenes de los cocineros y los mozos pidiendo platos en francés, la gente reía, gente fina, gente con clase riendo con clase, con la boca cerrada, tomando vinos añejos en copas de cristal y esperándolo a el, a el aprendiz, porque si ahí algo que el sabia era que algún día, en algún momento, el estaría allí, con ellos, brindando y riendo con Clase y ya no seria ese mal chiste, ese tipo con eternamente casi todo, aprendiendo todo, gastando lo que no tenia en clase y autoengaño loco, lunático, triste sin celebridad.

Ese mendigo jugando al potentado,
esa chispa diminuta en la ciudad que se repite cada día:

“Soy el incendio”


Texto agregado el 16-04-2008, y leído por 87 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
05-03-2009 Excelente!, el final es el cuento en si (característica clave de otros excelentes cuentos), pero el final no lo vale si no fuera por todo el tedio (y de no ser tediosa la introducción, no tendría el impacto necesario el final propiamente dicho). Te doy un 5 (que es el puntáje mas alto que se me permite para evaluar el texto) camarada. EmilianoSejas
 
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