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A Martha Ávila Abdalá
Al Cedro y al Mayab.

Entonces Gurov la miro
intensamente, rodeo
su cuerpo con el brazo
y la besó en los labios,
mientras respiraba la
frescura y fragancia
de las flores; luego
miró a su alrededor
ansiosamente,
temiendo que alguien
lo hubiese visto.

LA DAMA DEL PERRITO
ANTON P. CHEJOV


Cierto, llovió toda la tarde y yo ni siquiera he agitado mi brazo para disipar el calor que se ha venido por la noche, en la pieza de junto deben de seguir las personas que han venido a dar el pésame. Raquel de negro, Raquel doliente, Raquel recibiendo todas esas palabras de aliento sin realmente querer escucharlas, Raquel indiferente.

Carlos murió hace dos días y yo no quise ir al funeral, a estas horas su cuerpo debe de seguir inerte, debajo de la tierra, atrapado en un cajón de fierro sin ser atacado por la incorruptible acción de los gusanos. Sentí imprudente despedirme de él ahora sabiendo que todavía no sufría cambio alguno, quizá si hasta dentro de una que otra semana pero entonces el dolor ya no importa; la gente cree que la muerte comienza en los servicios fúnebres, aunque no, la muerte inicia cuando todo va cambiando y nosotros estamos excluidos de ese cambio.

La muerte es algo que simplemente pasa por pasar.

En mi habitación ha entrado Martha con su vestido blanco y su charolita de plata, en ella trae mi vaso de agua y esas pastillas que me hacen olvidarme de la realidad, cada noche la veo venir con su cabello atado y su sonrisa constante, yo trato de reflejarme en sus hermosos ojos verdes, es ella la única mujer que he amado, quizá sea porque es ella la única que me comprende, no cuestiona mi apatía ni mis arranques, nunca a objetado que siga persiguiendo ese sueño de ser escritor, simplemente no habla conmigo, ella entra todos los días y camina hasta mi buró mientras yo busco su mirada, entonces espera tranquila a que ingiera el medicamento, revisa mi cama con una mirada de desdén, después cierra la puerta y deja la esperanza de que sea mañana para volver a verla.

Carlos vivió en el asilo mucho antes que nosotros, tenía esos pantalones de pana negros y esa guayabera blanca con los puños y el cuello roídos, ocupaba el tercer sillón frente al viejo televisor de bulbos, justo debajo de la lámpara de dos bombillas. Raquel y yo habíamos decidido dejar la casa de la avenida Hidalgo y descansar nuestros últimos años en este asilo, nuestra situación económica aunque no abundante nos permitía dejar la antigua construcción en alquiler y mantenernos en una vida decorosa acompañados por personas de nuestra edad.

La relación de Carlos con mi mujer empezó a los tres meses aproximadamente de haber llegado, la rutina de este lugar es muy simple, un desayuno ligero entre ocho y nueve de la mañana, un paseo por el jardín a las once, comer a la una de la tarde, siesta de tres a cinco y luego pasar el tiempo en la sala viendo televisión o jugando ya sea bagamon, ajedrez o dominó y las mujeres, canasta uruguaya o bordando mantelería, en la noche a las nueve la cena y después todo mundo a dormir, pero esa noche la rutina cambió, Margot y Laura habían propuesto una velada literaria, dispusieron la salita frente a la capilla con telas azules, una mesa con café junto a la pared izquierda y una silla al frente acompañada de una lámpara de pié, atrás, al final, cuatro filas de sillas que habían tomado del comedor. Había un poco de expectación, algunos miembros del asilo tomaron varios libros de la biblioteca para repasar alguna poesía, otros tantos tomaron sus viejos apuntes y estuvieron practicando el párrafo que mas les agradaba; algunos, como yo, no habíamos hecho caso a la invitación y paseábamos por el jardín esperando refugiarnos en nuestro cuarto.

- Acompáñame a la velada –
- No –
- ¡Por favor! acompáñame, tu sabes cuanto me gustan esos actos –

En su mirada encontré esa súplica a la que ya me había acostumbrado y a la que accedía no por voluntad sino para evitar varios minutos de confrontación.

- Está bien, pero no prometo quedarme hasta que termine –
- Gracias-

Las personas fueron llegando puntualmente, uno a uno fueron tomando las sillas del frente, sus manos largas y blancas se juntaron en espera de un rato agradable, Raquel quería sentarse junto a Margot pero terminó por sucumbir a ese remordimiento y acompañarme en la última fila.

No dedicaré mucho tiempo a relatar las malas lecturas de cada participante, sus frases se me hicieron chocosas y en cierta forma hasta vulgares, hombres viejos que engolaban la voz y que manifestaban en sus penosos quejidos una pésima formación tanto en declamación como en el mismo acto de leer; mujeres que habían tomado las frases más melosas, las más insoportables y las repetían hasta lastimar mis oídos; me levanté y fui hacia la puerta cuando Carlos empezó a declamar. Su cuerpo gris se acomodó pesadamente sobre la silla, su voz comenzó con una tesitura muy baja, casi imperceptible y con una poesía bastante inusual de Lubiscz Milosz, titulado Cuando ella llegue, después dando una breve pausa, pronunció a Oliverio con su poesía Todo era Amor; su forma de declamar me había atornillado los pies junto a la puerta, estaba ansioso de escuchar una línea, un verso más, cualquier cosa, traté de retroceder hacia mi asiento antes de que empezara otra poesía, fui caminando poco a poco sin romper la armonía que había en el aire, ya cerca de mi silla, escuché que la siguiente poesía era de él y que estaba titulada Raquel, al escuchar aquel nombre no pude más que sentir una pequeña punzada, mi mujer, durante más de treinta años de matrimonio, no había hecho otra cosa que pedirme un solo verso, una sola línea y yo nunca lo había ni siquiera intentado.
Empezó de una forma lenta, al igual que en los otros dos poemas, su mirada se encontraba vacía, como rememorando una época muy distante, sus puños se apretaron mientras su voz subía hasta inundar toda la sala, escuché atento al igual que todo el público pero no pude soportar ver en los ojos de mi esposa ese brillo que tenía años de no ver, me dirigí a mi cuarto sin hacer el menor ruido y esperé a que amaneciera.

El sol había salido como todos los días, sin hacer mucho ruido me retiré del cuarto y fui a ver a al encargado del asilo.

- Necesito rentar un cuarto más-
- ¿Y eso? ¿A qué se debe?-
- Sólo quiero rentar un cuarto más-
- ¿Qué opina doña Raquel?-
- No sabe que quiero otro cuarto y no tiene por que enterarse hasta que mi ropa esté fuera del cuarto, alquíleme otra pieza y disponga que se retiren del de Raquel todos mis enseres -
- Entiendo-
- Usted no tiene que entender cosa alguna-

Me retiré de su oficina y salí a caminar al jardín omitiendo el desayuno, era la primera vez que pronunciaba su nombre y me daba cuenta que no la quería, que había vivido atado a ella por costumbre, por miedo a toda nueva empresa.
Raquel no discutió, ella sólo observó como mi ropa y mis pequeños objetos fueron retirados del cuarto, en la tarde cuando nos encontramos en la sala se limitó a saludarme como si yo fuera un viejo conocido a quien había visto no ha muchas semanas, la poesía de Carlos había hecho girar al mundo, ordenándolo de una forma que, aunque inusual para muchos, era la correcta para ella y para mi.

Pasaron los días y algunos habitantes del asilo fueron tomando partido por ambos bandos, unos opinaban que yo era un celoso que no comprendía lo que podía ser una sana amistad, otros se limitaban a decir que eso era el inicio de un romance, y algunos más sólo asentían la cabeza como muestra de su desaprobación, nunca he sabido si es hacia mi actitud o hacia la de ella.

A raíz de que yo tomé otro cuarto, Raquel comenzó a buscar a Carlos todos los días, había quedado apasionada por sus poesías, por su forma de hablar, él, aunque temeroso en cierta forma de mi, había adquirido también gusto por la nueva compañía.

Recuerdo como un día llegó tratando de hablar conmigo.

- Disculpa, creo que tu y yo necesitamos hablar –
- No lo creo –
- Quiero decirle que no fue mi intención…-

Lo interrumpí antes de que terminara su oración y diera pauta a que respondiera otra cosa de la que realmente quisiera expresar.

- Su intención no me interesa, lo que yo supe fue que ella y yo ya no teníamos por que vivir juntos, eso es todo lo que tiene que saber y eso es todo lo que yo tengo que expresar, entonces si no le molesta prefiero no entablar otra conversación con usted –

Me levanté de mi silla y me dirigí al jardín, hacía calor y tenía ganas de refrescarme un poco, en pequeñas ocasiones había pensado en ella y esta era una de esas, me pregunté que era o que había sido mi vida; dos hijos, treinta años de mutua convivencia y ni un poco de amor, ni siquiera un ligero destello, me había acostumbrado a todo, a su fragancia, a sus manos, a su voz, pero no había tenido nunca la plena conciencia de haberla amado.

Los días fueron pasando y también me fui acostumbrando a no tenerla, a ver las paredes y los muebles carentes de ella, a perder su cintura y a dejar pasar las horas de una vida que sentía perdida.

Fue entonces que empecé con mi deseo de ser escritor, algo había sido tocado dentro de mi, no era por ella, era por un simple orgullo, pude ver como unas líneas podían hacer que el mundo girara de otra forma y quise experimentar aquella fuerza. Mandé a comprar un ciento de hojas vírgenes y traté de esbozar mis primeras frases pero comprendí que no había inspiración, no existía un punto de referencia donde pudiera empezar, hasta que los vi.

No eran arriba de las once de la mañana, me encontraba sentado bajo la Bugambília que tuve por refugio desde aquel día, y unas sombras se movieron desde atrás, eran Carlos y Raquel que llegaban como dos adolescentes, un poco agitados, un mucho sonrientes, su boca se acercó a los oídos de mi ex-esposa y entre el ruido de la hojarasca percibí sus frases.

- Toco tu rostro y me imagino un sueño, voy deslizando mi deseo hasta quedar impregnado en tu aliento, mis manos descienden rozando tus senos mientras llego al paraíso y sigues ahí, sin desaparecer, entregándote al mismo instante, al mismo momento cuando mi ser se excita-





Luego la besó, me di cuenta que en treinta años de casados nunca había existido un beso entre nosotros como ese. Al terminar su rostro buscó otra vez la soledad, pero el espanto se hizo presa, los rayos de sol le hicieron ver hacia donde me encontraba, yo simplemente me levanté retirando unos pétalos que se habían depositado sobre el pantalón y los dejé a ellos junto al árbol que había pensado mío y comencé a escribir.

Martha ingresó al asilo hará un mes, la primera vez que la vi, noté que sonreía, no a mí, no a alguien, simplemente sonreía pero no demostraba afecto a alguien, no se interesaba por los asilados ni por sus compañeros, la vida parecía ser para ella algo que se tiene que llevar, no sé sin emociones pero si con ese gesto, desde ahí empecé a interesarme por ella.

Los días pasaban y me fui refugiando en mis hojas, en mis ideas, mi mano plasmaba una línea y luego, poco a poco le iba dando forma de palabras, en el asilo se pensó que yo quería reconquistar a mi mujer –curioso, recuperar algo que no había perdido sino que había dejado ir- pero lo único que deseaba era forjar mis ideas en esas hojas, hubo algunos que dijeron que eso era una forma de tormento que lo mejor era dejar de hacerlo y reconstruir mi vida, pero una vida no se reconstruye, la vida se vive y punto.

Carlos murió hace dos días, sin avisar, su cuerpo se hizo rígido durante la noche mientras dormía, yo sé que Raquel al igual que yo no sufre sino que lo único que no soporta es este calor que se ha venido por la noche.

Texto agregado el 25-04-2008, y leído por 142 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
17-05-2008 q triste es no amar, caer en la costumbre y negarse al cuerpo el amor, pero esa historia no es sólo un cuento tuyo, es la historia de una sociedad en la que siempre han priorizado otras cosas, realmente no se nos educa como amar, como se debe amar correctamente, se supone q ha de saberse, pero realmente es una de las lecciones más complicadas de la vida, me ha gustado tu historia aunque me haya imbuído en una profunda nostalgia vihima
 
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