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Quino

No se si recordaba aquel hecho, por lo que sentí Yo, o por lo que le pasó a él, sin embargo, de tiempo en tiempo, vienen a mi memoria como relámpagos los recuerdos; iluminando mi rostro, a veces, sonrisas tímidas, otras, tímidos remordimientos.
Fue en aquella época de universidad, cuando en casa no teníamos un lugar para guardar el coche, entonces, lo normal era el pago mensual a la pensión a la vuelta de casa, exactamente una cuadra; así cada noche, a las diez o a las once, cansado de la jornada diaria, del extenuante partido de básquet, de la charla con los amigos, subía con un paso cansado y en silencio.

Aquella noche como tantas otras, salí de la cochera, subí a la banqueta y poco a poco comencé a caminar; iba silencioso, --cruzando la casa con la reja alta y cristales en la puerta--, y entonces sucedió todo tan de repente: se abalanzó contra mi, con la reja de por medio, por fortuna; lo recuerdo tan vivo, grande el animal, canelo, ladrando furiosamente, el vaho de su aliento, la saliva salpicando mi brazo, y la mandíbula mostrando rabiosa, colmillos y dientes; pegué tremendo salto hacia la calle, alejándome de él, lo más lejos y lo mas pronto que me fue posible, mí corazón latía veloz, mientras mis piernas temblaban, más bien mi cuerpo entero. Con más calma, retomé mi camino, volteando la mirada de vez en cuando; mientras los latidos volvían a su ritmo, una sensación de coraje e impotencia me invadía. Dentro de aquella casa, voces para calmarle: -- quino, quino…. tranquilo ya – como si con eso pudieran calmarme también a mí.
A partir de aquel instante, y día a día, el animal aquel me esperaba impaciente.
A veces, conciente ya de su presencia, unos metros antes, bajaba de la banqueta, o de plano me cruzaba a la acera de enfrente, evitando con esto revelarle mis pasos; aun así, de reojo, entre las sombras de la noche lo veía inquieto olfateando el ambiente; otras, distraído en cavilaciones, totalmente ajeno de aquel momento, caminaba lentamente y de nuevo el ataque furioso del animal, y los ladridos en verdad desesperados, y de nuevo el salto defensivo, y el corazón acelerado, y la angustia, y la impotencia de siempre; y los gritos de dentro de casa: --quino, quino…. es que lo
molestan mamá—y me cae, que yo nunca lo
molesté.

Poco a poco, en mi cabeza empezó a maquilarse, primero opte por cargar un par de piedras entre mis manos, de adecuado tamaño, recuerdo bien que las escogí como pelotas de béisbol, las buscaba redondas incluso. De cuando en cuando, practicaba
también el tiro al blanco: latas, botellas, árboles y toda clase de objetos me fueron enseñando, pero aun así, las más de las veces, procuraba cruzar esa casa, por la acera de enfrente.

Era domingo, como a las seis de la tarde, verano. El sol aun intenso; había decidido guardar el coche temprano. Subí como de costumbre, y enseguida crucé a la acera de enfrente, y allí, fuera de su casa, encajonado entre la pared y un auto: “el quino”, aquel maldito que tanto daño (psicológico) me había ocasionado. Como les digo, había
calor, y allí refrescándose a la sombra, se veía fatigado. Por un breve instante pensé en desandar mi paso, tensé las manos, en cada una la piedra que de tiempo atrás había acostumbrado. El quino levantó entonces la cabeza y sin mostrar señal alguna por mi presencia, hizo un movimiento sutil para entornar los ojos y seguir la siesta; --aun no
analizo si el movimiento aquel lo registré en mi conciencia como el primer paso al ataque--, una especie de reconocimiento del enemigo; sin embargo yo, con aquella puntería que en más de una ocasión había puesto en practica con toda suerte de envases, y con toda la fuerza de que mi brazo y mi cuerpo fueron capaces, le sorrajé la
pedrada entre los ojos y el hocico; seco, directo, endiabladamente certero. El quino, aullando de dolor y de miedo se alejó de mi lo más rápidamente. Después, en un alarde de valentía, me acerqué al animal ---que para entonces se
acurrucaba miedoso en el quicio de su puerta--, y amagándole con la otra piedra hice que se alejara aun más. Al voltear a verme, un hilo de sangre corría ya de su hocico a las patas de adelante.

A partir de aquel instante, y hasta que dejé de pasar por su casa, porque finalmente pudimos tener en la nuestra un garaje; cuando subía cansado y en silencio, yo ya no me iba a la acera de enfrente, con bajar la banqueta era suficiente, y el quino, sin emitir ladrido alguno, se alejaba de la reja, y discreto se metía a la casa también
prudentemente.


Julio, 2002

Texto agregado el 30-03-2003, y leído por 1135 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
20-06-2014 A los perros molestos, como a los humanos, hay que ponerlos "en vereda". Que retrocedan con la cola entre las patas. MaquiNaste bien. Entretenido el texto. Saludos Clorinda
26-09-2005 ¡Ahhh pobre perro! Que pedradón le diste. Peter_6
26-09-2005 Coincido con el comentario de gammboa, Sólo podría agregar que la narrativa en sí, me parece muy fluida. Contiene algunos clichés y un par de "regionalismos", pero eso no le resta calidad al escrito. Saludos. raymond
09-09-2004 La literatura ante todo, creo yo, es contar historias en el sentido primero. Bien. Me gusto. bartlebymex
01-04-2003 Creo que es un temor que todos inconscientemente tenemos. La diferencia es que tu personaje lo enfrentó y venció. anonimo
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