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Cercanos.

El taxi se desplaza por Balmaceda, silencioso. El taxista nos mira por el espejo retrovisor, no nos dice nada, solo se escucha la radio del vehículo que emite un programa religioso, la voz monótona del locutor hace resaltar más la tensión que hay entre mi padre y yo. Miro al taxista y pienso que de alguna manera, él entiende todo. Mi padre permanece en silencio, no me dirige la palabra, ni la mirada, se queda pegado con la imagen que le ofrece la ventana de su lado, mira el Parque de los Reyes con gran atención, como si fuera la primera vez que lo ve en su vida, aunque, a decir verdad, no creo que lo esté mirando realmente. Su pelo entrecano y su barriga pronunciada me hacen sentir nostálgico, no sé por qué, una anticipada nostalgia. Quizás sea la añoranza de las tardes perdidas de verano o el ulpo bajo la parra de nuestra casa en Quinta Normal. Quizás sea solo añoranza. Quizás la ausencia me hace sentir así. La distancia entre mi padre y yo, es mínima y creo que es eso lo que realmente nos separa, no los acontecimientos de hoy, ni la pelea de anoche en aquel bar del barrio Brasil, ni el hecho de que me tuviera que ir a buscar a la comisaría, ni las rabias que a sus años, me recrimina él, le hago pasar, ni siquiera creo que sea la prematura muerte de mi madre, prematura o inesperada, no lo sé. Prefiero mirar de mi lado de la ventana, el gris pavimento que se queda atrás. El locutor de la radio anuncia un encuentro de fieles en un templo ubicado en San Bernardo, por un momento pienso en la posibilidad de asistir a tal reunión, pero me doy cuenta de que aun no estoy preparado para creer en nada, todavía no. Entonces aparece Matucana por nuestro camino, el taxi se detiene en un semáforo y esperamos el cambio de luces. Aquí me bajo, digo y aprovecho la oportunidad. Bajo rápidamente y me quedo en la puerta, mirando a mi viejo, esperando lo que me tiene que decir, lo que se contiene de decirme por estar frente a un desconocido. Mi padre me mira severamente, sus ojos que se han vuelto grises igual que su pelo o que todo él, parecen decirme que ya no van a existir nuevos rescates, nuevas oportunidades. Me dan ganas de decirle que se baje, que nos tomemos unas cervezas, que conversemos un rato: de la vieja, de lo bueno que era vivir en la calle Transito, cerca de mis primos. Pero me quedo en silencio, mirándolo por unos segundos que me parecen tan largos como el viaje que nos trajo a esta esquina de Santiago. Entonces el bocinazo del auto que está detrás del taxi me saca repentinamente de mis recuerdos e ideas, es difícil tratar de encontrar las palabras justas en momentos así. Cuídate, le digo y cierro la puerta. La luz del semáforo cambia, el taxi cruza a toda velocidad, el auto que tocaba la bocina, no alcanza a cruzar, el conductor golpea el volante y dice algo que yo no logro descifrar. Miro mi ropa sucia y la camisa manchada con sangre, la mía, pienso, después observo como el taxi se aleja por Matucana hacia La Alameda hasta transformarse en un punto, indistinguible, casi como un espejismo. Entonces cruzo la calle hacia el otro lado de la calzada, me detengo un instante mirando nuevamente aquel punto lejano y perdido y pienso que, quizás, va a pasar mucho tiempo antes de que vuelva a ver al viejo otra vez. Siento el bocinazo del mismo tipo de hace un rato que me apura para que cruce, yo le hago una gesto obsceno con la mano, él me tira el auto encima.

Texto agregado el 21-05-2008, y leído por 61 visitantes. (0 votos)


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