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El espejo le reiteró lo mismo que cada mañana: una testa con acné, una nariz gorda, unos labios indefinidos y secos, un mentón imberbe y arrugado, unos ojos vacios; una faz naturalmente antiestética y triste. Su alma estaba peor; no había conciliado el sentido de la vida en su existencia, hacía mucho que la soledad y una obsesión no correspondida hacían de él una absoluta banalidad. Había buscado muchas soluciones para su dolor, todas con un efímero efecto, el dolor reinaba y carcomía su alma sin dejarse domar, como si portara un juicio peculiar hacía de las suyas, explorando cada átomo de su ser.
Decidió-con un convencimiento definido- darle fin a todo, ya había sufrido mucho, no podía aguantar más, su existencia debía terminar esa misma mañana.
Abrió el refrigerador y sustrajo dos cubitos de hielo para acompañar aquel veneno, al cerrarlo se percató de que al lado de los cubos yacía un pollo desnudo y desplumado esperando ser útil tal vez para algún guiso o alguna sopa. Aquel pollo le salvó la vida; de su cuerpo no harían nada, no lo refrigerarían ni le darían un uso alimenticio, sino lo sepultaría bajo tierra, lo dejarían ahí a merced de los gusanos y así daría mas pena que el pollo muerto.
Pero ya no quiso sobrevivir más, por eso, sacó el pollo, le dio unas cuentas cuchilladas y se hiso un delicioso señor guiso de pollo; y empezó a vivir, ya no a sobrevivir, a vivir, por que si valía la pena; y se dijo: “Existo, descubrí la vida que hay en mi interior, soy un dios, un súper hombre, un genio, un loco”.

Texto agregado el 22-05-2008, y leído por 127 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
26-05-2008 ERES BUENO, UN SALUDO! EMIHDEZ
22-05-2008 Magnífica decisión. Muy bueno. kone
 
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