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DESIGNIO

Año: 2007
Ganador concurso Bogotá: Historias paralelas

Solo pasaba por allí como cualquier ciudadano, caminaba desprevenido por la calle sin empedrar del barrio. Desde lejos pude ver a la vieja parada como una estatua, José, esperándome al final del camino como si fuera nuestro punto de encuentro. Detrás de ella los toldos gitanos que regalaban su polvo al viento, brillando por los rayos penetrantes del sol al oriente. Muchos de ellos caminaban afanados destemplando cada tramo del cuero que los protegió la noche anterior. Las mujeres con ollas muy viejas y golpeadas corrían con el agua que pudieron sacar del río Fucha y los ancianos prendiendo el fuego. Algunos otros con instrumentos tocaban esos ritmos raros de ellos, los niños corrían unos detrás de los otros.

Ese es mi camino desde hace un año, que llegue del campo por los problemas con los liberales. Ahora cada mañana tengo que caminar esta trocha, hasta la carreta que me lleve del barrio San Cristóbal al norte de Bogotá, al acueducto. Allí trabajo gracias a Don Vicente, el señor que contrató a Bertilda mi mujer para los oficios de su casa. El nos ha apoyado mucho desde que llegamos a la capital. El trabajo en el acueducto es duro pero así podemos sobrevivir con los dos chinos que Dios nos dió.

Cada vez me acerco más a ella que espera como si fuera un encuentro planeado por siglos. Tenía sus brazos cruzados, estaba encorvaba y colgaba de sus hombros una extraña ruana vieja. No se parece a la ruana que yo llevo, Arquímedes. Sí, es de lana como todas, pero lo que la hace rara es su forma, no tiene el agujero por donde sacar la cabeza. Ella mete la ruana por debajo de sus dos brazos cruzados y cuelga sobre su falda de flores que llega hasta el piso. Les tengo miedo a los gitanos, José. Mi abuela me contaba que la tía Berenice que no conocí, la mato un gitano. Le hizo un rezo en un idioma raro y se fue chupando, chupando, hasta que se seco. Se dicen muchas cosas de los gitanos, que adivinan el futuro, que tienen maleficios, yo prefería no tener nada con ellos.

Ella seguía allí parada mirándome como si fuera yo el que llega tarde a una cita que no recuerdo. Se ve que guarda mucho polvo del tiempo entre las arrugas de su frente. Empiezo a caminar lento sin querer cuando estoy cerca de ella, soy víctima de ese poder magnético del que tanto he escuchado. Ya cuando estoy frente a ella me detengo mientras me mira directo a los ojos, mueve su mandíbula como masticando tabaco, ese es su olor, Arquímedes. Extiende su mano hacía mi sin dejar de mirarme. Yo la miro sin saber que quiere.
– Tu mano – me dice con ese acento arrastrado que tienen y como dormido, dejo mi mano con la palma hacía arriba sobre la suya. Siento lo áspero de sus callos, mientras baja su mirada a mi mano.
– Te voy a decir el futuro y me das una moneda.
– Moneda no tengo – le dije.
– Un día fatídico para ti compañero el de hoy. Sentirás la muerte persiguiéndote por entre túneles oscuros. Al final podrás ver la luz, pero no es tu salvación chico, la muerte te espera al final. Dame una moneda.

No se por qué me detuve, no se por qué le di mi mano, ahora me arrepiento y lo peor es que no era capaz de arrancarla de sus manos y menos de dejar de mirarla asustado. Ella me ha dicho que hoy me muero, como si me dijera que voy a cambiar de trabajo o que me subirán el sueldo. Es mi último día y seguía ahí de frente a ella con mi mano hundida dentro de una lavaza pegajosa que me jala, que se come mi brazo. Viéndome muerto del miedo ella, hace una mueca diabólica, acerca su cabeza hacía mí y escupe esa saliva verde sobre mi mano. Pasaron por mi cabeza como caballos desbocados imágenes de un sueño que he tenido todos los días hace un año y el pánico me asaltó José. De un brinco me desprendí de ella y corrí como loco, como queriendo huir de sus palabras que siguen latiendo todavía en mi sien.

Hoy me muero, hoy es mi último día, eso me ha dicho la gitana vieja.
– Usted es medio pendejo ¿cierto Roberto? – me dice Arquímedes – Esa vieja lo que quería era asustarlo para sacarle plata y casi cae, menos mal que es cobarde. La cobardía lo salvo de perder unas monedas Roberto.
– No, lo dijo la gitana vieja, ellas no se equivocan, acuérdese de mi tía Berenice, hoy es mi último día, hoy me muero, miren como tengo la mano.
– Deje de pensar en eso, ya me tiene cardiaco con ese cuento. – dice José – Mejor lávese la mano, no puedo creer que todavía la tenga así.


…


Parece que va a llover, no se ve despejado el cerro de Monserrate. Yo camino con Arquímedes y José sobre la séptima hacia la 19.
– ¿Que toca hacer hoy?
– Usted esta en las nubes Roberto, ¿no ve que vamos para las alcantarillas hoy? – José baja su cabeza, buscándome la mirada – Hoy nos toca revisar las alcantarillas que se construyeron el año pasado.

Hemos llegado sobre la tapa de la séptima con 19. José, que era el más antiguo, clava de un solo golpe el pico en unos de los agujeros de la tapa y la saca de un empujón. Él es el primero que baja, lo sigo yo y luego Arquímedes. Es muy oscuro aquí abajo, a pesar del chorro de luz que entra por el agujero. El olor es insoportable. Antes que construyeran estas alcantarillas no habían tantas ratas, ahora vienen a vivir y a morir aquí, entre la mierda y el agua podrida.
– Después de una hora ya no se siente el olor, – dice Arquímedes – que trabajo tan mugre este. La idea aquí abajo es buscar grietas sobre las paredes. Prenda la linterna de su casco. Yo fui el que le dijo al viejo Obdulio que comprara estos cascos de minería, son muy buenos para trabajar aquí abajo, antes nos tocaba buscar con la linterna en la mano, así se complica la cosa. El viejo me dijo “Caray chivato, se le ha pegado la sabiduría del científico de Siracusa.” Quién sabe quién será la vieja Siracusa esa –.

Lo único complicado de este trabajo es el olor y la humedad. Se me mete el agua por entre estos zapatos viejos que uso. Tengo que caminar siguiéndolos a ellos, José busca arriba y hacía el lado izquierdo del tubo, Arquímedes el lado derecho, yo tengo que buscar fugas sobre el agua negra, sobre la que flota lo más asqueroso que se pueda pensar. Me imagino que al nuevo siempre le toca así.
– Busque burbujas Roberto, eso quiere decir que hay una fuga. Igual no se puede permanecer mucho tiempo entre estos tubos, sólo se pueden recorrer seis cuadras, hasta la séptima con trece donde queda la otra tapa, por que dicen que de estos desperdicios se produce un gas que no se ve y que enloquece al que lo respire por mucho tiempo.

Este olor me recuerda a la gitana vieja esa, me recuerda que hoy es mi día final y tener que caminar hasta la trece, ese número no trae sino mala suerte. Si no estuviera con ellos, creo que no lograría permanecer solo aquí abajo.

En los silencios del trabajo sólo se escucha nuestra respiración, ni un sonido del mundo exterior llega aquí abajo. Ya no se siente tan fuerte el olor.
– Estamos debajo de la tapa de la trece con séptima – Dice José que sube por las varillas y corre a pulso la tapa.
– ¿Qué horas son José?
– Ya faltan quince minutos para las dos de la tarde Roberto.
– Se oye mucho ruido afuera, la gente grita
– Eso es por que salimos de un silencio como este y cualquier ruido nos parece un bochinche – José lo dice mientras escala las varillas hasta alcanzar la calle y lo sigue Arquímedes.
No alcanza a llegar a la última varilla cuando del exterior un cuerpo cae sobre él y los dos caen al fondo muy cerca de mí que alcanzo a esquivarlos. La luz del sol titila hasta perderse ensombreciendo todo el interior. Son cuerpos los que cuelgan del agujero, muchos hombres muertos cubren la luz. Mi linterna ilumina el rostro de uno de ellos que ha quedado aplastado bajo el tumulto. No puedo reconocer la forma de su cara, parece ser una mezcla de carne molida y sangre. La sangre salpica a chorros el cuerpo del hombre que cayó y sobre Arquímedes. No se que pasa, ¿qué esta pasando? Es la muerte, la muerte me busca y empieza a seguirme desde el número trece de esta avenida. Estoy aquí perdido en este agujero y la muerte cuelga de arriba con sus manos extendiéndose hacía mi. Este es mi fin, es lo que dijo la gitana.

El hormigueo del agua sobre mis manos me hace ver que estoy sentado en el charco. Arquímedes se queja debajo del muerto. Al moverlo veo que es José el que cayó de arriba, no por su cara en carne y sangre, es por el uniforme que tiene la insignia del acueducto de Bogotá. Arquímedes esta boca arriba dentro del agua que corre por la alcantarilla. Su pierna tiene una posición extraña, una posición imposible, la rodilla da al lado opuesto de su estado normal.
– Arquímedes su pierna.
– Si Roberto, me duele mucho la pierna.
– Dios mío ¿qué es esto? ¿Se da cuenta Arquímedes? Esa vieja no decía mentiras, se esta cumpliendo lo que dijo, la muerte me va a perseguir por entre estos túneles hasta matarme.
– Usted es medio pendejo ¿cierto Roberto?, mire a José, el ya esta muerto, míreme a mi, yo tengo la pierna jodida y usted que no tiene ni una herida se queja como una niñita de que la muerte lo persigue, mucho huevón. Arriba paso algo, un accidente, tal vez se estrelló con un carro que venía rápido me imagino, ese era el temor de siempre sobre la séptima que se meten carros y como no saben manejarlos todavía pues pasan estas cosas. Roberto me duele mucho esta pierna, lléveme hasta la Plaza de Bolívar.
– No se por dónde es la Plaza de Bolívar.
– No lloriquee Roberto, tenga huevas, yo le digo por donde ir.


…


Lo arrastré hasta donde él me dijo, su quejido en eco se escuchaba a lo largo de las alcantarillas como el lamento de un fantasma. El agua que venía de sur, de la plaza de Bolívar estaba cargada de sangre.
– Mire Arquímedes el agua, esta cubierta de sangre
– ¿Cómo logra distinguir la sangre del agua con esa linterna? Es imposible, sigamos.
Era sangre, lo sabía y creo que Arquímedes también, pero no lo aceptaba. Según él, estamos cerca de la Plaza. En el fondo un ruido agudo crecía y una masa negra cambiaba de forma y rápidamente se acercaba. La cola de la luz de mi linterna no lograba distinguir que era.
– La muerte, ahí viene la muerte.
Un chillido desconocido aumentaba el volumen a medida que se acerca. Miles de ratas pasaron sobre nosotros, corrían despavoridas de sur a norte por las alcantarillas como un solo cuerpo.
– Roberto algo esta pasando arriba, algo grave
– ¿Que otra cosa sino la muerte buscándome?
– Esto no es por usted, algo más pasa, algo grande, nunca había pasado algo así.
Llegamos sobre la alcantarilla de la Plaza de Bolívar. Subo hasta la tapa y la levanto un poco. El humo invadía la plaza. Cerca de la tapa varios cuerpos de hombres se quejaban aun vivos mientras su sangre escurría por los desagües. Más allá se veían más cuerpos, todos apelmazados sobre el suelo como una fosa común. En los espacios que dejaba el humo se podía ver al fondo llamas. La Catedral Primada no parece haber sido dañada.

– Hay fuego sobre los edificios, hay muchos muertos en la plaza y personas disparando no se a que, tal vez se defienden de la muerte Arquímedes, la muerte arrasó con todo y por mi culpa, no debí parar con la gitana, debí esquivarla, todos esos muertos son por mi.
– Roberto recuerde lo que le dijo exactamente la gitana.
– Ella dijo que la muerte me perseguiría por entre túneles oscuros y que yo vería la luz pero que la muerte estaba al otro lado esperándome.

Todo quedo en silencio, el lamento del agua y el de Arquímedes se perdían entre el miedo y la incertidumbre. Así paso mucho tiempo. Las luces de las linternas empezaron a parpadear hasta agotarse, la oscuridad invadió toda la alcantarilla.
– ¿Qué hora es?
– Me imagino que las tres y media más o menos. No puede ser Roberto, esto no puede ser cierto, como puede existir la muerte así
– Lo ve, es cierto, todo esto es por mi, seguirá todo esto hasta que yo me entregue a la muerte, hasta que me lleve a mí, así dejará de matar.
– Es una locura esto, no puede ser cierto, tal vez ya permanecimos mucho tiempo aquí abajo y el gas nos ha enloquecido.
– Si usted se asoma verá lo mismo que yo, esta pasando como lo dijo la vieja y lo único que me queda es salir a enfrentarla.
– Hoy íbamos a salir con Clemencia – Me dice Arquímedes – lo habíamos planeado hace un mes. Íbamos a celebrar los cuatro años de matrimonio. Esta mañana la abrace como nunca antes lo había hecho y ella me dijo – No me abrace así que parece que se estuviera despidiendo – La amo, nunca antes lo había sentido así y no pienso despedirme así de mi esposa, no pienso dejarla así nada más.
– Perdóneme, todo esto es mi culpa.
– No diga pendejadas, que esto no es por su culpa. Creo que lo mejor será esperar un tiempo. Nada entrará y no hay forma de que nos saquen de aquí.


…


Un rumor lejano se hacía cada vez más cierto. La lluvia había llegado. Pequeñas gotas salpicaban del exterior. Tengo los pies helados y estoy cansado de permanecer sentado sobre este charco. No dejo de pensar en la forma que la muerte piensa quitarme la vida. Tal vez seré presa de sus dientes, me despedazará, molerá mis huesos y mi carne. Tal vez me desangre sin poder evitarlo, mi sangre como la de los demás se escapará de mi y moriré. Algo doloroso me espera eso es innegable. Por más que rezo y rezo cada segundo tengo la certidumbre de que no tiene sentido. El designio ya esta trazado, soy un instrumento de los deseos de Dios y la muerte es su guerrero. Me busca en la ciudad entera, ha destrozado la vida de muchos pensando que soy yo y no me ha encontrado. Sabe que estoy debajo de la tierra y cree que me escondo de ella. Ha pedido ayuda. El aguacero que ahora cae empieza a aumentar el raudal del agua sobre nosotros. Igual si no escapo moriré aquí tal y como ella lo quiere. Es inteligente lo se. Su aliento nauseabundo, sus ojos de fuego. Alguna forma tengo que encontrar para escapar de ella. Es ridículo, sería imposible escapar de la muerte, nadie hasta el momento ha podido escapar.
En este punto entiendo su posición. Una orden es una orden. Pero yo no puedo ni podré contra mi mismo, contra mis temores.

– Que no hay forma de que nos saquen de aquí – le dije a Arquímedes – La lluvia es la forma de que nos saquen. No demora en subir el nivel del agua aquí dentro. Creo que no hay otra cosa que hacer, voy a salir.
– Tal vez se equivoque Roberto. Pero si las cosas están como usted dice, lo más seguro es que a usted lo maten afuera.
– Pero si nos quedamos aquí fácilmente moriremos ahogados.
De nuevo la nada, ese silencio acusador que palpita sin compasión, que grita y me aturde, mil voces señalándome. No hay nada que hacer ahora, ya nada importa.
– Se por qué me persigue, por que esta aquí.
– ¿quién?
– La muerte, se por qué me persigue.
– ¿por qué?
– Hace un año, antes de venir a Bogotá, yo pertenecía a un grupo que eliminaba seguidores liberales. La verdad no he disparado contra nadie, no he tenido ningún cristiano en mi conciencia. Un día unos gringos y varios del grupo se reunieron y me seleccionaron como parte de una estrategia para eliminar a un pez gordo de los liberales. Conmigo había otro campesino que era muy extraño. Los dos teníamos la misión de contactar, en nombre de los gringos, a los amigos más cercanos del personaje y convencerlos con dinero para que nos lo pusiera en bandeja de oro y poderlo matar. Así conocí a un Doctor Mendoza al que comprometimos a exponerlo más adelante en frente nuestro para darle. Pero un día soñé que corría entre túneles y que una sombra enorme venía tras de mí. Me asuste tanto y tenía tanto miedo con lo del personaje que decidí huir, escapar y quedarme con otro nombre aquí en Bogotá. La vieja gitana leyó en mi mano lo que yo había soñado y presagió que el día era hoy. Creo que ellos siguen con la idea de asesinar a uno grande de los liberales. Por eso pienso que me persigue, me persigue desde hace un año en sueños y es el día de hoy cuando se hace real.
– Nunca lo hubiera imaginado Roberto o como se llame.
– Esta es la única solución, tengo que entregarme, darle lo que quiere para que no destroce más la ciudad.

Subí por las escalinatas de la alcantarilla hacía la tapa. Desde arriba podía ver la lluvia golpeando el rostro de Arquímedes, que me seguía con la mirada. Corrí la tapa como pude y subí a la plaza pisando la sangre y las tripas de los cuerpos desechos sobre el suelo. La lluvia caía sin descanso. Camine hasta el centro de la plaza y me detuve.

Este es mi último día, el día que he aceptado mi suerte, el que libero mi culpa y la entrego al enorme monstruo justiciero de Dios que esperó pacientemente y me torturó en sueños para hacer su víctima hoy 9 de abril de 1948.

Texto agregado el 23-05-2008, y leído por 64 visitantes. (1 voto)


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