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La cercanía de la casa de la madre de Rubby con la mía era tanta, que cuando élla entonaba un salmo, Yo la podía acompañar con mi guitarra. Al terminar con su hilo melódico, también yo paraba la progresión de acordes y la confirmación de mi seguimiento provocaba en élla una risotada que le anulaba “los síntomas” del hambre.

Haydée, había quedado viuda muy joven, ya que la violencia que desde el noviazgo mostró su marido, era con los demás de una intensidad aún peor que la del hogar. Así que después de escenificar una serie de combates a puñales con el hombre más temido del pueblo, una herida que le interesó el hígado le condujo a la muerte en corto tiempo.

De esa tormentosa relación con Abraham, vino José y casi de inmediato, Rubby. Sola y cuidando sus bebés, veía transcurrir el tiempo y el exíguo hálito de luz que convertía su oscuridad en penumbra, provenía de un faro esperanzador que se originó con la partida de sus padres al extranjero. Sin embargo, éllos, al pisar suelo ajeno y con los primeros centavos que les cayeron en las manos, les nació el deseo de independizarse económicamente.

La separación de sus progenitores, redujo considerablemente la luminosidad del fanal que le daba vida. Pero para Haydée y los niños la vida continuó e inexplicablemente cuando me tocó ser su vecino, Rubby, el menor, era ya todo un hombrecito. Físicamente guardaba un gran parecido con su padre, pero su conducta, para mí fue imposible establecerla, ya que su mundo, de casi un adolescente, no era el mío.

Sorprendentemente, un día al pasar frente a su grupo, le ví con una guitarra al hombro. Por cierto, que parecía que él era el centro de atención por lo que hablaba, pero lo hacía con frases cortas y distantes unas de otras, lo que hacía imposible que se captara el tema, aunque estaba seguro que de música no se trataba. Nunca le oí hablar del instrumento en su casa ni mucho menos que su adquisición impactara entre los suyos.

Hasta que la mañana de un viernes, cuando mi rutina me condujo a casi rozar aquel enjambre de jóvenes, por primera vez le observé callado y que los demás al unísono le decían que la protección de la guitarra era la envoltura. Que sin ella, el instrumento no tenía duración ni perfecta afinación. Me pareció acertada su opinión y me maravilló que tuviesen esa visión. Lo que me quedaba de camino lo gasté elaborando una proposición y al regreso continué dándole forma y así, también, el resto de la noche.

Cuando al fin llegó el lunes, me dije a mí mismo: “se acabaron los acompañamientos telepáticos. Haydée, que le gusta tanto cantar, muy pronto tendrá en su casa quien fortalezca con armonías su voz”. Esta vez y con alegría, mi proximidad con el grupo no fue tangencial, sino que me dirigí al centro del mismo, no sin antes notar con satisfacción que Rubby a su espalda sostenía lo que cumplía con la sugerencia de sus amigos. Emocionado, le hice en público mi propuesta y en mi intención estaba que a él se sumaran otros, pero la respuesta fue una carcajada colectiva. En verdad, me dijeron, que Rubby había vendido la guitarra para comprar el estuche.

Texto agregado el 06-06-2008, y leído por 345 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
26-04-2009 Perdón, "plantear" no "planear". Otro abrazo. Sofiama
25-04-2009 Mira, creo que es genial cómo has plasmado la forma como se puede influir o destruir a alguien por una opinión desacertada. Es una reflexión que nunca se me hubiese ocurrido planear en un relato, tan bien llevado. Lo que más me gustó fue, precisamente, su final. Uno, como lector, no espera algo tan radical, de ahí, lo sorprendente. Tienes una narrativa fluida y limpia. Es un placer leerte. Un abrazo. Sofiama
20-02-2009 Muy bueno tu relato. margarita-zamudio
20-09-2008 Me gusta sobre todo tu forma de narrar y el desenlace que le has dado a nuestro amigo protagonista. Saludos. leante
01-09-2008 Un cuento excelente, muy bien escrito. Tiene gran técnica en su elaboración. Creo, sin embargo, que el final es demasiado abrupto e innecesario. Un abrazo. Néstor nesravazza
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