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Entra luz por la ventana. La abertura es pequeña, cruzada por dos barrotes. Es apenas pasado el mediodía así que la luz es intensa y blanca y revela el polvillo y las pelusas que flotan en el aire. Contra la pared hay una cama cucheta. Es de metal. En la parte de abajo se encuentra sentado un hombre. Se llama Román. Fuma. Mastica chicle. Y juega a las cartas con un hombre, llamado Arístides, sentado al otro lado de un cajón de frutas que usan como mesa. En la pared hay un póster de Queen y un cuadro de Jesuscristo.
Al otro lado del corredor central, otros presos también exprimen el tiempo. Algunos leen. Otros comen. Otros simplemente miran el techo, o el pedazo de cielo que puede verse a través de las ventanas. Se escuchan los pasos del vigilante. Llega a la celda donde los hombres juegan a las cartas. Se apoya en los barrotes.
-¿todo bien por acá? - pregunta.
Los hombres asienten con la cabeza. El que está sentado en la cama saluda llevándose los dedos a la sien.
El guardia se retira.
- A Dios le pido no tengas para el envido – dice Román.
- No quiero – dice el otro, hace una mueca con la boca.
Terminan la mano y Román se levanta. Llena el cepillo de dientes con pasta
mentolada y abriendo el agua de la canilla empieza a cepillarse. Arístides mezcla las cartas.
- Es la tercera vez en el día que te lavas los dientes –dice.
- No hay nada mas inmundo que los dientes amarillos – dice Román hablando a
través de la espuma.
Arístides reparte las cartas. El otro hombre se enjuaga la boca y vuelve a sentarse.
- dicen que los dientes se ponen amarillos por el azufre de las comidas.
- yo leí que era por la caca de las bacterias
- ¿las bacterias cagan?– dice Arístides con gesto de intriga.
El guardia aparece junto a los barrotes. Golpea un palo negro contra el taco de su
bota.
- ¡hey, don! – exclama Arístides interrogando al guardia– ¿las bacterias cagan?
- ¿qué? – dice el guardia
- ¿si las bacterias cagan don?
- Déjense de boludeces, jueguen, jueguen… - el guardia se aleja.
Una brisa entra por la ventana y desparrama las cartas de la mesa. Parecen huellas
sobre el piso de la celda. Román se agacha y las junta. Las cuenta.
- falta una – dice
Arístides abre los ojos en sorpresa.
- falta una, dije
Arístides abre más los ojos, como si no entendiese la situación.
- falta una, puto, y es el ancho de espadas
Román se zambulle sobre el otro hombre y lo toma del cuello. Lo insulta. Lo
golpea.
- ¡no lo tengo yo! – grita Arístides
- mostrame los bolsillos – exige Román
El otro saca los bolsillos hacia afuera.
- ¡las mangas!
Arístides muestra las mangas y efectivamente no hay nada en ellas.
- hay que buscarla, no se puede jugar sin el ancho de espadas.
Los dos hombres se desparraman por el piso y buscan. Levantan tachos. Almoha-
dones. Cartones. Revistas. Una laucha sale desde abajo de la cama, se detiene junto a los barrotes y mira a los hombres. Los hombres la miran. Román saca el as de espadas desde las penumbras bajo el colchón.
-acá está – dice mostrado una carta a la que le falta un pedazo en la punta.
- la carta está comida, está comida por la laucha – dice Arístides.
El hombre toma una jarra de metal y la arroja contra la laucha. El animal se escabulle y la esquiva. Se da vuelta y mira a los hombres. Parece sonreir. Después desaparece en el corredor central.
Román vuelve a llenar el cepillo de pasta. Se refriega los dientes. Arístides esta con medio cuerpo bajo la cama. Se escucha el vaivén del cepillo.
- hace veinte minutos te lavaste los dientes – dice Arístides– las bacterias no
pueden haber cagado tanto en ese tiempo.
- la pasta es gratis… es una de las pocas cosas gratis en este lugar – dice el otro con la boca llena de espuma.
Vuelven a sentarse en torno al cajón de madera. Se miran . El calor de la tarde gol-
pea así que se sacan las remeras y quedan en cuero. Román pasa las cartas de una mano a la otra.
- juguemos a que el cuatro de espadas es el ancho – dice.
- está bien
Arístides reparte las cartas. Bebe agua en la jarra de metal. El sol refleja sobre el
cuadro de Jesuscristo y este parece iluminado. Los hombres manipulan las cartas con sumo cuidado. Con sutileza. Como si fueran de hielo, o madera balsa, no juegan por plata, no juegan por porotos, apenas si anotan los puntos en una libretita de hojas amarillentas. Consumir el tiempo. Esa es la idea.
- A veces me arrepiento de haberlo matado – dice Arístides.
- Yo no
- Pero si no nos había hecho nada el pobre
- Nos mintió, eso fue suficiente para que lo matáramos
Román se rascó la ingle, se acomodó el calzoncillo. Arístides sacó un cigarrillo con
ayuda de sus labios. Lo encendió con un fósforo y pronto una nube de humo llenó el lugar.
- necesitamos un juego de cartas nuevo – dice
Román asiente moviendo la cabeza. Mientras tanto se muerde el labio, piensa.
- Si no lo hubiésemos matado no estaríamos acá – dice Arístides
- Yo lo volvería a matar
- Yo no sé – dice el hombre mirando el piso.
- Creo que de cualquier modo hubiésemos matado a alguien.
El otro no dice nada.
- Hacia tiempo estábamos dándole vueltas y vueltas al asunto – dice Román.
- Yo hubiese preferido no matar a nadie, no estar acá.
- Hay que conseguir un nuevo mazo de cartas.
Arístides se zambulle bajo la cama.
- Creo que hay un mazo por acá.
Hurguetea bajo la cama. Parece una laucha, el ruido que hace es como el de una
laucha masticando papel. Asoma la cabeza y tiene una revista en la mano.
- ¿te acordás de esta mina?
- Sabrina Lobos. ¡Que mina fea! Pero que cuerpazo que tiene.
- Yo estuve al lado de ella en un recital de Queen. Hace mucho, cuando ella no
era nadie, cuando yo todavía no era nadie.
- Dejame de joder, cómo sabes que era ella si todavía no era nadie.
- Porque no hay otra mina tan fea pero con tan buen cuerpo
Dejaron la revista sobre la cama. Uno de ellos mezcló las cartas.
- no podemos usar el cuatro de espadas como ancho - dice
- ¿por qué no?
- porque si te toca el siete de espadas también ¿ qué es veintiocho o treinta uno? No
se puede saber.
Se escuchan los pasos del guardia. El policía se asoma entre los barrotes. Levanta
su gorra para ver mejor. Los hombres están con el torso desnudo, con el sudor cayéndole desde las axilas. La laucha pasa junto a los pies del guardia. Se detiene. Mira a los hombres jugando a las cartas y vuelve a desaparecer.
- ¿hace calor? – dice el policía.
- Mucho
- Don, vamos a necesitar cartas nuevas – dice Arístides
- Las van a tener que pagar, las cartas no son gratis.
- Y una pasta de dientes – dice Román.
- La pasta si, la pasta es gratis, está bien.
Román mira por la pequeña ventana hacia afuera. Se cepilla los dientes con fuerza.
A través de los barrotes puede verse el patio, una hamaca que va y viene movida por el cálido viento de verano, algunos presos que juegan a la pelota. El guardia ha vuelto a desaparecer. Arístides hojea la revista de la mujer fea con estupendo cuerpo. Sobre el cajón de madera las cartas forman un montoncito.





Texto agregado el 10-06-2008, y leído por 167 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
18-06-2008 Una historia bien contada, con muchos elementos descriptivos bien usados. Creo que esta estrategia, forma parte de tu nuevo estilo para narrar tus historias. Me gustó mucho. Desde mi punto de vista, has sabido concatenar las ideas para hacer de la lectura de esta pieza, algo fluido y agradable. Te felicito. Sofiama
12-06-2008 es un texto que te prende hasta el final bien. gatelgto
11-06-2008 Lo volviste a hacer...está genial!!! naiviv
 
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