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-¡Pero papá! Dime, ¿que voy a hacer yo allá abajo?, tú sabes que no me va a ir bien. Esa gente no es buena…

El joven discutía desde hacía rato. Siempre respetó, siempre obedeció, pero esta vez asomaba un tenue aire de rebeldía en sus palabras. El Padre iba escuchando sus argumentos pacientemente, analizándolos con fría calma para luego destruirlos con astucia. Aunque la decisión ya había sido tomada trataba de que pareciera consensuada, y con mucha destreza iba cerrando espacios a su hijo, arrinconándolo. Tarde o temprano cedería.

-¿Qué tonterías dices muchacho?, apenas llegues será como una gran fiesta, todos estarán a tu espera. Imagina nada más: el hijo del poderoso Rey, su primogénito, mezclándose entre toda la gente. Serás mi emisario, y el pueblo te recibirá con los brazos abiertos, porque saben muy bien que cada atención que te brinden será también una atención hacia su Rey.

-No lo sé… ¿Qué se supone que voy a hacer allá?


¡Listo!, punto para él. Ya el joven había dudado, sabía que su convicción empezaba a resquebrajarse. Tan sólo un par de estocadas precisas y alcanzaría su objetivo.

-Sólo se tú mismo y disfruta el paseo. Ya te lo he dicho, es sólo un regalo que te estoy dando. Aquí estás tan sólo, desperdiciando tu talento mientras matas el tiempo sin hacer nada. Entre tantas ocupaciones nadie tiene tiempo para atenderte en este lugar. En cambio allá… allá podrás hablar con la gente, compartir, ser útil. Y todos se disputarán tu cariño, porque eres el hijo del Rey que ha bajado a vivir con la gente común.

-¡No entiendo cual es tu empeño! ¿Acaso quieres deshacerte de mí?, ¿te he hecho algo malo? ¿Y si todo sale mal? ¿Si no me quieren, si toman represalias contra mí por cualquiera de tus acciones?


La acusación lo sorprendió, dejándolo sin respuesta por un par de valiosos segundos que denotaban su sorpresa e inseguridad. Punto para el muchacho, pensó.

Entonces, entendiendo la urgencia del contraataque, hizo gala de su maña, esa que sólo se alcanza con años de experiencia, y restableció el orden de inmediato apelando a su confianza con una elegante respuesta.

-¿Mis acciones?, ¡qué dices hijo! Si yo no he hecho otra cosa que amar a mi pueblo y atender sus súplicas, ellos lo saben. Ya verás la vida de rey que vas a darte… además, ¿cómo podría hacer algo que te perjudique? Eres mi hijo y te amo infinitamente. Nunca olvides que desde aquí estaré pendiente de tu suerte. Nunca, óyelo bien, nunca te voy a abandonar.

Esa última frase fue un impacto fulminante, un tiro certero. Sabía muy bien que, a pesar de su irreverencia, su hijo no era capaz de poner en duda el amor que le profesaba. Después de tan álgida batalla, como un guerrero que ya no tiene fuerzas para alzar la espada, el muchacho toco el suelo con su rodilla.

-Esta bien Padre… una vez más hágase tu voluntad… dile a Gabriel que vaya a dar la noticia y envíame de una vez al vientre de María…

Texto agregado el 21-06-2008, y leído por 604 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
22-06-2008 Hermoso relato. flop
 
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