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La insoportable certeza de que el despertador no ha sonado despierta a Franz. La claridad que se filtra a través de las cortinas es señal de que afuera el sol está brillando con fuerza, y Franz no necesita esperar unos segundos para que sus ojos capturen la tenue fosforescencia de las manecillas del reloj. Es tarde, las seis y treinta y seis, va a perder el bus a la universidad. El nítido sonido del segundero martillea en su cabeza, incesantemente. Cuando Franz se está incorporando, el despertador suena con un ruido insoportable. A tientas, alarga la mano para apagarlo, pero torpemente lo hace caer, y el reloj se destroza haciendo un gran estruendo. Pasan unos segundos antes de que sus ojos puedan capturar la tenue fosforescencia de las manecillas del reloj, brillando en la oscuridad. Veinte para las seis, el despertador ha sonado puntualmente, como todos los días. El débil sonido del segundero apenas se abre paso en su cabeza, y de pronto se apaga. Mierda, está empeorando. Afuera, el sol recién empieza a salir.

Mientras camina hacia el paradero, Franz analiza este nuevo evento con rigor científico, como si lo que le acaba de suceder fuera un ensayo más de un experimento donde el conejillo de indias es él. El tipo de evento ha cambiado, ya no es una especie de déjà-vu, donde, en lugar de tener la impresión de ya recordar una experiencia que recién está viviendo, Franz tiene la impresión de ya recordar algo que recién está viviendo, pero de forma diferente, como si no hubiera sucedido así exactamente. Como le está sucediendo precisamente ahora, en que no sólo tiene la impresión de ya haber visto antes a la desconocida que viene corriendo hacia él, y que, incómoda por su obstinado escrutinio, apresura el paso; sino que tiene la absoluta certeza de que ha cambiado de color de cabello. Ahora, Franz se resiste a definir lo de esta mañana como una especie de sueño, porque la claridad en su habitación, la nitidez del sonido del segundero, no son propias de la atmósfera onírica; menos lo es la racionalidad, el terrible sentido de realidad de este último evento. Está seguro de que el haber estado dormido es sólo algo circunstancial. Lo de la mañana no ha sido un sueño, Franz lo ha vivido.

En el paradero no hay nadie. Sólo el chico de la gorra roja está unos metros antes, sentado al filo de la vereda, leyendo unos papeles. Franz lo reconoce, hacen juntos los estudios generales en la facultad. En la otra esquina, un grupo de chicas comparte secretos. Al frente, unos trabajadores se preparan a romper la calle. Franz mira su reloj, ya pasan dos minutos de la hora. Siempre que el bus se retrasa, luego tiene que correr para recuperar el tiempo, como ahora, que se está acercando a toda velocidad. Siempre concentrado en sus papeles, el muchacho de la gorra roja se para y avanza un par de pasos dentro de la pista, justo cuando el bus va a pasar junto a él. Franz ni siquiera tiene tiempo de gritar. El bus frena con un chirrido agudo, pero impacta al muchacho de la gorra roja, que sale disparado violentamente y cae unos metros más allá. El bus logra detenerse por completo en el paradero, justo delante de Franz. El olor a neumático quemado es insoportable. Los trabajadores corren en auxilio del chico de la gorra roja; en la otra esquina, las chicas gritan detrás de sus manos. A través del sonido siseante de la puerta hidráulica, Franz escucha nítidamente una voz que dice que el muchacho está muerto. Desde dentro del bus, inesperadamente una voz le pregunta si va a subir. En la otra esquina, las chicas se están riendo; ocultos por el bus, los trabajadores ya están rompiendo la calle. El muchacho de la gorra roja lo empuja ligeramente al subir al bus. Carajo.

Desde el fondo del bus, Franz mira al muchacho de la gorra roja, que lee, concentrado. La visión de su muerte ha sido tan nítida, tan real, que Franz descarta que se haya tratado de una alucinación. Obviamente tampoco es un sueño, y Franz está ligeramente satisfecho por haber comprobado su teoría sobre el evento del reloj, aunque no aclare del todo qué le está pasando. Ahora considera la idea de que se trate de premoniciones, la visión de algo que no ha pasado, pero que pasará. Entonces, la desconocida de hace un rato habrá cambiado de color de cabello la próxima vez que la vea, y el muchacho de la gorra roja morirá mañana, o en algún momento del futuro. Tiene sentido. Pero la destrucción del reloj es determinante para hacerlo rechazar casi definitivamente esta posibilidad; porque ha visto el reloj marcando las seis y treinta y seis, y ese evento ya no se puede verificar en el futuro. El evento del reloj no encaja en su nueva teoría, y Franz siente que todos los eventos están relacionados, que cada uno de ellos es un caso particular del mismo fenómeno, y sólo necesita encontrar el caso general, en el que todos los eventos se superponen. Pero pensará en eso más tarde, porque ahora el bus está detenido frente a la universidad, y debe darse prisa para llegar puntualmente a clases. Pasa junto al muchacho de la gorra roja, que está aprovechando los últimos instantes de lectura que le quedan antes de bajar, y salta al pavimento.

Cuando parte el bus, Franz ve alejarse dentro al muchacho de la gorra roja, que sigue leyendo. Tal vez no va a entrar a clases, o está tan concentrado en su lectura, que no se da cuenta de que ya han llegado a la universidad. Mierda. En vez del portón de la universidad, donde Franz acaba de ver la acostumbrada multitud de estudiantes entrando y saliendo, Franz ve ahora una avenida desierta, casas, unas tiendas. Reconoce el lugar, ha bajado dos paraderos antes. El bus ya se ha alejado, y a pie desde aquí son veinte minutos hasta la universidad. De todas maneras va a llegar tarde. Muy desconcertado, Franz se sienta al filo de la vereda, tratando de encontrar una explicación.

Franz organiza sus argumentos rápidamente, busca similitudes, enuncia hipótesis y las demuestra o niega casi instantáneamente. Todos los eventos están relacionados, tienen algo en común. No son alucinaciones, porque los eventos y la realidad casi se superponen; no son déjà-vus, porque recuerda de manera diferente lo que nunca ha visto; no son sueños, porque no siempre ha estado dormido; no son premoniciones, porque una premonición implica un visión de algo que va a suceder, y Franz más bien ve lo que no va a suceder, como el reloj marcando las seis y treinta y seis, ahora que está roto. Eso mismo. Pensándolo bien, lo que Franz ha visto corresponde al lado falso de una estructura disyuntiva, es decir, lo que podría haber sucedido si la realidad hubiera tomado un camino diferente. Por ejemplo, esa mañana la desconocida pudo haber decidido no cambiarse el color de cabello, y Franz simplemente ha visto esa opción desechada. El muchacho de la gorra roja pudo haberse parado en el momento de venir el bus, y Franz ha visto lo que hubiera pasado. Tiene sentido. Franz ha visto lo que no ha sucedido, pero que podría haber sucedido si alguna pequeña cosa hubiera sido diferente, una realidad hecha de decisiones descartadas. Los universos paralelos.

Ahora Franz lo entiende todo. Casi con certeza se sabe poseedor de una percepción inaudita, que le permite ver el momento en que el Universo se divide para permitir que cada posible resultado de un evento se verifique; Franz, por algún accidente que desconoce, puede percibir el instante inexistente en que los universos paralelos están superpuestos, y existen simultáneamente. En el instante de las visiones, los universos paralelos convergen en Franz, y su conciencia es la articulación a partir de la cual divergen infinitamente, arrastrando con ellos una instancia del mismo Franz, otro que también es él. En un universo paralelo, Franz está retrasado porque el despertador no ha sonado; en otro, la desconocida se ha teñido el cabello para cuando se cruza con él; en otro, el muchacho de la gorra roja se ha parado justo al momento de pasar el bus, y está muerto; y en otro, Franz ha bajado en el paradero de la universidad, y llega puntualmente a clases. Los eventos no son visiones de ningún Futuro; Franz ve lo que no sucederá, porque en este universo, esos eventos son inverificables para siempre, Franz está en el universo que resulta de su sistemática negación.

Con la emoción de su descubrimiento, Franz no se ha dado cuenta de que se ha parado, y ha caminado hasta media calle. El sonido agudo de una bocina lo hace voltear, y ve como el bus está frenando escasamente a dos metros de él. El conductor baja y le empieza a echar de carajos, pero Franz se queda inmóvil, fascinado por la claridad de los colores de las ropas de los estudiantes que se asoman por las ventanas del bus, con la nitidez de la voz de los curiosos que le mientan la madre desde las puertas de las casas. Franz está fascinado por la impresión tan nítida que hace en sus sentidos ese universo donde el bus ha frenado escasamente a dos metros de él, el conductor le echa de carajos, y él ha descubierto lo que le ha venido sucediendo; eventos que, en el universo al que todavía pertenece, Franz sabe que no ocurrirán jamás.

Texto agregado el 24-06-2008, y leído por 385 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
05-01-2009 No es inteligencia. Este hombre es un prodigio...¿de niño te diagnosticaron como dotado? Si alguien te publicó este texto es fantástico; en caso de no ser así, debrías enviarlo a un concurso de cuento y/o publicarlo, etc. Me has dejdo sin palabras (bueno, sólo las necesarias para escribir este comentario). Permìtame despedirme, maestro. aquo
24-06-2008 Admiro tu inteligencia y capacidad. Es un cuento notable, de reminiscencia borgiana, bien plasmado en su concepto teórico. Creo que, como tal, amerita que el cuento vaya un poco más allá; que la multiplicidad de Franz conviva en esos mundos paralelos y alguna vez se interfieran, dando paso a una historia donde la simultaneidad de planos tengan un resultado de sorpresa y desconcierto. Dejo mis *, pero eso no importa mucho. Salú. leobrizuela
 
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