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En un cuarto del hotel Morfeo.


1
Algo se estremece bajo mis ojos. El olor de una flor marchita se retuerce entre las sábanas. Afuera una neblina grisácea recorre quisquillosa la espina dorsal de la ciudad mientras esta cabecea, ronronea, descansa, supongo. Veo las sombras de un árbol en la pared frente a mí, donde las ramas proyectadas rascan su porosidad de cemento. Estoy acostado sobre una cama y puedo sentir su textura por toda mi piel. Acabo de darme cuenta: en realidad la pared no es tal, sino el techo. Ahora me pregunto: ¿cómo demonios se proyecta la sombra de una rama en el techo si, para empezar, no hay árbol alguno afuera de la ventana inexistente del cuarto al que no pertenezco, que nunca había visto? Y comienzo a elevarme del colchón cual vil escena del exorcista. Entonces comprendo: estoy soñando. Eso o estoy bajo el efecto de alguna nueva droga. Pero no, es un sueño más. Últimamente he estado muy original en el terreno onírico. Llego al techo flotando en posición horizontal y pongo mis manos para detenerme. Entonces, en un segundo, el techo se convierte en suelo y yo ahí tirado boca abajo, no me queda más que hacer lagartijas: ¡uno, dos, uno, dos! Luego me levanto, camino sobre el piso, ahora pegajoso y ondulado, como superficie de rufles verdes chupadas, ensalivadas y emanantes de un olor rancio a leche.

Sigo por un pasillo donde cuelgan de las paredes cuadros al óleo mezclados con sangre y chocolate, también hay instalaciones, esculturas hechas con latas, botellas de plástico y demás chatarra pop característica, todo ello pegado, embarrado con chapopote y mierda que según el tríptico aparecido de pronto en mis manos, fue excretada por los autores. Había unas pinturas de una cubana hechas con su propia sangre menstrual, las cuales fueron creadas frente al público en un centro de cultura disidente de aquella isla.

Poco a poco he abarcado todas las salas llenas de pinturas y fotografías. Ahora llego a la última donde se halla un sillón individual de piel color negro. Frente a él hay un teatro para títeres, títeres hechos con calcetines rotos (los personajes cuelgan de un borde recortado de cartón, inermes, sin vida.) Mientras me acomodo en el sillón una mujer, por cierto muy hermosa, sale desnuda, asomándose por el orificio hecho en la caja de refrigerador y teatro para títeres de calcetín que ahora es la pantalla de una televisión en blanco y negro. Aprieto un botón del control remoto, antes tríptico (sí, control remoto para una tele de bulbos) y lo que se ve en la pantalla me la pone dura: la mujer se masturba frenéticamente con un cirio muy grueso. Se aprieta los pezones. Y el cirio cada vez más adentro. Entonces me doy cuenta: estoy desnudo. Desde el principio del sueño he estado desnudo.

Lo que sigue es algo difuso, difícil de comprender. Pero es la parte de mi sueño más rica en sensaciones. Ella sale de la tele, se acuesta en el suelo con las piernas abiertas, muy abiertas frente a mí y saca lentamente, muy lentamente, el cirio lubricadísimo. Se levanta y lo coloca en una base de madera. Ella desnuda, ella sonriente malévola, ella apoyada en dos potentes piernas y fogosa, toma un cerillo de una caja que cuelga de un hilo, ¿ahí estuvo siempre?, me distraigo, y lo raspa en una nalga, el fósforo prende, la llama se ondula en cámara lenta y no es roja ni naranja ni amarilla con azul sino en blanco y negro, como la pantalla de la tele que ahora es una pantalla de cine en la pared, similar a la descrita por Somoza en su novela; acerca el cerillo al cirio, lo enciende y una luz policromática se apodera de la habitación. La pantalla proyecta a Linda Lovelace en acción en su película Garganta Profunda. Y yo con una violenta erección. Entonces ella, la golosa del cirio, se monta en mí, sostiene mi verga con una mano y la introduce en su raja caliente, me aprieta con sus labios vaginales, estrujando mis venas, estrangulando. Sube y baja lento, aprieta. Mientras Lovelace se atraganta de semen, ella galopa a todo lo que da, arriba y abajo, apretando más en la parte del glande que se hincha, se acalambra y explota lechoso disparando esperma fosforescente, lo puedo ver entrar en su cuerpo, veo mi semen transitar sus entrañas. Lo veo porque ahora su piel es transparente y veo sus órganos. Su corazón latiendo violento, manchado por mí. Quiero sonreírme con ella pero al buscar su rostro no encuentro indicio alguno de él. Donde debería haber ojos, boca, nariz, sólo hay piel lisa, sin poros: un rostro plano. Entonces ella menstrua, más bien, se viene en una hemorragia torrencial y luego se orina encima de mí mientras ríe; entonces se baja de mi cuerpo, salgo de ella, hace una reverencia a un público el cual no veo pero que aplaude frenético, y se da la vuelta, se pierde detrás de una puerta, dejándome solo y sumamente desconcertado en lo que ahora es un escenario.

Luego despierto en mi cama por los gritos en la calle de unos niños jugando.



Dejo el cigarro en el cenicero. Exhalo el humo que antes había entrado a mis pulmones y se pierde en el ambiente plastificado de la cafetería. Ella ha seguido atenta todo lo que he dicho. Mi sueño. Sus ojos viperinos me miran con esa mirada estática penetrante, como si mirara a través de las personas o a través de las cosas, a través de mí, escindiéndome. Bebe un poco de su americano. Una nubecilla de vapor sube por el labio superior, sigue la línea de su nariz hasta confundirse con el pelo que le resbala sigiloso por la frente.

-¿Por qué crees que no tenga rostro? Qué miedo. Digo, las personas sin rostro siempre me han atemorizado en los sueños. Me llama la atención lo del cirio, masturbarse con un cirio, y los títeres, los calcetines colgados; recuerdo haber soñado algo con títeres alguna vez y no fue muy agradable que digamos.

Me mira, casi no parpadea mientras habla. Siempre ve fijamente, me hace desviar la mirada.

-No lo sé. Yo nunca sentí miedo, estaba muy excitado y experimenté cierta fascinación cuando vi mi semen fosforescente untado a su corazón.

-¿Te excita que una loca sin rostro te orine, te gusta hacerlo con mujeres que tengan su periodo?- Sus ojos se abren más de lo normal, sus pupilas se dilatan, explotan: veo su iris anaranjado. Se reclina hacia mí, acercándose a la mesa mientras hace un movimiento conocido a la altura de la sien con el dedo índice -Tas loquito, mano, jajaja- su risa se desprende algo desquiciada.
-No he dicho eso. No significa eso. No lo sé. Sólo es un sueño.
-Por eso.
Y se queda callada. Siempre hace lo mismo desde que nos conocemos. Siempre hacemos lo mismo. Hablamos poco, nos decimos algunas cosas, nos contamos los sueños y luego callar, escudriñarnos con los ojos para después desviar la mirada, ignorándonos, como si no estuviéramos ahí, aquí. Podemos pasar así un par de horas. Luego hay que despedirse sin decir nada, sólo llamar al mesero y pedir la cuenta; a veces paga ella, en ocasiones yo.
Pero ¿quién es esta mujer?, ¿cómo entró a mi vida, por qué le cuento mis sueños? No sé su nombre y ella tampoco el mío. Sólo reconocemos en ambos ciertos intereses mutuos. Sólo la conozco por sus sueños. Es un trato. Ese fue el trato. Reunirnos por las tardes, casi al anochecer, en alguna cafetería oculta de los ruidos de la ciudad, contar nuestros sueños, sin más: contar, fumar, beber café, soltar sin entusiasmo breves opiniones. Nos avisamos previamente por correo electrónico. Pero ¿cómo nos conocimos?
Ha pedido le llenen la taza una vez más, ella toma mucho más café que yo, lo hace con ese movimiento descuidado de su mano, como rozando algo esponjoso suspendido en el aire. Ahora recuerdo perfectamente cómo la conocí, no hace mucho. Sí, la veo aún protegida con su paraguas roto, envuelta en su chamarra, en su uniforme de… ¿una oficina de gobierno, alguna empresa, una vil y común tienda departamental? Se guarecía bajo la parada del camión, sentada en la banca, la lluvia parecía arañar el cielo de la ciudad esa tarde como uñas de bruja cortando un papel muy delgado, las nubes negras eran desfiguradas (o configuradas) por el viento que soplaba sin riendas. Llegué corriendo, empapado, me senté en la banca a lado de ella. Los autos salpicaban agua a nuestros pies, los zapatos estaban mojados, más los míos. De la bolsa de mi camisa saqué una cajetilla de Raleigh, en el interior habrían unos tres o cuatro cigarros destruidos por la lluvia, sólo uno era fumable, casi no se había estropeado. Antes de sacarlo, llevarlo a mi boca y encenderlo, se me ocurrió soltar uno de mis “atinados” comentarios.
-¡Llueve como si todos los putos dioses nos estuvieran orinando desde allá arriba!
Me observó por un momento, bueno, digamos que me vio fugazmente de pies a cabeza, sin ninguna expresión concreta en su rostro, luego se volteó ignorándome como si yo no existiera (¿existo?)
-¿No crees?- rematé.
Pero ella no me miraba, no contestó. Un relámpago retumbó en el cielo: nuestros rostros palidecieron por escasos segundos, reflejando el brillo del rayo, el color pálido de la muerte. Encendí mi cigarro, jalé humo y lo soplé hacia ella que miraba para otro lado; el humo no tardó en llegar a su cara, entonces volteó y casi sin mover los labios preguntó: ¿tienes otro? “Ja, ahora quieres fumar, ahora sí me haces caso” pensé, y fingiendo no escucharla me volteé, como si no existiera (¿existe?)
-Tienes razón, todos los putos dioses han de estar meándose allá arriba- dijo, dejando a su voz mezclarse con el barullo de la lluvia. Yo pensé: “Ja, meándose”
-Lo siento, ya no traigo más pero puedes fumar del mío- y le alcancé el cigarro. Ella lo tomó. Otro rayo estalló justo en el momento en el que nuestras manos hacían contacto: ahora fue un brillo de nieve en sus ojos, un brillo lunar, eléctrico.
-¿Sabes?, esto ya lo había vivido, ya me ha pasado- me dijo.
-¿En serio?
La lluvia violaba efusiva a la ciudad, ametrallaba los techos de las casas, las ventanas de los edificios y de los autos, caía inquina contra la gente y el asfalto.
-Un Dejá vù- dijimos los dos entre dientes, al mismo tiempo. Sonrisas, sensación extraña, lúgubre, húmeda.
-¿De dónde vienes?- me preguntó.
-De ningún lugar interesante.
-Qué curioso. Hacia allá me dirigía yo.
Acabamos el cigarro. Platicamos de temas insignificantes, de esos que se hablan en ciertos momentos, llamémosles banales. Ella tenía un negocio propio (nunca especificó de qué y yo no quise preguntar), yo comenté ser el dueño de… pero eso no importa, dije interrumpiéndome en el acto, mejor dime, qué piensas de la demencia con que cae la lluvia en estos momentos, si en ocasiones sientes cierta vibración electrizante a tu alrededor, cuáles son las cosas que te estremecen. Se lo dije en ese orden y con esas mismas palabras, sin esperar a que respondiera por lo extrañas que eran las preguntas, pero ella contestó en su propio orden, utilizando para demencia, vibración y estremecimiento, sinónimos que quizá yo nunca hubiera empleado. Descubrimos en la charla nuestro interés por el arte, por ciertas lecturas. Interés no obstante somero, sin el aliciente catártico en la mayoría de las veces. También descubrimos, y era eso lo más extraño, la atracción y la pasión que ambos teníamos con lo onírico, no como un interés científico, más bien desde nuestra fijación por soñar, nos intrigan los sueños, de una manera muy peculiar. Nuestra enfermiza adicción (concluimos ambos) a los sueños.
Estuvimos ahí hasta terminar la lluvia. Hasta que el pavimento mojado emitió ese olor a nostalgia pisoteada después de llover. Al final tan sólo dijo adiós y se subió al primer taxi que pasó. No le pregunté su nombre, su teléfono, qué pendejo, pensé. Entonces el taxi regresó. “Mi correo electrónico”, dijo, antes de desaparecer. ¿Qué mujer te da su mail escrito en una servilleta con bilé?
Ahí está de nuevo esa sensación de alivio, de liviandad mezclada con excitación. Ese calor recorriendo mi abdomen, el cosquilleo en los testículos. Lo sé, lo habíamos prometido. No interesarse sentimentalmente el uno del otro y nada de sexo. “Se prohíbe”, había dicho ella en una de nuestras primeras citas, enfática. Chingada madre, pensé yo, tan sabrosa y sin sexo. Pero acepté porque desde hacía mucho tiempo que no platicaba así, que no conocía a alguien interesante, alguien con quien hablar, charlar acerca de los sueños. Sí, lo sé, lo habíamos prometido pero era algo inevitable. ¿Cómo no involucrarte, no sentir deseo carnal hacia una mujer enigmáticamente sexual y además prohibida? Yo lo supe desde esa vez: terminaría haciendo todo lo contrario.
El mesero le ha servido más café. Ella juega con el mantel, luego se ensaña con darle vuelta al cenicero entre sus manos, costumbre suya que en ocasiones se ha tornado desesperante.
-Y bien, ¿tú qué tienes?
-Nada.
-¿No has soñado nada en estos días?
-No, nada- me dice, estrella la colilla contra el cenicero.
La música de la cafetería discurre entre las mesas, por las cortinas de estampados geométricos, se mete sin permiso en los oídos. No puedo creer que no haya soñado nada. Generalmente es ella la que sueña algo, la de los sueños más relevantes. De pronto hay una pesadez en el aire, surge en mí una sensación extraña, me siento ajeno a todo lo que me rodea, me siento mucho más ajeno a ella, a la gente, a mí. Por un instante me olvido de ella, de todo, algo ha pasado en un segundo y no lo he percibido, o me he quedado demasiado estupefacto con ese correr del tiempo tan efímero y tan real a la vez. Un segundo y todos sus posibles movimientos: una pareja besándose en otra mesa, el mesero que se rasca la entrepierna, el temblor de sus cejas al decirme que no ha soñado nada, la vibración permanente de las paredes, de las tazas de café, de nuestros cuerpos. Casi en cámara lenta alcanza su bolso y nuevamente llama, en una fugaz eternidad, al mesero.
-La cuenta- la exige apoyando sus palabras con las manos.
-¿Piensas irte así nada más? Al menos has de haber tenido un sueño, cuéntamelo.
-No he soñado nada. Me tengo que ir. Tengo muchas cosas por hacer.
Una excusa. Es la primera vez que da una excusa. Siempre nos despedimos sin decir nada así que no esperaba una excusa, no de ella.
-Vamos, no puedes dejarme así, es parte del trato.
-Claro, el trato. Por cierto, quería hablar de eso, de esto. Creo… yo siento la necesidad de… - nerviosismo, tartamudeo, ha desviado la mirada. Me anticipo.
-¿Qué pasa? no me digas que te has arrepentido, al menos me lo hubieras dicho antes para no compartir mi sueño contigo, ¿no crees?
Afuera ya es de noche. Los faroles alumbran las banquetas. Uno de ellos deja caer su luz a unos niños de rostros sucios, hambrientos que pegan sus narices en el cristal de la cafetería, viendo a la gente mojar deliciosos panes en humeantes tazas de chocolate y café, o comiendo un suculento y enorme club sándwich.
-Lo siento, debí haberte dicho. Pero han cambiado las cosas, he decidido terminar con esto- dice mientras enciende otro cigarro.
-¿Con esto?, lo dices como si hablaras de algún crimen, de algo muy malo, ¿qué te sucede?- enciendo yo también un cigarro.
-Nada. Lo siento, yo… mira, ya no podemos vernos más.
-¿Acaso eres casada, te descubrió tu esposo, sabe que te ves con alguien?
-¡Ja!, casada. Tú no sabes nada de mí.
-Sé lo que sueñas.
-Mira, en serio, ya no podemos seguir viéndonos, ¿está bien?- parece haber ruego en su voz, por segunda vez la percibo frágil, desprotegida, como aquella primera impresión que tuve de ella en la parada. Yo no pienso ceder, quiero sacar algo de esto.
-Está bien. Pero yo quiero cambiar las cosas, más bien romper las reglas, me lo debes por el último sueño- le digo.
-¿A qué te refieres?- me pregunta, mientras de su boca sale por accidente un arillo de humo flotando.
-Pues sí, al menos no involucrarme sentimentalmente pero, sí quisiera… quiero hacerlo contigo. Sí, eso es, te acuestas conmigo y ya, todo termina, te puedes salir de esta.
Generalmente aquí debiera brotar un silencio incómodo, sofocante y eterno, pero más bien es un ruido abrumador: cucharas chocando con tazas de porcelana, pies arrastrándose sobre el suelo, murmullos intensos, dedos tamborileando las mesas, música hueca, las bocinas de los autos afuera, la plática estúpida de cafetería, ruidos de un no lugar suspendido en el espacio y mi respiración y la de ella saturándolo todo, a intervalos.
-¡Vete a la chingada!
-Ja, qué grosera; pero ya, en serio, más vale que aceptes porque soy capaz de seguirte hasta tu casa y armarte un escándalo con tu marido.- No es cierto, no soy capaz de hacer nada. O no lo sé. A estas alturas no lo sé.
-¿Qué estás diciendo?- su rostro se enciende, de pronto se ve más salvaje, más primitivo de lo normal.
-¡Quiero coger contigo!- grito
El mesero llega justo en ese momento, me queda viendo, luego mira a ella, ambos se sonrojan, los de la mesa de a lado han alcanzado a oír mi petición. Su cuenta, dice el inoportuno en un tono de lo más afeminado y ofendido, luego se retira rápidamente.
-¡Qué miran!- les grito a los curiosos.
-¡Estás loco!- dice ella mientras intenta sacar dinero de su bolsa, pero el cierre se ha trabado, no puede abrirlo y comienza a desesperarse.
-Sí, quizá un poco loco. Déjalo, yo pago. Tú puedes pagar el cuarto de hotel. Esto no es el final. Aún no hemos acabado.
Sus ojos se incrustan en los míos, hasta puedo sentir dolor, siento cómo me apuñalan. Se para en un movimiento rápido, recoge sus cosas: unas revistas, su saco sobre la silla, el encendedor sobre la mesa, sus cigarros, la bolsa, una cosa negra brillante que no logro distinguir qué es. Y antes de darse la vuelta me dice tranquila, como si no fuera ella, con cierta risa chueca y los ojos felinos: Estúpido, ni siquiera sabes, no imaginas nada.
Esta respuesta me deja desconcertado. Luego de algunos segundos me levanto de mi lugar dispuesto a seguirla pero se atraviesa otro mesero con una charola donde lleva una malteada de fresa, un chocomil y un pastel de duraznos, los cuales caen encima de mí y termino batido en el suelo; ella voltea y ve indiferente la escena, quiere decir algo más pero se contiene. Me pongo en pie de un salto, la alcanzo hasta la puerta, la sujeto firmemente del brazo, no quiero que se vaya.
-¡He soñado contigo muchas veces! No te lo había dicho pero sueño constantemente contigo. Estoy poseyéndote siempre, te penetro fuerte en mis sueños. Y tú jadeas, te retuerces de placer. Lo disfrutas.
-Suéltame.
-¡No! Escúchame, de verdad he soñado contigo, es tan real; eres tan real.
-Suéltame por favor. Además no tengo esas mañas tan... escatológicas.
Otra vez la risa rara, zumbando como enjambre en su rostro, temblando en su boca como línea alterada de electrocardiograma.
-¡No, no! Esa no eres tú, no eres la de mi último sueño. Te he soñado aparte, siempre terminamos haciéndolo.
-¡Suéltame, me lastimas!- su grito llama la atención de las personas, algunos ya nos rodean.
-Suéltela ya hombre, es lo mejor- dice alguien, una voz en off.
Entonces dejo de apretar su brazo. Y ella se va dejándome con algo roto.

2
Los ojos duelen cuando estás mucho tiempo frente a un monitor. Llega un momento en el cual ya no parpadeas, están entrecerrados, hinchados, sientes pequeños trocitos de vidrio, arena en los ojos; sientes sueño pero no duermes, hambre y no comes, tienes que ir a cagar, a orinar y ni madres, no vas, estás pendiente, en stand by. Nunca has sido aficionado a estás cosas, no tienes con quién chatear o platicar, prefieres dormir y soñar algo, tu trabajo te lo permite pues eres el jefe, vives solo, no le rindes cuentas a nadie desde que tu mujer se divorció de ti, no tienes hijos, por lo tanto no tienes por qué moverte de tu escritorio, no tienes por qué llegar a casa mas que por ropa. Tienes un frigobar en la oficina y te bañas cuando sientes irritación en las axilas. Antes solías caminar por ahí a cualquier hora o simplemente llegabas y te encerrabas a dormir en tu cuarto o en la sala de tu casa, dormías sobre aquel sillón viejo, heredado por algún pariente muerto, dormías con tal de soñar.
Pero hace tiempo que has estado más en contacto con tú máquina, la maldita computadora. Has buscado obsesivo ese nick, checas repetidamente tu correo, piensas que te ha vuelto a citar en alguna cafetería, tal vez te quiera contar un sueño, pedir disculpas por lo sucedido. Pero, ¿es ella quien tiene que pedirlas? Para pasar el tiempo checas páginas porno, snuff, japonesas; descubres que hay un concurso muy raro en la televisión de Japón. Consiste en sentar a tres jóvenes concursantes, Lolitas en minifaldas de lo más sugerentes, están sentadas, más bien, montadas, pues en realidad eso es lo que hacen debido al diseño del banco, semejante a una montura para caballo y que además cuenta con un orificio por donde salen sus partes íntimas cubiertas con las tangas que usan. Debajo del orificio hay un mecanismo giratorio con tres brochas pequeñas de hebras muy suaves, al accionarse rozan continuamente la vagina de estas preciosas orientales, acto seguido se procede a ver cómo se retuercen y pujan mientras se les masturba en vivo y a todo color, con el público extasiado en el estudio. Los close ups son exagerados, hasta puede verse cómo se humedece la ropa interior, en ocasiones las brochas mueven un poco la tela de su lugar y se puede apreciar el clítoris hinchado de alguna de ellas. Desconoces el objetivo del concurso pues no sabes japonés. ¿Quién gime más rico? ¿Quién hace los gestos más cachondos? ¿Quién de ellas se les antojaría más a los jueces para ser violada (ya sabes cómo son de locos los japoneses) mientras está atada y con vendas en los ojos? No lo sabes ni te interesa, tú estás buscando a ella y sudas frío mientras esperas, te punza la cabeza y te fumas otro cigarro. No, ya no porque te has vuelto a terminar la cajetilla; necesitas ir por una a la tienda pero no vas, esperas, esperas, a ver en qué momento aparece en la maldita bandeja de entrada un nuevo correo de ella.

3
Deambulo. Caminar de noche por las calles suele resultar terapéutico. ¿Cuántos días han pasado? No lo sé pero han sido largos y tediosos, he perdido la noción del tiempo; todo mi organismo, todo mi ser ha comenzado a aceptar la situación: jamás volveré a verla. Eso está bien, me digo, y no sé si sueno convencido o si después de decirlo me convenzo de ello. Mientras camino imagino ser como esos vagos durmiendo en las banquetas, o como esos drogadictos desvelados, roídos y fantasmales, esqueléticos, siempre sonriendo, o fingiendo que lo hacen, los ojos a punto de explotarles con esa mueca de éxtasis o de miedo. Estar loco y dormir en cualquier parte de la ciudad, mandar todo al diablo, que se pudra en el carajo. Me gustaría ser como ese judicial que va ahí, con su pistola y su placa lista para charolear, caminando fantochemente, como caminan los estúpidos a los que se les ha dado algo de poder, como los pendejos con un arma, ser como él y dispararle a quien sea, agandayar a cualquiera; o ser la puta que se me acerca y me ofrece una buena cogida. Ser otro: nadie. Se me había olvidado lo relajante que es caminar. Creo que es bueno ya no saber de ella.
Ya en la oficina, frente al monitor, necesito urgentemente un cigarro. Necesito fumar. Lo enciendo. Aspiro largamente. Una, dos, tres jaladas largas y desesperadas. Camino de un extremo a otro, vuelvo a sentarme, busco mi cenicero, ¡dónde putas está el pinche cenicero!, jalo y exhalo el humo, vuelvo a leer el correo una y otra vez, no sé en realidad si estoy contento, no sé por qué tanto nerviosismo. Y lo vuelvo a leer:

Mañana. Hotel Morfeo, habitación 108, 9:30 p. m. Ada.

4
¡Tzzzzzzzzt! O ¡dizzzzzzzzt! O quizá ¡qszzzzzzzdt! ¿Cómo suenan en realidad las moscas al pulverizarse en la incandescente barra eléctrica contra insectos? Afuera se escucha una pelea de gatos. ¿O serán gatos copulando? Al final, creo, viene resultando ser lo mismo: una contienda, el simulacro de una contienda a muerte es el fornicar.
Yo observo embelesado a la luna, grande y roja detrás de los edificios, pintando de plateado rojizo mi desnudez escuálida e insolente tendida sobre la cama, pincelando el cuarto con cierta luz mortecina, luz del interior de una placenta, como la luz de la luna de una noche en algún lugar llamado Comala. Los ruidos de una ciudad consumiéndose en el abismo negro y sempiterno del tedio se oyen como si salieran de una grabadora vieja, condenada al rincón más oscuro de alguna casa al fondo de cualquier vecindad. La F y la E de un letrero están detrás de un costado de la ventana, pueden verse cuando las cortinas se alzan agitadas por el viento que entra. Hasta atrás, la luna que sangra.
¡Tzzzzzzzzt! F y E, fe. Ironía improvisada cuando la fe es lo menos que se huele por aquí. El corazón me da justo en estos momentos un golpe arrítmico. Se escuchan jadeos en el cuarto de arriba, rechinidos de resortes y la cabecera de una cama dando topes secos en la pared, el bramido de un enorme macho morsa, el pujido ahogado de una hembra y luego silencio: ¡dizzzzzzzzt!, el tipo se ha venido.
Pensándolo mejor, no creo en realidad que mi estado sea el embelesamiento. Más bien, me siento cansado, abatido. No me puedo mover.
¡Qszzzzzzzdt, qszzzzzzzdt, qszzzzzzzdt!, zumbidos de moscas muriendo, huele a pellejo de pollo quemado por toda la habitación, se abre la puerta del baño y Ada sale desnuda con el cabello mojado y escurriéndole agua por todo el cuerpo. Ah, sí: Ada. Así se llama. Recién hemos cogido. No recuerdo haberle dicho aún mi nombre.
Pensar en moscas kamikazes, en gatos apareándose, en mamíferos obesos copulando mientras tengo aquí conmigo a esta mujer es absurdo. ¿Por qué de pronto la he olvidado? Es más, ni recordaba que así fuera su rostro. ¿Acaso siempre se muerde el labio inferior de esa manera, siempre camina con esa insensatez en su andar? De hecho recuerdo muy poco. Tengo la sensación de que todo lo que me ha pasado antes de ahora no es más que pura imaginación. Nunca he salido de aquí, de este momento, de este cuarto, todo lo sucedido lo he inventado.
El viento entra cálido al cuarto con cierto olor a pan tostado, la cortina se agita encima de mí como una lengua que me lame la piel; una navaja está a punto de despellejarme. Ella se recarga en el marco de la puerta y me mira desde lo más lejos de sus ojos, desde más allá de sus pupilas.
De pronto difusas imágenes vienen a mi mente, en cada parpadeo, mientras ella me habla desde el marco iluminado; parpadeo y al abrir los ojos ella está más cerca, sus tetas húmedas, el agua le escurre entre las piernas; su boca se abre en cámara lenta, sus dientes brillan como perlas, como granos tiernos de maíz blanco, algo está diciendo pero ignoro lo que es, yo sólo presto atención a las imágenes sucediéndose en la oscuridad repentina de mis ojos:
parpadeo y me veo entrando al hotel Morfeo, recuerdo vagamente el recorrido en el taxi a través de calles desconocidas o quizá tan habituales para mí y por eso no les doy importancia, no están ahí esas paredes con pintas de marchas inútiles, no sé en realidad si vi a unos niños limpiando el parabrisas del taxi, al taxista insultándolos; quizá el cielo se desangraba en una luz naranja mientras anochecía, mientras me dirijo a mi destino
parpadeo y estoy con ella en una cafetería. ¿Quién es ella? Ada. ¿Y quién es Ada? Y me veo leyendo un correo, un mail esperado ansiosamente, o quizá no, parpadeo y ella habla y yo escucho o ella escucha mientras yo no hablo, parece como si toda mi vida fuera un estúpido sueño, una horrible pesadilla le dije en una ocasión, y ella me quedó viendo como si hubiera dicho palabras peligrosas, conceptos inverosímiles, como si de mi boca hubieran salido pájaros muertos… y... ¿si fuera Martha, mi ex esposa? Tal vez nunca me divorcié y todo lo que ha sucedido es tan sólo una absurda fantasía sexual con alguna de las tantas mujeres que puede llegar a ser mi esposa, pues toda mujer dentro de sí (y dependiendo con quien estén) es siempre otras mujeres: la histérica, la sumisa, la puritana, la zorra, la sadomasoquista, la tierna, la cariñosa, la cursi, la amiga, la compañera, la que le gusta de a perrito, la que prefiere de misionero, la que ronca o la que se pedorrea mientras duerme; pero no, no es mi ex esposa, es Ada, y de pronto es todos los rostros de mis antiguas mujeres, los de mujeres desconocidas también, pero luego es Ada otra vez y nos contamos los sueños y veo cómo toma más café que yo mientras fumamos y vemos morir la tarde
parpadeo, la veo desnuda encima de mí, sus tetas temblando al compás de sus movimientos mientras cogemos, esto ha sucedido hace unos minutos y el recuerdo que tengo es tan vago como los recuerdos de mi niñez, parpadeo y ella encima de mí y yo estoy amarrado o esposado a la cabecera metálica de la cama, de pronto recuerdo todas las veces que he soñado con ella, las ansias de poseerla, de este momento; luego parpadeo y en realidad siento que nunca la he visto, que nunca la he soñado, esta es la primera vez que nos vemos, parpadeo y ella es la prostituta que se me ofreció la otra vez, en mi caminata nocturna, parpadeo y ella encima mío, haciéndolo como si sólo estuviera ella en el cuarto, como si yo fuera tan sólo un vibrador o un consolador o un jovencito esposado y que está siendo abusado por una de sus tías.
Esposado. Eso contribuye a que no pueda moverme. Tengo intempestivas ganas de salir del cuarto, escapar corriendo de aquí. Escapar, ¿de qué? De pronto ya nada especial me une a ella, ya no esa sensación de liviandad. O será el hecho de que ahora sus ojos, la mirada que sale espesa de sus ojos me da cierto temor.
Se ha detenido al pie de la cama. Aprieta con sus fríos dedos el dedo gordo de mi pie izquierdo.
-En realidad las esposas no eran necesarias, no necesitabas sujetarme a la cama.
-No escuchaste lo que te pregunté, ¿verdad?- dice.
-Creo que me gustaría soltarme, necesito fumar un cigarro, beber un poco de agua- le digo mientras intento zafarme, las muñecas han comenzado a arderme, o ya me ardían y hasta ahora me he dado cuenta.
-No, no has escuchado. Te has puesto a parpadear como todo un miedoso, como viejecito con tics nerviosos y no has escuchado nada de lo que dije- ahora suena enojada, determinante.
Me siento como un holograma proyectado en una enorme manta blanca, esto no puede estarme pasando a mí, me digo. No es real.
Ada sonríe como si hubiera escuchado mis pensamientos, sonríe pero su sonrisa no expresa ningún sentimiento, no es un gesto, es más bien el aleteo de un cuervo, una mancha fugaz en el aire, un objeto barrido en una fotografía.
Todo se ha detenido, sólo se oye allá afuera la salvaje respiración de una bestia enorme, dormida.
-¡Suéltame!- grito. De pronto estoy desesperado.
Se acerca a una silla en donde cuelga su bolso. Extrae algo negro, brilloso, que al principio no logro distinguir qué es; cuando regresa al pie de la cama me apunta con un revolver.
-En serio, suéltame, dame las llaves de esta chingadera.
-¿Es lo que tanto querías?- me apunta y no tiembla, ni ella ni su mano tiemblan.
-Suéltame, esto ya no me está gustando.
- ¿Esto?, lo dices como si hablaras de algún crimen, de algo muy malo. Y aquí aún no ha ocurrido ninguna de las dos cosas-. Jala el gatillo lentamente, sus pezones erectos, su ombligo, su vagina desnuda, toda ella me apunta.
-No juegues, ya estuvo bien, ¡suéltame!- le grito.
-¿Es lo que tanto querías? Coger y ya. Para colmo una mala cogida. ¿Para esto me buscabas? ¿Para esto me perseguías en los sueños? Ahora tengo que matarte, sabes. Coger y ya. Y qué poca creatividad, me has cogido sin imaginación, como dogmatizado, como si lo hicieras con instructivo en mano. Ahora tengo que matarte, tienes que irte, ya no quiero volver a verte, no perteneces aquí. No perteneces a mí.
-Estás loca. Mira, cálmate, tengo mucho dinero, puedo pagarte más de lo que te ofrecieron, ¿quién ha sido?, te doy el doble, no sabes quién soy, no me conoces, tengo mucho dinero, no sabes nada de mí- le digo en un arrebato de temor y recordando repentinamente quién soy (¿quién soy?)
-Sé lo que sueñas.
Entonces parpadeo y me veo en un escritorio, en mi escritorio, en mi oficina, estoy en mi empresa, soy dueño de… y de pronto no soy ese que está ahí sentado, me desconozco, no soy él, ahora soy un vendedor de periódicos sentado en una banqueta, con cara de fastidio, con ganas de clavarle un cuchillo al primero que pase, también soy ese papá cargando a su hija al llegar del trabajo o de un viaje de negocios, mientras mi linda mujercita me espera en el jardín con unas carnes al carbón, luego me veo manejando un auto que no es el mío, es más, no recuerdo tener auto, nunca me gustó manejar; soy ese maestro que vive en un cuartucho de cualquier vecindad de cualquier colonia, el que violó a una niña de primaria. Estoy de pie sin estarlo, cerca de un ventanal que no existe, en una oficina que no es la mía, viendo una ciudad que no es mi ciudad, respirando un aire que no es el mío.
-¿Qué has dicho? Repite lo último que has dicho- le digo.
-Sé lo que sueñas. Tú lo dijiste antes- me contesta.
-Eso es cabrona, jajaja, esto es un pinche sueño, jajaja, todo ha sido un maldito sueño, mátame pues, ándale, sólo tengo que esperar a despertarme. ¡Mátame!
Cierro los ojos, espero el sonido, espero sentir la bala cruzando mi cerebro, todas mis imágenes, los recuerdos guardados. Las tardes de mi niñez en la playa, la primera vez con mi ex esposa, el día que vi por primera vez un eclipse, el cometa Halley, ciertas películas, ciertas tardes, ciertos viajes. De pronto esos recuerdos se tornan tan lejanos, tan irreales como lo que me sucede ahora. Espero el estallido y luego espero despertar.
-Pero qué pendejo. ¿Quién te dijo que tú eras el que estaba soñando?- su voz, ahora sí, suena completamente desquiciada.
Y desde la oscuridad escucho la detonación.

Texto agregado el 04-07-2008, y leído por 626 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
04-07-2008 Demasiado largo y entreverado, no pude avanzar por las prisas del mundo moderno.Ni modo mi estimado chocomil marxtuein
 
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