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Bueno, lo que sucede es que mi amigo toca jazz. Eso intenta, lo sé, y por eso apoyo su iniciativa asistiendo a las tocadas que organiza de vez en cuando. Allí estoy siempre, sentado en la primera fila –lo cual no es difícil debido al poco público que asiste- y aplaudiendo con fuerza después de cada uno de sus interminables solos de trompeta... a veces mis aplausos hacen eco en el vacío del silencio. A Miguel todo eso le vale verga. El toca y toca y organiza sus conciertitos. Nació con el afán de triunfar aunque sepa que el éxito no es lo suyo… kamikaze hijo de puta que se la pasa reventándole las bolas a los que desean vivir en paz. No sé, pero en cierta manera me alegra que a Miguel no le funcione el rollo de la música. Así es y lo acepto en estas letras. A mi amigo siempre he apoyado con la esperanza de que siga comiendo mierda. En realidad Miguel quería ser ingeniero y yo doctor. Cuando la universidad me rechazó se destrozó mi anhelo. Sin embargo, al enterarme de que Miguel tampoco había sido aceptado me sentí mejor. Desde entonces echo un ojo a la vida de mi amigo para olvidar la mía. Vivo solitario, si, es jodido, pero Miguel se divorció y eso aligera la carga. Todo en orden. No sé de dónde sacó Miguel la idea de tocar trompeta pero se compró una y comenzó a tomar clases y practicar escuchando los discos de Miles Davis y todos esos negros genios que se hacen lo que quieren con sus instrumentos. Miguel no es negro ni genio. Me alegro…Pero lo que no me imaginé sucedió: formó un grupito y organizó unas funciones. Nada especial pero más de lo que yo hubiese logrado hacer con mis cuentos. Asistí al primer conciertito con una sonrisa en la boca y una mordida en los dientes y descubrí que éramos pocos en la sala. Aflojé la mordida. La música no estuvo mal y los aplausos se mantuvieron tranquilos. Después de tomar unas copas con el grupo de Miguel, de felicitarlo por su música y desearle lo mejor me fui a casa feliz. Es bueno compartir la desdicha. Un poco de hipocresía es necesaria para no sentirse tan hijo de puta. Esa noche pude escribir de maravilla. Las letras salían solas y las ideas fluctuaban sin temor a la ortografía, coherentes y semánticas. A la mañana siguiente leí de nuevo mi gran cuento. Pura mierda. Lo guardé en la caja en donde guardo los cuentos que he escrito y que considero basura. Casi todos. Es que soy exigente. La calidad de un cuento es importante, no solo la historia. Eso de que la historia hace al cuento es una mentira que publican los flojos. Un cuento debe estar bien hecho desde la primera letra hasta el punto final. No me gustan los experimentos. Lo malo es que me concentro tanto en detalles que al final se me olvida la puta historia y debo esperar a que la idea regrese, y cuando regresa, ya no me sirve. La cosa es no desesperar. Así se forjan los maestros, con paciencia y trabajo diario y cometiendo mil errores para crear un logro… Miguel ahora anda de gira por algunas ciudades. Bares de mala muerte y centros de reuniones familiares. Todo monótono y aburrido. Cuando yo publique lo mío será diferente. Las entrevistas y los hoteles de cinco estrellas demostrarán a qué sabe el éxito. Mientras tanto dejaré que Miguel crea que está bien. Está peor que yo, lo sé, y un día se lo demostraré, ustedes ya verán…

Texto agregado el 13-07-2008, y leído por 169 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
13-07-2008 y a mi aún me cuesta creer que hay personas así.Y más con amigos.. suna
13-07-2008 :) Sin comentarios que rompan el momento. Está exelente. electroduende
13-07-2008 uy, la envidia te tiñe de verde, rojo, morado y al final de negro, el corazón divinaluna
 
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