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El preciado objeto del patrón


- Casi colorado, un poco chueco quizás y con los cristales gastados por el prolongado uso- esas fueron las características que le había vociferado y que más resaltaban del aparato que le había mandado buscar su moribundo patrón en el que fuese por años su despacho. El que se encontraba inundado de artefactos de las más variadas procedencias, botellas vacías, llenas y a medias, dados, cartas, piezas de puzzles inconclusos, documentos anónimos, ideas sin resolver, versos malditos esparcidos por todo el lugar e incontables objetos de todos los tamaños y colores.
- Debe de estar por algún lado, es casi rojo, veamos ¿pero casi rojo morado o casi rojo naranja? y, ¿quizás un poco doblado? ¿y si no lo está? ¿como voy a identificarlo?, aquí hay muchas cosas, no los puedo llevar todas, don Eugenio se enojaría.- reflexionó Matilda aturdida y desalentada de lograr su cometido no lo encuentro- gritó dirigiendo su voz hacia el salón para que don Eugenio la guiara, como de costumbre.
- En una caja rectangular de cartón, que está sobre una ruma de libros al lado de mi escritorio, a mano derecha si es que lo enfrentas.- recitó el anciano de memoria.

Efectivamente ahí estaba el objeto, era casi rojo y estaba un poco doblado, pero era tan poco que algunas personas de pobre mirar afirmarían seguras de que estaba derecho. Los cristales estaban gastados, posiblemente por el uso prolongado de las piezas que como un rompecabezas se formaban ante la sirvienta que perpleja observaba el hermoso objeto inocuo dentro de su cobijo de cartón y que sin presagio alguno le señalaba el deparo de sus próximos minutos.

- Lo encontré- dijo la sirvienta a viva voz con el objeto en sus manos.
- Bien hecho Matilda- respondió don Eugenio agónico.
- ¿Y ahora que hago? ¿se lo llevo?- pregunto la moza.
- Por supuesto, tráemelo de inmediato- inquirió ansioso el anciano.

Matilda caminó entonces entre las solitarias penumbras que asolaban las dependencias de la casona y que la separaban del salón que ocupaba don Eugenio; su padre, amante y patrón.

- Este objeto Matilda, es en extremo valioso y es para mi un trozo vivo de mi vida y como tal se quedará por siempre junto a mi, tu debes preocuparte de que cuando deje de existir me entierren junto a él.- le dijo don Eugenio a los ojos y con el objeto entre sus manos.
- Como lo desees- respondió la joven cambiando su tono de voz, resuelta y escéptica de que así se cumpliese el cometido que le ordenaba su amante y continuó tras breve pausa volviendo a su primitiva posición -duerma usted tranquilo y eterno don Eugenio, que yo sabré cumplir su voluntad.- mintió con voz cremosa y tomando el brazo de su ya moribundo mandante, le arrebató el curioso y preciado objeto con su tersa mano izquierda y con suma delicadeza lo introdujo en su bolso de poliéster, quizás con ansias de revancha o codicia, quizás solo por conservarlo perpetuo, infantil e ingenuo.

Texto agregado el 23-07-2008, y leído por 146 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
23-07-2008 Muy buena ambientación, creas un entorno físico y sicológico que desemboca en un gran final abierto. Mis felicitaciones y *'s Otro_Jota
23-07-2008 Que historia, un objeto aparentemente anodino y que es en el fondo completamente simbólico, su búsqueda en medio de esos diez mil objetos desparramados en aparente desorden y una relación incestuosa que se menciona casi por casualidad. Lo encuentro genial! Saludos! neige
 
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