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Madre e hija conversaban a menudo y ocurría que tras esas largas tertulias, la hija abandonaba su puesto en el sofá y se retiraba con una extraña mezcla de humillación, rabia y vergüenza. Sucedía que su madre, anciana memoriosa, recordaba cada detalle de la vida de su hija, cada trance y los entretelones de algo que la hija había olvidado hacía mucho tiempo.

Y la mujer, que no se destacaba por poseer una mente puntillosa, se sentía invadida en su intimidad, suplantada en aspectos de su existencia que, reflotados por la acuciosa mente de su progenitora, renacían con nuevos brillos, y era tal la precisión del relato, la minuciosa compaginación de cada hecho, que cualquiera hubiese pensado que era la madre y no la hija, la que había vivido tales experiencias.

-Tu profesora, la Carmen Traillanca Peñailillo, estaba casada con un ex profesor del Instituto Nacional. él, aparecía casi todos los días, muy circunspecto, con la hija de ambos, que en ese momento debe haber tenido unos siete años. Clarita Alejandra se llamaba ella, ¿no la recuerdas?
-No madre. No recuerdo nada de eso.
-¿Pero cómo? Si todo eso lo sé, porque tú misma me lo contaste.
Y la hija, callada, toleraba un poco más de aquello y luego se retiraba con la sospecha que su madre, en algún momento, le había vaciado la cabeza de todos esos datos vanos y sin sentido y se los había apropiado.

Pero, ocurrió que en algún momento, la madre comenzó a perder la memoria. Al principio, fueron hechos inmediatos, sucesos ocurridos en la semana o incluso, en el día anterior. Paulatinamente, la pérdida se fue haciendo evidente, los detalles se fueron desdibujando y perdiendo, con implacable crudeza. Y la hija, se dio cuenta entonces que todo lo vivido por ella, estaba en serio riesgo de perderse para siempre. Y aunque siempre había considerado que todos esos recuerdos eran poco importantes, ahora se percataba que a medida que su madre se iba sumergiendo en una desmemoria sin retorno, algo de ella misma se iba borrando para siempre.

Por lo que, con angustioso afán, comenzó a anotar cada asunto que había alcanzado a recordar tras esas largas conversaciones con su madre. Y llenó varios cuadernos, atesorando los datos más inútiles que uno pudiese imaginar, tales como: el peinado que usó Juanita Ovalle el día de su graduación, la broma que le hicieron a la profesora de inglés y por la cual fueron suspendidas durante una semana, las pecas de la Macarena y las eternas pelusas en el traje de Osvaldo Núñez.

Y cuando la anciana madre, ahora sumida en un silencio sobrecogedor, la miraba con sus ojos extraviados, la hija, atesorando un ajado cuaderno en sus manos, comenzaba a recitar, con voz monocorde, cada miserable brizna de vida que, en su afán de resguardarla, a cambio, había perdido, ni más ni menos, que su propia cordura...












Texto agregado el 14-08-2008, y leído por 189 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
15-08-2008 Extraño relato… ¡que nada tiene que ver con el Alzeimer!... sino con la experiencia dramática de una hija cuya memoria sucumbe por la memoria de su madre, que su vida se apaga por la acción de quien, precisamente, tenía como misión darle la luz. ¡Qué contradicción! Pero no siempre ser madre es sinónimo de maternidad. Mis estrellas para el autor. Anua
15-08-2008 esa enfermedad es terrible. se olvidan todos los recuerdos y el conocimiento de los familiares mas cercanos. carolina52
14-08-2008 esa terrible enferrmedad que te destruye los recuerdos! me impactó tu relato divinaluna
14-08-2008 buena manera esa de llevar cuadernos para anotar la vida y que tristeza lo que narras, me recordaste a mi abuela víctima del Alzheimer. Un abrazo anemona_
 
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