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En la calle Sarmiento, a metros de Avenida Mitre se encuentra un típico edificio de departamentos con una entrada de bronces y pisos lustrados mantenidos por un encargado de siniestra simpatía.
Cristian y el Pelado eran dos amigos que trabajaban de ayudantes de Alberto, un plomero que prometía rapidez y eficacia a sus clientes, dejando a sus empleados que se arreglen con escasas ideas y herramientas para que cumplan con lo prometido. Esa mañana el plomero llegó, habló con el encargado de dicho edificio y dejó a los muchachos a la buena de Dios.
El encargado era un salteño morocho y menudito, de hablar y andar cansino que se la pasaba susurrando entre dientes chistes inentendibles que remataba con una carcajada diabólica. Ambos sonreían sin entender nada de lo que decía el provinciano y con la extraña duda de no saber si el tipo no se reía de ellos mismos.
Los dos se subieron al ascensor con el humorista frustrado devenido en encargado y soportaron el mini-repertorio de chistes indescifrables. Bajaron en el sexto piso y escucharon como se alejaba el elevador con el encargado del edificio a las risotadas.
El primer día de trabajo se desarrollo con total normalidad al margen de las esporádicas visitas del salteño bromista.
Al siguiente día amaneció lluvioso y con truenos. Los amigos se presentaron en el edificio a las ocho en punto. El encargado los recibió pero esta vez con una extraña seriedad y un susurro que pareció decir buen día.
-¡¿Qué le pasa este? ayer era un payaso y hoy parece Mr. Serirdad!, dijo Cristian por lo bajo.
Como el día anterior se dirigieron al elevador, subieron los tres pero en absoluto silencio, lo único que dijo el provinciano al dejarlos en el séptimo piso fue:
-Cuidado con Mercedes.
-¿quién es Mercedes?, preguntaron los muchachos pero el portero se retiró en silencio.
-¡Este esta mas loco que una cabra!, comento el Pelado. Tomaron una valija de herramientas y caminaron por un pasillo oscuro a diferencia del resto del edificio.
-¿qué pasa no pagan las expensas estos?, comentaron.
Mientras reían sintieron la extraña sensación de ser observados. Del departamento “D” vieron como un ojo los observaba por la hendija de la puerta apenas entreabierta.
-¡Mira!, exclamo el Pelado.
-¡Ahiaaa!, replico Cristian, ¡¿quién es?! ¡¡¿¿Quién es??!! ¡¡¡¿¿¿Quién eeees???!!!
-debe ser esa Mercedes, contesto el Pelado.
Cristian arremetió:
-Buenas, somos los...
Un portazo fue la respuesta inmediata. Confundidos decidieron golpear la puerta “B”, pero no salió nadie. Un silencio inquietante invadía el piso, solo interrumpido por los relámpagos y los chillidos de la puerta donde el ojo los volvía a espiar. Probaron suerte golpeando en el “C”, la voz chillona de una anciana grito:
-¡quien es!
-somos los plomeros
-¿se enteraron que se invento el timbre?
-heeeee...
Se abrió la puerta y salió una especie de bruja que con cuchilla en mano dijo:
-Soy Mercedes, los esperaba pasen y arréglenme la perdida de detrás del bidet, eso si, los azulejos son antiguos, no se consiguen. Si me rompen uno solo los mato.
-ja..., exclamaron nerviosos los muchachos.
Lo que salido de la boca de una abuela suena como una advertencia simpática en este caso sonaba como una amenaza textual de la Bruja de Blair Witch. Cristian le dijo al Pelado:
-Dejame a mí, este es un trabajo muy delicado.
Al tercer golpecito que aplico en la pastina que une a los azulejos, una telaraña de rajaduras se expandió en toda la pared.
-¡Que paso!, grito la bruja mientras picaba perejil.
Mientras Cristian sudaba y se ponía totalmente rojo, el Pelado escapaba al pasillo tentado de risa nerviosa pero al verse en la oscuridad del pasillo y nuevamente observado por el cíclope del “D” decidió entrar nuevamente. Al volver vio como su amigo totalmente alterado trataba de conformar a la vieja loca que mientras golpeaba su cuchilla contra la tabla se decía a si misma:
-¡Tranquila Mercedes tranquila!
Con la excusa de buscar un enchufe de tres patas salen al pasillo para huir de la vieja, pero los toma corrientes eran todos de dos. Necesitaban la moladora, mas como un arma defensiva que como herramienta de trabajo, aunque hubiera sido mejor una estaca de madera, agua bendita y un crucifijo.
Del “D” solo recibían miradas del ojo siniestro y posteriores portazos, en el “C” la bruja maldita, en el “B” seguramente una familia asesinada por Mercedes. Solo les quedaba probar suerte en el “A”. Tocaron timbre y al instante salió un tipo de unos sesenta y tantos años, encorvado, rengo y con una mirada vidriosa e inquietante sonrisa.
-Que tal, somos...
-¡Pasen, pasen!, ¡nunca viene nadie por aquí! ¡je!
-¡Ahiaaa!, volvió a decir Cristian por lo bajo, ¿nunca una mina en ropa interior?, se pregunto quedándose en el pasillo.
-¿Te gusta el coñac?, le pregunto el contrahecho al Pelado.
-No, gracias, mintió el Pela.
-¿gracias que si yo no te convide?, eso sí, si queres te doy ¡je!, dijo insinuante y con una mirada libidinosa.
El Pelado que no solo tenía que buscar un enchufe de tres patas, sino que esté elevado para evitar agacharse ante este Cuasimodo en celo, se canso y arremetió hacia el pasillo con una maza de cinco kilos en la mano dispuesto a aplastar al desforme si no se apartaba de su camino.
-¡Ta loco!, ¡ta loco! ¡Este pibe ta loco!, empezó a gritar el viejo.
-¡¡¡Que pasa don Ricardo!!!- grito Mercedes que salió al pasillo con su gran cuchilla, mientras un trueno estallaba de fondo.
Los muchachos bajaron corriendo los siete pisos tentados de carcajadas producto de los nervios dejando atrás las herramientas y el séptimo piso del infierno.
Al llegar a la salida el portero-encargado trato de impedir el escape de los muchachos.
-¡Momento, momento! ¿A dónde van?
-¡a la ferretería!, gritaron los muchachos mientras corrían. Alcanzaron a escuchar un susurro de parte del salteño y una risa que iba de menor a mayor para transformarse en una carcajada que escucharon a lo lejos entremezclarse con los relámpagos.
Días después los amigos salieron a buscar trabajo con los avisos clasificados en mano, sospechando que Alberto los había entregado como ofrenda al Diablo a cambio de bienes materiales.
Una antigua leyenda cuenta de hombres que ofrendaban vidas humanas a cambio de riquezas a tres demonios del Séptimo Infierno, la contraposición de la divina trinidad. Aquel que escapase de “Los Tres”, debía engañar al Cancerbero Guardián, (portero-encargado), de las Puertas del Infierno tal vez diciendo que iba a la ferretería. Los que lograran escapar eran considerados semidioses guerreros venerados en sus tierras, pero a nuestros héroes el antecedente solo les sirvió para conseguir algunos trabajos temporales de mantenimiento. Alberto tiene una empresa.

Texto agregado el 13-09-2008, y leído por 411 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
26-09-2008 ¡Ahiaaa! Mire usted qué buen relato. Mucha imaginación, grandiosa. Muy creativo lo del ojo siniestro. Y lo de Cuasimodo en celo y el pelao que no se doblaba por si las moscas, Jajajajaj, de ataque te quedó. Lo disfrute mucho. Un abrazo. Sofiama
19-09-2008 jajajajaja aplausos señor! que ambiente creas!...mira con razón luego los jovenes son tan rejegos al trabajo de oficio eh? jajajajaja buenísimo...total que ese piso deveras era un infierno...o algo común en nuestras latinas vecindades?..ejejejej genial pestrenko (ay que nombre!) luzyalegria
15-09-2008 Muy buen relato, yo puedo dar fe de su veracidad, lo ví todo desde el depto "D". Un abrazo, Carlos. carlitoscap
13-09-2008 ¡Já, já, já, já!!!!!! Genial! Te luciste en cada línea del cuento, me maté de risa! Es 100% argentino y de lo mejor (Amén del “Cuasimodo en celo” No podés…) Capo!!! ElnegroHinojo
13-09-2008 estuvo re bueno pero el final no es tan lindo y ademas hay que leerlo varias veces para entenderlo bien pero dentro de todo estuvo muy bueno ferchula
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