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La Mujer de la Máscara Roja ®


“Ella usa la culpa a su favor, mucho mejor que Dios”

Los Bunkers



- Ya me voy – dije sin esperar a que ella me respondiera.

En seguida salí del cuarto, de la casa, y pensaba yo... de su vida.

Luego caminé sin sentido pero sabiendo muy claro hacia dónde ir, porque el deambular siempre ha sido una buena excusa para encontrar material, imágenes, colores, en fin, algo para complementar esos rompecabezas cotidianos que rearmo en mis pinturas; y a la vez, escapar un poco de la absurda realidad en la que había caído sin darme cuenta cómo, ni cuándo. Ese día había una feria en la ciudad y la gente amotinada caminaba hacia el oriente para ver el recorrido de las carrosas alusivas a este nacionalismo que nos invade; pero como siempre, yo iba en sentido contrario, alejándome del tumulto, buscando tal vez un poco de eso que uno no sabe que es.

A ella; Mariale, la conocí cuando buscaba una modelo para mis obras, quería una mujer que encarnara la furia salvaje contenida en la mirada de una amazona despechada, mezclada con la ternura de una lavandera de ropa, de esas que uno encuentra a la orilla de cualquier rio que desemboque en el mar Caribe, y ella fue mi elección: Mariale. En la primera sesión se desnudó de prisa, hubiera querido que se detuviera en la ropa interior, que me pusiera en suspenso antes de conocer su cuerpo desnudo, o que me hiciera suponer de qué tamaño, forma y textura eran sus pezones, pero no, se despojó de la poca tela que traía como vestido en un solo acto, como tratando de decirme que solo venía por el trabajo, para que yo me dedicara a dibujar, o hacer esos garabatos enmarañados que ella nunca ha comprendido. Ese día trabajé en silencio, tratando de averiguar sus límites, pero fueron los míos los que se quebraron antes de quince minutos - ¿Puedo poner algo de música?- Pregunté; para tratar de romper el hielo, y ella simplemente asintió con la cabeza y me guiñó el ojo derecho mientras hacía un suave movimiento en los labios, esos mismos que ansiaba tocar y que solo podía hacerlo con mi carboncillo, porque nada más podía hacer, cualquier intento de penetrar esa barrera que ella había impuesto entre los dos era inútil, y muy a pesar de encontrarse completamente desnuda ante mí, su mirada era fría, distante, muy profesional para mi gusto, y después de tres horas, simplemente recogió su ropa, se vistió aún mas rápido y hasta un poco desajustada, luego se despidió diciendo - Ya sabes mi número, cualquier cosa me llamas-. Así fue nuestro primer encuentro, y así continuaron hasta completar mi colección de quince obras cada una de ellas realizada en dos o tres sesiones, en todos esos encuentros se conservaba una distancia abismal, como de dos completos extraños que se veían forzados a estar juntos por el motivo de ser útiles el uno al otro, y no más. Pero nuestra verdadera historia; o idilio, paradójicamente comenzó después, con una Mariale vestida y ante la mirada de cientos de desprevenidos transeúntes, estábamos en una cafetería cerca a la galería donde se presentaron las obras un mes después de nuestra última sesión, llevábamos tiempo viéndonos, trabajando juntos, pero solo ese día ella me dejó entrar en su mundo y yo la dejé entrar también, de hecho ya la había agregado a mi futuro desde hacía mucho tiempo, casi desde el primer momento en que la vi, aún con su silencio y distancia, que hacía más ansioso ese momento en el cual yo flanquearía sus defensas. En poco tiempo Mariale logró entrar a mi cama, mi vida y hasta eso que llaman alma, convirtiéndose en mucho más que la modelo de mis obras o la amante de turno.

Pero ahora yo seguía caminado, después de dejarla atrás, observando la gente y sus manías, en otras palabras simplemente trataba de pensar en otra cosa mientras vagaba, y lo hice hasta llegar como una mosca en la noche al farol del burdel del Loco Martínez; un viejo amigo del colegio. Entré, pedí e hice lo de siempre; sentarme a ver no más, se podría decir que soy un gran mirón, un voyerista de tiempo completo, mientras tanto era ignorado por las mujeres del lugar, quienes ya sabían que a ninguna de ellas buscaba, tan solo me trajeron el pedido unos cuantos limones cortados por mitad. En medio de esa acompañada soledad el alcohol iba subiendo en concentración por entre mis venas en la misma medida que el presente se me atropellaba en la retina, y con él la imagen de Mariale me inundaba poco a poco, estaba sintiendo que en esta partida iba perdiendo mis fichas en apuestas infructuosas, aunque en el fondo de mi alma de apostador, algo me decía que tenía que jugar a todo o nada, que después de ser capaz de romper la barrera de su cuerpo desnudo sin tocarla, de ir ganando un terreno casi perdido batallando paso a paso, hasta lograr un pequeño agujero por donde la luz solo entró e hizo un leve hilo de eso que llaman rayo de sol. No podía dejar que las penas que en ese momento me taladraban el vació del pecho llegaran a ganar la partida final, la del gran pozo.

El burdel del Loco estaba vacío ese día, debió ser por la feria que tanta gente había atraído hacía el centro, tan solo en la mesa de al lado se encontraba un sujeto de esos que por diversión o complejo cuelgan en su cuello la mayor cantidad de cadenas de oro, eso sí, sin que el cuerpo se les curve y así poder mostrar su majestuoso poder. La música estaba en su más alta expresión, en ese punto donde uno no sabe si el aturdimiento es producido por los bajos de la música electrónica que suelen poner donde el loco o por el efecto depresivo del alcohol, eran las once de la noche y un hombre alto, negro, vestido de traje, peluca de colores y con un micrófono en forma de pene anunciaba el show de la noche: La mujer de la Máscara Roja. El redoble de unos timbales pregrabados retumbaba en los amplificadores del lugar mientras la luz bajaba en intensidad, pasando a una penumbra que solo dejaba ver la silueta de una bailarina que entraba en escena ante el aplauso desenfrenado del gordo y su séquito de rémoras maquilladas y peinadas sin gracia, que esperaban terminar con él en alguna habitación del burdel, ella apareció en un sofá de color marrón como la maja desnuda, con un pequeño corazón rojo en su pubis y un cigarrito de esos que parecen de caricatura y por supuesto, con una Máscara roja recubierta de escarcha. Luego la enmascarada doncella dejó dominar la gravedad sobre su cuerpo hasta llegar al suelo y mientras la música seguía bajando, suave, casi imperceptible, ella se levantó de un solo jalón como una marioneta manejada por el mas diestro de los titiriteros y así con movimientos desafiantes se acercó a la mesa del gordo, él hombre quedo sin respiración, sus papilas se dilataron hasta más no poder y de inmediato se contrajeron al encandelillarse por el brillo carmesí de la escarcha en esa mascara roja que solo dejaba ver unos labios purpura, que parecían contener veneno, esos mismos que se acercaban hasta solo dejar entre la boca de la mujer enmascarada y la boca del gordo el espacio suficiente como para pasar por ahí una hoja de cuchilla o un insignificante cabello recién cortado, luego ella recorrió su cuerpo entero por el rostro del grasiento mercachifle, comprador de amor, mientras tanto el negro con la peluca de colores hacía las veces de policía dando rondas en círculos por entre las mesas, evitando que el asediado cliente tocara a la dama, porque esa era la regla, nosotros los espectadores no podíamos tocar, solo mirar, yo me quedé esperando que ella se acercara a mí, cosa que nunca hizo.

Mi botella de ginebra se acabó y al mismo tiempo el show de la mujer de la Máscara roja llegaba a la demostración de plasticidad final, cuando ella, sentada sobre una butaca en el centro de la pista colocaba sus rodillas en los lóbulos de sus orejas y giraba dos veces sobre el asiento para luego despedirse con una última pirueta con flexibilidad de cadera, nalgas, pubis, cuello y en fin todas las articulaciones existentes e incluso algunas inexistentes, en ese momento el gordo de la mesa de al lado aplaudía hasta reventar los vasos de sus manos, gritando al unísono de las palmas – Me la llevo, es mía, la compro, la quiero- él mismo apartó en seguida a las demás mujeres, se tomó el resto de una botella de whisky en un solo golpe pero mientras se dirigía a la bailarina enmascarada el alcoholizado obeso cayó en el acto, golpeándose contra el piso, como si hubiera sido noqueado por el grandulón de la peluca de colores, quién tuvo que levantarlo y llevárselo a uno de los cuartos reservados para las artes amatorias, pero esta vez solo para que el lechón sazonado en alcohol durmiera la borrachera.

El show terminó y en seguida fui a buscarla, me acerqué mientras tomaba un trago de ron, y le dije – Creo que tu cliente se durmió antes de tiempo, ¡eso si es ser precoz!, el idiota no entendió eso de tomar con moderación, pero ahora que estás libre... ¿Te quieres ir con migo? Ella no hizo ningún movimiento en sus labios, ni cabeza, ni nada que me diera respuesta alguna, simplemente tomo mi mano y me llevó a uno de los cuartos del fondo. – No te quites la máscara – le dije. Porque sabía que tener a Mariale completamente desnuda era apostar a un dos de tréboles contra una reina de corazones.

Bogotá; 21 Sep. 2008.

Texto agregado el 22-09-2008, y leído por 532 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
03-02-2009 zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzZZZZZZZZZZ ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZzzzzZZZZZZZZZZZ brisa-fresca
27-10-2008 vas muy bien cada descripción , me gusta el final pero le falta algo más. damage_me
22-09-2008 musa_universal
22-09-2008 Gusto de pasar por acá. 5* ZEPOL
22-09-2008 pues no sé... para mi gusto le falta punch y le sobran palabras. Aristidemo
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