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Cristóbal


En ese ataúd, limpio y brillante como todo lo viejo, estuvo enterrado Cristóbal por muchos años. Durante el tiempo que se gestó bajo tierra su familia lo visitó en el panteón Jardines de la Esperanza. Al principio era sólo una o dos veces al año; conforme se acercó la noche de su velorio, las visitas se hicieron más constantes hasta convertirse a tres o cuatro veces por mes.

Lo velaron en una de las capillas ardientes de los funerales Ramírez, esas pequeñas e incómodas en la Calzada de Tlálpan. Aquella noche, Celia, la madre de Cristóbal, estuvo incontrolable: se veía inundada de cierta ansiedad silenciosa; con el Jesús en la lengua. Ni siquiera Samuel, su esposo, pudo tranquilizarla.

Celia tenía el nerviosismo de la primera vez, repasaba aquella noche en la que su primer hijo murió al salir de la caja y nadie pudo hacer nada. Su cabello entrecano se veía revuelto, sus pequeños ojos como cristales se entristecían con el correr de los minutos, sus manos, flacas y trémulas, no encontraban ningún lugar dónde posarse. Celia aún se nota joven, dijeron algunos familiares, aquellos que sólo se aparecen cada dos o cuatro años y que perciben los cambios mínimos para comentarlos con toda la familia. Mientras, Celia rogaba de manera insistente a Dios y a la Guadalupana para que Cristóbal llegara con bien. El Ave María se repitió en sus labios y se formó difuso, como un canto lejano, igual al humo que volaba por toda la habitación, iluminada con cuatro velas como custodios infranqueables del ataúd de Cristóbal.

Conforme avanzaron los minutos, después las horas, la madera de féretro ganó brillantez y perdió los rasguños tan propios de lo nuevo. Las cortinas de terciopelo en la capilla permanecían cerradas y eso le otorgó un tono de tibieza al lugar, que se hizo acorde con aquel mes de julio. Buen mes para nacer, deliberaron las parientes de Puebla. Celia, a la mitad del velorio, conservaba aún algunas patas de gallo, símbolo de una juventud ya distante, dijeron las primas de Córdoba junto con el tío Eustaquio. Sus arrugas, tan vanidosamente cuidadas, fueron desvanecidas por una goma invisible y cruel del tiempo: la angustia del momento le provocó dar la imagen de ser unos cinco o seis años más vieja.

En el velatorio, las oraciones repetidas formaron un velo que tranquilizó el ánimo de Celia; siete horas después, la ansiedad ganó la batalla y la derrumbó, después contagió a los asistentes, por lo que los ojos de algunos fueron rotos por lágrimas.

Dios te salve María, llena eres de gracia... el humo de las voces repetidas llenaba el ambiente pero la incertidumbre en el alma de Celia se hacía más profunda.

Santa María, madre de Dios, ruega señora por él... Los minutos nunca se detuvieron. La espera ya había sido demasiado larga. Más de ocho horas rezando y esperando la llegada de Cristóbal.

El doctor dijo que podía haber problemas pero nunca mencionó que se fuera a tornar tan largo. Ese muchacho piensa llegar hasta el amanecer, dijo el tío Eustaquio acariciando la cabeza de Celia como para serenarla.

...ruega señora por él y por nosotros los pecadores... ¡Mi hijo no llega Señor! gritó Celia suplicante mientras derramaba una nueva lágrima frente a la imagen de Jesucristo crucificado. Esa misma ansiedad es la que sintió en el velorio de Samuelito, su hijo muerto, pero aquella noche nadie le creyó y dejaron pasar el tiempo hasta su deceso.

Justo en la última campanada que anunció las doce de la noche la caja comenzó abrirse. Uno de los descarnados brazos de Cristóbal empujó insistente mientras las oraciones bajaron su intensidad, hasta que toda la capilla se quedó en silencio.

¡Cristóbal... mijo! Celia gritó de manera ahogada. Un par de doctores se acercaron a Cristóbal para ayudarle a salir de la caja. Vamos Cristóbal, tu madre está ansiosa por conocerte, le dijo un médico con una sonrisa suave, como de luna menguante. Él apenas pudo balbucear un sinsentido mientras manos curiosas se acercaron para tocarlo. Se relegaron las lágrimas. Él se incorporó tambaleante, sus brazos flacos y sus manos trémulas indicaban síntomas de una posible artritis, tal vez parkinson, dijo el doctor mientras una enfermera le arreglaba el saco al recién llegado, Celia le relamió el cabello, totalmente cano, y le quitó de la cara los restos de una larva que aún sobrevivía la composición de su carne. Los ojos de Cristóbal, aún cerrados, estaban en medio de surcos profundos y una piel amarilla.

Todos felicitaban a Celia y le daban palmaditas de bienvenida al nuevo. Fueron minutos de alegría. Mientras tanto, los trabajadores de los funerales Ramírez trasladaron la caja para desarmarla y conducirla a su destino final: un enorme árbol, un frondoso roble azul.

Con el tiempo, Cristóbal fue oscureciendo el tono de su cabello. En veinticinco años perdió casi todas sus canas y por más que intentó lo contrario, las arrugas comenzaron a consumirse en el recuerdo. Cómo te ves acabado, le dijeron las primas de Córdoba, las mismas que aún usaban velos en la cara, gruesos mallones, blusas grisáceas de manga larga y grandes faldas, como si la sensualidad fuera eterna. Celia ya no tenía ningún rastro de arrugas, su cabello largo ya era de color negro, sedoso; media cinco centímetros menos que la noche del velorio de Cristóbal, era mucho más delgada y comenzaban a dejarse ver algunos barros en su cara. Estoy muy vieja se decía entre lágrimas depresivas.

Cristóbal se casó, con Aurora, una mujer tan joven que aún conservaba su boca sin dientes, sus dedos deformes y descarnados; la artritis en sus rodillas. Después de la boda los días pasaron uno igual al otro. Los años corrían lentos, monótonos. Mamá, quiero que me acompañes al panteón, le dijo Cristóbal a Celia una mañana casi como cualquier otra. Celia, con su sonrisa desganada, aceptó maquillarse los granos de la frente y bajo el pómulo, se compró un vestido una talla más chica y unos zapatos nuevos.

Llegaron al panteón y se situaron frente a una lápida gris, despintada, escarapelada: muy nueva. Mira mamá, él es Rogelio, dijo Cristóbal mientras señalaba la lápida y sonreía. Una lágrima corrió por la tersa mejilla de Celia cuando imaginó cómo sería Rogelio, el primer hijo de Cristóbal.


Gustavo Gamboa

Texto agregado el 06-04-2003, y leído por 437 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
25-04-2003 saludos gammboa. te felicito por este cuento, es muy experimental , sin embargo mantienes un ritmo durante todo el desarrollo muy agradable. la narrativa lineal absolutamente, !pero!, lo muy interesante es que todo rueda en sentido contrario. hasta pronto yajalon
06-04-2003 me trajo al recuerdo lo mismo ke senti kuando vi "mementos"...una mezcla de asombro e incertidumbre...el final??? dulcilith
06-04-2003 es raro, es como asistir al sepelio, pero en regresión, ¿no? Gabrielly
 
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