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Son las dos de la tarde y acabo de llegar al final de la selva, a pocos minutos del último poblado de los hombres, donde un río del ancho del mar me corta para siempre el paso. Desde aquí, cualquier camino es un camino de regreso, así que vuelvo la espalda al río y me dirijo nuevamente hacia el pequeño poblado. El camino está desierto: a esta hora, el sol de la selva ahuyenta toda la vida animada, que se refugia bajo cualquier sombra. Yo sigo de largo por las calles vacías, cargando mi pesada mochila, y pronto salgo a carretera abierta, una cicatriz de arcilla en medio de los árboles, ancha y anaranjada, que a veces se desbarata en grietas anchas y tan profundas que parece que por aquí se está partiendo el mundo en dos. Es una locura: mi siguiente destino está a cuatro horas en auto, y el clima del camino cambia de signo violentamente, como un amor eterno.

Mis botas de agua se calientan al contacto con la costra naranja, y sudo abundantemente. El aire, seco de tanto haber soplado por el mundo, está acabando con la humedad de mis pulmones. Apenas he perdido de vista el pequeño poblado, pero ya la soledad cae sobre mí en forma de un silencio contenido, como si los árboles atraparan todos los sonidos del mundo. Me siento único hombre, completamente bajo la mirada de Dios.

Sigo caminando, y empiezo a sentir la saliva en mi boca como una presencia manifiesta. La siento desaparecer infinitesimal pero nítidamente. Tengo sed. Se me nublan un poco los ojos, y más allá, me siento sobre un montículo naranja. Pienso en la carga que llevo a la espalda: tantas cosas, algunas queridas, algunas necesarias, todas inútiles ante el misterio simple de la Sed.

Me doy cuenta de que nunca en mi vida había sentido la Sed. Puedo hablar de miles de veces en que moría por un vaso de agua, de jugo, de gaseosa; helado o al tiempo, un vaso de algo para calmar una necesidad imperiosa. Pero eso no es la Sed, porque entonces siempre estaba cerca del Agua. Bastaba con regresar a casa, ir a una tienda o al carrucho de un ambulante para tomar lo que quisiera. Incluso alguna manguera en un jardín de la calle calmó, en días de inocencia, mi sed infantil. Siempre cerca del Agua, siempre la Elección, por eso nunca la Sed. ¡Qué ciegos somos, qué brutal ceguera es la Felicidad!

Aquí no hay Elección. Aquí no hay Agua por la que pueda ofrecer dinero, o en trueque mis ropas, mis discos, mis libros, toda mi carga; por la que pueda trabajar o mendigar. ¡Cuántas veces el caño abierto, vertiéndola incontenible! ¡Cuántas veces ignorada, porque había en la mesa una jarra o botella de otra cosa! ¡Cuántas veces te desprecié, cuántas veces te aparté de mi lado!

Me pongo de pie y vuelvo a caminar, siempre equidistante de todas las Aguas, alejándome de todos los lugares a la vez. No estoy asustado, pero no consigo saber si es porque siento que aún puedo regresar al Agua, o porque siento que ya estoy tan definitivamente alejado que no podré regresar; o sea, si es porque tengo, o no, Esperanza de calmar mi Sed. ¡Oh, la Esperanza! Terrible compañera eres en los viajes estériles.

No puedo caminar más, y me vuelvo a sentar. La lengua se me pega al paladar, humedecida apenas por una saliva viscosa y amarga. Me siento ligero, y velozmente me digo que debo de haber perdido mucha Agua. Si se desata la lluvia diluvial de la selva, recogeré el Agua en mis manos y beberé hasta saciarme. Luego, empapado hasta los huesos, el descenso de la temperatura me hará convulsionar de frío, sumergido en un charco naranja, inerme en manos de las bestias del monte o de los hombres que ilegalmente talan árboles preciosos, que para robarme las botas y el poncho de agua, muy apreciados por aquí, no tendrán reparos en talarme la cabeza. Agua que sería vida y muerte. No sé si leí alguna vez de alguien que moría de sed y que tomó un vaso de veneno para calmarla; pero sí de hombres viajeros que trataron de beberse el mar, y de hombres pretéritos por beberse a otros, o a sí mismos. De esas paradojas macabras hemos hecho a Dios, al que acusamos de habernos dado vida y luego habernos echado a morir al mundo. ¡Qué ciegos somos!

El Azar, o la Mano Omnipotente, aparece en la forma de una camioneta, de esas que hacen servicio entre los últimos pueblos de la selva, de esas que me han parido aquí. Me levanto y levanto la mano, y la camioneta se detiene en medio de una nube naranja. Sólo lleva un pasajero, pero el conductor me cobra la tarifa completa. Le pago sin regatear, para no saber si de verdad me dejaría aquí a morir de Sed, si no tuviera dinero suficiente; también para no deberle nada; pero también para no destruir para siempre mi fe en el Hombre. Cuando digo que la Esperanza…

El conductor tiene una botella llena de agua junto a su asiento, pero no se la pido. Comprendo que si me da de beber, le deberé casi la vida, y hay que tener cuidado a quién le pide uno favores, a quién le deja uno ayudarle. No te quiero, huraño conductor, formando parte de mi vida. No te necesito, hombre con minúsculas, caso particular del Hombre sub i; no eres el que busco para abrazar acaso desde siempre. No quiero ser tu hermano, no quiero ser tu prójimo, no quiero ser tu especie; no me hables, no me preguntes; sólo llévame al próximo último pueblo, llévame a ese rincón de la Nada, en medio de la Nada, donde terminará mi Sed, porque ya te he pagado. No te necesito, porque me acercas al Agua.

Me deja en una plaza, ya caída la tarde. Las calles del pueblo, por alguna lluvia de la que no tuve noticia, son un pantano naranja. Las surco inmune con mis botas de agua, que encienden una chispa de envidia en la mirada ausente de la gente. Ya tiendo infinitamente a mí mismo cuando atravieso una puerta abierta, de una fonda, presumo, y pido por favor algo de beber a la mujer que atiende. Ella le dice algo en su lengua a su pequeño, que me ha estado mirando contento desde que llegué, y que ahora entra presuroso en las habitaciones interiores. Tal vez tú, pequeño, seas el pasado de ese Hombre futuro y prójimo, que tanto busco.

Cuando regresa, trae un vaso lleno de Agua cristalina, y me lo ofrece con una sonrisa. Preferiría haber muerto más temprano, en el desierto anaranjado, con toda mi Sed; querría no haberme cruzado con el conductor, que me tasó en tarifa completa; o querría no haber tenido dinero y que me hubiera dejado allí ese hombre entonces inhumano; antes que recordarme a mí mismo, otra vez Yo, preguntando con una suprema decepción en la voz, causando una gran desilusión en la mirada de niño de ese niño: «¿No tendrás Coca-Cola?»

Texto agregado el 06-10-2008, y leído por 334 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
06-10-2008 Excelente relato, cuantas cosas creemos conocer sin conocerla realmente. Ese hombre solo frente a si mismo, frente al mundo, frente a Dios es una fuente de enseñanzas. Creo firmemente que sólo podemos conocernos en casos extremos, como el que relatas. Sus reacciones son tan humanas, firme frente al hombre de la camioneta, “para no deberle nada”, débil frente al muchacho con sonrisa de ángel y al que hubiera querido por sobre todo no defraudar. 5 estrellas bien merecidas. neige
 
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