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Abrazos solitarios.

Caminé hacia Estado con Huérfanos, decidí que ese sería un buen lugar. El día estaba soleado, era fines de septiembre y las calles se llenaban de aquella brisa fresca que caracteriza esa época del año. Puse mi mochila en el suelo y busqué en ella el pliego de cartulina blanca que estaba doblado dentro. Tomé un plumón negro y escribí con letras muy gruesas y en mayúsculas: “SE REGALAN ABRAZOS”. Levanté el cartel sobre mi cabeza. Una señora me miró con desconfianza, dos escolares se rieron y el resto fue indiferente. Estuve así mucho rato sin que nadie lo notara, solo un carabinero me miró con atención, tal vez pensando en detenerme por alterar el orden público o algo así, sin embargo, no lo hizo, se quedó cerca, como si esperase ver si alguien respondía a la oferta que hacía en medio de la calle o no. De en medio de la gente apareció una mujer, flaca, alta y de aspecto deslavado, llevaba un vestido negro, como de noche, como el que usan las mujeres en la noche de año nuevo o en un funeral mas bien. Me miró, tenía la pintura de los ojos corrida, los ojos eran negros y profundos, se veía afligida o pensativa, no lo sé. Me miraba como si en realidad no me mirara a mí, sino a alguien que estuviese detrás de mí. Se acercó y en un movimiento lento, delicado, me abrazó. Sentía su respiración que golpeaba mi pecho como si fueran piedras o cuchillos, y su cuerpo era tan lánguido, se sentía tan frágil que me dio miedo apretarla con fuerza, sentía que con cualquier movimiento brusco le podría romper algún hueso o la podría asfixiar, sin embargo, era yo el que se estremecía con la delicada figura que estrechaban mis brazos, yo era el vulnerable en ese momento. Estuvimos así un buen rato. Ella emitió un sonido que me costó identificar de inmediato, luego me di cuenta de que lloraba, muy bajito, casi como si susurrara. Tranquila, le dije y le di unas palmaditas en la espalda. Después de un par de segundos dejó de llorar. Entonces ella se apartó de mí. Me miró otra vez con esa expresión indefinible, se quedó un largo rato escrutándome en silencio y luego dijo: Gracias, con voz trémula. Por alguna razón que no entiendo, yo me estremecí por completo. Ella esbozó una sonrisa que parecía estar a punto de quebrarse igual que toda ella, se dio la vuelta y se fue con pasos serenos. Su vestido negro resaltaba entre la gente, ella se alejaba y se perdía por Huérfanos. El carabinero de hace un rato también la miraba como el testigo silencioso que era, después me miró y se encogió de hombros y siguió su marcha por Estado. Yo miré a la mujer que todavía no desaparecía del todo de mi campo visual. Gracias a ti, dije a la ausente figura de ella y por raro que suene, me sentí a salvo. Un tipo que parecía oficinista pasó junto a mí, me miró con expresión de desconcierto, como si mis palabras lo hubiesen golpeado o despertado de su inercia diaria, parecía que se iba a detener a decirme algo pero no lo hizo, se alejó rápidamente. Entonces tomé el pliego de cartulina que había tirado al suelo sin darme cuenta en el momento del abrazo, lo doblé nuevamente y lo guardé en la mochila, y me fui caminando por Estado con rumbo a la Alameda, pensando que ya ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien me dio un abrazo como ése, fue entonces cuando sonreí.

Texto agregado el 07-10-2008, y leído por 80 visitantes. (0 votos)


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