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Las tardes de enero, parecieran estar bordadas con hilos de oro. Es otoño, y una fresca brisa trae reminiscencias de mares lejanos. Violeta recorre la campiña, con la despreocupación del que se sabe ajeno a una comunidad y sus urgencias son sólo conocer a fondo cada detalle, cada rostro y todos los recovecos disponibles. Camina a paso lento, deteniéndose de vez en cuando, para estudiar la silueta de alguna flor silvestre, la fina textura de las alas de una mariposa y descubrir al dueño de tan hermoso trino, avecita tímida que se oculta en el follaje. Europa tiene sus encantos y ella ha aprendido a impregnarse de sus colores y sabores.

Más tarde, mientras una brisa sibilina porfía por desordenar sus cabellos, se encuentra con un semi abandonado cementerio. A ella, siempre le ha fascinado contemplar lápidas corroídas por el tiempo, estatuas señoriales, tumbas antiquísimas. Y va recorriendo nombres y fechas, imaginando las pretéritas existencias de los que yacen en esas tumbas.

Un par de ancianos, la ha estado contemplando desde que ella entró al camposanto y Violeta les hace un gesto con su mano. Los viejos le sonríen a la distancia y comentan algo entre ellos. Parecen ser esposos, absurdo creer que sean amantes. Sin embargo, el viejo se agacha y recoge una flor de vivísimo color azul, y se la regala a su pareja. Ella sonríe y mil golondrinas emprenden el vuelo en esa sonrisa extasiada.

Violeta ha quedado encantada con este nuevo descubrimiento y cada tarde concurre al viejo cementerio para solazarse con eso que ella tanto admira. Su mirada se pierde en el enmarañado follaje de los cedros, repite versos de Baudelaire, que tan bien resuenan en su mente, en consonancia con el agreste paisaje que la hipnotiza.

Pronto, descubre que viejos nogales dejan caer sus frutos verdes sobre las lápidas y allí se quedan, sin que nadie los recoja. Violeta, como buena chilena, no se resiste a la tentación de tomarlos para sí, guardándolos en sus bolsillos.

Los viejos, que ya se han presentado, son lugareños y viven en la comarca desde hace una porrada de años. El, Philipe, es un ancianito desgarbado de cabellos canos y tez muy blanca. Su esposa, Mireille, es una dulce señora que a todo dice oui. Ella siempre está sonriendo, es delgadísima, pero de andar firme. Ellos, han visto como la chica ha cogido las nueces y se han mirado entre ellos, manifestando gran sorpresa.

-Estos frutos son prodigiosos- comenta la muchacha y los viejos sólo sonríen, sin disimular su escepticismo. Ellos aducen que todo lo que brota en el cementerio, allí debe quedarse. La chica lanza una carcajada que no pretendiendo ser burlesca, repica en los panteones y regresa sobrecogida.

-Si abrimos un féretro, sólo veremos huesos y mortajas. Pero si abrimos esta nuez -o noix -como dicen ustedes, ¿que vemos?
Los viejos se miran. Ante cualquier situación, sus ojos cansados tienden a encontrarse, y es como si necesitasen aprobarse mutuamente. La nuez abierta, les ofrece un fruto oscuro y fresco, del cual pueden imaginarse sabor y textura. Una vez más, los viejos sintonizan sus miradas, ella toma un trozo de nuez y se lo lleva a los labios. Saborea con algo de desconfianza, pero pronto, sus labios se distienden en una de esas sonrisas que desprenden golondrinas.

Poco antes de partir de aquellas regiones, Violeta decide visitar por última vez aquel camposanto, en el que, paradójicamente, encontró a un buen par de amigos. Desde el incidente de la nuez, los ancianos decidieron también recoger aquellas apetitosas nueces, las que recolectaban en una simpática cajita de cartón. Y, del mismo modo, muchas otras personas les imitaron, de tal modo que, más tarde, era muy difícil encontrar un fruto tirado en el piso.

Aquella tarde otoñal, el sol se había ocultado bajo las densas nubes y al parecer, muy pronto llovería. La muchacha se entristeció, al comprender que ya no volvería a ver a ese par de apacibles ancianos, ni se deslumbraría con la risa de ella ni sonreiría al verlos consultarse con la mirada por cada situación producida. En efecto, la soledad ponía una nota de melancolía en ese camposanto y nadie hubiese atrevido a salir a la vista de ese panorama amenazador.

La avenida, surcada de vetustas sepulturas, se oscurecía al final, en donde los imponentes cipreses la sumían en un mar de sombras. Posiblemente, Violeta hubiese decidido a marcharse, sino fuese porque, mientras caminaba a paso lento y con su corazón goteando nostalgias, uno de sus pies golpeó algo duro. Era una nuez, aún con su corteza verde cubriéndola como un confite. La muchacha la recogió y la contempló con una sonrisa. A su mente, acudieron los sigilosos pasos de aquellos ancianos, tan incomparablemente bellos en su paz y armonía.

Violeta conservó por siempre aquella nuez, la que colgó de una cadena para refrendar tan bello recuerdo. Y ya en su país, cada tarde otoñal, le traía reminiscencias de aquellos días en que, libre y joven, impuso pautas y le enseñó a un par de ancianos a descubrir secretos…
















Texto agregado el 09-10-2008, y leído por 190 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
09-10-2008 Linda historia con ritmo cadencioso y suave y lo que nos gusta...con final feliz...je je. Un abrazo. galadrielle
09-10-2008 Es un bello poema con una lección de vida. Me deleito con la lectura, de un estilo esquisito, tierno, acariciante. Mi gratitud por este buen momento. Salú. leobrizuela
09-10-2008 Mucho mejor***** anablaumr
09-10-2008 ¡Me gustóooooooooo! Eso es, dio justo con la idea. Gracias por este hermoso relato. Anua
09-10-2008 me gusta mucho tambien divinaluna
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