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De sopetón, a las doce de la noche del pasado sábado, nos cambiaron la hora, por un decreto gubernamental que inaugura el horario de verano en nuestro país, y que, más bien, suena a conjuro sideral, de orden más bien utilitario. Las manecillas de los relojes, debieron adelantarse en una hora, sesenta segundos birlados a nuestro peculio, sin derecho a apelación posible. En honor a la verdad, en seis meses más, se nos devolverá lo quitado, así como Servicio de Impuestos Internos restituye el IVA a sus obsecuentes clientes.

Pero, el daño ya está hecho. En algún instante, en ese salto antojadizo entre un segundo y otro, pudieron morir muchas situaciones, cenicientas que debieron regresar a sus covachas, por ese mandoble traicionero del reloj, acaso, sentidas declaraciones de amor fueron truncadas de golpe y algunos recién nacidos fueron más viejos de repente, aún sin haber enunciado el vagido que les daría impulso a sus vidas. Todo, por ese “fast forward” gubernamental, que nos colocó, de un salto, en una brecha de tiempo diferente.

Al día siguiente, experimentamos lo mismo que debe sentir el amnésico que ha perdido la noción de su vida y sólo atisbamos un sol que se encuentra más alto que el día anterior, a idéntica hora, preguntándonos que diablos ocurrió entretanto.

Y nos pasamos la jornada, en una paranoica fase comparativa: -Son las tres de la tarde, las dos de ayer; son las cinco y cuarto, las cuatro y cuarto de ayer- como si no nos resignáramos a haber perdido una porción de nuestra existencia, imaginando, acaso, que en ese lapso escamoteado, pudimos perder la oportunidad de redimirnos, de hacernos ricos o de haber descubierto la panacea de la felicidad.

En seis meses, un “rewind” de las manecillas del reloj, nos devolverá el lastre de esos sesenta minutos extraviados y lo recibiremos como algo extraño, como un ser que estuvo secuestrado durante mucho tiempo y que regresa a nosotros, como un perfecto desconocido. Será porque a nadie le gusta vivir por decreto, sino por el motor de este corazón nuestro, que nunca adelanta o retrasa sus latidos…










Texto agregado el 13-10-2008, y leído por 169 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
14-10-2008 Menudo problema es el que se le presenta a Mme. La_Mort. Veamos: debería recoger a un mortal a las 0.26 del día que se adelantó la hora. Pero ocurre que ese momento no existe; no hay reloj alguno que así lo indique. De modo que el elegido deberá prolongar su existencia (tal vez enfermo terminal o con una terrible herida) durante seis meses, cuando se haya reintegrado esa hora escamoteada. ¿Y si resulta que, habiendo pasado "su" momento, ocurre que ya no hay tiempo final para él? Acaso termine siendo un pobre inmortal, deambulado por un mundo cada vez más extraño y desconocido. Por las dudas, mejor dejar las cosas como están. Salú. leobrizuela
 
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