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Los fuegos de la noche.

Llevo horas conversando con este tipo. Me dice que se llama Juan Ramírez, de oficio investigador. En un principio pensé que se trataba de un científico, un historiador, o un arqueólogo o, quizás, solo de un demente con cara de bonachón. Soy investigador privado, me dice él, y ahí entendí que esa noche podría pasar cualquier cosa. Ramírez es un hombre enjuto, de una calvicie pronunciada y voz de papagayo. Lo miro y su aspecto me parece incompatible con su oficio. Estamos sentados frente a la barra de un bar, de cuyo nombre, ya ni me acuerdo, éste está ubicado entre las calles Argentina y General Baquedano. Ya es tarde, la ciudad de Quintero está oscura desde hace un buen rato. No recuerdo muy bien la hora en que llegué aquí, ni desde cuando converso con Ramírez, solo sé, que fue cuando todavía había luz natural. Ramírez bebe de su cerveza y yo saboreo mi ron poco a poco, como si fuera el último vaso que quedase sobre la tierra. Él me habla de su esposa- Ramírez está separado- y de sus peripecias en la vida, creo que me ha contado la misma historia durante horas, una y otra vez. Yo lo escucho con atención, sin decir mucho, como lo hacen las personas que no saben relacionarse con nadie o que no tienen nada interesante que contar. Entonces Ramírez me hace un gesto con el vaso que sostiene, yo miro en la dirección que él me indica. En una mesa, en el rincón más oscuro del local, veo a una pareja: un hombre de rasgos juveniles, pero de pelo cano, está vestido como si fuera un oficinista, a su lado una mujer con un abrigo que parece de piel, pero que es solo una imitación, lleva una faldita diminuta, negra y brillante, el pelo suelto le cae sobre los hombros y su cara está maquillada de manera exagerada, entonces me doy cuenta de que es puta. Ramírez me dice que sigue al sujeto, una infidelidad, ya tiene suficientes pruebas para la esposa engañada, sin embargo, el tipo le cae bien, le recuerda a un primo que tuvo y que se murió ahogado en el río Chol Chol cuando ambos eran apenas unos niños. Lo observa con nostalgia, luego baja la mirada hacia la mesa, se mira las manos y bebe nuevamente de su vaso. Entonces Ramírez me pide que le cuente algo de mí. Me quedo pensando, qué sería bueno contarle, la única historia que vale la pena es justamente la que no quiero contar. Me quedo en silencio, mirando mi vaso y frotándolo con el pulgar, como si quisiera comprobar lo circular de sus lados. No se preocupe, no me cuente nada, no tiene que hacerlo, me dice esbozando una sonrisa afable, como si él fuera una especie de sacerdote con el que me estuviera confesando. Pero no le hago caso y le cuento todo. Le cuento que mi esposa me echó de la casa de Santiago, hace un año más o menos. Me transformé en un alcohólico irresponsable. Atropellé a su hermana, me demandaron, sus hermanos me buscaban para darme una paliza, yo me escondí de ellos por un tiempo. No podía ver a mi hijo, Martín. Así estuve un buen rato o un par de meses, hasta que las aguas se calmaron. Al final todo quedó en nada. La familia de ella retiró la demanda, tienen plata y pueden hacer lo que quieran, y a mí, me dejaron de buscar gracias a Claudia, mi mujer, dijo que no sería bueno para Martín que viera a su padre encerrado, pero tampoco sería bueno para ella verme a mí, así que me echó. Su hermana se recuperó bien. Y ahora ya no soy prófugo, pero sigo escondiéndome. Algunos fines de semana voy a buscar a Martín y lo traigo conmigo a Quintero, algunas veces cuando voy a Santiago a buscarlo, veo al tipo con el que se acuesta Claudia, por eso, a veces no me aparezco por ahí en mucho tiempo. Ramírez me mira con rostro grave, severo o pensativo, no lo sé. Todo un caso es usted, me dice sacando un cigarrillo de la chaqueta.
Ramírez fuma en silencio. Sobre la mesa del bar hay una tele encendida donde se pueden ver videos musicales de los ochenta, aparece uno de A-HA. Miro a la pareja que Ramírez espía, parecen discutir, pero lo hacen de manera muy discreta, como si quisieran que nadie los escuchara. La mujer parece recriminarle algo al tipo que tiene aspecto de oficinista, pero éste no la mira, él le habla pero es como si estuviese rezando o hablando consigo mismo, parece estar tranquilo, no como ella que cada vez que dice algo gesticula con ambas manos. Están discutiendo, me dice Ramírez. Lo sé, le respondo. Entonces la pareja se pone de pie, el tipo paga la cuenta y salen. Yo miro a Ramírez pero éste está inmutable. Apaga su cigarrillo, toma lo que le queda de su cerveza, saca unos billetes del bolsillo donde guarda la cajetilla, los deja sobre la mesa y sale también. Yo lo sigo sin saber muy bien porqué.
En la calle Ramírez me dice que ya sabe adonde van, al Motel Cielo, que queda a escasas cuadras del bar donde nosotros estábamos, aunque en realidad, todo queda a escasas cuadras en Quintero. Caminamos en silencio. Ramírez enciende otro cigarrillo y se queda mirando la llama del encendedor como si acabase de descubrir el fuego. Yo me muero de frío, me detengo junto a Ramírez y lo contemplo un instante, todo parece dar vueltas alrededor de él, las calles se distorsionan a su lado, el sonido del mar es un rugido lejano, tanto que me parece que no viniera desde la playa, sino desde debajo de la tierra. Doy dos pasos en dirección a Ramírez que aún contempla la llama de su encendedor, siento como si caminara sobre una cama elástica, entonces me doy cuenta de que estoy completamente borracho. El fuego acaba con todo, me dice Ramírez mientras mira la llama, después de un par de segundos, apaga el encendedor, lo guarda y sigue su camino calle abajo hacia el motel, en ese instante comprendo que él también está igual de borracho que yo. Lo sigo.
Caminamos por la calle principal de Quintero sin decirnos mucho, sin hablarnos en realidad, parecemos dos grandes amigos que se conocen de toda la vida y que van en búsqueda de aventuras.
La noche está silenciosa y las casas oscuras, nada interrumpe el suave avanzar del tiempo por las calles que, a veces, suben y otras bajan en su errático caminar. El sonido del mar es omnipresente y desplaza cualquier otro ruido nocturno.


Cuando llegamos a la calle 21 de mayo resalta frente a nosotros el letrero con luces de neón que dice:”Motel Cielo”. Estamos a dos pasos del lugar. Ramírez se detiene, me dice que va a esperar a que salgan juntos. Eso puede tardar toda la noche, le digo yo. Sí, así es, corrobora él. Entonces nos quedamos contemplando la entrada del motel, él saca su cajetilla y toma otro cigarrillo y por primera vez en toda la noche me ofrece uno. Yo lo rechazo tratando de ser lo más cortés posible. Él guarda la cajetilla, enciende su cigarrillo y expulsa una gran bocanada de humo. Ramírez me pregunta qué voy a hacer con mi esposa, con mi hijo, con mi vida. Yo me encojo de hombros y digo que nada. Tengo un pasaje de bus para irme a Brasil en la mañana. Ramírez me mira un momento en silencio, como pensando qué decir o como si en realidad, no estuviera pensando en nada. Un largo viaje, dice él al fin. Yo asentí con la cabeza.
Ramírez me cuenta que antes de ser detective privado era tira, trabajaba en la policía de investigaciones, de eso hace ya unos diez años. Me cuenta cosas horribles: casos de violaciones, homicidios, secuestros, mutilaciones, niños abusados por años, narcotráfico, mejicanas, mafia, trabajos encubierto, compañeros muertos, amigos muertos, amenazas telefónicas, encierro, angustia, miedo, sufrimiento, ira, torturas, balas perdidas, redadas, alcoholismo, persecuciones, caídas, vuelcos, sangre, muertes y largas noches. Ramírez vuelve a repetir lo de largas noches y se queda mirando un punto perdido en el cielo, el titilar de una estrella o una solitaria nube, no lo sé. La vida es una larga noche, dice y clava la mirada en la entrada del motel.
Por las puertas del motel Cielo, vemos pasar a mucha gente, de todo tipo: desde amantes de años hasta infieles primerizos, o gente solitaria que no sabe adónde ir.
No se si han pasado horas o solo unos cuantos minutos desde que esperamos aquí, en el frío de la noche. Ramírez se ha fumado por lo menos unos cinco cigarrillos. Las horas pasan lentas como la luna en el cielo. Entonces por las puertas del motel entra un tipo, solo, desgarbado y sombrío. Ramírez lo reconoce de inmediato. Es el hombre de la puta, su cafiche y proxeneta, me dice tirando su cigarrillo al suelo y pisándolo para apagarlo. Mete la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, yo pienso que va a sacar otro cigarrillo y eso me parece absurdo si acaba de apagar uno nuevo. Pero en lugar de eso, lo que Ramírez saca de su chaqueta es un revólver, algo que nunca había visto en mi vida, ni pensé ver. En este momento, pienso que si alguna vez tuve alguna duda o si sentí que todo lo que estaba viviendo era algo inverosímil, esa sensación se ha disipado. Entonces Ramírez me hace un gesto con la cabeza como diciéndome: “Sígueme” o “Vete a tu casa”, no lo sé. Él corre hacia la puerta del edificio, yo lo sigo y sin saber muy bien porqué, lo hago en cuclillas. Antes de entrar escuchamos los dos primeros disparos, después de un segundo el tercero y luego el silencio, el silencio que lo cubre todo como la noche eterna de la que hablaba Ramírez. Ahora él me hace un gesto en donde no me cabe ninguna duda de que me pide que lo siga. Entramos, en la recepción hay un tipo que se esconde bajo el mesón de la entrada. Ramírez le hace un gesto indicándole el teléfono, como diciéndole que llame a la policía, pero el recepcionista no hace nada, se queda petrificado por el miedo. Por los pasillos del motel se escucha el llanto de una mujer. Vamos con cautela en dirección a los lamentos. Poco a poco, los sonidos nocturnos vuelven: a lo lejos escucho el murmullo del mar; la alarma de un auto vocifera solitaria y dentro del motel se escuchan pasos de un lado a otro. Caminamos sigilosamente, yo agachado, casi a gatas, sigo a Ramírez con el miedo natural a una situación de este tipo. Llegamos hasta donde está la mujer que nos guía con sus llantos, está parada, frente a la puerta de la habitación 6, ésta está abierta y ella mira sin atreverse a entrar, desde las otras habitaciones vemos como sus ocupantes entreabren las puertas y se asoman sin abandonar la seguridad que les ofrece el interior de sus habitaciones alquiladas. Ramírez se desplaza con el arma empuñada, sujeta con ambas manos, esa postura me convence y a pesar de que voy desarmado no siento tanto temor como esperaba. Entonces me hace un gesto con la mano para que me detenga y le hago caso, él se dirige hacia la mujer que ahora está de rodillas en el suelo y se apoya de una de las jambas de la puerta, solloza casi en un susurro. Ramírez llega hasta ella, se para frente a la puerta, apunta hacia el interior y se queda mirando con una expresión fatal. ¡Mierda!, exclama y entra en la habitación con rapidez. Lo sigo y al cruzar el umbral de la puerta veo a la mujer que acompañaba al tipo vestido de oficinista, está tirada en la cama, medio destapada, sus piernas blancas cuelgan como péndulos al pie de la cama. Su mirada está perdida en el techo y las sabanas están teñidas de sangre, está muerta. Ramírez tiene al oficinista entre sus brazos, éste tiene signos de vida aún, la camisa está manchada con sangre como las sabanas. Sus ojos fijos y su cara convulsionada son la prueba final de la fatalidad que lo envuelve. El tipo le dice algo a Ramírez, éste se acerca al moribundo oficinista y escucha con atención, entonces Ramírez abre los ojos como si hubiese escuchado la clave o el secreto de la vida, después se queda en silencio y me mira. Veo como poco a poco el oficinista pierde la conciencia, Ramírez le aprieta la mano con fuerza, como intentando atrapar el ultimo aliento de vida que se le escapa al malogrado oficinista. La imagen que proyectan es como la de una madre arrullando a su hijo. Está muerto, dice Ramírez, soltándole la mano y mirándome fijamente. Llama a la policía, me ordena. Me cuesta entender que me lo pide a mí, tanto, que me lo repite. Entonces salgo de la habitación, no sin hacer un gran esfuerzo para volver a recuperar la movilidad de mi cuerpo perdida por el asombro o por el miedo, no lo sé. Cuando salgo me doy cuenta de que aparte de la mujer del llanto también se ha agrupado un gran número de personas que miran con desconcierto. Me abro camino, voy por el pasillo hasta la recepción, en ella, el recepcionista habla por teléfono, yo lo miro, después miro la salida y sin pensarlo mucho, salgo del motel, sin volver la mirada hacia atrás.


Camino primero, por 21 de mayo, después corro y llego a la playa El Durazno. En ella me dejo caer sobre la arena, el agua salada del mar me moja los zapatos. Miro el cielo estrellado y siento el aire frío de la noche que se cuela por mi ropa, me pongo de pie, recupero el aliento y observo el mar tranquilo, la luna se refleja sobre el agua y siento que todo mi cuerpo está agarrotado, como si hubiese corrido kilómetros en vez de las escasas cuadras que me separan del motel, como si hubiese corrido todo el día sin parar hasta ahora y la playa fuese mi meta oscura y silenciosa. Miro las aguas, las lejanas aguas que me llaman, creo escuchar mi nombre y me tienta entrar en las entrañas de las noches perdidas, de la oscuridad húmeda y definitiva que me acaricia los pies. Entonces respiro hondo, me sacudo la arena de la ropa y vuelvo a 21de mayo, camino en dirección al motel, pero doblo cinco cuadras antes de llegar a éste. Veo las luces de los vehículos oficiales. Me imagino a Ramírez explicando todo a la policía, quizás, a sus propios colegas o ex colegas; me lo imagino diciéndoles que todo era parte de una investigación de infidelidad, que el cafiche de la puta los mató a ambos. Me imagino a Ramírez diciendo que él estaba acompañado de un tipo que había conocido esa noche y que lo seguía porque no tenía nada mejor que hacer. Un tipo normal que estaba borracho.

Enfilo mis pasos nuevamente por las oscuras calles de Quintero, la cabeza me da vueltas pero no estoy seguro de que sea por la borrachera. Sin darme cuenta llego a mi casa, la casa de la playa o la casa de veraneo en otros tiempos. Me quedo mirando el frontis y éste tiene un aspecto cansado o decrepito, casi moribundo. Cuando entro me doy cuenta de que el televisor está encendido. Al salir, no debí recordar apagarlo, quién sabe. En la casa se escucha un zumbido que se expande por todo el lugar, o puede ser que el sonido solo esté en mis oídos o, quizás, solo en mi imaginación. Siento el abandono de la casa, su vieja estructura se reciente cada vez que yo traspaso la puerta de entrada, es como si envejeciera más al verme, como si yo fuera una especie de enfermedad terminal para ella. Entonces suena el teléfono, un timbrazo corto, el sonido de la campanilla reemplaza en un segundo el zumbido que se había alojado en mis oídos. Camino hacia el teléfono, lo tomo, levanto el auricular pero solo encuentro el tono monótono de marcar. Después dejo el aparato sobre la mesita del living. Ahora se escucha el zumbido de la tele. Miro nuevamente el teléfono y siento una necesidad irrefrenable de contarle a alguien mi aventura, pero a quién. Lo pienso un rato y sé a quién quiero llamar, siempre lo he sabido, así que lo hago.

Marco su número, ella responde, me quedo callado y ella adivina que soy yo. Me dice que no la llame más, que no la llame a ese número, que ya no quiere que la vuelva a llamar, que la corte, que no la siga cagando más, que ya es tarde, que quiere dormir y que me vaya a la mierda si quiero pero que no la moleste más, que no la busque ni le deje mensajes estúpidos con nadie. Después la línea se queda en silencio. Escucho la voz de alguien a su lado que habla entre sueños o tal vez ronca o le dice que cuelgue porque la quiere hacer suya nuevamente, quiere seguir follando y ella no le responde, solo se escucha el sonido de su respiración que se agita y yo pienso que tal vez, está así por hablar conmigo o quizás sea por el esfuerzo de una relación sexual interrumpida por un llamado inoportuno. Entonces ella habla: muérete dice por fin y cuelga. Yo escucho el sonido vacío, sordo de la línea que se queda conmigo en vez de su voz, después de un rato aparece por el auricular el tono ocupado que me dice que no la volveré a escuchar, nunca más. Cuelgo también. Miro la casa a oscuras y la tele encendida muestra la imagen de la lluvia de líneas que se instala allí cuando se acaban las transmisiones. Me doy cuenta de que nada me retiene a ese lugar. Voy hasta mi pieza y ordeno algo de ropa para llevar, no mucho, solo lo que quepa en un bolso de mano. Busco el pasaje del bus que me dejará en Santiago y después a Brasil y después adonde sea. Miro el reloj de la pared, ya son las cuatro y media de la madrugada, la hora perfecta para acabar con todo de una buena vez. ¿Pero acabar con qué exactamente? Camino por las habitaciones vacías y es ese vacío precisamente el que se encarga de llenar de recuerdos cada rincón de esta casa. Voy hasta la puerta, miro un instante la tele que sigue con ese murmullo indefinible, como si hablara un lenguaje totalmente desconocido e intentara decirme algo. La luz parpadeante que se proyecta por las paredes de la casa, es como si perteneciera a una vela a punto de extinguirse. Yo miro nuevamente todo el lugar. Entonces por fin lo comprendo. Antes de salir voy hasta la cocina, corto con un cuchillo la válvula del gas y salgo al patio delantero. Afuera, en la calle, miro la casa, mi vieja y querida casa de Quintero, la casa de la playa, la casa de mi niñez. Espero un rato. A lo lejos se escucha el mar, las olas rompen con fuerza en los acantilados que de niño me provocaban tanto miedo, me tienta ir hasta allá nuevamente y mirar el océano hasta que amanezca o lanzarme decidido a sus aguas, pero no lo haré, sé que no tendré el suficiente valor para hacerlo. Entonces la explosión me sorprende y me hace regresar de súbito a la realidad. Retrocedo un par de pasos y miro el fuego que lo consume todo. Las casas colindantes están vacías, como toda casa de veraneo en esta época del año. La calle se ilumina con las llamas que se expanden rápido. Algunas personas que, la verdad, no sé de dónde aparecieron, miran con asombro el siniestro, yo por el contrario, miro todo con satisfacción, la situación me causa gracia. Pensar que a la mañana siguiente todos estarán preocupados por mí, pensando que me encontrarán bajo los escombros, calcinado, con una expresión horrible en el rostro. O quizás a nadie le importe realmente. Decido irme.

Camino en dirección opuesta al incendio, rumbo a la calle principal de Quintero, después enfilaré mis pasos hacia el Terminal de buses y a esperar. Entonces en ese momento recuerdo que el bolso donde guardaba la ropa para el viaje se me quedó olvidado dentro de la casa y dentro del bolso, aparte de la escasa ropa, también iba el boleto de bus y el poco dinero que me iba quedando. Me doy vuelta, miro las llamas y pienso que el fuego lo destruye todo y no sé si eso me hace sentir mejor o peor. Entonces sigo mi camino y mientras lo hago escucho las sirenas y veo el camión de bomberos doblar la esquina, pasa por mi lado a una velocidad que me parece absurda. Yo levanto una mano y los saludo, no sé porqué hago eso, solo me quedo mirando el carro rojo y la baliza que transforma la oscuridad de la noche en un mar multicolor casi irreal, como si todo: la casa en llamas, la gente que mira y los bomberos, fueran parte de una fiesta improvisada.

Me alejo lentamente sin mirar atrás y mientras lo hago, pienso en Ramírez, lo veo a él nuevamente, tomando al tipo con facha de oficinista de la mano, dándole un ultimo apoyo en sus horas postreras, me lo imagino tratando de aferrarlo a la vida inútilmente, como alguna vez, en su niñez, lo hizo con su primo, prematuramente muerto en las aguas del río Chol Chol. Trato de adivinar que le habrá dicho el tipo antes de morir, quizás: que la noche es tan larga como la vida misma o que el fuego lo destruye todo. No lo sé.


Sigo caminando hacia la carretera, pasa un jeep rojo, le hago dedo, no me para; después pasa una camioneta destartala que lleva unas jaulas, como para perros o gallinas, en la parte de atrás, están vacías, se detiene sin que yo le haga ningún gesto para que pare. Yo corro, el chofer que es un viejo vestido de campesino con una chupalla en la cabeza, me hace una mueca con la cara para que suba, lo hago, cierro la puerta y me acomodo en el asiento del copiloto. Adónde va amigo, me pregunta el viejo que tiene una cara como de haber conducido toda la vida esa camioneta sin parar hasta ahora. No sé, le respondo, adonde sea, o adonde usted pueda. Todo está mal esta noche, me pregunta él, mientras hace partir su vieja camioneta. No, al contrario, todo está bien, le respondo mientras apoyo mi cabeza en el asiento y lentamente me quedo dormido.


Texto agregado el 30-10-2008, y leído por 163 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
30-10-2008 Interesante relato, con historias que coinciden y divergen desde la perspectiva del narrador, en donde las relaciones adúlteras son el referente. Me agradó el tema y la forma de narrarlo.*****Saludos. sagitarion
 
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