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Inicio / Cuenteros Locales / Lio_Mendez / Réquiem por un virus.

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Han pasado nueve años desde que falleciste, mamá. Alguien me dijo que después de cierto tiempo, tu muerte debería estar superada o si no mi cuerpo iba a comenzar a deteriorarse. Supongo que el deterioro ya inició, porque hace algunos meses me quedé sordo del oído izquierdo, la dermatitis se extiende de mis párpados hasta mi frente y últimamente tengo la irracional idea de cortarme el brazo izquierdo, que no para de dolerme sin ninguna explicación médica.

Hoy en la mañana traté de distraerme esculpiendo, pero no lo logré. Dejé el trozo de madera apenas tallado encima de la chimenea, y guardé la gubia en el bolsillo de mi pantalón. Salí de casa (nuestra antigua casa), con la excusa de buscar a mi padre, tal vez movido por esa culpa de dejarlo solo en tu aniversario, o tal vez simplemente porque quería compañía. Sea como fuese, no llegué con él. En el metro vi a un chico trigueño, que vestía una camisa sin mangas. Me vio de reojo y yo le sonreí. Él volteó la mirada. Me acerqué para saludarlo y respondió algo que no distinguí a escuchar. Insistí en abordarlo, decirle otra cosa, y, sin poder evitarlo, me sentí culpable al darme cuenta de que aquel lugar fue el mismo donde conocí a Búho.

El chico de la camisa sin mangas no habló más dentro del metro. Se quedó callado hasta que las puertas del vagón se abrieron y bajó. Lo seguí y le pregunté si quería tomar algo. Iba a rehusarse pero no se lo permití. Le hablé con familiaridad y lo invité a tomar un café. Al fin sonrió un poco.

Alex, el nombre del chico con camisa sin mangas, se llamaba Alex. No hay manera de compararlo con Búho, pero Búho no estaba en ese momento que tanto lo necesitaba. Y es que en estos nueve años, madre, no me había afectado tanto tu muerte. Bien sabes que el animo no se puede predecir, y uno no puede estar preparado para las emociones y recuerdos que en cualquier momento se presentan.

Con Alex no platiqué nada inusual. Fue lo que esperaba. Una charla de adolescente, mentiras, apego y una extraña compasión de mí parte hacia él. Por alguna razón, me relacionó con los que mal les va. Sé detectarlos y algo sucede en mí que de inmediato me vinculo. Como mi amigo Jorge. Él hacia cualquier cosa para alejarse de la realidad. Lo conocí en la calle, se portó amable y me intrigó su forma de ser, y de ahí lo busqué hasta el cansancio. No tardé en enterarme de que él ganaba dinero al irse con los hombres que trabajaban en las oficinas cercanas. Nunca le reproché nada ni me entrometí en sus asuntos. Creo que lo comprendía.

A Jorge lo dejé de ver por unos seis meses. No recuerdo ahora la razón, pero cuando hablé a su casa, su hermana me dijo que había muerto. De algún modo, Jorge se las arregló para que nadie, ni siquiera ella, se enterara de la enfermedad. Al final lo atacó un cáncer que se expandió con rapidez. El médico que lo atendió me informó que, aunque su agonía fue dolorosa, a Jorge le preocupaba mucho que nadie lo viera en esas condiciones.

Al chico de camisa sin mangas le conté sobre Jorge. Imagino que lo hice tratando de eximirme o de prevenirle de alguna manera. No me escuchó y debí suponer que ésa no era mi obligación. Tomamos café y hablamos trivialidades hasta hartarnos. Pagué la cuenta y me dijo que su casa estaba vacía.

La casa era de un piso y se encontraba en la periferias. Alex, cerró la puerta y me miró al rostro, analizándolo, como si buscara algo, como si quisiera predecir mi reacción. Su indiferencia había cambiado por una expresión de ternura y sus ojos tristes me miraban con cariño o algo parecido. Acarició mi hombro y yo le correspondí.

Rato después, me apuntó su número telefónico, mientras yo me vestía. Yo anoté el mío, fingiendo una amabilidad que no me nacía. Necesitaba marcharme, y él, entre más lejano me percibía, más se obstinaba en acercarse. Me pidió que lo abrazara y me rehusé. Volvió a insistir y perdí el control. Salí de mis cabales y lo empujé con brusquedad. Creí que al estar a su lado iba a dejar de sentir esta tristeza, olvidar tantos recuerdos que vienen a mi mente, una y otra vez, tantas horas que compartí contigo, madre, envolviéndome en ese universo fantasioso del que era cómplice, rescatándote cada noche de tu embriaguez y desconcertado por esos impredecibles arranques de ira que tenías. Pero no puedo olvidar.

Salí de prisa. El problema de agotar los recursos, es que uno inventa maneras cada vez menos razonables y lógicas de distraerse. Fui hacia zona rosa, y empecé a buscar a otro chico llamado Saúl. Él no es mi amigo y nunca lo conocí bien. Yo era amigo de su hermano Ernesto... Ahora que me viene la imagen del cuerpo débil, el cabello lacio oscuro y el rostro blanco de Ernesto, recuerdo la razón por la que me distancié de Jorge. Yo estaba cansado de él, de su personalidad, agotado por seguirle ese ritmo interminable de enajenación, noches de vergüenza, en las que apenas estaba consciente de lo que hacía. Entonces conocí a Ernesto y me sirvió para distanciarme. Sentí que con él, con Ernesto, si podría ejercer alguna influencia positiva. Y aunque también se iba con hombres, usaba drogas químicas y era menor, se controlaba más. Él solía contar historias y en ese sentido me recordaba a ti, madre, a los tiempos en casa, cuando tú y yo éramos una familia, y pasábamos horas en el jardín, escuchando cuentos imposibles que inventabas e incluso te creías. Ernesto, en sus buenos días me platicaba de viajes a Australia, Europa, amigos que le hacían grandes favores y fiestas con gente importante. En los malos, comenzaba a llorar y sentía asco de sí. Yo le decía que pronto se le pasaría, que siempre pasa, y él me pedía que lo ayudara, que le diera algún recurso para sentirse bien... Ahora prefiero recordarlo cuando contaba sus historias a otros, que no supieran de su manera de subsistir, de la calle y los hombres con los que se iba... La verdad, es que la mayoría nos deja de querer igual, justo cuando se enteran de que no somos lo que esperaban. Me alegro que tú jamás supieras de mí, madre. No soportaría que me amaras menos.

Pero hablaba de Ernesto, no de eso.

Ernesto empezó a necesitar más dinero y lo consiguió robando o vistiéndose con ropa de mujer, para cobrar más. Caminaba por parques que tuvieran casetas de teléfono, donde cada vez que pasaba una patrulla disimulaba estar hablando. A veces no funcionaba. Lo detenían, y no sé cómo yo juntaba dinero para la multa. Cuando salíamos de la delegación, comíamos algo en la calle y él me contaba alguna historia o hablábamos como si nada hubiese sucedido. La última vez me confesó que su madre lo había internado en un psiquiátrico por intento de suicidio, y que ahora se inyectaba. Días después me llamó para contarme que se había unido a un grupo de apoyo, que se había mudado a casa de sus tíos “los ricos”, y que había conocido a un tipo que no era de la calle. La mañana siguiente lo encontraron ahorcado en un baño de un hotel. La investigación determinó que había sido suicidio... Eso tampoco importa ya. Esta idea de buscar a su hermano para obtener respuestas, razones, saber dónde quedaron sus restos, era una manera de distraerme. Hay veces que lo único que se necesita es tiempo, alejarse de los mismos patrones de siempre y dejarse llevar. La diferencia entre la muerte de Jorge y de Ernesto fue de meses, luego regresé al vacío de siempre, ese vacío en el que me quedé desde hace nueve años, pero entonces más solo que nunca. De no haber conocido a Búho, estoy seguro de que habría muerto.

Recorrí las calles de Zona Rosa, repletas de puestos de comida chatarra, de travestidos, de putas, de gente saliendo exhausta de su trabajo. Conozco bien el lugar. Demasiadas sombras de gente y escenas, que se mueven con lentitud en mi mente, de tardes grises de suelo húmedo y autos pasando sobre los charcos, sin detenerse. Fui a los callejones de la glorieta, donde están los que inhalan pegamento. Saúl, el hermano de Ernesto, pasa tiempo con ellos, pero hoy no estaba ahí. Pregunté que si lo conocían, pero no me respondieron. Ni siquiera me escucharon. Puse unas cuantas monedas en el suelo y me marché.

Sé que no es común que haya sobrevivido ante todo lo que me ha pasado, madre, y de no haber perdido la cordura y haber caído derrotado. Tal vez hace años sí enloquecí, como algunos que podría contarte. Pero no quiero divagar más, ni describir cómo desperdicié las oportunidades que tuve.

La realidad se presenta ante mí, sin que sean mis ojos la que la observan, sin que pueda retrasarla por más tiempo. Por tercera vez en el día me siento culpable. Lamento lo que le hice a Alex. Fui con él, sabiendo que no podría detenerme. Al estar conmigo, él no tomó sus precauciones y a mí no me importó prevenirlo. Después quiso que lo abrazara. Lo empujé y al caer al suelo me monté sobre él. No se veía molesto, e incluso me sonrió, como si me perdonara o me siguiera el juego. Saqué la gubia de mi pantalón y, en un solo movimiento, la clave en su cuello. Él trató de defenderse, pateó en el aire y yo no lo solté hasta que dejó de moverse. Sus ojos brillaron y me miraron sin entender. Pero yo lo estaba salvando. No más intentos ni esperanzas, no más decepciones, no más de todo aquello que no debería pasar. Vine a casa y me senté donde antes estaba el jardín, donde te escuché horas platicar historias que inventabas o en realidad te creías, madre. En unos cuantos días ya no tendré dónde vivir.

Sacó el viejo revólver de tu habitación. Lo pongo sobre mi sien y me pregunto si sería mejor que muriera... , ¿qué pasaría si permanezco con vida? No hay diferencia entre ahora y el día en que el virus toque su sinfonía, como lo hizo con Jorge. Debe haber algo en mí que dejaste y valga la pena para no fallarle a Búho.

Necesito ese estado de no-necesidad, madre, ese estado en que tu mundo y el mío eran uno solo y la realidad eran tus fantasías. Ese Nirvana en el que no carecía de nada... No debiste haber muerto, mujer, no antes de decirme por qué. Ahora necesito estar contigo, necesito regresar a tu lado, mamá.

Texto agregado el 25-11-2008, y leído por 167 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
11-07-2011 Da mucho asco la primera línea, la referencia al infame de Aranofsky del título, el temita ?sexual sórdido homo? y el abandono. Es un mal cuento, realmente, aunque me ha gustado a medias. SilvioS
21-03-2010 Me gustó el relato y el tono, principalmente el tono y creo que por eso sentí otro ritmo en el momento que narras la muerte de Alexl; pero, de cualquier modo, no hay desencanto. ednushka
10-05-2009 Ya lo leí hace tiempo, navegando en la red me lo encontré. Y creo que lo has cambiado. Personalmente me gustó más la otra versión. Escribes bien Lío, pero no te metas en líos. Idaluzdeluna
19-04-2009 Y que importa si tiene acentos y comas y demases...si el texto está llenito del ganas de leer?.. mis estrell. yerma
17-12-2008 Lo que pasa Aristidemo, es que yo se lo corregí. Este cuento me gusta mucho. meaney
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