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Inicio / Cuenteros Locales / Lowenghard / La alegría soñadora, y la tristeza fatal de un final

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Con una bella mañana y un sol que rebosaba de esplendor, se le dio la bienvenida al nuevo integrante de la familia. Pequeño y con una ternura capaz de apaciguar la ira de Dios, el nuevo ser recibió el nombre de Ian. Todos estaban contentos, y en el aire flotaba un espíritu de vida tan perceptible, que más de algún observador del acontecimiento se sintió invitado por una llamada a procrear. Todo era felicidad y júbilo. Nadie se acordaba de sus problemas, y todos sentían como la casa y todo lo que había en ella era transportada a otra dimensión, lejos de las complejidades de la vida, excepto una, la vida misma. Las horas pasaban, la tarde se acercaba y ninguna titubeante alma aparecía. Los regalos se amontonaban en la nueva habitación del bebé, apilados unos con otros, en plena penumbra, donde la inmadura mente de la criatura no osaba explorar, y sin comprender su misma presencia. “Algún día sabrá que ha nacido y la razón de tanta celebración”, decían algunos con la vaga intención de explicar un proceso natural, y de quedar, como individuos interesados en el bebé, en el subconsciente de los anfitriones. La atmósfera de convivencia cambiaba poco a poco, prometiendo virtuosismo en las miradas y conversaciones de los protagonistas.
La tarde estaba calurosa, sofocante, incluso ofrecía la necesidad de robarle el aire y la temperatura corporal estable de otros. Era menester atravesar las puertas de adentro hacia fuera, y todos lo hacían, excepto uno, el pequeño Ian. Una tenue brisa recorría las estancias de toda la casa, pero no era suficiente como para mantenerse dentro de la casa-horno. Una vez que el tiempo permitiera que la temperatura descendiera, todos dieron paso a una nueva etapa del día festejado. Muchos fueron de compras para preparar la cena, y otros se quedaron sumergidos en una conversación que cambiaba de intenciones y tonalidades todo el tiempo, al sobreponer aquellas opiniones personales con respecto a cualquier tema. Cada uno se creía dueño de la verdad, y criticaba o lo clasificaba al otro lado de la línea, al que divergiera de un asunto. El calor había pasado, pero otro tipo de calor empezó a incorporarse. Discusiones acaloradas todos manifestaban. Tanto cambió la situación, que se olvidaron de la cena, y de Ian, y de los que fueron de compras. Ian, que yacía dormido en su cuna nueva, invitado a soñar y a organizar sus primeras imágenes en su frágil mente, no daba señales de su inocente estar a las violentas pregonaciones entre invitados y anfitriones.
La madre de Ian, fatigada ya por la molesta situación, no aguantó más el aire viciado de nauseabundas pestilencias provocadas por el encierro de todos allí, ya que la débil e impredecible brisa no aportaba algo mejor. Una tensión desesperante llenó todos los rincones de la tensa casa. Todo estaba empeorando, más y más, hasta que el imberbe hijo de una invitada, rebalsó todos los líquidos de la tolerancia. Este niño de ocho años de edad, al ver a su madre y a la madre de Ian impregnadas en una contienda verbal desaforada y espeluznante que amenazaba en transformarse en cachetadas y rasguñotes, tomó la tranca que apoyaba la puerta de entrada al sótano, y corriendo se dirigió a la madre de Ian. Cuando la alcanzó por la espalda, le asestó un golpe que estremeció a todos, y a toda la casa por su horrendo sonido estruendoso. El niño y su tranca dieron justo en el blanco estipulado por su incontrolado cerebro: la cabeza de la mujer. El sonido del golpe correspondió a una fractura de la corteza ósea de la cabeza. El niño no supo que hacer después de eso, se quedó pasmado y paralizado, como si ese proceder tan alocado fuese provocado por una posesión demoníaca. Su madre lanzó un grito que más bien parecía un chillido de una arpía. El llanto y la desesperación se fusionaron para dar como resultado a una situación mucho más estresante. El resto de los presentes se quedaron boquiabiertos, y sólo uno atinó a la circunstancia, al quitarle la tranca de las tembleques manos del niño asesino. Este era el esposo de la ya difunta madre, y entre sollozos y furia estrepitosa, bofeteó miles de veces al precoz criminal, y luego lo tomó de los pies con firmeza y lanzó por la ventana al patio trasero. En otro acto de furia y de venganza, el padre de Ian tomó nuevamente al niño diabólico y lo golpeó con interminables potentes puñetazos, ensangrentándole todo el rostro y el cuello. Lo tomó de un brazo y lo llevó al padre de este para mostrarle el castigo que le había brindado. Tanto le golpeó que el niño ya no existía, y el padre del niño esquizofrénico, contempló a su hijo con un poder sobrenatural sobre la nada. Un llanto profundo salió de lo más hondo de su alma, al no comprender el por qué de los acontecimientos. El padre de Ian se retiró para recoger el cadáver de su esposa y llevarlo a un cuartel policial que estaba en las cercanías.
Mientras el padre de Ian estaba fuera de casa, sólo con su ex esposa, el pequeño Ian comenzó a llorar es su habitación, no sabiendo que ahora era el único de la familia que estaba en casa; su padre lo había dejado solo para ir al cuartel de policía; más este no regresaba. El bebé lloraba y lloraba, y no paraba de llorar, tanto lloraba que al haberse cumplido una eternidad, sus ojos comenzaron a secarse y a consumirse paulatinamente conjugándose con su fría mirada al vacío. Todos los estupefactos invitados, ya no estaban, se habían desvanecido, mimetizándose muy lentamente con el maldito aire purulento de aquella casa. Sólo quedó el pequeño Ian, creciendo acompañado por su desgarrador llanto que carecía de lágrimas por sus terroríficos ojos secos. Solo se quedó el pequeño Ian, con el vago recuerdo de una madre y un padre que la región del subconsciente le arrojaba por la inanición que en él se estacionaba. Sólo su mente se atrevía a indagar a duras penas, los alrededores de su habitación. Ya nada el mundo le podía ofrecer, ni siquiera un sueño, el cual cumplir. Sus fieles acompañantes, el dolor, la soledad, y la crisis de ausencia, no lo soltaban de este terrible lazo. No supo más, hasta que, lo que en un principio se creía felicidad, se transformó en la enemiga complejidad de la vida.

Texto agregado el 09-05-2004, y leído por 206 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
21-09-2005 hermosamente delineado, me gusta como lo narras te dejo un beso y ***** lagunita
 
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