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La balsa está casi lista. De carga sólo llevo unas cuantas varillas que servirán de leña y tres racimos de plátano. Presiento que es mucha carga para la balsa. No me importa: tengo que estar en Juanjui antes de las siete de la noche. Cuatro horas de viaje por un río que empieza a crecer. El Huallaga tiembla cuando crece. Sonrío al recordar a Juanita. Ni siquiera se ha despedido de mí. Palmir fue la encargada de entregarme la nota: "...te espero en Juanjui, a las siete, detrás del aserradero de los Mory..." No estaba dentro de mis planes regresar a Juanjui, no tenía una sola topa con qué hacer mi balsa. Sinvergüenza la Juanita. Necesitaba por lo menos de cinco palos de topa para hacer mi balsa. ¡Pero si habíamos quedado en vernos, como a las once de la mañana, por ahí, por su huerto, cogiendo limones, jugando a darnos besos largos, con los ojos abiertos...!
Pero Juanita se largó a Juanjui, en un bote tocachino, dizque, según Palmir, llamada por el Inspector. ¡Vaya uno a saber la sorpresa que le depara la vida!. Nosotros que hacíamos planes para salir del pueblo e irnos a estudiar lejos, sin oír comentarios, ni soportar miradas que hacían reír a Juanita; y ahora que la llaman, seguramente para cubrir alguna licencia de profesora.
Dijo, Palmir, que no había tenido tiempo de avisarme porque el bote la dejaba y que mejor era escribir una nota a la ligera, con su letra grande, avisándome de su partida. Yo estaba durmiendo, soñando que llegaban las once de la mañana y me encontraba con ella, persiguiéndola por nuestro caminito, llegando hasta la pequeña catarata, haciéndola repetir palabritas que me gustaba oír, cerca a mis oídos, cuando tocaron la puerta, dejándome la nota.
No quiero regresar a Juanjui para no tener que estar oyendo los resondrones de la abuela por mis largas ausencias, perdiéndome por el pueblo de Juanita, durmiendo en la vieja casa de mi tía María, como si fuera un vagabundo, bajo pretexto de traer provisiones para la casa. La abuela no ve con buenos ojos a Juanita. No le gusta que camine como camina ella, moviendo la cadera de un lado para otro como a mí me gusta, ni que esté riéndose como una loca, escandalizando la cuadra, llamando mi atención y contagiándome su alegría.
Juanita me cae bien desde hace mucho tiempo, desde que el profesor Hernán se tomara la molestia de juntarnos para las actividades de fin de año. Al principio no nos dijimos nada: sonrisas por acá, sonrisas por allá. La timidez de cada uno era una buena barrera para conversar. Pero me caía bien y yo a ella. Tiempo después, cuando habíamos crecido un poco, ya nos juntábamos solitos, en el campo de fútbol, viendo correr a los viejos tras una pelota.
Ella gustaba de montar a caballo, y yo, fregado, me aparecía con el potrillo recién domado, y ella, riendo, decía, qué valiente. Era la época que vivíamos río arriba, en el pueblo de Juanita, y la abuela no quería vivir en Juanjui hasta que el abuelo se decidiera. Hasta que el abuelo se murió. Y nos largamos a vivir a Juanjui. Estando lejos me di cuenta que extrañaba a Juanita. La extrañaba cada tarde que salía hacia el puerto y veía recoger agua a las muchachas... Entonces, fui creciendo con la idea de regresar al pueblo de Juanita, cada semana, aunque sus hermanas se enojaran y me mostraran los puños cerrados. Así fue. Mi pretexto: visitar a mi tía María. Fueron tantos años que pasamos juntos.
La balsa está a pedir de boca: ¡Excelente! Debo correr a su encuentro. Cuatro palos de topa hacen mi balsa. la amarra está reforzada con una pretina. Después que Palmir me diera el recado maldije un poco mi mala suerte. Nadie se burla de mí, dije, para mis adentros. Juanita volvería al día siguiente, tempranito, antes que llegara a salir el sol. Pero, continuaba la nota "... si puedes venir a Juanjui y encontrarte conmigo a las siete, por el aserradero, de repente me quedo unos días más...". ¿Cómo no voy a preparar mi balsa y encontrarme puntual con ella, a las siete, si sabe cómo desarmarme?
El río está creciendo. Estará lloviendo en algún lugar de la selva. De todas maneras serán como cuatro horas de viaje. Las dos de la tarde. Tengo apenas media hora para partir, de lo contrario no llegaré a tiempo. Las lavanderas sonríen al verme trabajar de prisa, como si el viento estuviera agitando mis brazos y piernas.
La hora de partir. ¡Ahí voy Juanita!
Me doy cuenta que apenas subo a la balsa, ésta se hunde, dejando la mitad de mi cuerpo dentro del agua. Algunos maderos de leña amenazan con esparcirse. He calculado mal. De todas maneras ya estoy en camino y no hay forma de echarse atrás. El río empieza a arrastrarme hacia el primer malpaso. Juanita me espera cerca al aserradero de los Mory. Todo lo que uno hace por el amor. El amor de adolescente es una gran tontería. Mi abuela es la única que tiene la cabeza en su sitio, porque ya pasó por todo esto de la tontería.
¡Vaya uno a saber las tonterías que conversaría con el abuelo!
Y allá voy. Estoy aquí en medio del río, tratando de remar para no quedarme aprisionado en el primer malpaso. Las cosas están resultando de lo mejor. Estas dificultades son pan comido para mí. Desde la primera vez que navegué en compañía de tío Atilio, el río Huallaga me ha parecido un río suave, aunque a decir verdad, cuando crece, el ruido que hace al pasar por el pueblo, nos estremece, y cuando nos despierta de madrugada, el agua llegando a nuestros pies, y la abuela renegando contra el maldito río, viendo cómo nuestras cosas se van esparciendo por ahí, uno cree que ha llegado el fin de mundo. Pero yo, siempre valiente, nunca le temí. Tampoco me ha hecho jugadas. Ahora voy al encuentro de Juanita, estoy dispuesto a todo, a jugármelo entero en los malpasos, a soportar los regaños que la abuela me va a decir, tratando de impedir mi regreso, mañana por la mañana, acompañando a Juanita, diciendo, vago, eso nomás ya falta, que te parezcas a tu padre, un mujeriego, preñando mujeres de pueblo en pueblo. Lo que no entiende la abuela es que Juanita no quiere preñarse todavía... ¡Ay, Juanita!
Llevo una hora sobre la balsa. Unas lavanderas me agitan la mano, esperando mi saludo. Trato de pararme sobre la balsa pero su fragilidad me lo impide. Les hago ver mi remo. Estoy bogando despacio. Un bote pasa cerca a mi balsa haciéndome rebotar sobre el agua. Siento que los peces se entusiasman con mis dedos sumergidos. Juanita estará arreglando sus cosas y esperando el momento para encontrarse conmigo. Ella es una tentación para recorrer 27 kilómetros que separan Juanjui de su pueblo. ¿Creerá cuando le hablo de perdernos por ahí, lejos de su madre y sus hermanas, y hacer familia, preñándola dos veces, tres veces, muchas veces, teniendo hijos en cantidad, y yo, viéndoles correr junto a los perros? No creo. A mí me entusiasma la idea, pero, uno dice las cosas sin pensar cuando hay un beso de por medio. No se da cuenta que apenas se está soltando del brazo de mamá.
El sol está empezando a ocultarse y unas aves cruzan el río de orilla a orilla. Me doy una zambullida con la única intención de sentirme ágil. Tío Atilio me ha dicho que no es gran idea zambullirse cuando se tiene los pies sumergidos en el agua por tanto tiempo, por eso de los calambres. Pero, con la emoción no tengo lugar para calambres.
Otro bote rosa mi balsa; el motorista me grita que tenga cuidado con los chocaderos. Le contesto que soy el rey del Huallaga. Se ríe. Me tiendo sobre el remo. La balsa se va sola. Algunos trechos son lentos. Deben ser más de las cinco. A ratos mis ojos ven perderse el sol detrás de los árboles grandes que porfían alargarse más.
¿Quién me mandaría enamorarme de Juanita? Sus trenzas golpean mi rostro haciéndose la desforzada, negándome un beso. Sus trenzas son negras como su piel. Es una negrita ribereña que no cae bien a la abuela, a pesar que ella, bien delicadita, le habla con una vocecita que apenas se deja oír. "Además, dice la abuela, si se ríe contigo, se ríe con todo el mundo", bonita filosofía la de la abuela. Ella no la quiere y no hay nada que la haga cambiar de opinión. Es de la idea que nosotros salgamos del pueblo para no tener que acostumbrarnos a ella y quedarnos estancados como se quedó el abuelo y mi padre, que nunca llegaron a pisar otro pueblo que no fuera Juanjui. Por eso no ve con buenos ojos a mi Juanita, porque piensa que terminaré atado a sus faldas, a su cintura, a su cuerpo. Pero, por el momento no me importa. Estoy dispuesto a soportar sus regaños. De mi madre no me preocupo. Ella trabaja lejos y apenas se hace notar. Un día Juanita me dijo que yo era tal como ella había soñado alguna vez: Un loco. Las locuras que cometería contigo, Juanita.
¡Zas...! He caído al agua. Estoy asustado. Creo que por el cansancio me quedé dormido un momento. ¡Dios mío! Fue el paso de otro bote el que agitó mi balsa. ¿Tantos botes pasan a esta hora? Llegarán de noche al poblado. Estoy sintiendo un poco de frío. La abuela debe estar preocupada por mí. Sé que me quiere mucho, aunque me comporte como un majadero. ¿Cómo puedo llegar a enojarla si es tan dulce conmigo? Claro que cuando sale con un leño tras de nosotros, sí que sabemos odiarla por un momento. Yo he soportado su enojo sobre mi trasero, tantas veces, especialmente cuando me escapo hacia el pueblo de Juanita. Pero, la abuela terminará por acostumbrarse.
Parece que va a llover. Las nubes blancas se están ocultando mientras que otras de color negras están apareciendo. No hay sol. Corre un ligero viento que me hace sentir frío. No sé con qué taparme. Aunque falta poco más de una hora para llegar. Apenas toque tierra dejaré la carga sobre el ramadón y corriendo iré al encuentro de Juanita. Mamá también se llama Juanita, lo mismo que la abuela, y yo no sé por qué no la miran con buenos ojos.
El primer malpaso está a la vista. Debo remar un poco para cruzarlo sin temor. Hay una enorme peña hacia donde son arrastrados las balsas y botes que no han tomado en consideración el peligro que representa. Debo confesar que me siento cansado. Tengo a mi derecha una isla con gran penetración en el río: la arena llega casi hasta el medio. El balsero debe tener cuidado para no encallar. Así que hay que remar pensándolo bien. Al lado izquierdo se forman remolinos que van a dar contra el peñasco. El río me arrastra hacia él. Debo bogar hacia la isla cuidando de no encallar. Sé que no voy a soportar algunos ajustones, aún así me esforzaré para no chocar. He olvidado por un momento a Juanita. Me preocupa el malpaso, y el que sigue. Mi balsa no responde. Me doy cuenta que el remo que tengo es demasiado angosto. Otras veces he sorteado este peligro sin ningún problema. ¿Serán los 20 leños o los racimos de plátano que hacen la balsa pesada? ¿O será que estoy cansado? ¡Mal presagio!: se acaba de romper mi remo, y la balsa ha empezado a desamarrarse. Mis dos piernas se abren tratando de unir los troncos de topa. No puedo hacer nada por la balsa. Los leños bajan en diferentes direcciones. Los racimos de plátano se hunden y vuelven a salir a flote, al compás de las olas. Pero, ahí está el remolino. Mis pies entran en esa enorme boca, oscura, que no tiene fin. Mis ojos, desesperados, se cierran. Me tiendo sobre la balsa, tratando de hacer equilibrio, y me aferro a uno de los troncos. La balsa, que ya no tiene nada de ello, rebota sobre el peñasco. No me suelto para nada. Tengo los remolinos que van sucediéndose, arrastrándome hacia el remolino mayor. Mi esfuerzo por ganar la orilla va disminuyendo a medida que la corriente del río me va arrastrando. Menos de 50 metros y estaré en el centro, sin tiempo de pensar en otra cosa que no sea salvar mi pellejo. Ahora me doy cuenta que debí hacer caso al observar la creciente del río. La espuma golpea mis ojos. Entra por mi boca. La abuela tenía razón. No hay nadie en la orilla. No puedo sumergirme porque lo único que haría sería facilitar mi ahogo. Mantengo los ojos bien abiertos a pesar que el agua está golpeándome con fuerza. La corriente me sigue arrastrando. Debo sortearlo y tratar de cogerme de la peña. Sé que salvando esta muyuna, la que sigue me tendrá horas dando vueltas, sin devolverme al centro, hasta que, cansado de tanto nadar, me deje hundir. ¡Ahí está! Tengo los dedos adoloridos de tanto coger el madero. El remolino se ha formado y trata de llevarme hacia el fondo, pero el madero regresa. Entonces giro como un trompo y siento que algo golpea mi cabeza. He chocado contra la peña. No siento dolor, pero algo caliente resbala por mi cuello. Vuelvo a caer en otro remolino. Inútil resulta nadar hacia la orilla. El remolino ha cogido mis piernas. El leño se hunde pero no la suelto. Empiezo a tragar agua. He abierto los ojos y el agua gira a mi alrededor. Parezco una marioneta. No sé cuanto tiempo me tendrá así. De pronto he pensado en mamá, mi padre muerto, la abuela, Juanita... Siento que el agua empieza a penetrar en mis pulmones. Tengo ganas de cerrar los ojos, mi mente ya no quiere pensar. Ya no vale la pena recordar... sí... no vale la pena... Pero, el madero vuelve a salir a la superficie. Respiro hondo. Mi mano tropieza con la peña. Me aferro. Mis dedos están rajados. El leño se escapa. Mi única alternativa. Si me suelto de la peña nadie sabrá de mi aventura. Me quedo unos segundos sintiendo la arremetida del remolino mientras tomo un poco de aire con los dedos prensados en la peña. No debo soltarme. Estoy pensando nuevamente en todos. He logrado cogerme de una raíz. Estoy sobre la peña. Me tiendo. Quisiera dormirme. El rey del Huallaga está derrotado. El palo de balsa ha caído en la muyuna. Ahí estará horas de horas. Sólo hay una forma de sortear este peligro: caminar por la vegetación que bordea el río, teniendo cuidado de no caer por el barranco, más o menos un kilómetro, y, luego, buscar un tronco, aferrarme a ella, y continuar nadando el trecho que falta llegar a Juanjui. No tengo ganas de nada. Voy a observar cómo languidece la tarde riendo un poco de mi mala suerte. No quiero que nadie me auxilie porque puedo caminar. Me duele la cabeza. No me interesa nada. Tenía razón la abuela cuando decía que podía acabar mal. De pronto un ligero zumbido, como de un bote acercándose, surcando el río. Sí... Ahí está, va a pasar por medio del río y ni cuenta se dará de mi presencia. ¿Irá al pueblo de Juanita? Ha empezado a oscurecer y apenas puedo distinguir a las personas que están en el bote. Estoy debajo de unos matorrales, cerca al peñasco y con la ropa hecha jirones. Los que me distingan, es un decir, pensarán que soy uno de esos nadadores que rescatan balsas atascadas. Agito las manos, pero nadie parece darse cuenta. Están pasando como si nada. Algunas caras me son familiares: don Artemio, doña Alejita, don Ildefonso, el joven Raúl; y esa graciosa blusita amarilla se parece a la que utiliza Juanita cuando va de viaje... ¡Un momento! Pero, si es mi Juanita, regresando... ¡Juaniiiiitaaaa...!, ¡Juaniiiitaaaa! No me oye. ¿Por qué está regresando? ¿Qué hago aquí, Dios mío, sentado sobre esta peña, esperando proseguir mi camino, si ya nadie me espera cerca al aserradero de los Mory? El bote se está alejando. Juanita ha cogido un poco de agua para estrellarlo sobre su rostro...

Texto agregado el 02-12-2008, y leído por 215 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
02-12-2008 preciosa historia de amor y locura adolcescente, hazle caso a tu abuela!!! ella sabe bien por vieja pero más por mujer. DIVINALUNA
 
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