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Llegaste esondida, como Cleopatra con César. Igualmente ingeniosa pero mil veces más exótica. Con tu cofia azul, minifalda blanca y delantal ceñido; sin nada debajo. Una hembra domada, a mi disposición, para montarla toda la noche y con la única condición de gozarla.

Te acercaste lentamente y me saludaste con innecesaria cortesía. Me llamaste "señor" como si nunca antes nos hubiéramos visto. Te seguí el juego al instante. Te dije que había ido para donar y pusiste una cara de falsa sorpresa, con un rubor bien practicado. Tu inocencia falsa me excitó, no te lo dije entonces porque no hacía falta; el traje no podía ocultar el órgano creciente que apuntaba hacia tu sexo.

Siguiendo el juego te pedí un poco de privacidad, respondiste con una mueca de decepción tan expresiva... Deseabas darme una mano. Viendo tu rostro atribulado me disculpé y te pedí ayuda; después de todo, como habíamos acordado, ese era tu trabajo.

Te dejé hacer. Con movimientos medidos, resultado de años de práctica constante, me bajaste el pantalón y los interiores. Tu falsa expresión de asombro hizo coro con la mía de falsa modestia, después de todo ese era mi trabajo; además no podía decepcionarte, habías querido darme una mano, tu mano.

Tu cuerpo detrás del mío, un puño delante y una palma atrás, tan mecánico y preciso que resultó infalible. Te anuncié que iba a terminar.

Disculparte diciendo que no había recipientes apropiados fue el pretexto para hacer tu guarrería favorita; tu boca se llenó a la par que yo me vaciaba y concluímos que esa muestra no iba a poder llegar a los análisis. Reímos jovialmente ante nuestra común gracia, el preludio de la labor verdadera de la noche.

Te pusiste de pie sin soltar mi hombría, yo me aferré a tus nalgas mientras me prevenías de la posible llegada de nuestro doctor imaginario; con la sonrisa en los labios te besé para callarte.

Fue una deliciosa eternidad la que duró aquel caos de lenguas calientes, pellizcos repentinos y masajes indecentes. Para cuando terminamos mi saco estaba en el suelo junto con mis pantalones, zapatos e interiores. -Un hombre nunca se ve tan vulnerable como cuando lleva solo calcetines puestos- Había insistido en no llevar camisa; disfruto de esa leve sensación rasposa del saco sobre mis pezones. La idea te fascinó. Tú seguias vestida, a fin de cuentas, nada me estorbaba en realidad. Te levanté la falda e hice a un lado el delantal. Iniciamos con el rito necesario.

Aún no se si fui yo quien se emplazó entre tus senos, al resguardo de tu mano, o si fue tu mano la que clavó mi boca en la hondonada de tu torso; sea como fuera lo disfrutamos igual. Gemiste con aire putesco a cada embestida de mi lengua en tus pezones caribeños; así como yo con tus apretones a mi falo. El momento había llegado. Te tomé con fuerza de los brazos y te separé de mi cuerpo, tu expresión de placer, terror y desconcierto fue de lo más adorable. Te cargué así como estabas y te arrojé a la cama con fuerza, tu única respuesta fue abrir las piernas para mi. Me tendí entre tus muslos lentamente, situé mi ariete a las puertas de tu sexo y empujé. No hubo asomo de resistencia, querías ser conquistada de abajo hacia arriba, de la vulva a la cabeza. No encontré problema en complacerte y continué mi expedición a tus entrañas.

Mil y una veces entré en ti y mil y una veces me aceptaste en tu sexo sediento. Un glorioso "crescendo" de frases groseras y salvajes, de gritos ahogados y de gemidos sordos nos envolvía. Arrancamos con el vuelo a las estrellas, primero tú, y luego yo fui a hacerte compañía.

Eyaculé abundantemente en tu interior encharcado por tus jugos y los míos, escurriendo por tu vagina. No me moví, no hablamos; dormimos así hasta la mañana siguiente. Supimos del alba por el despertador; el hotel tenía muy buenas cortinas.

Cuando nos levantamos ambos a la vez y fuimos juntos hacia el baño, hubo una grata atmósfera de intimidad cómplice; curiosamente tu soez liguero formaba un cuadro triste, como de puta en desgracia. Yo oriné mientras que tú te metías bajo la lluvia tibia de la regadera; no tardé en acompañarte. Un prolongado masaje nos relajó, los músculos entumidos se aliviaron y las palabras atoradas, las que guardábamos para el final, se vieron libres.

-Me encantó.
-Gracias.
-Lo mejor de la noche fue tu ropa, fue lo que más me excitó.
-A mi tus nalgas... Estás bastante nalgoncito.

La risa corrió libre por la habitación.

Salimos, nos secamos y vestimos. La mucama no iba a interrumpir, el letrero de "No molestar" había sido colgado la noche anterior por la misma caritativa mano que te había dejado detrás de esa puerta.

-No tarda en llegar.
-Lo se.
-Salgo yo primero y así nadie sospecha nada.
-Si, es mejor así.

Tocaron la puerta y me despedí de beso, no faltaba mas que una cosa por decir -Por lo del dinero no te preocupes, ahí te arreglas luego con mi cuate-. Se cerró la puerta a mis espaldas.

-Ton's qué "brother", ¿Te gustó tu regalo?
-¡Puta! No mames cabrón, estába buenísima...
-¡Oh! Psss... Ya ves, cuando el mono promete, cumple.
-A ver cuándo me consigues otra clienta así mano, imaginativa y todo. Quién diría, si se veía bien tranquilita en "la entrevista". Definitivamente eres mi representante favorito.
-Sale pues mano, yo te hablo cuando te busque otra almeja, digo, vieja; ahí me arreglo yo con la chavita para lo de tu comisión.

Salí por la puerta que daba hacia la calle y tomé un pesero. De camino hacia mi casa me quedaba un último pensamiento para mi amante reciente. "Quién diría...".

Texto agregado el 06-12-2008, y leído por 168 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
25-01-2009 Es muy bueno. Me encanta como escribes. lulilu
 
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