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Estaba todo oscuro, mis ojos habían terminado de podrirse, sin embargo, porque era propio, debía salir de la tumba que guardaba mi cuerpo esquelético de pelos desordenados y grietas donde alguna vez hubieron venas, tenía pellejo sin agua, luego de 90 años enclaustrada por el hecho de haber muerto, las fibras de mi enchuñecido (*) corazón recibieron el soplo de vida que a través de sus raíces un árbol inyectó, por la magia que se llama Dios, así del vientre del sepulcro pronto iría a nacer, poblaron canas en mi cabeza, los órganos retornaban lentamente a producir líquidos, así recobré una vaga vida, tal como aquel día en que morí, hasta el tumor causante de ello, se arraigó en mi barriga arrugada, desperté con el dolor de la agonía pero la naturaleza instintiva me arrojaba a emerger y dejar el lecho sepulcral.

La luna cómplice siniestra estaba esperando dar la primera luz a mis envejecidos ojos en el renacimiento, achacosa, vieja y sin rostro conocido, suspiré sin conciencia, tenía que saber que existencia soy, pero la razón enublecida me hizo creer que era uno mas de los tantos sueños que he tenido muerta; esta vez era diferente, al pie de un muro me senté, a lo lejos oí el lamento de un lobo, iba a amanecer y yo todavía estaba sin poder caminar.

Pronto el sol cubrió el cielo y a merced de su luz me tubo, me di cuenta que mi piel se iba quedando sin pecas, y mis músculos se tornaban fuertes, las horas pasaban posiblemente me encontraba sola, cuando mi curiosidad me hizo elevar la cabeza, ya no tenía el lomo encorvado, el dolor del tumor se hizo tenue, mientras mi cabello ya no tan cano, colgaba de mis hombros.

Otra noche me alcanzó, en la oscuridad podía ver que mi cuerpo rejuvenecía, las células en mi cerebro estaban hambrientas de conocimiento, sabía que no era animal, era yo, persona, mujer que experimentaba el renacer, el alivio de ya no estar muerta, los sentidos se agudizaron y me abracé con un emotivo encuentro, conmigo; aun no tenía recuerdos, pero añoraba saber, saber más.


Siendo humana, no tenía hambre, siendo humana, no tenía sed, avancé por todo el abandonado cementerio, ya iba a amanecer, lo sabía porque las aves trinaban, los arbustos acompañados de la aurora, sin saber nada, ¡Cuánto sabía!, otro día envolvió mi ser, me vi desprovista de vestimenta, no me importaba, mi cuerpo se izaba fuerte y sin dolencias, el césped se tendió a mis pies, verde como ningún verde, yo avanzaba a través de esa alfombra que se presentaba ante mi, al lado un río azul como ningún azul, y yo volteé a mirar el cementerio que dejaba atrás, pero no lo hallé mas, de seguro avance tanto que lo deje muy lejos.

Me entró un ímpetu por correr y lo hice, estaba huyendo al encuentro de la vida, mientras el viento acariciaba mi rostro, me di cuenta que lloraba, pero de felicidad, de una emoción tan intensa que todavía no comprendía, tenía interés por conocerme y me incliné al agua, allí la imagen que traslucía era un reflejo de una mujer joven casi niña, pero me reconocí, era yo.

Siempre lo supe, hasta antes de morir, que el día de la resurrección llegaría, confié tanto, que no tenía ninguna duda que mas allá, allí donde había un arco de árboles y flores el paraíso me esperaba, y corrí, corrí desesperadamente a su encuentro, la luminosidad era indescriptible, celeste como ningún celeste, y lo traspasé, tan pronto lo hice, caí desvanecida, mi corazón había encontrado una felicidad como ninguna, al despertar, seguía allí, no fue un sueño, y mis manos pequeñas fueron tomadas por las de Dios, el mismo que se presentaba ante mis ojos, lo abracé y sentí el alivio de su calor, ese amor verdadero, me habló con su voz tan limpia y me dijo: “ve a vivir eternamente” y me juntó con gran cantidad de niños como yo, de 8 años, mi inocencia había alcanzado su cúspide, no recordé mi vida pasada, olvidé los episodios después de renacer, mi pureza no permitió daño alguno en mi ser, sería de allí en adelante, definitivamente feliz, tal como Jesús lo prometió, y pasarán centurias, que no parecerán tales, porque de niños eternos estará habitado el paraíso.

(*) papa envejecida, reducida de seca.

Texto agregado el 18-12-2008, y leído por 162 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
23-06-2010 Siempre el niño dentro nuestro está, pero algunas veces olvidamos que los niños no tienen ni disfrutan de la maldad y el ejemplo poético así lo demuestra, entonces digo, ¡Bendito los niños eternos!, muy lindo, mi voto 5* y un beso gordinflon
21-12-2009 Escribes muy bien sé te entiende bien, pero no se donde va tú cuento. siempre lo digo y lo repito, los cuentos y más los cortos tienen que decirnos algo y pronto. Un abrazo. kasiquenoquiero
18-12-2008 hola benevolas
18-12-2008 Maravilloso texto de esperanza para quien espera que la muerte no sea el fin de nuestra existencia. Muchas felicidades. ***** JAGOMEZ
 
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