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El misterio del tiempo es algo que siempre me ha apasionado, no en la forma como el hombre ha logrado seccionarlo tratando de dominarlo, estableciendo lapsos basados en los cuales podamos ubicarnos dentro de él, en su espacio, así inteligentemente ha sido capaz de acuerdo a eventos naturales de crear fórmulas de medidas, segundo a segundo, minuto a minuto, días, semanas, años etcétera, sino en su completa e indomable dimensión y forma de ser, con espacios infinitos. Entre el pasado y el futuro se extiende la línea divisoria del presente hacia cuyos extremos se prolongan ambos inconmensurablemente. Esa línea que en todo momento está activa, se mueve incansable hacia adelante generando el uno y dejándolo atrás el otro. Ese es un hecho que el hombre jamás podrá manejar ni menos dominar, lo que ha ocurrido, ocurrido está, y lo que tenga que suceder sucederá por más que tratemos de evitarlo.
El hombre anhela con viajar a través del tiempo, ha imaginado máquinas y sistemas que lo puedan transportar a sus complejos espacios, pero para eso se tendría que paralizar el tiempo, detener y dejar inactiva esa línea divisoria del presente, para que cuando regresemos podamos volver al mismo punto de partida y no llegar a lo que podría ser el pasado del tiempo en el que iniciamos el viaje, contando para ello el lapso o ciclo de vida que duró nuestro recorrido. No obstante si eso pudiera ocurrir, navegaríamos por espacios, en que toda forma ajena a nosotros tendría que estar paralizada.
El único método apropiado para transportarnos es a través de la mente, volviendo al pasado en nuestros recuerdos o yendo hacia el futuro en nuestros sueños. Éste último es el vehículo que yo utilizaré para desarrollar la aventura que se ha ideado en mi cabeza.
Una de las libertades más óptimas es el pensamiento, somos libres de pensar cuanto seamos capaces, nadie nos podrá negar ese derecho mientras tengamos uso de razón. De ahí a que lo que pensamos se pueda realizar o se materialice es otro cuento, no obstante todo hombre tiene derecho a los sueños y en su mente crea imágenes mientras da forma y espacio a lo que anhela y quiere soñar. Es por eso que me creo con derecho de hacer uso de esa libertad de pensar y recrear en mi mente el episodio que con gusto puedo transmitir a ustedes, en todo caso, cualquier hecho narrado aquí no significa una realidad más que en mi humilde imaginación.
A estas alturas de mi vida, transcurridas varias décadas de aciertos e infortunios, tratando de mantener los estándares impuestos por un complejo sistema social en que muchas veces se niegan derechos que en buena forma podrían ser legítimos, un tanto por amor y basado también en un principio de respeto y cordura he logrado mantenerme fiel física y materialmente, no obstante eso no quita que en mi libre expresión de soñar yo pueda imaginar y viajar hacia el futuro y en él tener el derecho de ser infiel al menos en el pensamiento. Sin embargo sé que permaneceré aquí, pero como el tiempo es complejo, podríamos asignar esa función que alguien inventó por ahí, cual es la de volver al futuro o recuerdos del futuro.

Ya habían transcurrido varios años a partir de este momento, no puedo precisarlo, tal vez un par de décadas más, y yo, tras perseverar en mis esfuerzos había logrado afianzar y estabilizar lo que siempre quise, tener el tiempo y el espacio para hacer lo que más me ha gustado hacer, escribir, escribir con propiedad y calidad, captando el interés de un público que en realidad valorizara mis obras.
Para ello, y en busca de tranquilidad logré adquirir un espacio físico que me permitiera desarrollar mis habilidades. En un lugar apartado, no sé dónde, lejos del mundanal ruido y de preocupaciones de la maza humana que se retuerce en un círculo que no le permite salida, levanté allí una hermosa casa, la casa de mis sueños, tal como la imaginé hoy día, tenía en ella un amplio salón o biblioteca que era mi lugar preferido, en ella pasaba horas y horas, me imagino que ahí gozaba de paz absoluta donde el tiempo sí se detenía en plenitud.
En verdad que mirando a través del amplio ventanal que se alzaba desde el piso hasta el techo y que daba hacia el poniente, por las tardes me parecía que estaba en otro planeta, uno más pequeño, puesto que desde ahí era como si la tierra tomara una curva más pronunciada, por lo que me daba la impresión de estar en la cima del mundo y donde todo lo ajeno a mi propiedad desaparecía en el espacio, en verdad me sentía más grande. Al caer la noche quedaba suspendido en el infinito, en medio de las estrellas y constelaciones, ellas estaban al alcance de mi mano, como la luna en el Polo Sur. En las noches de invierno, sin estrellas y sin luna, todo desaparecía en la oscuridad y ésta nos ocultaba incluso en el infinito, entonces una sensación inconmensurable de pequeñez nos invadía.
Ese ventanal era la puerta de entrada a otra dimensión, si bien me transportaba al espacio, también me ponía en contacto con la naturaleza más inmediata. Me gustaba observar al fondo los grandes árboles del parque, siempre verde, todo el tiempo con su música de viento que en invierno se desbandaba rugiendo hasta asustarme. Más cerca el césped, fresco, húmedo y brillante de sol donde jugaba mi pareja de hermosos mastines pastores alemanes que llegaban hasta la entrada moviendo sus frondosos rabos en señal de amistad, luego se alejaban brincando y retorciéndose, enseguida se detenían para revolcarse gustosos, y desde allí se quedaban observándome hacia la ventana que al estar abierta dejaba entrar el aroma natural de las flores regadas con generosidad lo que les permitía permanecer siempre frescas.
A mis anchas salía por las tardes a caminar bajo los árboles y jugaba con mis perros, me tendía en el pasto en el que muchas veces me dormía. En esos momentos yo era parte de la naturaleza, y ella me aceptaba no como gen humano, sino como algo mucho más propio que un hombre, como la naturaleza misma. Al quedarme dormido en mis sueños mi genética cambiaba y en realidad me transformaba en planta para integrarme al espacio del parque.
Como ya dije, allí el tiempo tomaba otra connotación, si bien se detenía y me esperaba, o avanzaba al ritmo que yo creía conveniente, es por eso que había prescindido de los horarios impuestos por tradición social, la hora de comida era cuando el apetito así lo exigía, se dormía cuando y hasta el sueño lo permitía, no existían inconvenientes ni apuros, es por eso, repito que ahí se gozaba de plena paz.

Esa noche de invierno, sin horario, en mi biblioteca me había quedado frente a mi computador escribiendo, iluminado sólo por el brillo del monitor que me permitía ver el teclado. La habitación templada por los leños ardiendo en la chimenea. El fuego llameaba victorioso, consumiendo el oxígeno, crujiendo y haciendo explotar partículas de madera mientras afuera se escuchaba el rumor de la lluvia con su eterno tintineo de gotas. El viento en el parque emitía su melodía abrumadora. Así se producía un contraste entre el calor de la habitación y el resguardo que su seguridad me daba, con el ambiente de desolación y desamparo que reinaba afuera, tras los cristales del ventanal cuyas cortinas permanecían abiertas; nunca las cerraba para mantener contacto con el exterior. Así se conjugaban dos mundos independientes, se fusionaba el fuego y el agua, ambos se fundían en un estrecho abrazo que penetraba en mi, como el espíritu que mi cuerpo contiene.
Ya lo dije, me había quedado hasta la madrugada escribiendo ambiciosamente para poder llegar a poner la palabra “FIN” en mi nueva novela. Froté mis manos, las llevé a mi barbilla en gesto de satisfacción y me quedé observando el monitor, repasando las frases que contenía su pantalla para convencerme que había dado un paso más en mis objetivos. Respiré hondo y cerré los ojos, en verdad no sentía sueño, pero varias horas frente al computador ideando pasajes imaginarios de mi novela me habían producido cansancio, necesitaba relajarme, no así dormir por lo que apagué el equipo, fui hasta la chimenea y agregué otro par de leños para avivar el fuego que gustoso aceptó mi propuesta y crepitando chispas alzó sus llamas ondulatorias. La habitación recobró la calidez que descuidadamente había perdido. Enseguida llegué hasta un sofá que se ubicaba frente y distante a la ventana unos cuantos pasos, junto a una mesita de donde cogí un cigarrillo y después de sentarme sobre el mullido cuero del diván comencé a fumar lentamente, aspirando y exhalando el humo que se paseaba por mi boca con un grato sabor a noche de invierno, porque afuera el ambiente era inclemente, pero igualmente tentador, tuve en un momento la intensión de asomarme al exterior y concluido mi cigarrillo, lo hice, entreabrí la ventana sólo un poco, como para asomar la mitad de mi cuerpo y me quedé allí parado frente a la oscuridad. La humedad despertó y renovó mis órganos tensos, fue como ingresar a una piscina helada, que te refresca hasta los huesos. Varias gotas de lluvia, fugaces se pegaron a mi rostro como mariposas claras, no las rechacé, por el contrario me produjeron una sensación de pureza que me lavaba el rostro de cualquier huella antigua, de esas que sin querer te deja la vida. Hubiera querido explorar esa profunda oscuridad, salir al patio y aventurarme en él bajo la lluvia, para lavarme completamente, no solo el rostro, gritar al viento vaciando todas mis energías y con ellas evacuar las tensiones que te agobian, pero no me atreví, el abismo era muy intenso. La penumbra exterior infundía un fuerte temor que no fui capaz de franquear.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo tras permanecer en el umbral de la ventana, luego al moverme, una ráfaga de viento entró por la abertura, recorrió la habitación. Le dejé transitar por ella y en unos instantes había renovado el aire viciado. Fue hasta los leños y revitalizó también su fuerza produciendo una luz amarillenta, iluminando el ambiente que a esa hora de la madrugada se encendió como en acto de magia. Cuando quiso ponerse atrevido y desordenar los papeles de mi escritorio, le cerré la ventana dejándole afuera, de esa forma atrapé una oleada de él que dejé cautiva en mi biblioteca, la que recorrí con placer. Sólo la iluminaba la llama de los leños ardiendo en la chimenea. En ese espacio nocturno se producían sombras y siluetas tétricas que se desenvolvían ante mis ojos, pero no les temí, sabía que estaba protegido, que era un ambiente al cual yo dominaba. Renovado el calor me senté una vez más en el sofá y volví a fumar, mientras lo hacía, los fantasmas de mis recuerdos circularon ante mis ojos, también los personajes de mis obras respetuosos actuaban para su creador.
Mi cuerpo se relajó completamente, mis músculos distendidos reposaron sobre el sofá. Me sentía extremadamente liviano. En esa actitud me quedé por mucho rato, sin contar el tiempo y de la misma forma como mi mente se fue aclarando, afuera el día comenzaba a despuntar. A hurtadillas un rayo de luz, muy tenue, se mojó deslizándose entre la lluvia y vino a tocar mi ventana. Con los primeros toques del amanecer, los cristales se transformaron en esa línea divisoria invisible que separa los tiempos, el pasado con el futuro, era el presente, y estaba allí, ante mis ojos. En verdad no sé si me dormí livianamente, son esos los instantes en que uno no distingue la realidad del sueño, tú quieres despertar y sientes que no estás dormido, tú quieres dormir y soñar y en realidad ya estás soñando, pero cuando la confusión es grata no importa, cualquier dimensión es lo mismo, en todo caso en ambas situaciones estás, para ti las dos son reales, existen en el tiempo y en el universo, son reales y habitaron tu mente en un preciso momento.
Inmutable y sin movimiento alguno mi vista no dimensionaba absolutamente nada, hasta que advertí un leve ruido a mis espaldas. Era la puerta que se entreabría en la pared del fondo. No me volví a mirar, pero intuí el movimiento de su hoja girando sobres sus goznes. Permanecí quieto. Nada se movió al interior de la habitación. La línea vertical del cristal de la ventana aislaba los dos mundos.
Mi pecho se agita, sentí su presencia dentro de la biblioteca. Imaginé su figura deslizándose delicadamente como un felino sobre el piso sin emitir ruido. Seguramente creyó que dormía. En verdad no sé si era así o no. Nada se oyó. En unos instantes sus manos tocaron mis hombros. Mi aliento apresura su marcha y me sobresalto. Cerré mis ojos cuando sus manos suaves comenzaron a masajear mi cuello y muevo la cabeza en lentos círculos que me despabilan.
Después bordeó el sofá y se situó entre la ventana y yo que permanecí sentado. Parada de frente a mí, a sólo unos dos pasos, descolgó su bata de levantar. En el momento que quedó desnuda, distinguí sólo su silueta que cortó los espacios y el tiempo. Mis sentidos se turbaron. El contorno de su frágil figura marcada como una aureola se hizo transparente en contra de la luz opaca del día que comenzada a aparecer. Solo eso se divisaba. Por unos segundos sus formas horadaron el telón de fondo translúcido, y tras esos segundos la vislumbre del fuego a intervalos fugaces me mostró su cuerpo haciendo que el mío explotara en llamas. Mis feromonas estallaron, no obstante el deseo que erupcionaba muy adentro de mis entrañas, me quedé indeciso, supe contenerme. Los impulsos eran inoportunos, nada debía quebrar esa quietud. Se acercó con leves movimientos y permaneció de pie junto a mí. Con ambas manos acarició mis cabellos y yo torcí el cuello hacia atrás a la vez que ella acercaba su rostro al mío y me besaba en la boca con un beso fresco como la lluvia de afuera, tierno y tibio como el ambiente interior. Un prolongado contacto nos unió, después, jadeante nos separamos y arrulló mi cabeza entre sus senos tiernos que se hinchaban y comprimían como su abdomen. Posé mis manos en su cintura que pareció quebrarse y se dejó acariciar plenamente. A partir de ese punto lentamente deslicé mis manos, primero sobre su espalda tersa, descendí hasta sus caderas y moldeé el contorno de sus glúteos. Mis manos se separaron y siguieron camino por detrás de sus piernas, queriendo penetrar bajo su piel hasta enlazar sus tobillos. El camino suave y tierno me regresa desde sus pies ascendiendo por sus rodillas y palpando el interior de sus muslos hasta tocar su pubis..., las yemas de mis dedos estaban ávidas y transmitían hasta mi cerebro cada detalle de su exclusiva intimidad. En realidad todos mis sentidos alcanzaban el máximo de su comprensión. Su cuerpo trémulo y febril me dejó sentir el olor limpio de su sexo, alcanzó mi nariz dilatando mis fosas nasales, y despertó en mí un ansia incontenible, que frenético con ese instinto natural y primitivo que todo hombre lleva dentro de si, no resistí la tentación que me llevó a saborear ese precioso aroma de mujer. En ese mismo instante, aparté mi rostro de su pecho y alcé mis manos, cada una para encerrar sus menudos senos. Sus pezones erectos marcaron un ápice en mis palmas, y después, como una ansiada fruta los llevé también hasta mi boca para disfrutar de ellos, como el recién nacido que sacia en su madre el hambre y la sed, como el hombre que renace a la vida, como la vida que renace en el hombre a través del instinto maternal que el gen humano nunca pierde.
No hubo siquiera una exclamación, ni una sola palabra. Todos nuestros sentidos estaban conectados, sobraban los detalles. Sólo el ritmo de nuestra agitada respiración nos instaba aún más al deseo de poseerse.
Después se arrojó en mis brazos y la acogí en ellos como algo sutil y en extremo delicado. En ese momento se escurrió la luz del día mostrándome el paisaje del exterior, y noté como mi mundo era convexo y la curva de la tierra en realidad más pronunciada que lo normal para otros, entonces con plenitud pude contemplar su admirarle anatomía, su desnudez deslumbrante. Mi mano izquierda apoyada en el brazo del sofá acogió su cabeza y estrujó sus cabellos negros y suaves como la seda. Formando un ángulo obtuso sus nalgas descansaron en mi falda a la vez que sus piernas delineadas y finas se alzaron hacia el techo de la habitación. Sus menudos y delgados pies, como punto final formaron dos puntas de lanza que herían mi sensibilidad y penetraban en mi inconsciencia dañándome de deseo. Ambos tremulábamos en la espera agónica.
La posé sobre el piso. Después recliné el diván y tras apurar mi desnudez en la cual ella cooperó ansiosamente, durante un rato le acaricié y besé completamente. Ella se dejó tocar y besar en cada uno de sus poros, no hubo ni un instante de rechazo en su entrega generosa y plena. Cada parte de su cuerpo me pertenecía y mientras afuera seguía lloviendo, el viento envidioso azotaba el agua contra los cristales que como lágrimas se pegaban a ellos para deslizarse hasta el piso. Era el momento de la fusión, donde se conjugaba una vez más el agua y el fuego, y así, como el herrero que a fuerza de fuego y agua templa y funde el hierro, le da forma y lo inmortaliza como preciosa obra de arte, así fui poseyéndola para mí, egoístamente ante ese amanecer. Con tranquilidad y quietud, sin exhalar un solo vocablo que para las acciones estaba de más, me abrazó y al momento que penetré en ella en un viaje del cual no se quiere retornar, a ambos se le hizo poco el aire y exhalamos un suspiro tan profundo que se opacó el viento que afuera rugía furioso. Con él extrajimos nuestros deseos más íntimos. Es ahí donde precisamente uno anhela que el tiempo se detenga, situarse en esa línea divisoria que se llama presente y estabilizarla...
Terminó de amanecer y los leños comenzaron agotarse, el fuego se extinguía, tanto en la chimenea como en nuestros cuerpos después del acto sublime, sin embargo ambos nos sentíamos renovados, en extremo relajados, y tras el relax viene el cansancio, así que después de recobrar las fuerzas, nos pusimos de pie. Parados y desnudos ante la ventana nos besamos y cogidos de la mano dimos vuelta la espalda al exterior para retirarnos a nuestro dormitorio donde sin apuro dejaríamos pasar el día.
Atrás había quedado el amanecer, la fuerza del tiempo que impone con precisión inalterable su normativa terminó por extinguir el fuego y el frío imperó en la habitación iluminada por la luz opaca del día lluvioso.

MARCHIGUE, 28 de Diciembre de 2003

Texto agregado el 15-05-2004, y leído por 280 visitantes. (0 votos)


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