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Leyendo aquella instancia que denominan La Mesa Redonda y atento a la eventual revocación de la sanción a la compañera Maravillas, sanción que deploramos en todos los términos posibles, me encontré leyendo en forma habitual dicha expresión de particulares visiones, como lo es la mesa que comento.

En el diario El Mercurio, de un viernes pasado, está esta reflexión que apunta, clasifica y da una percepción sobre los distinos matices que se perciben en esa Mesa y paso a trascribirla. Su autor don Agustín Esquella dice:


El paso del tiempo suele conducirnos a la indiferencia, al cinismo o a la indignación.

La indiferencia consiste en no interesarnos por nada, como si todo nos diera igual, encogiéndonos de hombros ante los acontecimientos públicos y los debates que éstos suscitan. El indiferente no se interesa por los problemas ni quiere tampoco formarse opinión ni inclinarse por alguna de las respuestas que surjan del debate sobre las diversas materias.
De ellos está saciada la Mesa Redonda

El cinismo consiste en tratar con sorna y distancia, como si no nos interesaran, asuntos que sí nos preocupan, pero ante los cuales nos parece más inteligente, cómodo o elegante situarnos por encima de ellos. El cínico considera que se desvaloriza a sí mismo si toma en serio cualquier debate público, y es por eso que se refugia en el sarcasmo, así como en la conciencia de su propia superioridad, aparentando distancia y frialdad.
Son escasos, y siempre nos deslumbran con su atroz inteligencia

La indignación, que no tiene que ver propiamente con la ira, sino con la intensidad y el furor, es hija de la capacidad de hacerse cargo de los problemas y de reaccionar frente a ellos. El que se indigna, todo lo contrario del indiferente, estima que los problemas públicos le empecen, y, a diferencia del cínico, se siente motivado a formarse opinión, a expresarla, a contrastarla apasionadamente con otras, y a movilizarse para que las cosas mejoren hasta donde sea posible.
Esa es Maravillas

Para valernos de la fórmula de Romain Rolland, el cínico es pesimista en cuanto a la razón (cree que las cosas irán mal) y el escéptico también en cuanto a la voluntad (no hace nada para mejorarlas). Mientras que quien se encuentra en estado de indignación, bien puede ser pesimista de la razón y optimista de la voluntad, es decir, considerar que lo más probable es que las cosas irán mal y, no obstante, mostrarse dispuesto a hacer lo que esté a su alcance para que vayan lo mejor posible.


Por su parte, el indiferente no alcanza a creer ni menos a hacer nada, y no le importa que las cosas resulten de una u otra manera. Cabe también una cuarta alternativa - la resignación-, que suele ser la de quien se cansó ya de indignarse.
No quiero caer en esta calificación y por lo mismo reclamo a Moebiux que levante la sanción con las respectivas advertencias a Maravillas

Aristóteles hizo la defensa de la indignación como virtud, relacionándola con el sentimiento de justicia.
No es mi intención asignarme ética aristotélica ni el estigma prominente de un virtuoso pero sí solicitar benevolente justicia, No está exento de grandeza quien actúa en virtud de la justicia

Aristóteles también afirma que la justa indignación es el punto medio entre la envidia, que se desconsuela al ver la felicidad ajena, y la alegría malévola, que se regocija con los males de otro.
Y espero que esta última no sea la alegría de quienes se solazan por el silencio que se le ha impuesto a Maravillas

La indignación es el dolor que se experimenta ante la fortuna de quienes no la merecen, aunque es también la pena que se padece al ver sufrir a alguien una desgracia no merecida.
Razón por lo cual, amigo Moebiux, me declaro altamente apenado

El envidioso es un ser pesaroso ante la prosperidad ajena, y el malévolo se considera feliz al comprobar el infortunio de los demás.
Entonces al leer habitualmente la Mesa Redonda, deduzco que de los tertulios no hay envidiosos ni malévolos o malévolas a lo más; molestos

En cambio, el hombre o mujer que se indigna en nombre de la justicia no se parece ni a uno ni a otro, y merece nuestra alabanza.

Con todo, la indignación no busca ni otorga superioridad moral sobre los demás, y tampoco se vale de los aspavientos que utilizan quienes aspiran a alguna recompensa por ella. Sí tiene que ver con la dulzura, si se entiende que ésta es un punto medio entre la pura dureza, que se irrita sin cesar, y la falsa serenidad del que no se atreve a mostrarse irritado por nada.

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.(Aristóteles)

Les pido reflexionar sobre estas verdades

Texto agregado el 09-02-2009, y leído por 585 visitantes. (38 votos)


Lectores Opinan
04-01-2012 Benhur, este escrito es muy profundo para empezar el 2012, creo que voy a quedarmelo de tarea para meditar en el el resto de la semana, de todas maneras: Feliz 2012. koinonia
19-02-2009 Usted BenHur es un caso atípico, distinto, tal vez lector impenitente del Manual del Caballero o de algo más antiguo que el Manual de Urbanidad y Buenas Maneras de un tal Carreño, tratando de hacer honor a esa célebre frase de Voltaire hecha para una época de revoluciones principales y no para estas mezquinas y miserables realidades que son los ajados espíritus de los cuenteros. El texto que ha publicado es un espejo, no me cabe duda, de todos los personajes que lo han visitado, donde ninguno quiere verse. Aparte de aquellas difusas palabras y respetuosos textos de los valientes que han escrito, no hay nada que refleje mejor la nada misma, que esa estrella solitaria puesta por los pávidos y pusilánimes miedosos incapaces de decir SU verdad. No la suya por supuesto. Sin embargo ha sido leído más que cualquier otro cuentero en tan corto período, lo que confirma que la loca cortesía que usted a cometido es una ceremonia, un ritual, y todos los rituales tienen algo de sagrado. Por eso vienen a usted. No se me ha pasado por alto que ha sido una trampa urdida para saber quién es quién aquí. Hago entonces las correspondientes venias con mi sombrero imaginario y me retiro muy despacio, para que este saludo majestuoso y de admiración que pretendo alcance el vuelo y la altura de su destinatario. Su seguro y atento servidor; Vendetta, Voilà. Vendetta
11-02-2009 Creo más en la muerte en vida, que en la vida después de la muerte, escribía André Green. Aquí, sin decir demasiado, se dice bastante y el lector (o el espectador), sigue obsesionado con esos miedos que han germinado en la pantalla de su pc, exorcizándoles, tirándoles de la manga, sugiriéndoles que quizás pudieran precipitarse sobre el mundo real. Y basta ese hilillo filosófico que has escrito para abrumarles ¿ por su profusión? Hoy, las miserias bullen a plena luz del día, Benhur. ¿Habrá que volver a la oscuridad de la noche para conjurar el maleficio de tanta domesticación que pulula entre los intersticios de la comodidad y la pasividad? No sé, amigo, pero la inconsistencia no tiene límites; eso es lo que descubro espantada, luego de leer esa logorrea impotente en algunos comentarios a esta reflexión, tan faltos de pensamientos, como de exceso de espacio para expresarlos. El error nunca está en decir demasiado, sino en no decir bastante. Siempre hay quien escribe para contar lo vivido, y quien escribe para convencerse de que está vivo, para salir de su aturdimiento, esa diferencia que separa lo íntimo de lo ínfimo. ¿Sólo un beso y cinco estrellas en este despliegue exorbitante de fuerza que cosecha tu pluma? No he podido resistirme Poeta, Benhur-BaronRojo, soy humana… maravillas
10-02-2009 Estoy de acuerdo. Pero "la mesa redonda" no me parece un lugar importante ni selecto ni nada por el estilo. guy
09-02-2009 ¿Y si la tal no es ejemplo de nada bueno?.. Yo votaría por que se le devolviera la voz. Mas, como el moderador ya se ha cansado de explicar once millones de veces, se trata de un caso de modos intolerables. Para acotar un argumento ideológico es innecesario azotar al interlocutor... AGRICOL
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