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Del otro lado del riachuelo, vivía Don Flavio.
Todos los vecinos saludaban a Don Flavio, y así mismo, todos los vecinos hablaban mal de él, cuando no podía escucharlos. Pasaba por el camino y saludaba a los niños barrigones que jugaban tierra o hacían dibujos en ella mientras orinaban. Saludaba a todos los vecinos con la misma cordialidad. Pero Don Flavio era víctima de un mal chisme que le habían inventado en la aldea. Se decía que cuando visitaba a los vecinos, siempre pedía un poquito de fuego para encender su cigarrillo, porque eso sí, Don Flavio era un fumador asiduo, de esos que no pueden vivir sin el cigarrillo en la boca. Las señoras, (cuando no estaba el señor) lo mandaban directo a la cocina, le pedían que tomara uno de los tizones, y que disculpara, si no fuese porque la criatura estaba amamantándose, ellas mismas se lo dieran. Se decía que cuando se encontraba en la cocina, prendía su cigarrillo con el tizón, pero de paso levantaba las tapas a las ollas de la comida para ver qué había de comer. Si había pollo, o cualquier cosa que pudiera sostener con la mano, quitaba la tapa con mucho cuidado, metía la mano en la olla y se llenaba los bolsillos del pantalón con los pedazos que hubiera en ella.
“Es un viejo sucio,” “Quién lo viera, tan humildito él,” “Un verdadero sin vergüenza,” decían los vecinos después que Don Flavio les daba la mano como despedida y su figura iba desapareciendo por la vereda. El mismo día que mamá había matado una gallina, vimos cómo iba Don Flavio subiendo por la vereda que llevaba a la casa. Ay Dios, dijo mamá casi entre dientes, mira que hoy hay caldo de gallina.
Llegó Don Flavio y me saludó después de saludar a mamá, se sentó en el corredor donde mamá bordaba una servilleta con dibujos de muchos colores. Hizo un comentario acerca del tiempo, algo así como “vaya, qué calor hace,” felicitó a mamá por la vista tan bonita que había desde el patio. También dijo que la casa se veía desde la suya, pero desde allá se veía más chica de lo que realmente era.
Sacó una bolsita con tabaco del bolsillo de su pantalón, y una tuza de maíz le salió como por arte de magia de la bolsita agujereada de la camisa, cortó la tuza con una navajita percudida con el color del tabaco, metió la navaja entre la bolsita, lo agitó cuidadoso y extrajo lo que cabía sobre la hoja de la misma. Lo depositó entre la tuza que aguardaba sobre su pierna y envolvió su "pata de chivo", no sin antes darle un lengüetazo a la orilla final de la tuza, para que ésta pegara y no se desenvolviera.
Pidió fuego. Mamá lo mandó a la cocina, a ir por uno de los tizones. Cuando iba por la puerta, mamá se levantó y yo me levanté tras ella, lo seguimos, pero cuando nos escuchó los pasos, se detuvo en la entrada de la cocina, hizo el amague de decir algo mientras mamá le decía: “Pase usted Don Flavio, esta es su casa, sin pena, sin vergüenza.”

Texto agregado el 14-02-2009, y leído por 240 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
09-03-2009 echale!! ese es el humor chapin paisa, adelante elotio
06-03-2009 muy bueno **** i_malu
16-02-2009 Se describe el personaje en forma impecable. Imagino su figura y la picardía que poseía. A veces las personas creen pasar desapercibidas******** Me gustó mucho Victoria 6236013
15-02-2009 Una buena historia donde la sinvergüencería produce ternura. un saludo sumriura
15-02-2009 Me gustó tu cuento!!! Felicidads y besitos. ***** MariBonita
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