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Todo comenzó el día en que a mi amigo Chon Li lo abandonó la novia. La mujer agarró sus maletas y sin despedirse se largó del cuartucho en donde vivían juntos. Se regresó a China. Estaba harta de tener un esposo que dedicaba el día a vender Shop sueys y arroz frito en un pequeño local.

Aquella tarde voy a su local a comer y me encuentro al Chon Li con cara de depresión. Me cuenta que la novia lo dejó, que por eso el mundo le sabe a mierda y que mañana quiere hacer también sus maletas y largarse. La noticia me desagradó. No es que fuera a extrañar a mi amigo, pero es el único chino que me da la comida gratis. Escucha, dije con voz calmada, lo que tienes que hacer es sacarte a esa mujer de la cabeza. Chong exclamó que era imposible, que esa mujer había dejado una huella muy profunda en su alma. Chino cursi. La desesperación ayudó a que recordara a otro amigo al que le llamamos Freud, por ser el psicólogo del barrio. Bueno, creo que solo cursó unos semestres en la facultad de psicología, pero eso es suficiente para que de consultas baratas y para aliviar la ira que la gente obtiene por el desempleo y la frustración diaria de ser un pobre comemierda. Logré convencer al chino para visitar a Freud; le dije que el tipo era especialista en corazones rotos y además, BARATO. Creo que le gustó más lo último.

Cerró el local y juntos caminamos hasta mi barrio. Es un lugar en donde las casas están pintadas con la patina de antaño y las calles recuerdan aún la última batalla de la revolución. Los jóvenes se paran en las esquinas con la esperanza de que el destino venga a buscarlos y los niños viven su día frente a la televisión hasta que los padres regresan del trabajo. Nos detuvimos frente a una puerta azul. Al lado colgaba un cartel con “Terapia a precio económico”. Entramos. Una salita con muebles rancios. Un viejito espera sentado en una silla. En otro cuarto alguien llora. Es mi nieta, nos dice el viejo, porque está haciendo la terapia del llanto. Se las recomiendo, yo también lloré hasta aceptar que la vida es un hecho que no podemos cambiar. Esperamos un rato. Me preocupa que los minutos pasen sin acción porque Chon Li comienza a ponerse nervioso. Mira su reloj varias veces en menos de un minuto y mueve el pie izquierdo como lo hacen los perros cuando terminan de cagar. Estos chinos, siempre en movimiento…Confusius quizás meditó todas sus ideas montado a caballo, a pleno galope.

Por fin se abre la puerta del consultorio. Bueno, en realidad parece ser la recámara de Freud, pero la cama está tendida y los pacientes se pueden acomodar bien ahí para descargar. El doctor sale con una mujer a su lado. La pobre solloza y se deja consolar con las palabras de Freud: “Tranquila, todo pasará… lo único que no podemos evitar es la muerte, y eso nos cuesta la vida… son cincuenta pesos, con descuento”. La mujer paga y sin despedirse sale con el abuelo. Cuando Freud me ve (el muy jodido siempre hace como que soy invisible y me descubre cuando le conviene) emboza una sonrisa de campeón. Hola Ignacio, tanto tiempo sin verte, ¿todo bien?, me dice, y yo le contesto que las cosas van como siempre; le cuento que mi amigo necesita una consulta porque anda con el corazón roto y que por eso quiere regresarse a su país. Freud escucha haciendo como que la historia le interesara, aunque seguro está pensando en lo que va a comer –quizás comida china- y cuando termino me dice, todo profesional, que lo que le sucede a Chon Li se arregla con una buena e intensiva terapia de llanto, y que por ser amigo mío sólo va a costar 50 pesos.

Da igual, yo no los pago. Miro a Chon Li para ver si está de acuerdo. No dice nada. Entra a la recámara de Freud, se acuesta en la cama y dice: estoy listo. El chino pide que me quede a su lado para ayudarlo si no llega a entender la terapia en castellano. La idea me parece idiota porque no sé cómo podría ayudarlo sin saber una palabra de chino, pero bueno, es el que me da de comer gratis y sus deseos son órdenes. Freud cierra las cortinas de la ventana, enciende un par de velas, se sienta al lado de Chon Li y con voz baja, casi sensual, comienza a decirle al chino que cierre los ojos, que se relaje, que sienta su peso primero en el colchón, después que lo trasmita al suelo, luego más profundo, más profundo, hasta el centro de la tierra. Silencio. Freud enciende un aparato y coloca música para meditar, creo que algo de Kenny G. Acerca sus labios muy cerca de la oreja de Chon Li, tan cerca que ya me parece una situación íntima. Le comienza a susurrar que la vida es un laberinto en el estamos perdidos y cuya única salida es la muerte, que estamos destinados a sufrir y la felicidad es un engaño, que las mujeres son egoístas, que el amor no existe, que el dinero no vale lo que creemos, que el trabajo es para los tontos, que la justicia es para los que la pueden pagar, que… El chino abre los ojos, fastidiado, mira al doctor y le dice que esa terapia del llanto no va a funcionar porque no ha llorado nunca, ni siquiera cuando las tropas rojas mataron a su madre y sus hermanos frente a él, ni cuando fue torturado sin piedad en los calabozos más tenebrosos, tan tenebrosos, que no los podría describir con palabras, ni siquiera una lágrima pudo derramar cuando logró escapar de China para descubrir que en este país las cosas andan peor, así que mucho menos iba a llorar con las putas palabritas dichas en voz baja al oído como si fuera una niñita que cree que llegar virgen al matrimonio es el mejor tesoro, y que por favor, el doctor debería lavarse el hocico antes de acercarse tanto a los pacientes… Carajo, quedé estupefacto; no creí que Chon Li pudiera echar tanta mierda en castellano, tan directa, y sin recato. Bueno, me rasqué la cabeza esperando a que Freud nos sacara de su consultorio a gritos, pero la universidad de la vida le enseñó más que los semestres que cursó en la facultad, así que con voz paciente le dijo al chino que se calmara, que el intento si ha funcionado porque ha descubierto la verdadera personalidad de su paciente y sabe ahora cuál terapia es realmente la indicada… la terapia de choque, de enfrentamiento con la realidad incondicional, el espejo que se esconde en lo más profundo de la subconsciencia… “Usted ha sufrido mucho y ese dolor se refleja como un latigazo que arde en el alma cuando surge cualquier problema o desdicha, en este caso es el despecho de amor lo que le obliga a determinar su vida como un náufrago que deriva en la alta mar”. El chino y yo nos quedamos asombrados con las palabras de Freud. Nos convenció. El doctor, aprovecha el asombro y le pide a Chon Li que se acueste de nuevo, que ha llegado la hora de la HIPNOSIS… una palabra que impone respeto. Sabemos que la situación es seria, y que va a costar más. Freud dice que cien pesos, pero que es una buena oferta porque ofrece un paquete con hipnosis completa, análisis de las ideas, reencuentro personal con el otro yo, sinopsis del alma y un plan de identificación y aceptación de los errores a medida del paciente. El chino y yo no entendimos mucho, pero me imagino que es como si comprara un Shop Suey con bebida y postre por el mismo precio. Esta vez el doctor saca un bolígrafo y ágil lo mueve frente a los ojos de Chon Li.

Guardo silencio y observo…

“Relájate, suéltate, déjate ir sin miedo, siente el peso de tus pies… ahora relaja tus tobillos, tus piernas están tranquilas, tus manos reposan cerradas, sin fuerza, tu estómago respira con calma, tus hombros caen, tu cabeza es ligera… observa esa luz que tienes frente a ti, esa luz tuya, imagínala como un pequeña luz, tranquilo, si, una pequeña luz que va creciendo poco a poco, más luz, esa luz te envuelve en su calor, un calor agradable, deja que suceda, relájate, si, mira que cómodo es ahora todo, esa luz te acurruca, siéntela… escucha con atención, vas a dejar que esa luz te absorba por completo, pero antes quiero que memorices esta recomendación: te vas a dejar guiar por mi voz allá a donde vas a ir, mi voz preguntará, tu contestarás, y cuando te ordene que cruces los brazos sobre el pecho, lo harás y despertarás inmediatamente… ahora deja que la luz te absorba.”

Casi me quedo dormido. Freud mueve la mano frente al rostro de Chong Li para comprobar su hipnosis. Listo, dice el doctor, puedo empezar a buscar la astilla que lastima…

- Chong Li, para demostrar que me escuchas quiero que levantes la mano derecha.

La mano del chino no se mueve. El doctor me mira desconcertado y repite la orden. Nada, ningún movimiento.

- Chong Li, si me escuchas quiero que digas SI…

Esperamos respuesta, pero igual, nada.

Después de varios intentos -de ordenarle que dijera SI, que moviera la cabeza, que abriera los ojos, que dijera cualquier cosa- se levanta Freud y me dice que necesita hacer una llamada. Por teléfono consulta a un profesor amigo suyo que a veces le ayuda en casos difíciles. Veo que Freud dice “ajá”, “¿de verdad?”, “no lo puedo creer”, “¿no hoy otra solución?”… Cuelga, me mira con ojos secos y me dice que la situación está de la cagada, que cometió un pequeño error y que intentará explicarme en pocas palabras… Ignacio, lo que pasa es que tu amigo es de China, y aunque habla muy bien el español, en lo más profundo de su ser la lengua materna es el chino. Chong Li ahora está en esas profundidades y todo sucede en su lengua, así que no me entiende nada. Si, escucha mi voz, pero no sabe qué le digo y por eso dudo que vaya a entender cuando le pida cuando cruce los brazos para que se despierte, mira: “Chong Li, cruza los brazos”… Nada.

¿Y ahora qué hacemos?, pregunto… ¿Qué hacemos? -me responde Freud, con ojos cínicos-, no es mi problema, es tu amigo, además, yo salgo perdiendo los cien pesos de la hipnosis, así que por favor, agarra al chino y váyanse de aquí antes de que vengan otros pacientes y me los asusten. En ese momento olvido las reglas y le doy un puñetazo a Freud. Le rompo la nariz. El doctor comienza a llorar y me pide que lo deje en paz. Yo le digo que deje la mariconería y que nos ayudemos a salir de esta como hombres. Busco en los bolsillos del chino y encuentro su billetera… repleta de dinero. Muy bien. Le doy a Freud doscientos pesos y le digo que regreso en la noche con una solución, que mientras tanto guarde a mi amigo.

Paseo por la calles. En la ciudad todo tiene el mismo color, da igual si se mira con alegría o con tristeza… ¿Qué hacer con Chong Li?, ¿en dónde voy a comer ahora?... Tengo una idea.

En la noche, ya muy tarde, salimos cargando el cuerpo de Chong Li como si estuviera borracho –idea del doctor-. En la calle Freud le dice al chino que eso le pasa por tomar mucho, que ahora debemos llevarlo a casa. Es una situación absurda, pero necesaria por si alguien nos observa, y siempre, SIEMPRE, alguien te observa en una ciudad. Lo sentamos en la parte trasera del Datsun modelo 75 de Freud, un auto que se cae a pedazos. Mientras acomodo a mi amigo descubro que de sus ojos salen un par de lágrimas. Me asusto. Oye, creo que Chong Li está llorando, le digo al doctor y el me contesta que no me preocupe, que es algo normal porque quizás se está confrontando con las verdades que traía escondidas en las profundidades del alma. Ya ves, me dijo, lo que no lograron hacerle con torturas lo hacen los miedos de su niñez. En el carro le digo a Freud que vaya a tal calle.

- Me llamo Francisco, o Pancho si te da la gana, pero deja de decirme Freud – dice el doctor, de repente.

- Pero todo te dicen Freud, por eso…

- Nadie me llama Freud. Tú eres el único hijo de puta que así me llama.

- Muy bien, Pancho, está claro.

Nos detuvimos frente a un restaurante chino. Pancho me preguntó que qué carajos queríamos en un restaurante chino, cerrado a estas horas. Le dije que es parte de mi plan.

- Escucha –comencé a explicarle-, mi amigo está bajo hipnosis pero no le falta nada, sólo que alguien le hable en su idioma. Hoy observé que este local lo maneja una familia china. Todos auténticos chinos. Mira, aquí tengo un letrero…


“Hola, me llamo Chong Li. No estoy borracho, ni desmayado, ni me siento mal. He sido hipnotizado. En donde estoy solo entiendo el chino. Por favor, que alguien me ordene lo siguiente en mi idioma: CHONG LI, CRUZA LOS BRAZOS Y DESPIERTA.
Espero estar bien cuando despierte, pero si no me acuerdo en donde vivo, llévenme por favor al restaurante Bolita China en la calle Independencia 1202. Gracias por su ayuda.”

Pancho no dijo nada. Sacamos al chino del auto –la acción más veloz en mi vida-, lo sentamos al lado de la puerta del restaurante y le colgamos el letrero en el cuello. Antes de subir al auto le dije a Chong Li que después pasaría a verlo y que comeríamos juntos para recordar esta historia de locos. Luego nos fuimos. Le dije a Pancho que me dejara en el centro, que quería irme a casa caminando. No me gusta caminar, pero me gusta menos que Freud se entere en donde vivo. Desconfía y acertarás, me decía el abuelo. Fue una despedida sin palabras. La amenaza en nuestros ojos expresaba suficiente. Carajo, es sorprendente que un día sin plan pueda terminar como empezó.

Unas semanas más tarde me animé a pasar por el restaurante de Chong Li. Estaba abierto. Lleno de curiosidad entré mirando de medio lado, con pasito culpable y manitas de arrepentido. Por más que busqué no encontré a mi amigo. Cuando llegó una china a atenderme la reconocí de inmediato: quizás una de las hijas de la familia del restaurante en donde dejamos a Chong Li. Pedí un bebida y observé. Todo normal. Lo único que faltaba era mi amigo. Entendí. Cosas de la gran ciudad. Al que se pone sentimental se lo come el monstruo y Chong Li era un chino romántico y cursi. Ni modos. Esté donde esté, o donde lo tenga la luz acogedora, estará mejor que aquí, oliendo a frito todo el día.

Salí del restaurante. El aire olía a mierda.

Texto agregado el 26-02-2009, y leído por 420 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
26-02-2009 Excelente de principio a fin. NeweN
 
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