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Hablando de la mentira I



“Cuando alguien señala la luna, el maestro mira la luna. El bobo mira el dedo". Máxima zen.


En uno de los foros de esta página (¿Por qué siento orgullo de ser comunista? sección Crítica) surgió una controversia, bastante usual, acerca del uso de una palabra. Ante las críticas y condenas al comunismo, quienes reconocen los crímenes de esos regímenes pero simpatizan con el marxismo, reclaman que el comunismo nunca ha existido. Quiero entender que quienes niegan que esos regimenes fueran comunismo se desmarcan de ellos, los desconocen y de alguna manera indirecta los condenan, que bueno. Pero, ¿por qué preocuparse tanto por el uso de la palabra "comunismo"? Obviamente porque llamar comunistas a esos regímenes “ensucia” el ideal del comunismo. En mi defensa digo que fueron ellos mismos quienes se hicieron llamar así, no es que a mí se me haya ocurrido relacionarlos con el marxismo-leninismo. Yo no tengo nada que objetar al ideal de una sociedad sin clases, donde reina la justicia y la igualdad, es solo que hay que poner al ideal en su lugar. Este proceder de quitarle el nombre a esos regímenes históricos confunde la relación que existe entre el conocimiento y las palabras, entre lo abstracto y lo concreto, de esto es de lo que trata el intento de ensayo aquí presente.

La confusión acerca de la relación entre las palabras y el conocimiento viene de algo que se ha venido a llamar esencialismo metodológico. El esencialismo metodológico consiste en querer deducir de las formulas definitorias datos y hechos acerca de la realidad. Popper lo rastrea hasta Platón con su teoría de las Ideas y formas, pero afirma que fue Aristóteles quien lo refinó y sentó las bases de la filosofía de los siguientes siglos. Y aunque la ciencia moderna ha progresado básicamente ignorando casi por completo el esencialismo, este no ha dejado de sentirse hasta nuestros días. De hecho creo que todos nos sentimos inclinados a creer en él, pero espero convencerlos de que es un error.

Examinemos el procedimiento del esencialismo metodológico. El esencialismo metodológico sostiene que todas las personas somos capaces de una intuición intelectual que nos hace captar la esencia de las cosas detrás de las apariencias (siempre engañosas). Platón creía que la esencia precede a la existencia, de tal modo que había un mundo místico y perfecto de ideas o formas originales de todas las cosas del que provienen todo lo que hay en este mundo. El pensaba que las cosas de este mundo eran imperfectas por no ajustarse a su Idea o forma primordial (que era siempre perfecta) y que el conocimiento absoluto (episteme) venía de “recordar” la Idea de la que provienen todas nuestras malas copias. Aristóteles le quitó el misticismo y admitió que las personas podemos conocer la esencia de la cosa, es decir aquello que hace que una cosa sea lo que es, pero que eso lo logramos solo después de muchas observaciones y discusión acerca de la definición correcta. La definición correcta logra lo que se conoce como isomorfismo que es conocimiento idéntico a la cosa, una verdad absoluta.

El esencialismo pregunta, ¿qué es un árbol? Y supone que podemos contestar con una definición tan precisa que nuestro conocimiento del árbol sea absoluto. Esta suposición trajo en la edad media el escolasticismo, una ingenua forma de pensar que cree que el conocimiento se produce en la discusión del significado verdadero de las palabras, de la lectura correcta de la Biblia o de cualquier otro texto. También del esencialismo se deriva el historicismo que alega que al descubrir la esencia de los hechos sociales se puede conocer su potencialidad latente, su destino y su sentido. El problema de creer que una definición puede capturar la esencia de la cosa es que se engaña acerca del modo en que funcionan el lenguaje. Ya en otro ensayo discutíamos acerca de la imposibilidad de acceder a la verdad absoluta a través del lenguaje, no hay episteme en el modo en que Platón y Aristóteles usaban la palabra. Las palabras son necesariamente imprecisas y las definiciones también, pues usamos palabras para definir otras palabras, de tal manera que una definición nos retrotrae a otras en un proceso sin fín.

Si el conocimiento pudiera venir de los significados de los términos nos bastaría un buen diccionario y saber leer para conocer las cosas sin salir nunca de nuestro cuarto, pero no es así. Necesitamos salir del cuarto para que las palabras que oímos cobren significado, necesitamos ver y escuchar como la gente cuenta historias y usa esas palabras para poder adquirirlas y usarlas nosotros, necesitamos vivir. “Un concepto es una idea con contenido empírico”, lamento no recordar quién lo dijo, pero tiene razón sin las experiencias que tenemos nunca logramos el conocimiento y las palabras solo son recipientes vacíos. No sabremos nunca lo que es una gramínea si no tenemos contacto con una, podemos leer que la Real Academia de la lengua define gramínea como “planta angiosperma monocotiledónea que tiene tallos cilíndricos, comúnmente huecos, interrumpidos de trecho en trecho por nudos llenos, hojas alternas que nacen de estos nudos y abrazan el tallo, flores muy sencillas, dispuestas en espigas o en panojas, y grano seco cubierto por las escamas de la flor”. El conocimiento se da en un proceso que rebasa el aspecto lingüístico y eso lo podemos constatar si les digo que las gramíneas son el arroz, el trigo y el bambú. Para quienes hemos tenido contacto con alguna de estas plantas el concepto “gramínea” se tiñe de contenido empírico, de imágenes, sabores, olores y tactos, es decir de vida.

Al uso esencialista de las definiciones la ciencia moderna le opone el uso nominalista de las definiciones. Preguntarse por la esencia de las cosas no es importante para la ciencia porque ha dejado de creer que se puede dar una respuesta precisa a eso y prefiere aumentar nuestra experiencia acerca de las cosas, para así describirlas de una manera más correcta o completa. La ciencia no cree poder deducir con certeza el destino o sentido de las cosas, las leyes predictivas en ciencia son generalizaciones empíricas no profecías. Muchos criticaran este aspecto de la ciencia, pero en realidad esa es su fortaleza, pues la ciencia no toma por cierto lo que solo se puede especular.

Para la ciencia las palabras son simples rótulos o etiquetas que se le dan a ciertas cosas y se utilizan para lograr la brevedad expositiva. En la ciencia los hechos y datos acerca de la realidad no dependen de las palabras que se escojan para referirnos a ella. Las definiciones en ciencia son una serie de descripciones jerarquizadas acerca de un objeto. La ciencia no deduce ningún argumento a partir de una definición, eso es así incluso si una definición ha llegado a ser convencionalmente aceptada.

Las palabras son el dedo no la luna. La trampa es creer basta nombrar o definir un objeto de una manera para dotarlo de las cualidades descritas o relacionadas con el nombre. Claro que un nombre puede afectar la percepción que los demás tienen del objeto, pero resulta que eso se llama mentir. Imaginemos que un gobierno dictatorial ha establecido un campo de concentración para sus opositores políticos y le ha llamado la “cabañita del amor”. El nombre podría engañar a algunos, pero no hará falta mucho tiempo para que cualquier persona con conocimiento tenga miedo de ir a la cabañita del amor. No es este un ejemplo tan exagerado, este tipo de mentira es bastante usual (recomiendo el libro que alguien por aquí me recomendó llamado “La Seducción de las palabras” de Alex Grijelmo). Otro ejemplo ahora el término de campo de concentración nos despierta una serie de imágenes e ideas nada bonitas, es un término con historia, pero los primeros que lo usaron quisieron ocultar la realidad tras palabras suaves, “solo los estamos concentrando”, eso seguro habrá tranquilizado a algunos.

La misma palabra democracia, que yo tanto aprecio, se puede prestar a descaradas mentiras y manipulaciones de este tipo. Pues eso de “gobierno del pueblo” es una falacia. Esa definición puede ocultar el hechos, por demás evidente, de que el pueblo no gobierna en ninguna parte. Que siempre ha habido una clase política a la que se le debe delegar por fuerza las funciones de gobierno. Así pues lo más honesto sería decir que cuando yo defiendo la democracia defiendo una serie de instituciones históricas puestas en práctica en varios países así autodenominados, pero que por ningún lado pueden asemejarse al “gobierno del pueblo”, un ideal muy bonito.

En realidad no debe tomarse demasiado en serio eso de las definiciones, no se puede evitar que nuestras palabras siempre resulten algo imprecisas. Las palabras solo se pueden aprender en el uso práctico, son recipientes que contienen vida, son mezclas de material histórico y cultural muy complejo. No es negando su imprecisión como superamos el problema, sino reconociéndolo explícitamente, redactando, leyendo, escuchando y hablando con cuidado, de tal forma que captemos todos los matices y acepciones que las palabras tienen. En una comunicación real cada palabra usada es una invitación a los demás a entenderla de la manera en que la usamos.

Volviendo al tema de inicio, claro que entiendo la diferencia entre el comunismo de los libros de Marx y el comunismo hecho realidad. Es la misma diferencia entre una hamburguesa y el dibujo de una hamburguesa. Pero quienes alegan que el comunismo verdadero es el de los libros y el falso el que “realmente existe” no se dan cuenta que muerden ansiosos una hamburguesa dibujada en un papel. Lo cual está bien, mientras no presumas que no hay hamburguesa más sabrosa y perfecta, perfecta claro que es, pues no existe.

Muchos filósofos y políticos son especialistas en darnos grandiosas “hamburguesas de papel”, por claridad y brevedad yo les invito a llamarlas ideologías. Las ideologías son sistemas cerrados, donde todo cabe, pero poco o nada cambia nunca y las cosas se “resuelven” con una maravillosa simplicidad... cómo lo hacen?, Se sustraen de las refutaciones. No necesariamente lo hacen con una actitud hostíl o cerrada a quienes quieran cuestionarlos, es mucho más sencillo y efectivo tejer las ideas de tal manera que los hechos sean irrelevantes para rechazarlos o aceptarlos. La “verdad” de ellas no está en su relación con los hechos si no que está en la forma en que se sostienen a sí mismas; su coherencia, su capacidad de emocionarnos y no hacer referencia a cuestiones concretas, sino "esenciales", "profundas", tan "profundas" que no se puede esperar obtener evidencias al respecto.

Tener ideales políticos que se proyectan hacia el futuro como los componentes de una posible sociedad justa es algo bueno. No hay nada de incorrecto en planear la casa en la que quieres vivir, pero es desquiciado mudarte a vivir a los planos y presumir que tu casa es la más bonita y acogedora de todo el vecindario.

No tengo ningún problema en ceder a quienes amablemente corrigen mi uso de la palabra “comunismo”, exigiendo que este se use únicamente en relación con bellos ideales y no con la historia del siglo XX. “Comunismo realmente existente”, “capitalismo de estado”, “pseudo socialismo de estado”, “cabañita del amor” COMO LE QUIERAN LLAMAR no importa; los comités centrales del partido único, la policía política, los “hombres fuertes”, los campos de “trabajo”, la planificación central de la economía, el control sobre la cultura, la prohibición de la disidencia política, la libertad de expresión y prensa STILLS SUCKS!!!!! Quienes desean no ver asociado al comunismo con los regímenes históricos así autodenominados, pues deberían tomar un camino distinto. No basta negarles el nombre "comunismo" y hacer como que la historia no ha pasado, sino que deben proponer un comunismo que no se parezca al comunismo.

Saludos a todas las chicas y chicos cool.

Texto agregado el 02-03-2009, y leído por 237 visitantes. (0 votos)


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