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Hoy la enfermera se esforzó en hacerme la vida difícil. Me ensartó no sé cuántas inyecciones y se llevó mi querida computadora portátil. Yo no sé nada de estas cosas de Internet y tampoco tengo tiempo para aprender cómo se manejan estos inventos de hombre blanco. A mi edad ya no estoy para rencores con nadie, además mi enfermedad es terminal. Ni modos, me tocaron dos tías feas en la adolescencia y saber en la vejez cuándo me viene a buscar la calaca. Prefiero verlo con humor ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Durante el día me doy mi vuelta por el hospital, con el suero en un brazo y el cigarro en el otro. Que no me chinguen con que el tabaco es dañino para la salud.

Uno de los pacientes, otro cabrón que parece que tampoco va a llegar a celebrar otra navidad, es un escritor retirado. Eso dice él, pero creo que me quiere agarrar de pendejo. Un ingeniero, un doctor, una secretaria, un astronauta, todos los que ejercen profesiones inventadas por la sociedad, pueden decir que se retiraron, pero un escritor, no. Un escritor sufre el mismo destino de los payasos, las putas, los músicos, los artistas: trabajan donde otros se divierten y no pueden dejar a un lado el hábito porque ellos son el hábito, son la historia a contar, son la cogida de un desconocido, son la risa de los niños, son la obra maestra. Se chingaron. No escogieron, fueron escogidos.

Este escritor es una verdadera lágrima. No puede aceptar que se va a morir. Yo le aconsejé que escriba sobre su dolor. Me respondió que su pluma está para escribir sobre cosas más loables que la muerte de un idiota como él. Eso es lo que llamo amor propio, carajo. Pobre pendejo, no ha comprendido que la vida es la única oportunidad que tenemos para mostrar nuestro show y después recoger las monedas agradecidas de los recuerdos, no más, ni menos, sólo eso. Hace unos días se murió otro loco. Pobre, le lloraba al pasado. Fue el típico idiota que utilizó el presente para preocuparse por el futuro y usó el pasado para distorsionar el presente. Chingada madre. Se murió con la esperanza de la eternidad. Que le pregunten a los gusanos qué opinan al respecto.

Esas tonterías se repiten por los siglos de los siglos.

Cuando era joven, sucedió algo que últimamente me da vueltas por la memoria. Yo tenía un tío, doctor, bien hijo de puta. Nunca se preocupó por los parientes. Una vez me sentí muy mal y por no ir al hospital fui a la casa de este tío. Me dio, de mala gana, unas pinches aspirinas de época de la canica que me provocaron un ataque alérgico en la calle y parecía el hombre mosca, todo lleno de ronchas. Ese era el calibre de mi tío. A su mujer la madreaba casi a diario y le era infiel. A los hijos, mis primos, los tiranizaba. Este señor se sentía omnipotente y así vivía. Sólo le preocupaba una cosa: la reencarnación de los muertos en el juicio final. El muy cabrón quería estar presente en la repartición de perdón y gloria eterna, como lo promete la iglesia. Bien hijo de la chingada pero lleno de fe y creyente total de los dogmas cristianos. Por eso dictó en su testamento que debía ser enterrado con misa, con novenario y de cuerpo completo. Nada de incineración ni destazo carnicero. Completito, para poder levantarse cuando Cristo pegara el grito. La familia firmó el acuerdo. La muerte le llegó a mi tío en un putero, con el pantalón en los tobillos, una botella de ron en la mano y la verga metida en una puta. Ataque al corazón. Mi tía recibió la llamada de la Madame y fue a recoger el cuerpo en ambulancia. En el hospital le preguntaron qué se hacía con el difunto. Ella dijo: incinérenlo. En un par de horas lo hicieron cenizas y le entregaron a mi tía un bote de metal dorado, con el hijo de la chingada dentro. Todos esperábamos en casa del difunto tío a que llegara su esposa con el cuerpo, en un ataúd y transportado en carroza fúnebre. Ya habíamos desayunado y la tía no llegaba. Un taxi paró frente al portón. La tía bajó. Pagó y se dirigió a nosotros. Buenos días, dijo, y se fue al baño. Cuando salió le preguntaron por el tío. Ella, “alarmada”, dijo que se le olvidó en el taxi. Al principio nadie entendió, pero poco a poco nos enteramos del asunto. Durante el día la radio anunció la pérdida del pomo para que lo escuchara, quizás, el chofer, porque mi tía no anotó el número del carro. Pinche tía, bien hecho.

Nadie reclamó que hayan metido al grill a mi tío. En silencio sabíamos que se lo merecía el muy cabrón.

Ahora espero que mi familia no tenga nada en contra mía, porque de lo contrario son capaces de mandarme donde el doctor loco que le mete plastilina por el culo a los muertos para exhibirlos en diferentes posiciones.

¿De qué está hecha el alma de un hombre?

No sé.

Sólo sé que estoy en este hospital, en donde las enfermeras me miran con pena. Nadie me visita. Fui un hombre bueno y pobre. Ustedes entienden.

Texto agregado el 08-03-2009, y leído por 127 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
16-12-2012 Divertida historia, que no oculta la amargura de la soledad en un hospital. remos
 
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