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Inicio / Cuenteros Locales / Lowenghard / Terror en las sombras II: dimensiones opuestas

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Logrando ocultar su rostro muy rápidamente, dio un grito espantoso y desgarrador, tratando de convencerse de lo que veía era simplemente doloroso, punzante, que dañaba tan profundamente su piel y horriblemente el interior de su cabeza, donde esas cosas abstractas dan vueltas y vueltas sin cesar. De un solo destello, Pablo quedó sin aliento, y sin su querido estar. Había caído muerto. Su piel se había chamuscado en un corto proceso en el que se contrajo toda hacia un punto, hasta desaparecer. Su cuerpo tendido en el suelo continuaba sufriendo los escarnios de aquella luz, y sintiendo que su mente se desgarraba cruelmente de aquel pedazo de mezcla de carne y huesos. De alguna manera inexplicable para él, empezó a escuchar su voz, a escuchar un triste y apasionado canto que hablaba palabras hirientes, proveniente de un lugar que no era precisamente sus cuerdas vocales. Estaba muerto, pero su voz de alguna parte provenía, de alguna manera sobrevivió a ese exilio actuado por su mente, y era con la más despiadada intención de hacerlo sufrir en aquel lugar.
Intentando sacar unas monedas de su bolsillo del ajustado y sucio jeans que llevaba puesto, se encontraba Pablo lanzando insultos a quien sabe dónde por no poder obtenerlas fácilmente. Las quería para comprar un par de cervezas y sentir su suave espuma embriagante, junto con el amargo sabor de un cigarrillo. Forcejeando con su bolsillo, su perro lo observaba fijamente, ladeando la cabeza constantemente, y gruñendo cada vez que Pablo decía una palabrota. Estaba a un solo instante de alcanzar una moneda cuando se rompió una uña, una uña larga y sucia que acusaba su pobre limpieza. Le dolió tanto que sacudió su mano y el dedo se lo llevó a su boca, y el perro se puso en guardia creyendo que Pablo luchaba contra Pablo, y que había que defenderlo a toda costa, por un contrato de fidelidad. El perro en un acto de furia que para él no era estúpido, se lanzó sobre la pierna de Pablo y le mordió con fuerza. Pablo chilló como una vieja, y comenzó a golpear al perro para quitárselo de encima. El perro no deseaba dejar de morder, y la sangre se dispuso a salir al encuentro de los ojos de Pablo. No atinó a otra cosa entre malas palabras y maldiciones a tomar una botella vacía de cerveza que había sobre su velador. La agarró por el cuello y la rompió por la mitad, quedando el filo de los vidrios al descubierto. Mientras el endemoniado perro seguía apretando más y más, Pablo le enterró los vidrios de su arma improvisada en plena cabeza, cortando piel y carne. Repitió este desenfrenado impulso unas siete veces, siendo macabro a la vista de los que pudieran haber estado allí. El perro cesó de ejercer fuerza sobre la pierna, pero quedó colgando de esta, como un gato que queda enganchado en una rama de árbol por andar haciendo peripecias saltarinas con traje de lana. El animal quedó sostenido de la pierna de Pablo, e inmediatamente cuando pablo soltó el arma bendita, le quitó los dientes de su dolorosa herida. Pablo, enrabiado, cogió la cabeza del animal y la estrelló contra el piso, y acto seguido, le dio un festival de patadas y pisoteadas, que solo le faltaban las velas y los ritmos de tambor para hacer una fiesta de brujería mezclada con las más absurdas creencias santeras. Pablo tomó un paño y lo ató alrededor de su herida, pues “ya veremos que hago con ella después”, decía. En un nuevo acto de rabia comenzó a saltar sobre la sangre del animal en señal de desprecio, y esta salpicaba por todas partes, dejando vestigios de una cruel matanza y post servicio de asesinato. En su locura estrepitosa, Pablo resbaló y cayó de bruces al suelo, golpeándose la cabeza; quedó inmóvil como el mismo perro muerto. Impregnado de las sucias y asquerosas cualidades imaginativas de la sangre canina, quedó tirado sobre el colorado líquido, que solo ofrecía impulsos de arcadas. Pablo quedó dormido sobre el suelo, con su ropa absorbiendo el fatal fluido del momento.
Pasó todo un día desde que pablo cayó como idiota al suelo, y despertó con un fuerte dolor de cabeza, como nunca antes lo había tenido. Su ropa estaba seca y tiesa, y de un horrible color rojo oscuro, que se mimetizaba con su color facial manchado también. Entre mareos y vómitos por el asqueroso y purulento aroma que llenaba la habitación, junto con el lindo panorama de color mural, tomó al cadáver de perro tieso por la patas y lo lanzó por la ventana hacia la calle. Se dio media vuelta simbolizando sus ánimos de olvidar aquella maldita experiencia, cuando de pronto oyó un intenso sonido de colisión entre carros. Dio vuelta otra vez y se encontró nuevamente con un paisaje que encajaba justo con las medidas del marco de la ventana y que le dieron más razones para no dejar de vomitar. El perro yacía en plena calle, todo reventado y con sus tripas esparcidas como cera sobre la calle. Un automóvil pasó sobre el desafortunado animal y le regaló una linda división corporal al cincuenta por ciento, y luego, desviándose de su carril, el conductor trató de comprender lo que había pasado, pero en su sorpresivo actuar, se estrelló fuertemente contra otro carro; los dos autos se habían besado. Hechos añicos quedaron las máquinas de transporte, dejando sin vida a sus respectivos conductores. Pablo sabía que la culpa de aquel accidente era única y exclusivamente de el, pero atribuía generosamente culpabilidad a su ex perro, y se daba internamente fuerzas descaradas para seguir mirando aquel santo paisaje, dando gritos de “¡¿Qué pasa?!”, para que la gente que observaba la tragedia ya cometida, no se lo culpara.
Dieciséis minutos después llegó la policía, y muchos carros más con sirenas chillonas y molestosas. Pablo seguía mirando por su ventana, y las personas no daban señal de su presencia. El día fue pasando y pasando, y la policía ya en el atardecer había logrado retirar todo vestigio de la cruel actividad, a excepción de la sangre que la había absorbido la tierra y pavimento como por un acuerdo mudo del silencio, y de la noche, que había gastado inversiones en ese espectáculo.
Pablo seguía parado frente a su ventana, y ya de noche, las polillas y otros insectos nocturnos entraban y se posaban sobre sus cosas. El frío empezó a saludar a Pablo, y a entablar conversaciones que él no quería hablar. En sus ojos se veía un fuerte resplandor, un brillo que no correspondía a la trascendencia del tiempo sobre los elementos. Mucha gente que pasaba en sus vehículos veía una casa rodante a oscuras con unos luceros en forma de ojos, estampados en la densa tiniebla, que no distinguía profundidades, y se comía todo vorazmente dejando a Pablo al descubierto por esos ojos que espantaba a la noche y mimetizaba todo, y se asustaban y creían haber visto lo que querían ver, y sus mentes no dejaban de trabajar en busca de una respuesta a ese corto vistazo y que no había tiempo de hacerlo otra vez para comprobar cualquier cosa.
Pablo en su mente contemplaba un fuerte brillo que saturaba la capacidad de sus receptores visuales, y aunque no había ninguna luz en el exterior, sus ojos sufrían por su estar estático en el tiempo, antecedido por una fuerte experiencia. Luego, como si el aire hubiera sufrido una succión proveniente de la ventana, ocultó su rostro rápidamente, desesperadamente, protegiéndolo de la cruel luz, que dañaba su existir aparente. Con gritos y llantos cayó al suelo y su piel se chamuscaba hasta desaparecer en un minúsculo punto del tamaño de la cabeza de un alfiler cortada en dos millones de partes. Su cuerpo sin piel sufría el destino malo de no estar bien, gradual y constantemente. Su mente, lentamente le dejaba viejos recuerdos y ya no le daba nuevos pensamientos. En un brusco intento de salir de su cabeza, un intenso dolor que lo sentía igual en todas partes de su cuerpo, sin distinciones de causa y lugar, cubrió por entero su profundidad o sus mecanismos que sujetaban su existir. Ya nada podía cambiar lo inédito que había pasado, o que está pasando sobre Pablo. La ventana comenzó a dar intermitentes cambios de colores, forma y dimensiones. Luego de escuchar su voz por última vez en infinitos lugares, no solo en su cabeza y oídos, y que provenían de dónde él no sabía, su masa ya había comenzado la sinfonía de desaparición en el cosmos, o su descomposición atómica en lo opuesto de la NADA, complementado por la transformación de la ventana que ya sus intermitentes danzas comenzaban a definirse. El final del proceso llegó a su fin, cuando ambas partes tocaron y terminaron la horrible polirítmia del dominio de la realidad valiéndose del poder mental de otros seres, y el poder de los sentimientos. Pablo ya no era, simplemente no era, más la ventana, sutílmente y en penumbras se había transformado en un cuadro pintado a mano, que colgado en la pared, el sitial de la vieja ventana, se quedó y gustó de la existencia inerte en un mundo nuevo para el.

Texto agregado el 21-05-2004, y leído por 268 visitantes. (0 votos)


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