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Don Braulio era un viejecito que vivía en mi casa, en un cuarto con puerta a la calle que alquilaba a mi padre por unos cuantos soles. Era sastre, y lo recuerdo mucho tomándome las medidas para el uniforme de colegio, todos los años, un mes antes de empezar las clases. Era un poco más alto que mi hermano y yo, pero no tanto como mi papá; un poco más moreno que nosotros; y tenía el cabello lleno de canas, desordenado y recio. Y casi no oía.

Había peleado en la guerra del cuarenta y uno, como artillero, y se había quedado casi totalmente sordo por el estruendo del mortero. Nosotros éramos muy chicos para saber de guerras en ese entonces, así que nunca nos contó sus historias. Pero sí a mi papá; tomando una copita de ron y fumando, hablaban largamente algunas noches. Lo sabíamos porque hasta nuestro cuarto llegaba la voz de mi papá, que casi gritaba para hacerse entender. Cuando no oíamos nada, era que estaban jugando ajedrez.

Él nos enseñó a jugar a mi hermano y a mí, porque mi papá no tenía paciencia. A media tarde, en un descuido de mi mamá, nos asomábamos a su puerta; él nos veía, y sonriendo, nos hacía la seña de entrar. Luego, dejaba de lado sus costuras, y limpiaba la mesita que le servía para hacer sus trazos, planchar y comer, poniendo todo sobre su cama. Sacaba, de un cajón de su cómoda, la caja con las fichas y el tablero de ajedrez, descolorido de tantos lances. Cuando las fichas estaban ordenadas, Don Braulio tomaba dos peones, uno blanco y otro negro, y los escondía tras de sí; mi hermano escogía primero, porque era mayor: si sacaba el blanco, él jugaba primero; sino, yo. Nunca sorteábamos las fichas blancas, porque esas eran siempre del viejo estratega; hasta que le ganáramos, según decía. Si teníamos suerte, podíamos jugar varias partidas antes de que mi mamá se diera cuenta de que no estábamos haciendo la tarea, y nos llevara a la casa de las orejas. Que yo recuerde, por esos tiempos, nunca le pudimos ganar.

Cuando mi hermano y yo ya tuvimos la edad para entender ciertas cosas, nos contó algo de su vida. Que tenía veinte años cuando lo levaron y lo mandaron al frente; que aprendió el oficio de sastre con un vecino suyo; que tenía una hermana; y que había tenido una novia, el amor de su vida. Recuerdo claramente la tarde en que sacó, de una Biblia que guardaba en su cómoda, un sobre antiquísimo, que nos mostró de lejos. Nos contó que era una carta de “ella”, que recibió poco antes de partir a la guerra. Cuando él regresó a su pueblo, ya no la encontró. Esa historia de un amor separado por una guerra, que yo luego vería plagiada en las novelas de Dumas, me impresionó profundamente.

Para cuando íbamos en la universidad, mi hermano y yo ya le ganábamos a don Braulio en el ajedrez; sobre todo porque en los centros federados (yo, en el de Mecánica; él, en el de Económicas), jugábamos mucho entre clases, o cuando no había clases, lo que en la Universidad de Trujillo era bastante frecuente. Los fines de semana, de sabado para domingo, y si no había una fiesta, mi hermano y yo la pasabamos encerrados en el cuartito de don Braulio, jugando hasta que salía el Sol, fumando y tomando, de rato en rato, una copita con el sastre. De esos tiempos me ha quedado la costumbre de jugar ajedrez parado, y con un cigarro en la mano. Al viejo artillero no le gustaba el papel de espectador de combates, aunque fueran sobre un tablero de ajedrez. Así que, mientras mi hermano y yo nos enfrascábamos en duelos épicos, tratando de desarticular la Defensa Petrov, que ya empezábamos a dominar por aquellos tiempos, el viejo enamorado sacaba su carta y la contemplaba en silencio, hasta que llegaba su turno de jugar, lo que a veces podía demorar una hora o más. En una ocasión, muy tarde ya, y perdida la discreción por el pisco y el cigarro, le preguntamos qué decía la carta. El viejo zorro era demasiado hábil para caer en la trampa: sonrió, y nos dijo que lo que estaba escrito en ella era sólo para él; y aún nos aseguró que ojo alguno, aparte de los suyos, se había posado en ella jamás. Y nosotros le creímos; y aún le concedimos más valor al buen viejo, por la fidelidad con la que defendía esa reliquia de su amor.

Mi hermano y yo ya no vivíamos en casa cuando don Braulio murió; su partida nos causó casi tanto dolor como la de mi padre. Como mi madre no podía hacerse cargo del entierro, y como no pudimos localizar a ningún pariente, mi hermano y yo nos encargamos de los trámites, y fuimos los únicos presentes en la sencilla ceremonia de inhumación. Un día antes, ordenando las cosas del buen viejo, habíamos encontrado su Biblia, y comprobamos que la carta estaba en su antiguo lugar. Sin embargo, ni mi hermano ni yo nos atrevimos a profanarla: la doblamos en dos, de tal forma que el nombre de la remitente quedara oculto, y la colocamos en un bolsillo del saco del viejo soldado, cerca de su corazón. En cambio, no supimos qué hacer con la Biblia; por lo pronto, quedó guardada en una caja, a la espera de que termináramos de embalar las demás cosas del cuartito.

Como a los dos días del sepelio, apareció la hermana de don Braulio. Era también una anciana, y el parecido con el viejo sastre era tan notorio, que no fue necesario que presentara pruebas de su parentesco. Trajo a unos hombres para llevarse las pocas cosas de su hermano, de las cuales la de más valor era su vieja máquina de coser, y las cargaron todas en una camioneta. Cuando ya estaba por partir, mi hermano y yo le entregamos la Biblia de don Braulio, sin mencionar la carta, ni lo que hicimos con ella. La anciana la tomó en sus manos, y con una expresión de perplejidad, hizo un comentario que ni mi hermano ni yo podremos olvidar jamás:

—Qué raro que tuviera una Biblia, Braulio no sabía leer…

Y luego de darnos las gracias por habernos hecho cargo del sepelio, se fue para siempre de nuestras vidas.

Texto agregado el 28-04-2009, y leído por 258 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
28-04-2009 El final de cierta forma se veía venir, pero no deja de ser bueno, el porqué requiere de alcohol y ahora no tengo. me gusto, eso es raro. madrobyo
28-04-2009 Bonito cuento. ohayoo
28-04-2009 Alberto me dejaste muda .Bellisimo cuento .Me transporte a esa pieza y la imagen de los tres se me presento.Gracias de verdad ***** shosha
 
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