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YA NO ES EL CUZCO LO QUE ERA

Uno de los más notables efectos que tuvo en mí mi visita al Cuzco, fue el producir una regresión al primitivo; o si quieren un concepto más políticamente correcto, una comunión más íntima con lo telúrico. Recorrer las calles de piedra, visitar los talleres de artesanía (a pesar de que están automatizados, e incluso algunos producen bajo ISO 9000), y curiosear en los mercados dominicales, me hizo sentir como innecesarias las comodidades modernas. Comparto la preocupación de los Antropólogos, Etnólogos y Sociólogos, que lamentan los efectos contaminantes que tienen el agua potable y la luz eléctrica, en la identidad cultural de los pueblos de la sierra. ¡Ah, para corruptor, el Progreso!

Efecto este de la regresión, por lo demás, compartido por todos los turistas, que invaden las plazas ataviados con chullos y ponchos, como indios nominales; los de verdad, se ríen de los atuendos coloridos de los toristas; e incluso los serranitos que vienen de los pueblitos más alejados del interior, ya han adoptado por vestimenta típica los jeans, la casaca, las zapatillas, y una gorrita con visera. Del Barcelona.

Y uno de los aspectos más notables de esa comunión, consistió en una vulnerabilidad a las supersticiones, y al mundo esotérico en general. Que se debía, en gran parte, a una bien planificada campaña de marketing, diseñada por compañías publicitarias extranjeras para conservar la mística de la ciudad y sugestionar a los visitantes. Apoyada, eso sí, en una sólida infraestructura logística: para los turistas, que diz que sienten la energía de los cerros cercanos ni bien pisan la ciudad (y que no es más que el soroche), existe toda una industria de la adivinación y el agüero. Los indios ya no toman en serio esas cosas: por ejemplo, ya no se fían del Sol y las estrellas para conocer el inicio de la estación propicia para las siembras, sino que escuchan por la radio el boletín del clima; y los más tradicionalistas pueden adquirir donde cualquier brujo un kit de “pago” (como llaman los indios a la ofrenda que incineran en honor a la Madre Tierra), con instrucciones en varios idiomas, que más o menos dicen lo mismo: Cuidado, inflamable, maneje con precaución.

Así que decidí que no podía dejar el Cuzco sin haberme hecho leer la suerte. Y tomada la decisión, acudí en busca de una bruja.


LA BRUJA QUE NO SABÍA QUE YO VENDRÍA

(Parte 1)

Andando, andando, llegué a una tienda esotérica, de esas que venden pirámides, amuletos, collares de huayruros o de piedras mágicas, y ekekos (para el consumo local); en donde, con el pretexto de la Aromaterapia, estaban quemando incienso para disimular el olor picante de la marihuana. ¡Ah, caracas! Esta bruja, de haber una aquí, me dije, sí que vuela. Pero la chica que me atendió me dijo que la Bruja no estaba, pero que regresaría pronto. Malos tiempos para esta bruja, me dije, al ver las paredes de su tienda, llenas de ropa sport para vender: al parecer, la adivinación no dejaba buenos dividendos. Le dije a la chica que regresaría en un rato, y regresé a las calles en busca de otra bruja.


LA MALDICIÓN DE LA BRUJA VASCA

Caminando en busca de otra bruja, y orientándome con el olfato, pues ya sabía con qué hierbas entraban en contacto con el Más Allá, me topé inesperadamente con una adivina ambulante. Más bien, ella se topó conmigo: me tomó del brazo y me sacó del torrente de gentes que inundaba las calles, como se sacan a las truchas de río del río. En mi caso, magra pesca, digo ahora, para completar la metáfora; pero esto no viene al caso. En todo caso, me animó mucho el que esta bruja supiera que yo andaba en busca de una adivina, así que respondí que sí a su oferta de leerme la suerte en las líneas de la mano. Pero como el caminar de los transeúntes nos interrumpía, fuimos a una plaza, en busca de intimidad.

Sentados cómodamente en una gradita, tomó mi mano izquierda, y examinó el Nazca de mi palma. ¿Qué viste desde el aire: un mono, una araña, un colibrí? Nada tan espectacular: me dijo que era muy inteligente, que estaba muy triste, que iba a vivir muchos años, y que iba a alcanzar fortuna. O sea, lo que dicen siempre las brujas. Y ya que tú leíste mi mano, veamos qué pude leer yo en tu rostro.

Esa bruja estaba bien bruja. No era tan vieja, aunque ya algunas arrugas adornaban su rostro; el cual, originalmente blanco, se había quemado al sol de la sierra, inclemente con los extranjeros; su cabello pretendía pasar por rubio, y estaba mal arreglado, supongo que por falta de un coiffure de prestigio; sus ojos eran claros y cansados; sus dientes, amarillos y faltantes; y su acento español la delataba como oriunda de la Madre Patria. No sé por qué se me ha metido que era vasca, a pesar de que yo, a los vascos, sólo los he oído por televisión; pero, en esta oportunidad, voy a confiar en mi instinto: vasca me pareció, y vasca queda. El resto de su aspecto iba a la par: ropas viejas y sucias, y un pequeño bolso donde guardaba los implementos necesarios para sus nigromancias.

Le agradecí por sus augurios, y le pagué con dos soles. Cuando me disponía a partir, me preguntó si no querría un ritual para llamar a La Fortuna, para que venga más rápido. Como que dudé de que alguien con su aspecto tuviera tratos con La Fortuna, y vino a mi mente eso de que “en casa del herrero…” Pero, ya que no perdía nada; y como además, pudiera que La Fortuna la escuchara, ya que no invocaría su auxilio para ella misma; y como además, me había quedado picado, porque no me había dicho nada emocionante; accedí. Me pidió entonces un billete, el de mayor valor que tuviera en mi billetera. Para mi visita a las brujas, yo me había proveído anteladamente de dinero en un cajero automático, que en cuestiones de efectivo, suele ser más expeditivo que mi Señora Fortuna; porque sabía que las brujas suelen cobrar por adelantado: su ciencia no les da para saber por anticipado si sus clientes tienen con qué pagar. Pero, desconfiando de la efectividad del ritual, sólo le di un billete de veinte soles (de esos que llevan la efigie del Maestro Raúl Porras, y que dan, dicho sea de paso, una triste idea sobre cuán poco apreciamos los peruanos a los maestros); eso sí, nuevecito. Entonces, ella empezó su ceremonia.

Primero, arrugó el billete y lo encerró en su puño, para que no se escape. Luego, le echó una agua mágica de una botellita que sacó de su bolso, y empezó a salmodiar en vasco, mientras seguía retorciendo el billete, como si Raúl Porras la hubiera ofendido gravemente en alguna vida pasada. Yo seguía sus pases con curiosidad, aunque sin perder de vista su mano: la que tenía presos a mis veinte soles. Luego, me pidió que cerrara los ojos, y que repitiera un conjuro que me enseñó, y que se parecía mucho al tenor de una solicitud de crédito: supongo que era la forma usual para efectuar un retiro en el Banco de La Fortuna. Yo repetí la oración, sin cerrar del todo los ojos, lo que me permitió ver que ella, confiada en mi ceguera transitoria, cambiaba de puño el billete, y colocaba un papel de colores en su reemplazo. Sospechando una transferencia indebida, o una traición, o que quizás un malentendido la había llevado a confundirme a mí con su Señora Fortuna particular, le dije que renunciaba al rito, y que me devolviera mi billete.

Pero ella no parecía escuchar mis exigencias: seguía en trance, salmodiando con los dos puños bien cerrados, como si tuviera presa en ellos a la Señora Fortuna. Yo no me desesperé: le seguí exigiendo, con voz firme, la devolución de mi dinero, mientras trataba de rescatar, sin usar una fuerza excesiva, al Maestro de su cautiverio. Comprendí entonces cuál había sido el plan de la Bruja: mientras me mandaba a recitar con los ojos cerrados, como un poeta enamorado, ella iba a escamotearse mi billete, y me iba a presentar el papel desecho en su lugar, confiando en que yo creyera que, por virtud de su ceremonia y de la agua mágica, eso era lo que quedaba de mis veinte soles. Como vi que no había cuándo parara de salmodiar; como vi que teníamos forcejeo para rato, porque estaba muy fuerte para mí, y no soltaba prenda; y como la gente se empezaba a aglomerar a nuestro alrededor, lo que me producía mucha vergüenza; la amenacé con llamar a la Policía. Entonces, la Bruja se enojó.

Con el aderezo de una serie de lisuras, de las cuales no quiero acordarme, pero pronunciadas en correcto castellano —el vasco lo usaba sólo para la hechicería—, me dijo que si no terminaba el sortilegio, íbamos a ahuyentar a La Fortuna, y que no iba a regresar; me trató de tacaño y de miserable y de perro desconfiado; también de abusivo y mariconazo, que se metía con las mujeres; por último, y ante una nueva alusión, de mi parte, a la Policía, me tiró el billete —ahí está tu cochinada, me dijo, pero más verbosamente—, y me lanzó una maldición lapidaria: se te va a secar la pichula, y se te va a caer. Pronunciada la cual, se puso de pie, y en medio de las risas de los espectadores, desapareció, como por arte de magia. Yo, comprobé que el Maestro estaba en buen estado, a pesar del baño de florecimiento; lo guardé en mi billetera, y también desaparecí, entre el regocijo general de los espectadores.


LA BRUJA QUE NO SABÍA QUE YO VENDRÍA

(Parte 2)

¿Ya llegó la adivina?, le pregunté a la chica, de regreso en la tienda esotérica, tratando, eso sí, de mostrarme respetuoso: una maldición era suficiente para mí. Sí había regresado, pero volvió a salir, me dijo. Bueno, le contesté, dile que yo regreso más tarde. Y después de esconderme un rato, para que la gente no me fuera a reconocer, me eché de nuevo a nadar al río. Es decir, que salí de nuevo a la calle, en busca de una bruja.


EL FUTURO ESTÁ EN LAS HOJAS DE COCA

No es una apología a los cocaleros, ni una crítica a la lucha contra las drogas. Resulta que preguntándole a la chica de la tienda esotérica, mientras hacía tiempo, que con qué suertes leía la suerte la Bruja: si con las cartas o con el tarot o con los posos del café o del té, o si de la forma clásica, con bola de cristal; me dijo que con las hojas de coca. Lo que me pareció muy llamativo, por lo autóctono y ancestral; aunque con tanto cultivo alternativo, vaya uno a saber si quedaban hojas de coca para leer la suerte. Tal vez por eso, la Bruja leía la suerte con las hojas de marihuana, digo, por la escasez; pero ese es otro cuento, o más bien, esa Bruja era del cuento.

Así que, mientras regresaba la bruja, decidí buscar concienzudamente quién me tirara las hojas de coca. Lo que encontré en una tienda de artesanías; es decir, que encontré en esa tienda a una bruja cocalera, que no coquera: aquí, estas diferencias importan. Que informada de mi propósito, me dijo que la esperara un ratito, mientras preparaba su oráculo. Lo que hice con mucho gusto, entreteniéndome mientras tanto, en mirar las artesanías.

Ataviada con un poncho, y cargando una pequeña mesita, la Bruja regresó después de unos minutos. Tendría treinta años; era de piel cobriza, de facciones aindiadas, aunque suavizadas; tenía el pelo y los ojos negros; y era bajita y gordita. Colocó la mesita en un rincón, en donde, de un riel en ángulo recto atornillado al techo, colgaba una cortina; trajo dos banquitos, y me invitó a sentarme; hecho lo cual, corrió la cortina, aislando así un metro cuadrado de la tienda: era su consultorio.

Me preguntó cómo me llamaba; hechas las presentaciones, sacó un pañuelo doblado, y lo extendió sobre la mesa. Luego, de una alforjita que llevaba, tomó un puñado de hojas de coca, y las colocó sobre el pañuelo. Ante la vista de tantas hojas, yo me sentí como el Gusano de la Corrupción, a la vista de su cena predilecta. Entonces, ella soltó su rollo.

Que consistía en explicarme que el destino no está escrito en las hojas de coca, sino que ellas dan más bien una indicación o un consejo, y que uno es quien al final decide. Luego, me contó cómo interpretar las hojas: las hojas flaquitas son machitos, y las gorditas, hembritas; el anverso de la hoja es el positivo, y el reverso, el negativo: como quien dice, el problema de las hojas de coca tiene cara y cruz. Entonces, para cada pregunta, ella tiraría las hojas; y según en qué parte de su pañuelo cayeran, y cómo cayeran, y su forma, ella leería mi suerte. Y ahora que me fijaba, el pañuelo parecía un tablero de algún juego de mesa, y echar las hojas se parecía mucho a echar los dados. Bueno, ¿así que el Futuro es una timba? ¿Y la Vida, una tómbola ton-ton-tómbola ? Bah.

Una vez conocidas las reglas del juego, me dijo que le hiciera tres preguntas. Como yo estaba dudando si continuar mi viaje hacia la selva o hacia la costa, le pedí a la Bruja que me dé direcciones. Ella tiró sus hojas, y me describió el resultado: una flaquita cayó panza abajo, apuntando al este; y una gordita, panza arriba, apuntando al oeste. Yo la verdad desconfié mucho de que la Bruja pudiera orientarse sin brújula; pero ella tenía de su lado la experiencia, así que le creí. Su veredicto fue el siguiente: si iba a la selva, la suerte me sería propicia; si iba a la costa, también, sólo que menos; pero que, en cualquier caso, me iba a ir bien; y que al final, yo decidiera. ¿Entendieron qué dirección me recomendaban las hojas de coca? Yo tampoco.

Le pregunté luego si iba a tener familia. Echó nuevamente las hojas, y sobre todas las demás, cayó una gordita, panza arriba. Entonces, ella me dijo que sí, que sí tendría familia: una niña (porque la hoja era gordita), pero que habría una complicación (porque cayó panza arriba, del lado negativo). Podría ser que la pequeña llegara en un momento inoportuno, o que su mamá la utilizara para atraparme, porque ella —la Bruja— veía que yo era una persona valiosa, y que muchas mujeres me perseguían. Dicho lo cual, yo, que sé muy bien que no me persiguen las mujeres, me decanté por la opción de la llegada inoportuna, aunque no puedo imaginar, hasta ahora, bajo qué circunstancias podría ser inoportuna la llegada de una pequeña.

Ya perdida la confianza en la Bruja y sus hojas de coca, al punto de desear que se erradicaran definitivamente los cultivos de esa planta, engatusadora de incautos, le pregunté, más que todo por no ofenderla retirándome a media sesión, no fuera que me echara otra maldición, si iba a lograr concretar un proyecto que tenía en mente. Ella echó las hojas, y me dijo que sí, que sí iba a lograr lo que me proponía; aunque, dependiendo de lo que yo hiciera, podría tomar más o menos tiempo, pero que al final, sí; pero que, en todo caso, yo tenía que decidir. O sea, más de lo mismo. Le agradecí mucho, y le pagué; ella deshizo rápidamente su oráculo, guardó sus cosas, y sospecho que regresó a su ocupación anterior de atender en la tienda. Yo, decidí contrastar la información que había recibido, o más bien la desinformación, con la otra Bruja.


LA BRUJA QUE NO SABÍA QUE YO VENDRÍA

(Parte 3)
(Esto ya parece una canción de Pink Floyd )

¿Ya llegó la adivina?, le pregunté a la chica, de nuevo de regreso en la tienda esotérica, aunque ya sin la impaciencia de antes. Sí había regresado, pero volvió a salir de nuevo, me dijo. Bueno, le contesté, dile que yo regreso más tarde. Pero no regresé más: después de todo, ¿qué buena adivina iba a ser una bruja que no adivinaba a qué hora iba a llegar yo?


EPÍLOGO

Y así, decepcionado del mundo esotérico-telúrico, regresé a la civilización. Eso sí, las secuelas de mi regresión no han desaparecido, y ahora, no puedo evitar echar un guiño al horóscopo, en el periódico de los domingos.


Y ÚLTIMO

¡Oiga! ¿Y la mala palabra esa, se le secó? El pudor me impide responder a satisfacción esa interrogante; pero, por otra parte, ¿a qué tanta curiosidad, ah?

Texto agregado el 03-05-2009, y leído por 539 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
03-05-2009 Delicioso de leer tu texto. Verdaderamente sobresaliente. El viento frío de la sierra es un aliciente que aviva los leños de tu creatividad. 5* ZEPOL
03-05-2009 genial!!!!.Estupendop Alberto,quede atrapada por la narracion.Si queres pasa pòr mi tienda te adivino el futuro con la cascara de naranja(creo que esa aun no la invento nadie)jajaja Muy buen cuento gracias ******** shosha
 
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