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El viento soplaba fuerte, su capa negra reflejaba el desprecio que sentía; su gorra del mismo color lo identificaba en su hogar: el cementerio. Vivía allí desde que su novia murió, vivía con ella, lloraba con ella; dormía con ella en su antigua tumba; y recordaba siempre en cada momento que el ratero asecha, que juró venganza.
Aquel senador, llamado Hernán Santana, lo creía muerto y no sospecharía nada.
Ese líder, era su desgracia, quería matarlo, pero le resultaba casi imposible; solo podía esperar un descuido. Aquel infame la mató, él lo vio y no pudo hacer nada, todo por un reportaje verdadero y justo que le costaría el puesto.
Un día, en que hasta el rocío transmitía odio, Shio caminó con el objetivo de siempre y terminó frente al senador que daba un discurso en el parque; miró detenidamente el ambiente, estaba rodeado de gente y escoltas que al igual que él eran rudos, pero ello no lo detendría; pronto divisó un árbol que cubría al desgraciado del rocío, como si fuese tan importante para no merecer mojarse su cola de caballo.
Shio se acercó al árbol, pidió generosamente la hora a quien vigilaba, quien con desprecio lo ignoró, Shio lo acuchilló sutilmente dejándolo allí sentado, y trepó sigilosamente con la audacia de un gato, que preso de voluntad buscaba matar a su presa. Una hoja cayó en la cabeza del senador; no miró hacia arriba, una hojita no le interferiría. Shio se abalanzó al senador botándolo al suelo, agarró su cuello con la fuerza de su deseo y empuñó un pequeño rifle que amenazaba con dejarlo como tal basura callejera que era.
Toda la gente se estremeció, después de un gran bullicio ahora esperaban la decisión de Shio, ni los escoltas podían hacer nada… Alrededor de ellos las frías miradas los criticaban, el rocío se hacía más intenso y el ambiente se calentaba con los motores de las patrullas que llegaban.

- Tú mataste a Liz, solo por conseguir dinero y poder, ahora, aunque me cueste la vida no dejaré que lo disfrutes.
- Se lo merecía, quiso interferir en mis negocios, era una cualquiera que buscó malos clientes.

Shio apretó su cuello, se acercó a su rostro y sintiendo su vaho que se hacía más leve, le dijo en voz baja:

- Nos veremos mas tarde, no tardaré.

El rocío apaciguó su furia, y con los rayos del sol primaveral el senador murió ahorcado, dejando en el mundo de los vivos a Shio, que después con el rifle cumplió su promesa.

Texto agregado el 06-05-2009, y leído por 115 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
14-06-2009 muy bueno!!!!,siempre es un gusto llegar a tus cuentos,a mi me hacen viajar.Esta historia en particular me encanto ******* shosha
 
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