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Manucho, el soldadito de plástico, que acompañaba mis interminables siestas de la infancia, y que nunca supe cuando desapareció, volvió una tarde de agosto, lo ví bajar del médano hundiendo sus botas en la arena, con su roído uniforme de milico ultrajado por mis mordiscos, se lo veía cansado, luchando contra un implacable viento sucio de arenas errantes, con la bayoneta sobresaliendo en su hombro derecho, venía del oeste, de donde vienen las tormentas y hacia donde se fueron los antiguos, si, allí pasando las dunas desérticas, donde nace el caldenar salvaje, hay un mundo muy viejo, yo seguí una vez el camino de las carretas, que dejó profundos zanjones en la inhóspita soledad, y escuché la alerta de los chimangos,`pero el triángulo de alambres de púas es la frontera, allí, a unos metros, emana el agua entre las raíces muertas de un árbol que ya no está, último recurso de los caminantes.
Yo siempre supe que las loradas conocían el camino correcto, podía escucharlas por las mañanas, fueron las únicas que vi regresar, creo que nadie mas lo sabía; don Anastacio me contó una vez que él logró escapar, escondido en un ropero de una aristócrata que osó cruzar el desierto en carreta, en busca de su esposo perdido, el se arriesgó a escapar sopena de ser descubierto y terminar muerto en la laguna de allá afuera, como tantos otros, por eso se bajó antes, de noche por los pajonales, y anduvo buscando el camino por años, cuando logró encontrarlo había perdido la razón y entonces ya nadie le creyó la historia.
Algunos huidos de la ley encontraron refugó allí, a riesgo de encontrarse con gualichú, dueño y señor de estos confines, que según dicen era un indio al que el diablo le enseñó a preparar una pócima con el fruto del chañar, después de libarlo habló con los espíritus y recibió extraños poderes, según parece, gualichú no pudo dejar de embriagarse con su brebaje nunca mas; esto hizo que fuera echado de su comunidad por un caciquejo de los gnerr, entonces el alienado indio se internó en el monte no sin antes maldecir a sus hermanos y predecirles su desaparición a manos del huinca que sufría de hambre en la cabeza. Aquella mañana una estela de humo blanco se elevaría inclinándose hacia el norte, en clara señal para las otras tribus de que ese lugar ya no era seguro y había que emigrar.
Yo corrí hasta la frontera de alambres de púas arenas arriba, y allí esperé sentado, fue cuando manucho apareció de la nada, se dirigió despacio a las raíces retocidas del árbol del pasado, apoyó el remington en ellas y bebió largamente, después se paso la manga de su chaqueta por la boca, miró en rededor y alzó el fusil, pasó a mi lado sin verme y se internó nuevamente en el desierto, lo miré alejarse recortado en el sol sanguinoliento que moría en el oeste.-

Texto agregado el 10-05-2009, y leído por 102 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
14-12-2012 ¡me gusta¡ hay imaginación , imágenes , magia . golondrinadeinvierno
10-05-2009 Buena imaginación, en una dosis que satisface al lector. Bellas imágenes. Te felicito. peco
 
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