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Inicio / Cuenteros Locales / La_Columna / Juan Emar: un trampolín para la imaginación.- Por Loretopaz, en la columna de los lunes

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JUAN EMAR
un trampolín para la imaginación.



Son tantas las casualidades o coincidencias que me ligan a Juan Emar, que no sé muy bien por donde comenzar.

En primer lugar, decir que es un escritor chileno de comienzos del siglo pasado, mal comprendido en ese entonces, y que murió sin conocer el reconocimiento que alcanzaría su obra, que está recién terminando de ser editada en su totalidad.

Leí su libro de cuentos “Diez” cuando fue reeditado a principio de los años 70, durante el gobierno de Allende, tres años de enorme riqueza cultural, de desarrollo y también de rescate de obras pasadas al olvido, cuando la Editorial Quimantú publicaba la serie Minilibros, es decir un libro a bajo costo por semana y vendidos en kioskos, poniendo así la literatura mundial al alcance de todos. Leíamos entonces a Poe, Maupassant, Dostoyevsky, Horacio Quiroga, o Chéjov a medida que iban saliendo.

Si mal no recuerdo, “Diez” fue editado por la Editorial Universitaria, es decir, se vendía en librería, y tuve la suerte de que mi padre llegara un día a casa con el libro de Emar entre el lote que compraba cada fin de mes.

Lo leí, devoré sería más exacto, volví a leerlo, a releerlo, y no me cansaba. Hablaba de él a mis amistades, pero nadie enganchaba realmente con su escritura, eran tiempos de una visión positivista y constructiva de la sociedad, nadie tenía mucho tiempo para meterse en enredos como los suyos.

Y si de leer locuras se trataba, era mas fácil leer los cuentos de famas y cronopios, un delirio mucho más fácil de digerir.

Llegó el golpe de estado, con quema de libros y todo, y Juan Emar pasó nuevamente al olvido. Pero las semillas sembradas en 1971 empezaron con el tiempo a germinar.

Es así como el libro llegó nuevamente a mis manos gracias a un gran amigo al que le gusta navegar por las mismas aguas. Empecé a leer el primer cuento, y a medida que avanzaba me fui dando cuenta de que era poquísimo lo que recordaba del cuento mismo. Es decir, conocía el título, sabía que se trataba de un pájaro verde y que me había encantado. Eso era todo. Seguí con los siguientes: lo mismo, recordaba los títulos, algunos pasajes, ciertos detalles pero no el resto. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que de esos cuentos leídos tantas veces, cierto hacía años, quedaran tan pocos recuerdos concretos? Lo que había quedado inscrito en mí eran más bien sensaciones ligadas a cada cuento, una cierta atmósfera, una emoción.

Trato de buscar otro escritor o escritora que me haya dejado ese mismo tipo de impresiones, creo que el único podría ser Knut Hamsun, un escritor noruego que leí en mi adolescencia y que hasta hoy había olvidado por completo.

Como no es fácil hablar de la obra de Juan Emar, prefiero agregar un extracto de lo que escribí al amigo que tuvo la amabilidad de mandarme el libro “Diez” a Francia, en donde vivo:


“Mientras leo los cuentos de Juan Emar me doy cuenta de la profundidad de su pensamiento, de esa forma tan peculiar que tiene de plasmar cada sentimiento humano, de analizarlo y desmenuzarlo hasta lo infinitesimal, para luego tomar cada una de las partes como un todo, como en una fractal en la que cada parte es idéntica a su totalidad y se compone a su vez de una infinidad de partes, todas ellas idénticas entre sí.

Cada frase de su prosa puede ser una puerta abierta a un mundo diferente, leer un cuento completo – ahora estoy leyendo Chuchezuma - es como hacer un viaje a través de diferentes universos, todos reales, porque su obra excluye lo fantástico pienso, cada universo es tangible y real, más real aun que la realidad que percibimos normalmente. La imaginación de Emar es un trampolín que le permite alcanzar la esencia misma de la vida.

Es la tercera vez que leo Chuchezuma, y la verdad es que me ha costado llegar al final sin 'volarme' en medio de la lectura, porque como ya te dije, cada frase puede despertar asociaciones que hacen partir la imaginación. Bueno, esto es completamente personal, pienso que cada persona tiene un modo peculiar y único de lectura, y en especial de una escritura tan rica como ésta.

Y es por eso que me imagino que nunca podré leer Umbral como tú, es decir, que nunca podré llegar hasta el final, a no ser que lo lea como leí los cuentos de Diez por primera vez, es decir, dejando volar mi imaginación mientras mis ojos recorren las letras. Y tal vez ese sea el secreto para impregnarse del mundo emariano, leer sin analizar, sentir con otras partes de su ser diferentes de la racional hasta empaparse de su esencia y resurgir diferente, de eso no cabe duda.”




“Un GRACIAS enorme a mi amigo Alberto Quilapan, que me permitió reanudar la relación con los escritos de Juan Emar”


Loretopaz

Chile - Francia

Texto agregado el 11-05-2009, y leído por 716 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
17-06-2009 Tenía una deuda. Ya estoy por aquí. Un escrito que nombra con insistencia un libro que habitó los espacios y la memoria de la autora. A través de él regala aquellos tiempos donde reinaba el interés de un Estado por cultivar a su pueblo. Muchas veces leí textos de la editorial Quimantú en mi adolescncia, cuando por ahí los encuentro, me los traigo a casa, me emociona y siento que están impregnados de la energía bella de aquellos tiempos. La importancia de leer, es lo que nos regala Loreto, nos deja marcado a fuego el nombre, un título con sabores, con historia, un nombre, un autor de nuestra patria, un compromiso para llevarlo por allí entre mis críos. Un abrazo y todas las estrellas que guiñan emocionadas. FaTaMoRgAnA
03-06-2009 Pilo Yáñez fue el hombre más extraño de todos los allí reunidos y presentes. No hablaba una palabra por días enteros. Se levantaba para el desayuno y se sentaba a la cabecera de la mesa. Al almuerzo y a la cena continuaba en su mutismo. Se levantaba de vez en cuando con el matamoscas en una mano para ir a aplastar un insecto contra el muro. Su mayor concesión era sonreír o lanzar una carcajada ante un chiste de Anguita o una <i>trouvaille</i> de Vicente Huidobro, su gran amigo parisino. Cuando venía el músico Acario Cotapos e imitaba el ruido de los trenes y la manera de hablar de los yanquis, de los andaluces o de los argentinos, entonces salía de su silencio para compartir juegos y decires. Escribía mucho en su cuarto de trabajo, sin mostrar a nadie sus creaciones, hasta que éstas aparecieron en dos libros inesperados y sorprendentes: 'Diez' y 'Miltín'. A su muerte, dejó una obra monumental, creación rara, extraordinaria, única en la literatura castellana. Murió pobre, arruinado, como todos los grandes señores de su tiempo. Además de completamente solo.' -Miguel Serrano, Memorias de El y Yo quilapan
15-05-2009 Felicitaciones, Lore. Fuiste un aporte a La Columna y de calidad. Buen trabajo y qué linda amistad la de Alberto anemona66
13-05-2009 No lo he leído pero tu discurso es convincente. Si promete así ¿quién se negaría a conocerlo? ¿Qué más podríamos pretender de un escritor? Lo pongo en la lista de espera (porque la tengo) Gracias. marea-rioplatense
12-05-2009 Más allá del libro y de su autor, cuando leemos, parece como si entráramos en un estado de conciencia distinto al habitual y también ditinto en cada momento. Y es así como la lectura (cada lectura, aunque sea repetida) se convierte en un acto, una experiencia generadora y nueva y en ocasiones, a pesar de nuestras circunstancias concretas, también en un caso revelador e insólito. Que la lectura es como un duende. azulada
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