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Hacía pocos minutos habíamos estado haciendo el amor.
Ella jadeaba. Yo miraba su espalda blanca y su cabello desordenado. En un intento por recuperar mi aliento, intenté sentarme y acomodé su pelo. Grave error. Era perfecta. Así, con el pelo desordenado por los últimos estertores de sexo y pasión, yo queriendo arreglar lo que nos había llevado mas de una hora desordenar…
Por fin se dio vuelta y me miró. Sus ojos quinceañeros y su sonrisa cómplice me iluminaron el rostro. Con premura se cubrió sus jóvenes pechos y se acomodó cerca de mí, a mi lado.
Mi rostro no se podía recuperar de su belleza. Ella no se daba cuenta lo que me producía. Yo no podía evitarla.
Todos los viernes al pasar el último tren que venía de las sierras, ella corría por las calles de la estación hasta mi cuarto. Yo la esperaba como se espera el premio por la tarea bien hecha, la recompensa por el esfuerzo, la angustia de no saber quién era, no conocer su nombre. Sólo que llegaba los viernes, después de pasar el último tren que venía de las sierras.
…………..
Una charla de salud en el campo, una semana agotadora de visitas a los campesinos, para explicarles que la vinchuca avanza, que era necesario limpiar esos ranchos, desinfectar paredes y techos, mejorar las construcciones… yo les iba a explicar a ellos como vivir y ellos hacía años que se morían de hambre, de frío, de sed, de justicia. El Mal de Chagas era una estúpida estadística en sus vidas. Yo les hablaba de limpieza y ellos miraban mi teléfono celular en el cinturón, inútil en esa zona sin señal. Una pequeña rata de campo cruzó la habitación y se escondió debajo de la UNICA GRAN CAMA GRANDE del rancho. Allí dormían cinco personas. La rata vivía mas cómoda que ellos.
Me tomó los primeros días acostumbrarme al lugar, a la gente. Darme cuenta lo estúpida de mi charla. Antes de matar a las vinchucas había que matar a los políticos que aparecían para elecciones y desaparecían para el resto de la vida. De todas formas les expliqué… lleno de vergüenza, les explique.
El último día, viernes por la tarde, me reuní con todos ellos. Los miré con ojos fríos (no quería perder el control de mis emociones en el último minuto) y uno a uno les tendí mis manos. Yo era “el dotor” que venía cada tanto y los cuidaba y les enseñaba eso que no iban a aprender, pero que harían el mejor esfuerzo.
Subí a ese tren el viernes por la tarde. Y me dormí. Profundamente.
Recuerdo un fuerte dolor de cabeza que me acompañaba desde las últimas horas. Me dormí con ese dolor a cuestas.
Abro los ojos. Un frío sudor me recorre el cuerpo. Vuelo de fiebre. Unos inmensos ojos negros, una cabellera prolijamente recogida, unas manos con un pañuelo mojado que enjugan mi frente.
Yo no sabía quién era, pero ella sí.
Recuerdo un taxi. Ella leyendo mi dirección de algún papel de mi portafolios.
Recuerdo una ducha fría. Mi desnudez.
Recuerdo ese dolor en todo mi cuerpo. El frío en los huesos.
Tal vez pasaron horas o tal vez días.
Una mañana desperté y mis sábanas estaban empapadas pero ya no tenía frío. Intenté levantarme, pero sin fuerzas suficientes rodé por el piso.
La puerta se abrió y entró ella. Su piel morena, su cabello oscuro, largo, cubría su torso.
Se llamaba… no lo sé. Nunca lo supe.
Me tomó por los hombros y me ayudó a volver a la cama.
No dijo una palabra. Sólo besó mi frente y se marchó.
Es extraño como suceden las cosas. Yo que hacía ya mucho tiempo vivía solo, estaba acostumbrado a construir cada uno de mis momentos y ahora alguien se había hecho cargo de mi vida, cuando no tenía fuerzas, cuando estaba enfermo.
Al lado de la cama, había quedado una bandeja con comida y frutas.
Los días fueron pasando y mis fuerzas se recuperaron. Ella volvía todos los viernes y me traía comida.
Aquella tarde en el tren, un virus (tal vez una gripe del campo), cruzó mi camino con esta extraña y dulce mujer.
Cuando llegaba, me saludaba con una voz muy suave y se sentaba a mi lado. Mi contaba cosas del campo, de las sierras.
En una ocasión fue más lejos. Yo le hablaba del Mal de Chagas, de las pestes que trae la pobreza y ella me miraba y apenas sonreía. Ese día su cabello parecía más largo y sus ojos destellaban. Su camisa de impecable blanco, tenía un botón a la altura de sus pechos, peligrosamente desprendido y me permitía espiar cómplice en su interior.
En una pausa de mi relato, se puso de pie y se acercó a mi silla, y me peinó el cabello con sus dedos. Sin pensarlo introduje mi mano en su camisa y acaricié su cuerpo.
Era delgada, más de lo que suponía. Mis dedos hábiles la recorrieron lentamente y ella sólo acariciaba mi pelo. Desprendí su camisa y besé sus pechos y su garganta y su boca. Hicimos el amor allí mismo, sobre la alfombra del comedor.
Todos los viernes subsiguientes, yo esperaba el último tren de la tarde y ella llegaba a mi casa, a mí, y sin decirnos mas que hola, me entregaba su camisa a mis manos, para que de a uno desabrochara los botones, para que emergieran como de la nada sus hermosos senos, para que su piel se rozara con la mía y se encendieran los cuerpos, ardientes, bellos.
En un pacto secreto nunca dicho, no nos preguntábamos sobre nuestras vidas, nuestros pasados. Jamás un “te quiero”. No usábamos la palabra adiós.
Yo la esperaba, ella llegaba.
Siempre.
Curaba mis heridas de toda la vida, las del alma. Me bendecía con su cuerpo. Me regalaba su perfección, su delicadeza, su aire a flores del campo, la blancura de su ropa.
Al día siguiente, con el alba, no esperaba que me despertara con ella, ni que le preparara el desayuno. Sola y en silencio, se levantaba y se esfumaba como había llegado, casi sin hacer ruidos, sin dejar huellas. Parecía desaparecer mas que irse.
Hubiera querido asirla a mí de alguna forma. Crear algún laso. Algo que la aferre a mi vida, a mis rutinas.
Los viernes, eternas esperas hasta escuchar sus pasos corriendo por la galería, los golpes suaves en la puerta. El temor a que no venga.
Siempre… siempre llegaba.
Hacía pocos minutos habíamos estado haciendo el amor.
Ella jadeaba. Yo miraba su espalda blanca y su cabello desordenado
Esta vez no se marchó con el alba.
Me levanté y preparé un desayuno con frutas. Me senté a su lado.
Sus ojos oscuros se abrieron y me miraron con una paz inmensa y yo me pregunté por qué no estaba allí, siempre, estallando su pelo sobre mi almohada, dejando sus huellas en mí todos los días. Habrá un marido, unos hijos que la esperan. Una mentira los viernes, que le permitía acostarse a mi lado. Completar mi vida por unas horas.
Pero esta vez es distinto. Se quedó en mi cama y son las diez. Bebió el desayuno y comió las frutas. Parada al lado de la ventana, bañándose con la luz de la mañana, vistió su cuerpo desnudo, como si tratara de imprimir esas imágenes en mi retina, lo hizo lentamente, cuidando cada movimiento, cada detalle. Se vistió mirando a mis ojos todo el tiempo.
Cuando terminó, se acercó a la cama y tomando mis manos me dijo: “mi nombre es Laura” y se fue.
Todos los viernes, cuando arriba el último tren de la tarde espero en silencio. Pero ya no llega.
No pude retenerla, anclarla en mi.
Sus recuerdos caminan por mi cuarto, duermen en mi cama.
Su imagen junto a la ventana, su cuerpo desnudo, su aliento a flores, su piel, mis manos y su piel, el sudor de los cuerpos y su voz diciendo “mi nombre es Laura”.



Texto agregado el 12-05-2009, y leído por 157 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
10-07-2009 estoy eserando el proximo, ojala llgue pronto gemercy
23-06-2009 wowwwwww no se q decir a mi me parecio muy lindo... gemercy
17-05-2009 Excelentemente escrito, expresa con claridad todos esos sentimientos que se producen en el relato, muy genuino y atractivo a la vez, saludos. 5* hippie80
14-05-2009 Que bello, muy bien contado , me encantó =D mis cariños dulce-quimera
 
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