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-! Me encuentro mejor mamá, no te apures!
Y mi madre, esta mañana de domingo acarició mi rostro enjuto y mi cabeza coronada de ralos cabellos. Sonrió, o al menos eso me pareció ver en su rostro, aunque yo sé sobremanera que particularmente hoy, la angustia y la desesperanza inundan su alma.
Mi encierro cumple ya la larga etapa de dos meses y medio, y cada día, mi madre puntual a pasar conmigo la tarde.
Estamos todos rodeados de espantajos que, como yo y nuestros familiares, enfermeras y médicos, usamos gorros y cubre-bocas. No es para menos, el ala del pabellón lleva el rimbombante nombre de: infectocontagiosos.
Aunque en el fondo, todos sabemos el nombre exacto de nuestra enfermedad. No hay más que ver nuestros rostros demacrados, los ojos hundidos, los pómulos salientes, las grandes fosas nasales por las que nos esmeramos a seguir viviendo, a bebernos el aire, a bebernos sobre todo, las esperanzas de un milagro. Un halito de vida que nos llegue de algún nuevo misterio.
Me abrazo a mi madre. La consuelo. Mis carnes pegadas a los huesos. Mis dedos pálidos. Las uñas quebradizas. Los enormes moretones que circundan mi cuello. --Kaposi--, escuché alguna vez cuando el insigne infectólogo lo dijo, a sus jóvenes internos.
Pero la angustia mayor, la madre de todas ellas, no es mirarme en el espejo con treinta kilos menos. Ni sentarme al excusado y sentir como mi vida se escurre en una diarrea interminable. Ni las fatigosas noches de fiebre e insomnio. Ni la ausencia de los amigos que, los primeros días desfilaron frente a mi dormitorio. Ni siquiera la ausencia de mi padre y de mis hermanos que sin yo saberlo, se olvidaron de mí. Una vez enterados de lo que tengo. De esta enfermedad maldita. De esta condición ingrata de saberme torcido en mis deseos.
La carnalidad que brotaba sin frenos. El pecado. La penitencia. La concupiscencia. Murmuraran por lo bajo.
! A la mierda todos ellos ¡
La verdadera angustia, repito, es ver como mis compañeros, el del cuarto número cinco, el del siete, y el del once, que apenas esta mañana, vio mi madre cuando le ayudaban a vestirse, arreglándole el pelo. Matizando las ojeras. Han ido muriendo.
H.I.V
Mi turno, jugado en un volado.



julio, de 1999

Texto agregado el 13-04-2003, y leído por 434 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
14-09-2013 Que bien escribes, recién te descubro en la página. filiberto
21-01-2007 Oscar... ¡Cuanto dolor en esta realidad cotidiana sufrida por sus protagonistas y por quienes nos acercamos a las camas para aliviarlos de alguna manera...! Me impresionó la imagen del enfermo consolando a su madre. Me quedo pensando también en nosotros, los médicos, en como sobrevivimos muniéndonos de corazas para seguir con nuestra tarea...Mi abrazo. Lili lilianazwe
21-01-2007 Oscar... ¡Cuanto dolor en esta realidad cotidiana sufrida por sus protagonistas y por quienes nos acercamos a las camas para aliviarlos de alguna manera...! Me impresionó la imagen del enfermo consolando a su madre. Me quedo pensando también en nosotros, los médicos, en como sobrevivimos muniéndonos de corazas para seguir con nuestra tarea...Mi abrazo. Lili lilianazwe
29-09-2005 Me pareció muy bien narrado, en mi apreciación las comas le dan un sentido pausado acorde al narrador moribundo. Mis 5* Peter_6
16-05-2003 Cuesta un poco seguir, despues de tantas comas. No hay respiro que alcance para visulaizar el relato. Casi un Saramago Culaquiera, en el mejor sentido de la comparación. Muy bueno!!! lanegra
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