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El sol me partía la cabeza, el calor hacía que la tierra se quebrase. Yo quería que las fauces de la tierra me devoraran. En la espalda traía la mochila, en la cabeza una gorra, roja, y en la mano el boletín de fin de año. El boletín estaba lleno de números rojos, como mi gorra, y esos números rojos significaban que me había llevado la mitad de las materias. Dada mi disposición para el estudio eso era igual a decir que me había quedado de año.
El pueblo quedaba al pie del cerro. Mi casa también. Al abrir la puerta de madera pude sentir el olor a cebolla, a pimientos, a azafrán; mi madre cocinaba. Sin decir nada pasé a mi cuarto. Mi vista se posó sobre el placard, el modular, el colchón; decidí esconder el boletín bajo el colchón junto a las revistas de mujeres sin ropa. Me tiré sobre la cama. Miraba el techo. Me imaginaba el dolor de los azotes que me daría mi padre. Mi madre era tierna, suave, dulce. Mi padre era bravo. Ahora estaba trabajando en la zafra pero hacia el fin de semana llegaría y me preguntaría por la escuela y si le decía la verdad. Algo se me tenía que ocurrir.
¡A comer!, dijo mi madre.
Me senté a la mesa y comí cucharada tras cucharada de guiso sin decir una palabra. Estaba la televisión encendida. Una conductora intentaba ser graciosa haciendo morisquetas y chistes malos. La música escandalosa del programa contrastaba con el sonido de los pájaros y la brisa a través de la ventana. ¿Te pasa algo?, preguntó mi madre. No, nada; te quiero mucho, le dije. Fui al patio, junto al tanque de agua: la bicicleta bajo el rayo del sol.

Pedaleé y pedaleé hasta la casa de Ramiro. Casas y más casas, flores y plantas en las veredas, los jardines. Mientras avanzaba mi sombra se mezclaba con la sombra de los árboles. Ramiro estaba sentado en el cordón de la vereda. Jugaba con unas bolitas. Puse mi pie sobre las bolitas y el muchacho me miró. Tengo que decirte algo, le dije. Fuimos hasta la esquina. Ramiro me miraba con intriga. Vamos a la selva ¿querés?, le dije. ¿A la selva? Sí, vamos a trabajar a la selva, ganaremos mucha plata y podremos volver y comprarnos cosas, una moto, y dejar la escuela. ¿Dejar la escuela? Si, con plata se puede hacer cualquier cosa, por supuesto podríamos dejar la escuela.
Después pedaleé por el camino que va al puente, crucé sobre el arroyo, una polvareda se levantaba mientras avanzaba. El cielo celeste, los cerros, a lo lejos la selva, pude ver la cancha de fútbol. Sabía que allí estaría Jaime. Jaime le pegaba un chumbazo al arco cuando llegué. Me quedé a un costado mirando un rato hasta que Jaime me vió y se acercó. Te acordás que siempre decimos de ir a trabajar a la selva, le dije. Jaime me miró frunciendo un ojo y la boca. Es el momento, le dije, ahora es el momento.

La luna estaba radiante en el centro del cielo oscuro. En el pueblo no había muchas luces, pero sí muchas estrellas. Eso fue lo que pude ver por la ventana cuando me incorporé en la cama. Me vestí en silencio. Solo el sonidos de mis pasos. Fui hasta la heladera, bebí un poco de agua; fui hasta la mesada, abrí el cajón, allí estaba el monedero de mi madre, cien pesos, cien pesos serían suficientes. Los doblé y me los puse en el bolsillo.
Los pibes ya estaban en la plaza cuando llegué. Ramiro no estaba muy convencido. Todo el tiempo me preguntaba si yo estaba seguro de que íbamos a hacer plata. Jaime vivía navegando un barco sin timón, su vida era eufórica y alborotada, así que nada le preocupaba demasiado. En la estación de trenes Ramiro se quedó parado a un costado, como si en cualquier momento fuese a decir: me pego la vuelta, no voy a la selva. Fui hasta la cantina, compré unas gaseosas. Tomar gaseosas era casi un lujo en mi pueblo. Así que Ramiro se puso contento con la botellita que le di y se sentó junto a nosotros. En el pueblo se conocían todos. Así que decidimos meternos en el baño. Escondernos sentados en los inodoros hasta escuchar el chuc-chuc, chuc-chuc del tren.
El silbido del tren hizo un tajo en la madrugada. Salimos del baño corriendo y nos subimos a los vagones. Vagones separados. La consigna era sentarse junto a un adulto, los menores no podían viajar solos. Había olor a pollo, a cebolla, a verdura, a gente, olores de gente había. Una mujer gorda dormitaba con la boca abierta, un hilo de baba caía por el borde de sus labios. Había un lugar vacío junto a ella. No, mejor no, pensé. Caminé, gente, más gente, ronquidos, olores, pollos; un tipo dormía con una gorra casi tapándole la cara, entre las piernas tenía un bolso de tela con verduras. Pensé en sentarme junto a él. No, mejor sería una mujer. Había una chica, bonita, sentada sola también, pero no tenía edad para ser mi madre, mi tía tal vez, pero no. Volví y me senté junto a la gorda. No podía dejar de mirarle la baba gotear desde su boca; si esa cosa se me cae encima, sentí repulsión. Pude ver a un hombre, gorra blanca, traje blanco, avanzar por el pasillo. El guarda. Sentí que las piernas me temblaban. Me acurruqué junto a los rollos de la panza de la mujer y me hice el dormido. Con los ojos entrecerrados pude ver al hombre pasar. El sol había empezado a salir, una franja naranja se extendía sobre el horizonte; los pájaros empezaban a cantar.
Hay un espacio donde se unen los vagones, es una angosta plataforma que se mueve según los altibajos de las vías, ahí fuimos a juntarnos al mediodía. Compré unos sanguches de jamón y queso. Yo era el único que había conseguido algo de dinero. Comimos. Ramiro seguía callado, pensativo. Masticaba y miraba los árboles pasar, las piedras, los animales desperdigados por el terreno que atravesábamos. Jaime en cambio hablaba sin parar. Me contaba que se sentó al lado de un tipo, y que el tipo le contó que había trabajado en la selva de chico, y que definitivamente sí, se podía hacer mucha plata. Además el tipo le había regalado cigarrillos. Así que fumamos. Cuando terminamos de comer fumamos. ¿Qué te pasa?, le pregunté a Ramiro. El muchacho miró hacia abajo. Es que pienso en que va a pasar cuando no aparezcamos hoy en casa. ¡Nada! ¿qué va a pasar?, dijo Jaime. No va a pasar nada, le dije. Aunque yo también me preguntaba lo mismo. Volvimos a sentarnos cada uno en su lugar.
Entraba en mi vagón y pude ver, mientras me acercaba, a la gorda comiendo unas tortas fritas, lo hacía con fragor y la boca le quedaba llena de miguitas y azúcar. Cuando yo era chico, cinco o seis años, le tenía miedo a “las Matiolias”. Los niños a esa edad le temen a los fantasmas, los muertos, los zombies, pero yo le tenía miedo a “las Matiolias”. Eran producto de mi imaginación. Eran unas mujeres viejas y gordas que comían mierda. Yo solía soñar que me perseguían y que me escapaba volando. Solía también, cuando iba al baño, hacer mis cosas mirando entre mis piernas el agujero del inodoro, cuidando que no salga una “Matiolia” y me comiera el culo. La gorda de las tortas fritas me hacía acordar estas mujeres imaginarias, pero por ese tiempo ya no les tenía miedo. Ahora al único que le tenía miedo era al guarda que cada tanto pasaba y pasaba pispeteando a cada uno de los pasajeros.
Me quedé dormido.
Sentí que alguien me tocaba el hombro. Entreabrí los ojos, la cara borroneada de un hombre. Abrí un poco más los ojos pero aún no podía focalizar. Veía una cara bien cerca de la mía, que me miraba como a un mosquito. ¿vos con quién viajas?, dijo el hombre. El guarda. De un salto me repuse en el asiento. Con mi mamá dije y señale a donde estaba la mujer. Pero la gorda ya no estaba. De alguna manera la mujer se las había arreglado para escabullirse mientras yo dormía. El tipo me agarró de la oreja. Hasta acá llegaste, polizoncito de mierda, me dijo. Empecé a gritar a los pibes, para que me ayudaran, pero el guarda me llevó hasta la puerta del vagón y me arrojó. Se ve que los muchachos escucharon mis gritos, porque unos metros más adelante vi como ellos mismos se tiraban del tren para no abandonarme.
Estábamos algo magullados. La ropa, el pelo, los dientes llenos de tierra. Algunos raspones en la cara, las piernas, los brazos. Pero estábamos juntos. Esto es una mierda, dijo Ramiro. Le pasé la mano por sobre los hombros. Lo apreté junto a mi. Vamos, no te cagués ahora, le dije. Vamos a hacer plata, acordate, vamos a poder dejar la escuela. Todo sea por dejar la escuela, dijo. El tren desapareció a lo lejos. Estábamos a un costado de las vías. Muchas piedras, cactus grandes, muchas pierdas, algunos yuyos ralos y pinchudos. Empezamos a caminar siguiendo el sendero de las vías.
Cada tanto algún buitre pasaba sobre nuestras cabezas. Se escuchaban sonidos de animales a lo lejos. El relincho de algún caballo, el rebuzno de algún burro, mugidos de vacas. Chicharras. Había pequeñas casas de paja y barro, dispersas a los lejos, a veces humeaba alguna chimenea. Hablamos de fútbol, de las tetas de la presentadora del programa infantil de la tarde, del sabor de las empanadas, del viaje en tren, de como me descubrió el guarda. Tuvimos también conversaciones profundas y filosóficas. ¿El tomate es una hortaliza o una verdura? Para mi es una verdura. Para mi es una fruta. Con las verduras se hacen ensaladas y con el tomate se hacen ensaladas, debe ser una verdura. Para mi es una fruta. ¿Qué es una hortaliza? El tomate es rojo como la manzana, como la frutilla, tiene que ser una fruta. No se hacen ensaladas con frutas. Sí, para navidad, para navidad se hace ensalada de frutas. ¿Qué es una hortaliza? Para mi el tomate es una hortaliza. La tarde se desplegaba sobre los cerros, la selva a lo lejos, se mimetizaba con el celeste y blanco del cielo.
Nuestros estómagos croaban como sapos en un charco. El paisaje se componía de piedras, yuyos secos, pequeños arroyos, algún alambrado, algunas casas. Nos desviamos del costado de la vía y empezamos a caminar por un sendero de tierra; fuimos a parar a una pequeña casa. Techos de paja, paredes de adobe, un horno de barro a un costado, un corral con cerdos al fondo. Jaime tomó la delantera. Déjenme hablar a mi, dijo. Golpeo la puerta de madera agrietada. Nadie respondió. Volvió a golpear, más vigorosamente. Desde una ventana se asomó una mujer, tenía dos trenzas largas y negras como ristras de morcillas. ¿Que sucede chicos? Jaime empezó la perorata. Dijo que veníamos de un pueblo hacia el norte. Que Benavidez, el carnicero del pueblo necesitaba un plastrante. ¿Un que?, preguntó la mujer. Un plastrante, es decir que se quebró un hueso y se lo tienen que cambiar por otro, porque el quebrado no sirve más, explicó Jaime. Que el plastrante salía mucha plata entonces nosotros tres éramos voluntarios para ir a trabajar a la selva, ganar dinero y poder pagar la operación. Y por supuesto agregó que teníamos hambre y sed y sueño y teníamos que ir al baño en la medida de lo posible. La mujer sonrió, salió a través de la puerta junto al marido.
Nos invitó a que pasáramos.
Nos sentamos a la mesa. El hombre no decía palabra alguna, con sus dedos y manos delgadas puso un queso sobre el mantel y un trozo de pan casero.
Tenía la piel morocha y curtida por el sol. La pava silbó sobre el fuego. La mujer virtió el agua hirviendo en unas tazas y pronto puso tres jarras de te frente a nosotros. Ramiro estaba taciturno y abstraído. Yo tampoco hablaba mucho porque el que lideraba la batuta era Jaime y lo estaba haciendo bien. Tomamos el te. Me daba vergüenza comer ese queso que parecía muy sabroso y ese pan que también parecía muy sabroso. Pero Jaime arremetió sin vacilaciones y se cortó un buen pedazo y entonces Ramiro y yo lo seguimos. Jaime siguió con porte de fantoche hablando y hablando. Contó que el era un entendido del inglés, que era un autodidacta y que cuando grande quería ser embajador del país en Estados Unidos. Entonces la mujer le preguntaba como se decía queso, pan, te, chancho, casa, cielo, montaña, y Jaime respondía con unos sonidos guturales jamás oídos por nosotros ni por la pareja y que bien pasaba por inglés ante la ignorancia la de todos. Jaime me confesó que rogaba no preguntaran dos veces la misma palabra porque sabía le sería imposible fingir dos veces el mismo sonido. Cuando terminamos el te, el hombre habló. Las mariposas, dijo. Las mariposas son hermosas sobre la plantación de coca, ya lo verán. Después se levantó y se fue al baño.
El día empezaba a sucumbir con un cielo naranja y violeta donde la luna se asomaba blanca y pálida como una horma de queso de cabra. La mujer nos dijo que nos quedáramos a comer y dormir hasta la mañana siguiente. Eso fue lo que hicimos, comimos a reventar un fervoroso guiso de lentejas con chorizos hasta que llegó la hora de dormirse. Ramiro se comportó como un fantasma. Ausente. No habló, ni siquiera hizo gestos o risas o nada, nada de nada, salvo a las cinco de la mañana cuando escuché un ruido en la cocina. Me levanté desde las mantas que la mujer nos había armado en el piso y fui hasta la cocina. Mientras me acercaba escuchaba un chorro de agua como si alguien hubiese abierto una canilla. Solo la luz de la luna a través de la ventana iluminaba la casa. Cuando entro en la cocina alcanzo a ver a Ramiro, con las manos allí abajo, orinando en el piso. ¿Ramiro? ¿Qué hacés pedazo de pelotudo? No me contestó. Corrí hacia él, lo zamarreé y abrió los ojos grandes grandes y me miró pero no me miraba. ¡Ramiro! ¡Ramiro! ¿Qué pasa?, me dijo. Es que estás meando en la cocina. Soy sonámbulo, dijo con gesto petrificado. Fui hasta la habitación, desperté a Jaime y nos mandamos a mudar. Cómo le explicábamos a la pareja que el pelotudo de Ramiro le había meado la cocina.
Caminamos un par de horas bajo la luz azulada de la luna y las estrellas. Jaime no paraba de quejarse, de decir que por culpa de Ramiro nos habíamos perdido un buen desayuno con queso y pan casero. Yo trataba de no decir nada, de no hechar leña al fuego. En realidad pensaba en algo. Pensaba en las palabras del hombre, en eso de que las mariposas son hermosas sobre la plantación de coca. ¿Cuán hermoso sería? En mi casa solían andar mariposas pequeñas y amarillas, me imaginaba muchas mariposas amarillas y de verdad que si sería hermoso. Pero no tenía certeza de la hermosura de la cual hablaba el hombre, así que deambulaba mentalmente creando imágenes que pudieran corresponder a esa idea. Debo confesar no se me ocurrían muchas imágenes diferentes a un enjambre de mariposas amarillas, a veces las pensaba mas grandes, a veces mas pequeñas pero siempre muchas y amarillas. Ramiro seguía sin hablar. Lo abracé. ¿Qué te pasa?, le dije. Si es por mi me volvería, contestó. Vamos, metele ganas, es una aventura, dale, contá conmigo, que yo voy a estar a tu lado, vamos a estar siempre juntos.
Encontramos un caballo. Comía pasto, con mansa actitud, y movía la cola espantándose las moscas. Jaime, me guiñó un ojo, dejámelo a mi, dijo. Se acercó lentamente y lo acarició en la cara, después le dió un beso y pronto nosotros también nos acercamos y lo empezamos a acariciar. ¿De quién será?, dijo Ramiro. No importa de quien es, dijo Jaime y de un salto se trepó al lomo del animal. Vamos, vamos arriba, dijo. Subí yo y después arrastramos a Ramiro también sobre el lomo. El paisaje era más verde en esa zona. Lo que significaba estábamos más cerca de la selva. Había varios arroyos cruzando el terreno. Empezaban a aparecer plantas de hojas verdes y grandes. Piedras inmensas llenas de musgo y caracolitos. Avanzábamos montados sobre el lomo de la bestia.
A ese ritmo lento parecía que nunca llegaríamos a ninguna parte. Jaime no tuvo la mejor idea que darle unos cuantos talonazos en el vientre y el animal empezó a trotar. Nos zarandeabamos todos como en una coctelera. Hubo un par de talonazos más y el animal empezó a galopar, a todo lo que da, avanzaba con velocidad, una estela de polvo se levantaba a nuestro paso. La bestia zigzagueaba esquivando plantas y piedras y la verdad que a esa altura estábamos cagados en las patas. Jaime venía aferrado al cuello, yo venía aferrado a Jaime, Ramiro venía aferrado a mi. El animal galopaba furioso como el viento. Un salto. El animal se elevó, las patas delanteras en el aire, siento que Ramiro se despegó de mi, me di vuelta y alcancé a ver como empezó a caer por sobre las nalgas del caballo. Le pegué un manotazo al pecho, y lo monté de nuevo encima. Se aferró a mi cuerpo y pude escuchar que me decía gracias. Apreté su mano con la mía. El animal seguía galopando ferozmente. Nos arrojamos al suelo y después de una buena revolcada pudimos ver como la bestia se alejaba como una bola de fuego incandescente. ¡Vivimos revolcándonos!, gritó Jaime sacudiéndose la tierra de la cabeza.
El sol estaba alto y solitario en el cielo. Radiante. Hacía calor. Llegamos a un camino de tierra. Caminábamos en silencio. Mirando el piso. Arrastrando los pies. Unos cien metros adelante vimos una chata, estaba detenida, había un hombre también. El tipo cambiaba la goma. Corrimos hasta acercarnos. Había un mono junto al tipo. ¿tiene agua?, preguntó Jaime. El tipo agachado, girando la llave cruz sobre los tornillos, nos miró sorprendido. El mono se comía los piojos. ¿De dónde salieron ustedes?, dijo el hombre. ¿Tiene agua?, volvió a preguntar Jaime. El hombre terminó de ajustar los tornillos, bajó el gato, y fue hasta la parte trasera de la chata y sacó un bidón. El mono se había subido al techo de la chata y se rascaba las bolas. Acá tienen agua. Bebimos. ¿Para dónde van?, preguntó el tipo. Vamos a la selva, queremos trabajar en la selva, dije. El hombre resultó ser un agricultor de la selva misma. Tenía plantaciones de tomates, maíz, bananas y coca, entre otras cosas. Nos dijo que fuéramos con él, que él nos daría trabajo. Nos subimos a la chata, a la parte de atrás; el hombre nos condujo por el camino de tierra, varias horas. El mono iba a su lado en el asiento de adelante.
A medida que avanzábamos se podía ver como el entorno iba cambiando. La vegetación empezaba a espesarse, a hacerse más tupida, los árboles altos y frondosos, las plantas de hojas grandes y también muy densas; además de los gritos de animales, toda clase de sonidos de pájaros e insectos se disparaban en el aire. Volvimos a las charlas profundas y filosóficas. ¿A dónde se va después de muertos? Al cielo. No, al paraíso. Al cielo, dicen que al cielo. O al infierno. Al cielo no se puede ir ¿dónde se para uno en el cielo? En las nubes, o en las estrellas. Para mi vamos al paraíso. El paraíso es el árbol de los venenitos. No. El paraíso es un lugar muy lindo. Para mi vamos al infierno, todos al infierno, para mi el paraíso no existe. Dicho sea de paso hacía un calor espantoso y solo faltaba apareciera el demonio para confirmar estábamos entrando en el mismo infierno. El monito nos miraba a través de la ventanilla. Le hacíamos morisquetas y el animal nos imitaba con espléndida habilidad. Nos metimos en un camino angosto, de tierra y muy angosto, la chata avanzaba rozando plantas y muy cerca de los troncos de los árboles. La selva era tan espesa que no se veía el cielo, solo un manto verde como una cúpula a través de la cual se filtraban delgados haces de luz remedando estrellas. En momento nos detuvimos. El hombre se bajó. Se desperezó, estiró las piernas, nosotros lo mirábamos atento. Llegamos dijo. El mono se bajó, parecía excitado, contento, saltaba, hacía piruetas, se comía los piojos. Sigan al mono, dijo el hombre. El animal empezó a avanzar entre la vegetación. Se movía con rapidez. Jaime iba bien cerca del mono, pisándole los talones, yo iba unos cuantos metros más atrás, Ramiro caminaba lento y yo no quería dejarlo solo. Dale Ramiro, metele pata. El mono se perdió en la espesura de la selva, todavía podía ver a Jaime correr allá adelante. Hasta que no lo vi más, seguimos caminando casi a ciegas, guiados por el instinto. La selva era verde, y densa, y frondosa, teníamos que usar las manos para abrirnos caminos por entre las ramas y hojas. ¡Esto es el paraíso! Escuchamos a Jaime gritar.
¡Esto es el paraíso! Guiándonos por el grito avanzamos a toda velocidad. Un claro se abría en la espesura de la selva, una gran extensión de plantas verdes se desplegaba vasta e inmensa y sobre ella cientas, miles, millones de mariposas, no eran solo amarillas; eran amarillas, azules, verdes, violetas, grises, rojas, rosas, había colores inimaginados; eran como un enjambre de estrellas fugaces, pinceladas de colores, peces en una isla de coral. Aquello era el paraíso. Corrimos. Corrimos y las mariposas nos acariciaban estrepitosamente, con golpecitos suavecitos, se nos metían en la boca, en las orejas, dentro de la ropa, era como atravesar el arco iris, una nube de colores. Llegamos a otro claro. Había varias casas de madera. Algunos árboles inmensos. Una mesas donde había gente sentada.


La mañana en que nos llevaron por primera vez a trabajar el sol estaba caliente y el aire húmedo y pesado como una frazada. Llevábamos una canasta donde debíamos poner los tomates. Yo me paré justo al inicio de la hilera de plantas y miré a mi alrededor. Había mucho tipos y arrancaban los tomates de un saque, los metían dentro de las canastas y avanzaban con velocidad. Yo agarré un tomate, le pegué un tirón y fue a parar junto a mis pies, me agaché para agarrarlo, lo llevé frente a mis ojos y lo miré, después lo metí en la cesta. Pude ver a los demás hombres alejarse mientras yo avanzaba lento y torpe. Pero el patrón era un buen hombre. No nos reprochaba nuestra falta de habilidad. No nos castigaba. Pero lo que sí nos pagaba menos. Nos pagaba por canastos llenos y por supuesto que nosotros llenábamos unos pocos a comparación del resto. Cuando recibimos nuestra primera paga aquello era apenas unos cuantos billetes y monedas.
Ramiro había estado bien los primeros días. Charlábamos muchos los tres, deambulábamos de acá para allá, al atardecer solíamos ir a sentarnos junto a la plantación de coca para ver a las mariposas, los colores, las formas que contorneaban al volar. A la noche nos quedábamos sentados bajo la luz de la luna, sentados en alguna mesa, tomando jugos, hablando, planeando, soñando con autos y viajes y hermosas mansiones y hermosas mujeres. Pero cuando llegó la primera paga y tuvimos aquellos pocos billetes en las manos Ramiro dijo: Esto no nos va a alcanzar para dejar la escuela. Tenía razón pero no se lo dije, lo que le dije fue que cuando aprendiéramos mejor el oficio, cuando nos convirtiéramos en recolectores con destreza juntaríamos mucho más dinero y entonces si podríamos abandonar la escuela. La cuestión es que Ramiro un día de esos amaneció con fiebre y diarrea y sudaba en la cama como un cerdo emponchado.
Jaime y yo, después que terminábamos nuestra labor, íbamos junto a su cama y le hacíamos compañía. Por supuesto en el lugar no había médico, así que la mujer del patrón le daba unos tes de yuyos y frutos que decía lo harían sanar. Eran ricas infusiones que a veces le pedíamos que preparara para nosotros también. Una noche estábamos allí sentados, hablándole a Ramiro, a pesar de que él apenas nos contestaba con movimientos de cabeza; entonces fue que escuchamos un griterío. La mujer del patrón gritaba. Gritaba unos rugidos arrancados de la garganta como si estuviese viendo un monstruo. No estaba tan errada. Cuando salimos a la luz de la luna, vimos una víbora larga y gorda, con las fauces abiertas devorando un pollo. Se ve que ya se había manducado otro por la protrusión que se le notaba en el cuerpo.
Había mucha gente que había salido de las barracas para ver el espectáculo. Estábamos todos en torno a la víbora y veíamos como con movimientos sutiles y minuciosos se mandaba el pollo para adentro. Entonces fue que apareció el patrón con un hacha y zas. Le cortó la cabeza de un golpe. Al día siguiente comimos un rico guiso de serpiente para chuparse los dedos, la misma mujer del patrón lo había cocinado a modo de celebración por el exterminio de la bestia; hacía semanas que venían desapareciendo pollos sin explicación.
Una mañana Ramiro desapareció. Fuimos a buscarlo a la barraca y no estaba. Pensamos que tal vez se sentía mejor y entonces había ido a dar una vuelta o al baño. Lo esperamos un buen rato y nada. No apareció. Antes de avisar al patrón fuimos a buscarlo. Exploramos los alrededores de la selva, las plantaciones, las otras barracas, los baños. Nada. No estaba. Había desaparecido. Cuando le comentamos al patrón nos dijo: ya va a volver. Nosotros no lo creíamos así, pero bueno, decidimos esperar a que volviese.
Pasaron varios días. Ni noticias de Ramiro. Con Jaime pensamos que sería una buena idea hablar con la policía o la gendarmería que solía deambular vigilando los caminos linderos pero no fue necesario.
Una noche estábamos sentados a la luz de la luna, charlando con varias personas más, iban y venían algunas jarras de cerveza, fumábamos. Se escuchaba más allá de nuestras voces la algarabía de la selva a la noche. Desde la oscuridad vimos aparecer unos cuantos tipos uniformados, el patrón alarmado fue hacia ellos; entonces escuché que pronunciaban mi nombre. El patrón hizo una seña con la mano y los tipos comenzaron a caminar hacia donde yo estaba. Sentí que el corazón se me salía del pecho. Un escalofrío abismal. Despacito, me puse de pie, y empecé a caminar hacia la selva, escuché algunos gritos y entonces me di vuelta y los tipos corrían hacia mi. Empecé a correr. Entonces sentí mi cara impactar contra la tierra del piso. Mareado. Confundido. Siento que un tipo me tiene aferrado de las piernas y cuando puedo al final enfocar mi vista obnubilada lo veo. A mi viejo. Caminando como camina él, como si llevara plomo en los bolsillos, como un elefante pesado y viejo, con los ojos llenos de lágrimas.

Nunca hablamos tanto con mi viejo como en ese viaje de vuelta a casa. Ibamos en la chata. Afuera la selva, la espesura verde que iba quedando atrás con los gritos de los animales y los cantos de los pájaros. Mi viejo me contó cuanto me habían buscado, a través de la radio, en las escuelas, en los hospitales. Que la policía me había buscado hasta más no poder. Me contó que mi vieja lloraba como una marrana todas las noches. Te quiero, me dijo. Yo le conté de las mariposas, de la víbora comiéndose al pollo, de las bananas fritas en el desayuno. Le iba a decir que me iba a poner a estudiar para rendir las materias pero él me interrumpió y me contó como Ramiro había llegado al pueblo a dedo, que él le avisado a mi vieja, que lo tuvieron que internar porque estaba deshidratado por la cagadera. Jaime durmió casi todo el viaje, o se hizo el dormido. Cuando entramos en el pueblo todo estaba igual, sentí un calorcito en el pecho, una alegría súbita, todo estaba igual pero muchas cosas habían cambiado. Lo miré a mi viejo manejando, dando vuelta en esa última esquina que desembocaba en mi casa y se me salió una sonrisa; la misma que cuando apareció mi vieja.



















Texto agregado el 03-06-2009, y leído por 371 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
15-06-2009 Me gustó. Opino como Margarita, cuando el texto es largo, te convendría dividirlo en capítulos. Entiendo que en general los lectores de La Página no disponen de mucho tiempo.- PeggyMen
14-06-2009 Pulso de narrador para escribir. El escritor tiene que ser primero narrador, y tú lo eres. Personajes bien delineados, con trazos cortos, en el desarrollo de sus actos, como debe ser. El escenario acompañando a las reflexiones, a los diálogos. El argumento, en apariencia sencillo, desarrollado con sabiduria y hondura. Grato leer la historia. lindero
13-06-2009 sirves para escribir, tienes en cada palabra una aventura por contar, esta narracion sirve de lección y ayuda a aprender a muchos que lo leen. te doy mis 5* y mas si pudiera. hada7
12-06-2009 me encanto tu cuento, lña narrativa atrapante, el color de tus palavbras y el calor de tu corazón, todo unc conjunto para más de 5* divinaluna
10-06-2009 Es cuento que puede asustar por la cantidad de palabras, pero basta leer el primer renglón para engancharse con la historia. Es entretenida, amena, fácil de leer. Es un guion simple, sin demasiados adornos ni arreglos demás, sólo lo indispensable para contar una buena historia. Saludos. Azel
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