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La huida (Las Crónicas de Zsóldan)

Cogimos lo necesario y abandonamos la Aldea con decisión, asustados pero convencidos de una cosa, mientras el vinculo que nos había unido se mantuviese intacto tendríamos la ventaja necesaria para escapar de cualquier peligro. Sabía que mientras la niña estuviese a mi lado el poder del emperador no podría hacernos daño, a ella la magia no podía dañarla de modo alguno. Y la niña estaba convencida, por que era cierto, de que mientras yo estuviese a su lado los soldados del emperador no podrían tocarla.

Así que, nos dirigimos hacia La Laguna de la Desesperación, era lo que quedaba de las magníficas Montañas Sargatas, después de que el emperador las borrase de la faz de la tierra para destruir a la primera niña, y era a su vez, la fuente de la que manaba todo el poder de la niña y el mío propio, allí seríamos fuertes, seríamos intocables, pero el camino era difícil y como ya dije antes, el precio por llegar casi impagable.

Lo primero que hicimos fue conseguir dos monturas, elegimos dos caballos sanos, pero no ostentosos, no podíamos permitirnos el lujo de llamar la atención, y después nos dirigimos hacia el paso de Themén, salida obligada para los escasos valientes que se atrevían a entrar en las tierras del Emperador, lugar al que nos dirigíamos, antes de emprender la marcha hacia la laguna deberíamos coger una última cosa, algo que multiplicaría nuestras posibilidades de éxito, necesitábamos robar el Ojo de Zsuren del palacio imperial, de este modo el emperador no podría vernos, y nosotros a él si.

“Hace ya eones el primero de los Druidas, el más poderoso, ante la hambruna que aplastaba a nuestro pueblo, creo un objeto que nos permitía localizar comida, agua, y cualquier cosa que necesitásemos para sobrevivir, Zsuren creo el ojo y nuestro pueblo empezó a florecer de nuevo, pero El Emperador llegó, robo el ojo y empezó a usarlo para controlar y matar a nuestra gente…Lo que durante años salvó a nuestro pueblo era, ahora, causa de nuestra exterminación…”Libro del Origen.

Echamos la vista hacia, por última vez, y vimos como nuestra aldea ardía en llamas, El Emperador había llegado, conscientes de que jamás nos traicionarían me dí cuenta de que antes de morir pasarían un terrible tormento, pero como ya he dicho, jamás nos traicionarían, el odio de mi pueblo al Emperador era más fuerte que cualquier tormento imaginable, el pago por el éxito de nuestra misión había comenzado, mujeres, niños, ancianos…no dejaron a nadie con vida.



Texto agregado el 09-07-2009, y leído por 45 visitantes. (0 votos)


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