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Oscar Robb, tranquilamente leía el periódico después de desayunar lo que Mrs. Reva, su madre, le había preparado.
Al observar Mrs. Reva a su único hijo, pensó que él era demasiado exigente, quería el jugo de naranja, pero de naranjas frescas, recién exprimidas. No se conformaba con cualquier clase de queso, debía ser francés. El café, comprado en una tienda para gourmets era de Veracruz, una mezcla de Caracolillo con Córdoba. Oscar le pedía, que estuviera recién preparado. No aceptaba el pan de dos días, por lo que ella debía levantarse temprano y ser de las primeras en llegar a la panadería, para escoger el pan recién horneado. Todo esto y más la tenía molesta y preocupada.
— Oscar, ¿no tenias cita con Elsa? —Le preguntó con la ligera esperanza de que al fin Oscar tuviera novia, ¿y por que no?, en un futuro cercano se casara, así, ella podría al fin estar libre de preocupaciones en relación a su hijo. Además de cumplirse su sueño de tener un nietecito.
— ¡Pues nada mamá!, ya sabes que soy librepensador y me molesta que estén mentando a Dios para cualquier cosa, esta Elsa debería mejor meterse a monja y ni en el convento le aguantarían su cursilería —fue la fría respuesta.
Oscar, un joven de treinta y cuatro años, pensó: “es un contratiempo que mamá siempre insista que me case para sentar cabeza en mi vida”.
Mrs. Reva insistió:
— Oscar, es necesario que tengas quien te atienda, para cuando, yo te falte.
— Si mamá, pero no quiero casarme con una mocha y menos cuando toda su familia pertenece al verbo perpetuo —contestó malhumorado Oscar
Con las lágrimas a punto de brotarle, Mrs. Reva no quiso contestarle, que ella pertenecía a las Hijas de María, que en la iglesia era donde tenía sus momentos felices, platicaba con sus amigas y seguían los consejos del buen Padre Stanley. Ya no dijo nada, esperó con calma que Oscar se levantara de la mesa y se arreglara para irse a su trabajo en la Compañía Petrolera.

Cuando su marido Mr. Robb, trabajador jubilado, se sentó a desayunar después de la partida de Oscar, él nunca convivía con su hijo, ella le preguntó:
— ¿Qué iremos a hacer con Oscar, cada día está más insoportable?
— ¡Pues córrelo!, ya van muchas veces que te lo digo —contestó él con un gruñido.
Mr. Robb, padre de Oscar, aunque estaba orgulloso de la brillante carrera de su vástago: un ingeniero petrolero con dos maestrías y un alto puesto en la Compañía Petrolera, donde él no había pasado de ser capataz de obreros. Mas ya estaba harto de la tiranía que ejercía el mentado hijo, por culpa de la zonza de su mujer a la que prefirió dejar en paz, pues era por demás discutir con ella; como fue en esa ocasión, en que su esposa le dio la callada por respuesta.

Como todos los días, Mr. Robb, al filo de las doce acudió a tomarse el aperitivo y curarse de sus males al Tommy’s Bar, que estaba a media cuadra de su casa y donde Tommy, el cantinero, amablemente servía de psiquiatra a su clientela.
Al estar tomando su primer aperitivo, Mr. Robb le comento sus problemas a su amigo Tommy:
— Oscar es bien aprovechado, siempre amenaza a la mamá con irse de la casa. Y hay está la mensa de mi mujer, que aguanta sus caprichos: ¡qué la ropa!, ¡qué la comida!; la hace sufrir al decirle: ¡qué la iglesia esto!, ¡qué lo iglesia lo otro! Que él es libre, porque Dios es un mito, que la verdadera libertad viene de la persona y no de mentiras como las que dicen en las iglesias. ¡Total!, que yo, la mera verdad ¡ya no lo soporto!
Después de este largo párrafo, Tommy amablemente le sirvió otro trago, pues comprensivo como todos los de su especie sabía de las necesidades de sus clientes y le dijo:
— No desesperes, ya encontrará una chava que lo ponga en paz y le quite todas esas ideas que los jóvenes tienen. ¡Acuérdate!, de nosotros cuando éramos jóvenes.
— ¡Cuál chava!, ni que ocho cuartos. Si el canijo para que lo atienda tiene a la babosa de su madre y cuando siente calentura, se encama con cualquier piruja, al cabo, dinero le sobra. Tiene un sueldo muy elevado y no da un solo centavo en la casa —fue la triste respuesta de Mr. Robb.
— Umm —murmuró Tommy que se quedó pensativo y poco tiempo después arriesgó una pregunta:
— ¿Tu hijo, tiene ya el trabajo seguro, en la Compañía Petrolera?
— ¡Seguro, y va para arriba! Contestó Mr. Robb.
Tommy, guardó silencio un momento que lo rompió cuando en voz baja añadió más para sí, que para Mr. Robb:
— ¡Sabes!, se me ocurre una solución a tu problema.
Mr. Robb pensó, que se trataba de un nuevo drink, ya que a Tommy le encantaba mezclar substancias que generalmente satisfacían a sus innumerables clientes.


En un café de moda, Oscar estaba feliz con su charla con Edith, se dirigía a ella con una mezcla de esperanza e incredulidad. ¿Sería verdad su buena suerte? Pues además de ser bonita tenia ideas correctas.
— ¿Así que tú, no crees en las tarugadas que dicen los curas? —Preguntó anhelante Oscar.
— Claro que no —contesto ella y añadió— sólo lo hacen para lavarles el cerebro a los tontos que creen en ellos y así sacarles dinero fácilmente.

Ya en su casa, Oscar engoló la voz al dirigirse a sus padres:
— Me voy a casar con Edith, pues logré encontrar mi alma gemela, una mujer especial. Pero no esperen una boda tradicional, iremos al juzgado, y sólo he transigido, en que el Padre Stanley nos case en una ceremonia íntima, pues al igual que ustedes, los padres de Edith son retrógrados y creen en mitos.
Mrs. Reva iba a hablar, pero Mr. Robb inmediatamente se adelantó, abrazó a Oscar y le hizo una seña a su mujer para que se quedara callada.

La boda fue sencilla como corresponde a un buen ateo, fueron al Juzgado por lo Civil, pues eso si, Oscar era un buen ciudadano.
En la casa de Edith las dos familias hicieron un brindis, después de que regresaron de la iglesia, donde el Padre Stanley les dio su bendición y los declaró marido y mujer.
Oscar estaba molesto por haber tenido que transigir con la ceremonia religiosa. Él se consoló al pensar: “por Edith, vale la pena cualquier sacrificio de mis ideas”.


Cuando regresaron los nuevos esposos del viaje de luna de miel, Mr. Robb vio con sorpresa, que Oscar transigía en otras cosas; tenía íconos religiosos en su casa: un crucifijo y un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. La explicación que le dijo su hijo fue: “que eran obras de arte”.
En la mañana, el desayuno de Oscar consistía en Corn flakes y café instantáneo: Nescafé.
Pero lo más sorprendente era, que los domingos iba a misa con Edith. Mr. Robb, ya no pudo aguantarse y le preguntó:
— ¿No que eres ateo?
— ¡Si papá, soy ateo, gracias a Dios! —Fue la lacónica y furiosa respuesta.


Mr. Robb, les comentó a sus amigos en el “Tommy’s Bar”:
— ¡Y todavía hay quien duda del poder de una mujer inteligente!
Después de dicho lo anterior, él se bebió con fruición la medicina que le sirvió su consuegro Tommy.


Texto agregado el 02-08-2009, y leído por 232 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
02-08-2009 Esto no está mal. Sigue así y algún día te dejaré una estrella. salmuera
02-08-2009 Me gustó tu cuento es divertido. ohayoo
02-08-2009 jajajajaja y ahora puede beber grátis en el bar de su consue...muy buena narrativa, me entretuvo mucho***** nocheluz
 
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